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El Pronunciamiento de Santiago en Marzo de 1844

Posted on agosto 9, 2026agosto 9, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en El Pronunciamiento de Santiago en Marzo de 1844

Crónicas de Hispaniola

El 6 de marzo de 1844, fuerzas procedentes de La Vega, Moca, San Francisco de Macorís y los campos próximos a Santiago se concentraron alrededor de la ciudad. En la fortaleza San Luis, el general haitiano Alexandre Morisset conservaba la principal guarnición militar del Cibao y esperaba refuerzos solicitados a Cabo Haitiano. En el Ayuntamiento, dirigentes civiles y representantes del movimiento separatista discutían si existían medios suficientes para sostener la nueva República y proteger a las familias y propiedades de la población.

La adhesión de Santiago no fue, por tanto, una sencilla ceremonia de izamiento de bandera. Fue una operación política y militar coordinada entre los separatistas de la ciudad, el delegado de la Junta Central Gubernativa y las fuerzas organizadas en las poblaciones cibaeñas que ya se habían pronunciado. El objetivo era obtener el control de la capital del Norte sin provocar un combate dentro de sus calles.

La presión armada, la negativa de una parte de la guarnición a combatir y la intervención de los notables santiagueros obligaron finalmente a Morisset a entregar la fortaleza. Aquella tarde fue arriado el pabellón haitiano y enarbolada la bandera dominicana. Santiago quedaba incorporada a la República, pero desde ese mismo momento debía prepararse para defender la decisión que acababa de tomar.

La noticia llega a Santiago

La proclamación del 27 de febrero fue conocida en Santiago con rapidez. Una relación de servicios de José Desiderio Valverde indica que la noticia había llegado el 2 de marzo de 1844. Morisset, comandante del Departamento de Santiago, reaccionó poniendo sobre las armas a los militares y a la Guardia Nacional y solicitando auxilio a las autoridades de Cabo Haitiano.

La comunicación entre Santo Domingo y el Cibao no dependió exclusivamente de la misión oficial enviada por la Junta Central Gubernativa. Los partidarios de la Separación esperaban desde antes el levantamiento de la capital y mantenían contactos con La Vega, Moca, Cotuí, San Francisco de Macorís y Puerto Plata. Alejandro Llenas afirmó posteriormente que en Santiago se aguardaba el movimiento desde mediados de febrero.

La existencia de esas relaciones explica que la noticia pudiera convertirse rápidamente en acción. Sin una organización previa, los acontecimientos del 27 de febrero habrían llegado como un rumor difícil de verificar. En cambio, encontraron una red preparada para transmitir mensajes, reunir hombres y negociar con las autoridades.

La reacción de Morisset demuestra que comprendió el peligro. Santiago era el centro administrativo y militar del Departamento y mantenía comunicación con la Línea Noroeste y Cabo Haitiano. Si la ciudad se pronunciaba, la autoridad haitiana sobre el Norte quedaría quebrada y Puerto Plata resultaría aislada de las fuerzas que podían auxiliarla desde el interior.

Pedro Ramón de Mena y la misión del Cibao

El 28 de febrero, la Junta Central Gubernativa encargó a Pedro Ramón de Mena comunicar la proclamación a los pueblos del Cibao y obtener su adhesión. De Mena había participado aquel mismo día en las negociaciones para la capitulación de las autoridades haitianas de Santo Domingo. No era solamente un correo: actuaba como delegado del nuevo gobierno y debía convertir el pronunciamiento de la capital en una causa verdaderamente territorial.

De Mena salió hacia el interior el 1 de marzo. Al llegar al Cibao encontró que varias poblaciones estaban preparadas para levantarse. Cotuí se pronunció el día 4; La Vega hizo lo mismo en esa fecha; Moca se adhirió el 5 de marzo y San Francisco de Macorís lo haría el día 7.

La misión del delegado fue decisiva para coordinar aquellas adhesiones, pero no debe presentarse como el origen exclusivo del movimiento. Desde 1843, Ramón Matías Mella, Juan Evangelista Jiménez y otros emisarios habían realizado propaganda separatista en la región. Los acontecimientos de marzo fueron posibles porque esa labor previa había ganado partidarios dentro de los ayuntamientos, las familias principales y las unidades de la Guardia Nacional.

En La Vega, el pronunciamiento había enfrentado una pregunta que pronto se repetiría en Santiago: ¿con qué recursos se sostendría la Independencia? Cristóbal José de Moya pidió conocer los medios disponibles y quién respondería por la seguridad de las familias. El presbítero José Eugenio Espinosa y Juan Evangelista Jiménez proclamaron entonces vivas a la República Dominicana, mientras el coronel Toribio Ramírez ofreció sus tropas como una muralla contra la reacción haitiana.

La inquietud no significaba necesariamente rechazo a la Independencia. Reflejaba la gravedad de una decisión que podía desencadenar una invasión, interrumpir el comercio y exponer a las poblaciones a represalias. Proclamar la República requería asumir esas consecuencias.

El Club de Separatistas de Santiago

Durante la noche del 4 de marzo, los separatistas santiagueros se encontraban reunidos en la casa de Román Franco Bidó. Alejandro Llenas denominó posteriormente a este grupo el “Club de Separatistas”.

Entre sus integrantes se mencionan a Juan Luis y Román Franco Bidó, Domingo Daniel Pichardo, José Desiderio Valverde, Manuel y Sebastián Valverde, Manuel Román, Pedro Tapia y otros hombres relacionados con la conspiración. Sus vínculos familiares, políticos y comerciales facilitaban la circulación de informaciones entre Santiago y las poblaciones vecinas.

Un mensajero enviado por Pedro Ramón de Mena llegó con la noticia de que La Vega se había pronunciado. El delegado solicitaba coordinar la adhesión de Santiago. Los reunidos conocían, sin embargo, que la situación de la ciudad era más difícil que la encontrada en otras localidades.

Morisset disponía en Santiago de la principal concentración militar haitiana de la región. Una reconstrucción posterior enumera una compañía de granaderos, una de artillería, otra de gendarmería, una de policía y unidades de la Guardia Nacional. Las cifras exactas de hombres no están suficientemente establecidas, pero la guarnición bastaba para convertir la fortaleza San Luis en un obstáculo considerable.

Los separatistas podían contar con partidarios dentro de la ciudad y probablemente dentro de la propia Guardia Nacional, pero una acción precipitada podía permitir a Morisset controlar las calles y reprimir el movimiento antes de que llegara ayuda de otros pueblos.

La decisión fue enviar a José Desiderio Valverde a La Vega. Su misión consistía en explicar las condiciones de Santiago y pedir el respaldo de las fuerzas ya pronunciadas. El levantamiento debía presentarse como una acción regional, capaz de rodear políticamente a Morisset y de imponerle una correlación militar desfavorable.

La concentración de las fuerzas cibaeñas

El 5 de marzo, Ezequiel Guerrero regresó de Moca e informó que aquella población también se había pronunciado. La adhesión mocana aumentó la presión sobre Santiago y proporcionó hombres situados a poca distancia de la ciudad.

Esa misma noche comenzaron los movimientos. Tropas de Moca y San Francisco de Macorís, dirigidas por Francisco Antonio Salcedo —Tito— y acompañadas por Pedro Ramón de Mena, avanzaron hacia Santiago por los caminos de Tamboril y Don Pedro. Desde La Vega marcharon fuerzas encabezadas por el coronel Toribio Ramírez y el comandante jarabacoense José Durán, utilizando el camino de Puñal.

A esos contingentes se unieron hombres procedentes de los hatos cercanos a Santiago. Los relatos mencionan entre sus jefes a Bartolo Mejía, Manuel Jiménez y otros dirigentes rurales. No constituían un ejército regular en el sentido moderno. Buena parte de los movilizados procedía de las compañías locales de la Guardia Nacional y llevaba las armas, monturas y pertrechos disponibles en cada comunidad.

La operación perseguía varios objetivos simultáneos:

  • Bloquear las rutas por las cuales la guarnición podía desplazarse o recibir ayuda inmediata.
  • Demostrar que Santiago no estaba actuando de manera aislada.
  • Impedir que Morisset utilizara fuerzas destacadas en los accesos de la ciudad para deshacer el movimiento.
  • Respaldar con presencia armada la negociación que debía desarrollarse en el Ayuntamiento.
  • Evitar, si era posible, un asalto directo contra la fortaleza.

Al amanecer del 6 de marzo, un emisario de De Mena comunicó a Morisset que las fuerzas independentistas se disponían a conseguir la adhesión de Santiago. El comandante comprendió que ya no enfrentaba solamente una conspiración urbana. Varias poblaciones del Cibao habían formado contingentes y estos se encontraban en las proximidades de la plaza.

La reunión en el Ayuntamiento

Morisset convocó a representantes de las familias principales en el Ayuntamiento para conocer la posición de la ciudad. La reunión funcionó como una instancia de negociación entre las autoridades haitianas, los notables santiagueros y los delegados del movimiento dominicano.

Pedro Ramón de Mena entró en Santiago acompañado por una comisión presidida por Santiago Espaillat. La tradición recogida por José Gabriel García atribuye a Espaillat una pregunta fundamental: ¿con qué medios contaba la nueva República para sostener la Separación, proteger las vidas y asegurar las propiedades? También se habría preguntado por el respaldo que podía esperarse de alguna potencia extranjera.

La pregunta expresaba una preocupación real. Los comerciantes y propietarios de Santiago mantenían relaciones con Puerto Plata, Cabo Haitiano y otras poblaciones de la isla. Una guerra prolongada podía destruir esas conexiones, paralizar el comercio del tabaco y exponer la ciudad a un ataque. Tampoco se conocía todavía la capacidad efectiva del gobierno instalado en Santo Domingo.

Según la misma tradición, Domingo Daniel Pichardo respondió que para sostener la Independencia bastaba “el pecho de todos los dominicanos”. La frase fue seguida por un clamor de:

“¡Viva la República Dominicana!”

El episodio conserva el lenguaje patriótico propio de la época, pero también revela el contenido de la decisión. Al no existir garantía extranjera ni un ejército nacional plenamente constituido, la continuidad de la República dependía del compromiso militar y material de las poblaciones que se adherían a ella.

Debe advertirse que los detalles del diálogo llegaron a través de relatos históricos posteriores. No contamos con una transcripción inmediata de las palabras pronunciadas en el Ayuntamiento. La reunión, las reservas de los notables y la participación de Pichardo forman parte consistente de la tradición documental; la literalidad de cada expresión debe tratarse con prudencia.

Morisset ante la fortaleza San Luis

Después de la decisión adoptada en el Ayuntamiento, una comisión municipal se dirigió a la fortaleza San Luis para solicitar su entrega. Morisset todavía conservaba artillería, soldados y posiciones en los caminos de entrada a Santiago.

Los testimonios difieren en la forma exacta en que se produjo la capitulación. Una versión sostiene que el comandante aceptó la decisión de los principales vecinos, hizo replegar a las tropas que tenía en Gurabo y Nibaje y dispuso su concentración en la fortaleza. Otra afirma que inicialmente se negó a entregar la plaza y trató de ordenar el disparo de tres piezas de artillería.

Los elementos centrales, sin embargo, coinciden: Morisset no consiguió que sus tropas emprendieran una defensa activa y terminó entregando el fuerte al verse rodeado por las fuerzas procedentes de otras poblaciones y presionado por una comisión de notables santiagueros.

Un relato atribuido a Esteban de los Ángeles Aybar destaca la intervención del presbítero Domingo Antonio Solano. Cuando Morisset pretendió recurrir a la artillería, Solano y otros integrantes de la comisión habrían arrojado sus sombreros a sus pies, gesto con el cual le suplicaban o exigían desistir de una acción que podía provocar el derramamiento de sangre dentro de la ciudad.

El episodio del llanto de Morisset después de entregar la fortaleza también procede de esta tradición testimonial. Puede reflejar el impacto personal de perder la plaza y quedar convertido en prisionero, pero no resulta necesario para explicar la capitulación. Su situación militar era ya insostenible: los refuerzos de Cabo Haitiano no habían llegado, sus destacamentos habían sido obligados a replegarse y parte de sus hombres no estaba dispuesta a combatir.

El pronunciamiento fue pacífico, pero no estuvo desprovisto de coerción. La ausencia de disparos fue posible porque la concentración de fuerzas dominicanas redujo las opciones de resistencia. Se trató de una entrega negociada bajo presión militar.

La bandera dominicana sobre Santiago

Morisset arrió el pabellón haitiano y fue recibido como prisionero de guerra por Pedro Ramón de Mena. Posteriormente, el comandante Juan Álvarez Cartagena lo condujo a Santo Domingo para entregarlo a la Junta Central Gubernativa.

La tradición fija alrededor de las cuatro de la tarde del 6 de marzo el momento en que la bandera dominicana fue levantada sobre Santiago. La enseña se relaciona con Apolinaria Pérez, esposa de Román Franco Bidó, quien habría participado en su confección. Otras mujeres y familias santiagueras colaboraron con el movimiento desde los espacios domésticos donde se preparaban documentos, uniformes, insignias y medios de apoyo.

El izamiento tenía una función más profunda que la simple sustitución de un símbolo. Indicaba que la fortaleza, el arsenal, las autoridades municipales y la Guardia Nacional debían responder desde ese momento al gobierno dominicano.

Sin embargo, el control efectivo del territorio todavía era incompleto. Puerto Plata permanecía bajo una comandancia haitiana; la frontera Norte no había sido asegurada; desde Cabo Haitiano podía avanzar una fuerza contra Santiago y no existía todavía una estructura militar capaz de coordinar todos los contingentes movilizados.

La bandera proclamaba una soberanía que aún debía construirse y defenderse.

Las primeras autoridades dominicanas

Después de la entrega de la plaza se reorganizó el gobierno local. El general Felipe Vásquez, hasta entonces gobernador de La Vega, quedó encargado de la gobernación de Santiago. José María Imbert, corregidor de Moca, fue designado como su adjunto.

Estas designaciones muestran que el pronunciamiento no fue únicamente una manifestación popular. También implicó la transferencia inmediata de la administración civil y militar. Era necesario conservar el orden, controlar el arsenal, organizar las compañías disponibles y mantener comunicación con la Junta Central Gubernativa.

Francisco Antonio Salcedo y el coronel José Gómez recibieron la misión de avanzar hacia los hatos y la Línea Noroeste. Al día siguiente, De Mena salió con tropas hacia Puerto Plata, aunque la capitulación definitiva de aquella plaza no se produciría hasta el 14 de marzo.

Desde Santiago también se enviaron comisiones a San José de las Matas, cuya adhesión era indispensable para controlar los pasos hacia Sabaneta, Guayubín y las poblaciones fronterizas. Tomás Rodríguez, Narciso Román y Manuel Frómeta participaron como delegados del gobierno y de la municipalidad santiaguera en el pronunciamiento serrano del 10 de marzo.

Santiago se convirtió así en el centro desde el cual se extendió la autoridad dominicana hacia el Norte. La ciudad no quedó simplemente incorporada a la República: asumió la responsabilidad de organizar una parte considerable de su defensa.

Una adhesión civil sostenida por las armas

El pronunciamiento del 6 de marzo reunió tres elementos que no deben separarse.

El primero fue la organización clandestina desarrollada desde 1843. Sin el trabajo previo de Mella, Juan Evangelista Jiménez y los separatistas santiagueros, la noticia de Santo Domingo no habría producido una respuesta tan rápida.

El segundo fue la actuación de los ayuntamientos y los notables. Las preguntas formuladas en La Vega y Santiago muestran que la adhesión necesitaba una decisión política de las comunidades, no solamente una orden militar.

El tercero fue la movilización de la Guardia Nacional y de los contingentes procedentes de otros pueblos. La negociación con Morisset tuvo éxito porque detrás de los delegados existía una fuerza capaz de hacer efectiva la Separación.

No hubo en Santiago una batalla el 6 de marzo. Tampoco fue una ceremonia espontánea y sin riesgos. Fue una operación cuidadosamente coordinada que consiguió aislar a la autoridad haitiana, evitar un combate urbano, apoderarse de la principal fortaleza del Cibao y establecer un gobierno dominicano.

La decisión no puso fin al peligro. Apenas veinticuatro días después, la ciudad tendría que enfrentar al ejército dirigido por Jean-Louis Pierrot. Los hombres que rodearon la fortaleza San Luis el 6 de marzo debieron entonces reunir armas, artillería, caballos, víveres y refuerzos para defender lo proclamado.

El pronunciamiento transformó una red separatista en autoridad pública. Desde aquella tarde, Santiago ya no aguardaba la formación de la República: formaba parte de ella y comenzaba a prepararse para sostenerla.


Referencias y bibliografía

  • Cassá, Roberto. Antes y después del 27 de febrero. Archivo General de la Nación y Universidad Autónoma de Santo Domingo, Santo Domingo, 2016.
  • Espinal Hernández, Edwin. “El proceso independentista en el Cibao: la génesis de 1844”. Clío, núm. 201, Academia Dominicana de la Historia, 2021, pp. 37-92.
  • García, José Gabriel. Compendio de la historia de Santo Domingo. Obras completas, vol. I, Banco de Reservas y Archivo General de la Nación.
  • Llenas, Alejandro. “El movimiento de independencia en Santiago”, en Apuntes históricos sobre Santo Domingo. Archivo General de la Nación, Santo Domingo, 2007.
  • Rodríguez Demorizi, Emilio. Guerra dominico-haitiana: documentos para su estudio. Academia Militar Batalla de Las Carreras, 1957.
  • Rodríguez Demorizi, Emilio. Hojas de servicio del Ejército dominicano. Santo Domingo, 1968-1976.
  • Rodríguez Demorizi, Emilio. “Contribución de Santiago a la obra de la Independencia”, en Certamen de La Trinitaria: Contribución de Santiago a la obra de la Independencia. Sociedad Amantes de la Luz, Santiago, 1938.
  • Tejada, Adriano Miguel. Diario de la Independencia. Colección del Sesquicentenario de la Independencia Nacional, Santo Domingo, 1994.
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