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Crónicas de Hispaniola

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La Batalla de "Las Carreras"

Posted on junio 20, 2026junio 20, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en La Batalla de "Las Carreras"

Sus antecedentes históricos y consecuencias trascendentales

César A. Herrera

A pesar de las vicisitudes sombrías que agobiaran durante largos períodos a la antigua Española, y más tarde a la República Dominicana, parece que el Dios de las naciones ha intervenido para salvar a este pueblo de un aniquilamiento total. Después del 27 de febrero de 1844, los acontecimientos internos ocurridos en la República de Haití, contribuyeron decisivamente a la subsistencia de la naciente nacionalidad. Rota la poderosa unidad política establecida por Boyer sobre aquella tierra, los lugartenientes del férreo caudillo se disputaron con saña feroz la hegemonía del mando absoluto.

Los diversos y sucesivos gobiernos "efímeros" establecidos allí del 1844 al 1848, dieron a los dominicanos un tiempo precioso para organizar, cuando menos, una incipiente maquinaria estatal.

En este cuatrienio, etapa preparatoria del sombrío período de Soulouque, hubo agresiones que fueron denodadamente frustradas por el coraje dominicano. Las derrotas de esas fuerzas aceleraban sin embargo el desplome de esos gobiernos de transición.

El General Pierrot, vencido tantas veces por los ejércitos libertadores dominicanos, perdió la Presidencia de Haití, cuando convocaba sus fuerzas para una nueva agresión contra el territorio dominicano. Sus tropas, cansadas de infecundo batallar, donde solo cosechaban las amargas hieles de la derrota, lo derrocaron en una fecha clásica: 27 de febrero de 1846.

El General Juan Bautista Riche, que le sustituyó en el mando, dio al pueblo dominicano un período de tranquilidad, pues no lanzó sus hordas a la empresa de reconquistar nuestra tierra, bautizada ya en los campos de batalla por el copioso riego de una sangre generosa y heroica.

El General Riche disfrutaba de ascendiente en las filas del Ejército, y fue durante su corto ejercicio, factor de equilibrio entre las poderosas fuerzas raciales que han guiado siempre la política haitiana, salpicando su historia de acontecimientos sangrientos: la pugna feroz de los negros y mulatos. Riche, según Gustave D’Alaux "realizó por un momento el ideal del Gobierno haitiano".

Sin embargo, al morir en febrero de 1847, la turbulenta política haitiana elevó al solio presidencial a un oscuro soldado, electo por el Senado en competencia con hombres de talla y prestigio entre las filas de los militares y los políticos.

Aquel alto cuerpo haitiano, presidido a la sazón por M. Beabrun Ardouin, verificó empates durante ocho escrutinios sucesivos entre los generales negros Souffront y Jean Paul.

Faustin Soulouque, candidato de transacción, fue seleccionado con el secreto designio de ser manejado por la camarilla culta que en aquel país ha monopolizado siempre los destinos nacionales.

Su elección el 1.º de marzo de 1847, causó una ola de estupor en Haití. Su historia la califican sus compatriotas como el desarrollo de una mediocridad que desemboca en el campo de las atrocidades y represiones sangrientas, por incapacidad. vesania y egoísmo.

En 1804 Soulouque fue sirviente del general Lamarre. Después teniente de Pétion, "que lo lega más tarde.a Boyer como un mueble del Palacio de la Presidencia" (D’Alaux). Luego capitán, comandante, etc., hasta alcanzar el grado de general y comandante de la Guardia de Palacio. Cuando asciende a la Presidencia de su patria, cuenta de 60 a 62 años.

El gran vudúista que había en Soulouque, despertó a la realidad de su mando supremo como un tigre con la presa palpitante entre las garras implacables. Sus amigos y consejeros, aquellos que creyeron al oscuro general como de fácil manejo, desaparecieron en el trágico y pavoroso remolino de aquella política de tan brutal personalismo.

Celigny, Ardouin, Larochel, Maximilien Augustin, conocido mejor por general Similien, sirvieron de escabeles a Soulouque en su marcha hacia el trono de un grotesco Imperio, donde la liturgia de los tenebrosos ritos africanos era el himno diario para halagar la sordidez del estólido caudillo.

El cruel fetichista desató ríos de sangre sobre su tierra, realizando masacres como la del 16 de abril de 1848, que Abel Nicolás Léger califica de "suerte de Saint Barthelemy política que ensangrentaba la nación y la aterrorizaba, pero que fortificó al mismo tiempo la posición de los insurrectos del Este, y nos enajenó completamente las simpatías europeas".

Lucha por el favor de Francia

Aprovechando la paz que proporcionó a la República Dominicana, de manera espontánea, el ejercicio presidencial del General Riche, el Gobierno dominicano que presidía el General Pedro Santana, envió, en fecha 26 de mayo de 1846, una misión a Europa, integrada por los señores Buenaventura Báez, José María Medrano y Juan Esteban Aybar, con instrucciones de gestionar "el reconocimiento de la independencia de la República Dominicana, y hacer tratados de paz, alianza y comercio con los gobiernos de España, Francia e Inglaterra. Un año después de negociaciones infructuosas, se designó a Pedro Antonio Bobea, Fiscal del Tribunal de Apelación, en sustitución de Medrano, renunciante a su regresó al país. En las nuevas instrucciones dictadas a esta delegación en fecha 17 de Agosto de 1847, se dice: "Lo más interesante para nosotros es la intervención para hacer cesar la guerra; en esta virtud aquí es que deben Uds. poner su mayor empeño y desplegar todo su patriotismo para conseguirlo.

Durante meses las gestiones dominicanas se estrellaron en las Cortes de España y Francia. El Gobierno del rey Luis Felipe de Francia, se negó a impartir su reconocimiento hasta tanto el Gobierno haitiano lo hiciera. Por el Tratado de 1838, había reconocido la independencia de toda la isla como entidad haitiana, y por consecuencia consideraba a los dominicanos como simples insurrectos.

Afortunadamente, las corrientes del liberalismo que sacudieron los tronos de Europa en 1848, derrocaron a Luis Felipe en febrero del referido año.

Santana, en su calidad de Presidente de la República Dominicana, aprovechando tan feliz coyuntura, se dirigió directamente a los miembros del Gobierno provisional de la República Francesa, por comunicación fechada en dos de abril de 1848, mostrando su ayuda para evitar la inminente agresión haitiana.

Moviéndose hacia Londres, los emisarios nacionales iniciaron sus gestiones con el Gabinete de Saint James para obtener el ansiado reconocimiento, conquistando un éxito primario.

El 22 de mayo de 1848, Lord Palmerston, Canciller de Inglaterra, expidió en nombre de la reina Victoria las credenciales a Sir Robert H. Schomburgk como primer cónsul de Inglaterra en Santo Domingo, con poderes para negociar un Tratado de Amistad y Comercio, cuyos preliminares fueron planteados en Londres por los emisarios dominicanos.

Finalmente, el 22 de octubre de 1848 fue firmado en París, el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación, entre las Repúblicas Francesa y Dominicana, por medio del cual, además, se reconocía la independencia dominicana. Este pacto fue objeto de violentos ataques por parte de Beabrun Ardouin. Ministro haitiano en París. El enviado de Soulouque trataba, con el peculiar cinismo característico de la diplomacia haitiana, de ganar tiempo, mientras su amo organizaba un fulminante ataque sobre Santo Domingo. Palmerston, interesado en frenar a tiempo la agresión haitiana escribió el 13 de diciembre de 1848,

a Thomas R. Ussher, Cónsul inglés en Puerto Príncipe, para que tratara de disuadir a Soulouque "de su proyectada invasión al territorio dominicano". (Tansill: "The United States and Santo Domingo", pág. 137).

El Gobierno provisional de la República Francesa, no obstante los dramáticos esfuerzos haitianos por entorpecer las primeras negociaciones diplomáticas dominicanas, se mantuvo firme en su propósito. Por comunicación de Ricardo Miura, Secretario de Estado de Relaciones Exteriores, en fecha 14 de Julio de 1848, se evidencia que Mr. de Levasseur, antiguo Cónsul de Francia en Port-au-Prince, autor del sonado Plan que lleva su nombre, presidió la Comisión que intervino en los asuntos de Haití, y que su voto fue favorable y decisivo para los propósitos dominicanos.

El tratadista haitiano, Abel Nicolás Léger, en su interesante "Historia Diplomática de Haití" afirma que la masacre efectuada el 16 de abril de 1848 en Puerto Príncipe, predispuso definitivamente al Gobierno de la nueva República Francesa contra los siniestros designios de Soulouque. "Nuestras representaciones —dice el citado autor haitiano, nuestras protestas, nuestras amenazas habían sido vanas. El Gabinete de Puerto Príncipe quedaba obligado, bien a renunciar a su directiva constante de unificación territorial de la Isla, ya a librar la cuestión del Este al arbitraje de la fuerza. Él tomó este último partido".

Desconociendo las poderosas fuerzas morales que alentaban al pueblo dominicano en su resistencia contra todo intento de dominación haitiana, Soulouque resolvió extinguir para siempre los balbuceos de la libertad política en la 'insurrecta parte del Este".

Según Gustave D’Alaux, el Atila haitiano sufría de espejismos mentales. Dice en su obra: "La ilusión de Soulouque, la que sus cortesanos acariciaban más, consistió largo tiempo en creer que los dominicanos suspiraban por la dominación haitiana, y que el temor del castigo que ellos podrían sufrir por su revuelta contenía solo este propósito de sumisión').

Situación política de Santo Domingo

Aunque el General Pedro Santana había consolidado su hegemonía dentro del campo inestable de la política dominicana de aquellos tiempos, su poder aparecía ya con manchas de la sangre derramada en el cadalso por algunos de sus más señalados opositores. Su más reciente demostración de fuerza, la ejecución de los hermanos Puello, héroes de las primeras campañas de la independencia, había despertado temor y odio en el íntimo sagrario de la conciencia de algunos de sus seguidores. Afortunadamente para su estrella de guerrero, su ruptura con Buenaventura Báez, su más formidable antagonista en el palenque de la vida pública, no se había producido.

Sin embargo, asediado por las intrigas palaciegas; minada su robusta salud por tantas empresas agitadas; ansioso también de esquivar la tormenta que se formaba bajo sus plantas, el férreo caudillo resignó el mando supremo que había recibido el 12 de noviembre de 1844, para retirarse a sus posesiones de "El Prado", en espera de que soplaran para el brisas más propicias.

El Consejo de Ministros, integrado por don Domingo de la Rocha, Secretario de Estado de Justicia e lastrucción Pública; Félix Mercenario, Secretario de Estado de lo Interior y Policía; Doctor José María Caminero, Secretario de Estado de Hacienda, Comercio y Relaciones Exteriores, y General Manuel Jiménez, Secretario de Estado de Guerra y Marina, asumió las funciones del Poder Ejecutivo, en virtud de lo dispuesto por el Art. 99 de la Constitución del 6 de noviembre de 1844.

Convocados los Colegios Electorales del país, los votos finales para la elección presidencial favorecieron al General Manuel Jiménez, de triste memoria. Asumió el poder legalmente el 8 de septiembre de 1848, y su primer paso fue confirmar el' Gabinete que había recibido el mando a la renuncia de Santana.

El nuevo mandatario no acertó a comprender el momento trascendental que el destino le había reservado para gobernar a su pueblo. Un norteamericano, el señor Benjamín E. Green, Agente Especial del Gobierno de los Estados Unidos en Santo Domingo, describió el carácter de Jiménez, en comunicación al Secretario Clayton, diciéndole: "gastó su tiempo en limpiar, entrenar y pelear gallos, siendo frecuentemente necesario enviar actas del Congreso y otros documentos oficiales a la gallera para su aprobación y firma". (V. Manning: "Diplomatic correspondence of United States".)

Uno de los pasos más funestos del Presidente Jiménez, que pudo ser mortal para la seguridad y estabilidad del país, fue la desintegración de las fuerzas armadas, especialmente de los cuerpos de infantería de línea.

Jiménez conocía el hondo ascendiente del General Santana en las filas del Ejército, y a pesar del grave riesgo que ello significaba, procedió a disminuir la potencia y poderío de la organización castrense que consideraba al soldado vencedor de Haití su ídolo natural.

Cuando los acontecimientos militares ulteriores demostraron que la moral del Ejército se había esfumado, Jiménez pagó, hasta con el honor de su nombre, su desacertada táctica política.

La amnistía a los patriotas desterrados, fue otra fuente de perturbaciones para el nuevo mandatario. Los hombres que soñaron la Patria libre de todas las coyundas, se encontraban en otras tierras, perseguidos por traidores, víctimas del violento torbellino de pasiones que se desató al otro día de la gloriosa jornada febrero. Santana, bajo el acicate de los viejos políticos, había sido el autor del Decreto de destierro, y los hombres que actuaron y se responsabilizaron en este paso violento, no podían ver con serenidad el regresó de esos perseguidos al seno de la Patria en zozobra.

Cuando Jiménez promulgó en 26 de septiembre de 1848, el decreto que tres días antes habían dictado el Consejo Conservador y la Cámara del Tribunal, reunidos en Congreso, por medio del cual concedía amplia y total amnistía a Francisco del Rosario Sánchez, Ramón Mella, Juan Pablo y Vicente Duarte, Pedro Alejandrino Pina, Juan Evangelista Jiménez y Juan Isidro Pérez, las fuerzas del poderoso partido conservador se aprestaron a la defensa de sus posiciones e intereses creados. Todos los amnistiados regresaron a la Patria, menos el ilustre Fundador. Duarte quiso ahorrarse las dolorosas caídas que sus enemigos le proporcionaron a sus compañeros de ideales y sacrificios.

Interesado no obstante, en recibir la caricia de las auras populares, Jiménez realizó un recorrido por el Cibao. Más tarde emprendió otro viaje por la región del Sur, para inspeccionar de cerca la organización de la defensa adoptada por Duvergé, ante la amenaza del inminente ataque de Soulouque. El 25 de noviembre de 1848, el Presidente Jiménez salió de la capital de la República. Sin duda alguna, al llegar a las tierras cálidas del Sur remoto, se sintió galvanizado por el temple heroico de Duvergé, decidido a una lucha sin tregua con el empecinado enemigo. Pero no vio las grietas en los mandos militares, que viciados de laborantismo político, habían perdido eficacia para una resistencia inmediatamente victoriosa. La presencia del General Valentín Alcántara en el Cuartel General de las fronteras, era un signo de debilidad de impotencia.

Cuando el mandatario viajero regresó a su sede capitalina, recibió noticias de que el Presidente haitiano había lanzado una proclama el día 4 de noviembre, incitando a su pueblo a una nueva aventura guerrera contra los dominicanos.

El Presidente Jiménez, como primera medida práctica para la defensa nacional, usando las facultades extraordinarias que le otorgó el Congreso el 24 de octubre del mismo año, dictó un Decreto el 17 de diciembre movilizando la guardia cívica, que incluía, a "todos los dominicanos desde la edad de doce hasta los setenta años cumplidos".

Jiménez, empleando una táctica nueva, lanzó a su vez una proclama al pueblo y al ejército, en fecha 18 de diciembre de 1848, tratando de endurecer el espíritu de la resistencia nacional. Duvergé, en la misma fecha, hacia circular en francés y español, otra proclama admonitoria y enérgica, dirigida "a los haitianos", vituperando la villanía y crueldad de su caudillo, que terminaba diciendo:

"Haitianos: yo os hablo en nombre de vuestro interés; en nombre de vuestra conservación, de vuestras mujeres y de vuestros hijos, ningún derecho os asiste sobre la República Dominicana que vosotros insistís en apellidar parte del Este; nada tenéis que buscar en ella, ni nada tenéis que ganar si no es fatigas, pérdida de vuestro trabajo que abandonáis, miserias, necesidades, quebrantos y una muerte segura que reservamos los valientes dominicanos en la boca de nuestros fusiles, en la punta de nuestras lanzas, y los filos de nuestros machetes, a todo el que atrevido osare atacar nuestros derechos y nuestra propiedad".

(Rodríguez Demorizi: "Guerra Dominico-Haitíana".)

Tanto el documento de Jiménez como el de Duvergé fueron impresos por Ignacio González en la Imprenta Nacional. Tal vez fueron redactados por la misma mano.

Invasión haitiana de 1849. Tercera campaña de las guerras de independencia

Con el formal propósito de adelantarse por una acción fulminante, a las gestiones diplomáticas éxitosas con que la República Dominicana daba sus primeros pasos para obtener el reconocimiento de su independencia, Soulouque lanzó sobre esta tierra, sus tropas ascendentes a 18,000 hombres, el 6 de marzo de 1849,

De todos los puntos de Haití concurrieron las fuerzas invasoras. Las tropas del Oeste, del sur y del Artibonito, avanzaron por Mirebalais. El ejército del Norte, compuesto según Justin Bouzon, del 300 y 20 regimiento del Cabo; del 190 de Port de Paix; de las guardias nacionales de esa región, marchaba por Hincha bajo el mando del General Bobo, a la sazón comandante del departamento del Norte.

Las diferentes columnas se encontraban bajo el mando de los generales Thomas, Héctor, Louis Michel, Geffrard, Vincent y Jeannot Jean Francois.

Aquella avalancha formidable, arrolladora desde su impulso inicial, bajo el acicate de su bárbaro caudillo, venía como mensajera de la muerte, a totalizar la isla bajo el negro manto de la hegemonía haitiana.

El primer serio impacto de la gran ofensiva, lo recibió el ejército dominicano en Las Matas de Farfán donde se encontraba el Cuartel General del Ejército dominicano en campaña.

El General Ramón Mella; el Coronel Feliciano Martínez y los generales Remigio del Castillo y Valentín Alcántara, comandaban las fuerzas que combatieron con tenacidad hasta ser arrolladas.

El ejército haitiano continuó su marcha, ocupando a San Juan de la Maguana el 20 de marzo, combatido incesantemente por fuerzas de guerrillas dispersas, que sangraban útilmente al enemigo despiadado. El grueso de las fuerzas nacionales, bajo el mando del General Antonio Duvergé intentaba contener esa avalancha en las inmediaciones de Azua.

El 5 de abril el Presidente Soulouque, después de vencer las vanguardias dominicanas en el río Jura, pone corto sitio a la ciudad de Azua, que va a ser nuevamente testigo de un acontecimiento militar de gran importancia.

El presidente Jiménez en campaña

El 23 de marzo de 1849, salió de Santo Domingo el Presidente Jiménez, presionado por sus inquietos colaboradores ante las desastrosas noticias del avance sostenido del ejército haitiano. Al abandonar Jiménez su sede oficial, el laborantismo político que no había tenido reposo arreció sus funestos empeños dividiéndose de manera menguada las fuerzas que se necesitaban para batir de manera decisiva al enemigo común.

Las peculiares disposiciones políticas y constitucionales de ese tiempo, establecían que al ausentarse de la capital el Presidente de la República, el Poder Ejecutivo sería ejercido por el Consejo de Ministros. A espaldas del Presidente Jiménez, los políticos más avisados acelerarían sus combinaciones, jugándose el destino de la Patria, a trueque de acaparar el poder que se le iba de las manos al impotente mandatario.

José Gabriel García dice que el ejército dominicano concentrado en Azua ascendía a 5,000 hombres con doce piezas de artillería, pero faltos de espíritu combativo, por las disensiones políticas que habían quebrantado la moral y la unidad de las fuerzas. Ni la presencia y actividad de Antonio Duvergé, el gran batallador sin cansancio, pudo inyectar en aquellos hombres que venían perseguidos por las fuerzas asesinas de Soulouque, el sentido de la responsabilidad y la vergüenza para vender la vida al precio de la gloria. Jiménez no estaba dotado de las condiciones de conductor y de guerrero necesarias para asumir con un arranque épico y soberbio su condición de Jefe Supremo del pueblo y del ejército.

Agobiado y moralmente vencido, contemplando el sombrío panorama que aguardaba a su país, Jiménez regresó a la capital, encargando a Duvergé de resolver los graves problemas creados por el inminente ataque haitiano. Los oficiales comandantes que actuaban en Azua, rompieron la subordinación militar, y cuando se produjo el ataque general del enemigo el 5 de abril, cada oficial actuó por su propia cuenta, en una fragmentación de la batalla, que culminó el día 6, en una derrota general de las fuerzas nacionales. El frente dominicano, capaz hasta ese momento de contener el avance haitiano sobre Santo Domingo, se había momentáneamente desplomado!

El desastre de Azua tiene dos visibles figuras culpables: el General Valentín Alcántara y el Comandante Juan Batista.

El primero, traidor reintegrado a su mando en las fronteras en enero de 1849, por la absoluta falta de energía demostrada por el Presidente Jiménez, fue factor decisivo en la desmoralización de nuestras fuerzas en su odisea de Las Matas hasta Azua.

El General Juan Contreras, declaró de manera solemne a la inquisitiva de Santana sobre la conducta de Alcántara lo que sigue:

’Vista la solicitud que antecede, del Gral. Pedro Santana, declaró bajo sagrado juramento y el honor que me caracteriza, que a la entrada de las tropas derrotadas de Las Matas y Sn. Juan declaraban públicamente contra el Gral. V. Alcántara, diciendo todos unánimes que dch. Gral. los había traicionado; en lo que se fundaban, pr. haber dado tiempo a que el Ejército enemigo los envolviera sin tomar ninguna disposición defensiva; antes al contrario, que desanimaba, ponderando la fuerza de los haitianos, y a vista de las columnas enemigas subió al fuerte haciendo muchos ademanes como pa. dar a conocer, y desapareció para ponerse en salvo; que por el camino aconsejaba a la tropa que no parara hasta esta ciudad y que tanta fue la desconfianza de sus tropas que cuando (… borrada) vieron como tomar disposiciones.sobre mudar su puntería de las piezas del fuerte de Sn. José, de donde yo la tenía, le denunciaron a mi el Tte. Ermenegildo Silvestre y los Artilleros a su mando sin quererse conformar, lo que expuse al Sr. Presidente de la República pa. ponerme a cubierto de toda responsabilidad; que como nada se dispuso sobre el particular y se quedó actuando, se subía al fuerte de la Vigía cada vez que se hacía fuego al enemigo tratando de persuadir que los fuegos que se hacían con la artillería perjudicaban nuestra tropa y probablemente era dirigido al enemigo; que el Viernes Santo pr. la tarde, pr. orden del Gral. Anto. Duvergé. le fue entregado el mando en Jefe de tres Guerrillas que se racionaran para atacar esa misma tarde y dejó de ejecutarlo, lo que pa. excusarse influyó con sus Jefes de cuerpos, y el Gral. Duvergé a convocar un consejo pa. tratar de retirada, como pudo lograrlo aún sin la aprobación de algunos oficiales alarmando las tropas con muchas mentiras que se dejaron circular, como que no había municiones ni provisiones, lo que era incierto; que estábamos sitiados, lo que era al contrario, porq. la ventaja de posición era pr. nosotros; y que los enemigos marchaban pa. arriba degollando los pueblos, lo que. desmoralizó completamente la armada; que salió el primero de todos los oficiales, y que pasando pr. todas las guardias les intimaba que abandonara, que la fuerza enemiga era mucha; -como lo prueba el Comte. Dionisio Cabral y toda su guarnición en Portezuela-; es cuanto se y puedo declarar en fuerza de la Verdad."

Azua, abril 29 de 1849 y 69 de la Patria, El Gral Comte. de Armas. (fdo.) J. Contreras." ("La Nación", 19 de Julio de 1940, "Juan Contreras vs. V. Alcántara", Por Sócrates Nolasco.)

Del segundo, el propio General Jiménez, dice en su carta a J. N. Ravelo haber ordenado su traslado a la capital "para que allí se descargue de la falta de cumplimiento de la orden que le fue dada de permanecer en Los Conucos después de haber defendido la entrada de dichos Conucos, lo más esencial, y a lo que se puede atribuir la la pérdida de Azua".

Pánico en Santo Domingo

A medida que llegaban a la antigua ciudad de Santo Domingo, las alarmantes noticias del victorioso avance haitiano, la situación política, inestable, sin arraigo en la opinión pública, se fue convirtiendo en un completo caos.

Mr, Victor Place, Cónsul de Francia en la capital de la República, en esos días sombríos de la historia nacional, escribió al Ministro de Negocios Extranjeros de su país, una carta fechada el 21 de marzo, diciéndole en uno de sus párrafos: "El Gobierno ha hecho tirar el cañón de alarma para llamar la población a las armas, pero desgraciadamente este gobierno, que ha reemplazado al de Santana, en Agosto último, es débil, mal aconsejado y sobre todo no posee la confianza del ejército ni de la población".

"Se ha hablado ya de llamar al General Santana para ponerlo a la cabeza de las tropas, pues el es siempre el hombre de influencia en el país y es el único en efecto que está en condiciones de detener a los haitianos". (V. Correspondencia del Cónsul de Francia en Santo Domingo", pág. 127.)

Como Jiménez había salido el 23 de marzo para el teatro de los acontecimientos, y no regresó hasta los primeros días de abril, el Congreso Nacional, presidido por Buenaventura Báez, inició sus actividades de organización bélica, lanzando el 26 de marzo una proclama al pueblo dominicano, para tratar de mantener fortalecido el espíritu de resistencia y sacrificio, donde decía: "El momento supremo del triunfo o del exterminio ha llegado para nosotros; la Patria, donde reposan en sueño eterno las cenizas de nuestros mayores, exige imperiosamente del último de sus hijos, el concurso de sus fuerzas, el concurso de su cooperación, el concurso de su civismo".

En la vibrante prosa de esta proclama (véase en apéndice documental) redactada por una pluma de méritos, se pintó con sin igual colorido el cuadro tremendo que presentaría esta tierra en caso de una victoria final de Soulouque. Sus cláusulas ardientes terminaban con esta invocación sibilina: "Dominicanos! La hora solemne, tremenda y augusta de la gloria, o del exterminio ha sonado. La Patria ha de existir. o desaparecer. Cada palmo de terreno ha d- ser sellado con la vida de un invasor, y aunque fuesen más numerosos que las arenas del mar, debemos triunfar, porque la lucha dominico-haitiana es de vida y honor. O dominicanos y la libertad, o haitianos y el deshonor y la muerte. O la victoria, o la tumba con todo lo que nos pertenece!"

Los partidarios que el General Santana tenía en el Congreso, y Consejo de Ministros, acuciados por el clamor popular, obtuvieron del Congreso Nacional un Decreto en fecha 2 de abril, por cuyo artículo 39 se llamaba al caudillo militar y político a "ponerse inmediatamente a las órdenes del Presidente de t República, en cualquier lugar donde se halle este primer magistrado, con todas las fuerzas que pueda movilizar en la Provincia del Seibo". Este Decreto fue sancionado por el Consejo de Ministros el día 3 de abril.

Sin pérdida de tiempo, el General Román Franco Bidó, Ministro de Guerra y Marina, escribió a Santana. comunicándole esta nueva.

El inspirador y dirigente de este movimiento pro Santana era el Presidente del Congreso, coronel Buenaventura Báez. Este hombre, avezado y astuto político, era una de las figuras representativas del elemento conservador, que no tuvo fe absoluta en la viabilidad de la República sin el amparo de una gran potencia. Santana era considerado el brazo armado de ese partido que coronó al fin sus ideales en 1861, y no podía permanecer ausente de cualquier combinación de supremo interés donde estuviera en juego la suerte de la nación.

Santana era un caudillo de fuerza. La incipiente sociedad dominicana de aquellos tiempos calamitosos, no podía producir al estadista visionario y cerebral, capaz de imprimir con éxito un rumbo estable a la República Dominicana. Sobre el agitado campo de aquellas luchas enconadas, donde el ideal de la Patria libre se mezclaba con los intereses del personalismo más absoluto, un tipo de hombre como Santana era el fruto natural de la política. Su espada, aunque no tuvo un ejercicio bélico tan activo como la de otros caudillos militares, tenía sin embargo para el pueblo dominicano un poder de sugestión que fue extraordinariamente útil a la seguridad nacional. Su carácter imperioso, forjado en las duras luchas del campo, manejando rebaños de ganados y de hombres, no toleraba oposición a sus designios. ni aún dentro de los cánones de la Constitución y de las leyes.

Cuando se aclama su nombre para que corra al frente de la lucha a combatir a los invasores, no era tan solo por el inmediato interés político, sino porque en el seno de las masas combatientes, integradas por soldados de todas las jerarquías sociales y humanas, su influencia personal era decisiva, y capaz de galvanizarlas para un esfuerzo victorioso y supremo.

Báez, defendiéndose años más tarde desde Saint Thomas contra las acusaciones que le prodiga Santana en su Manifiesto del 3 de Julio de 1853, y del decreto de expulsión de esa misma fecha, al referirse al movimiento que sacó a Santana de "El Prado" dice lo siguiente: "Venía ya en retirada nuestro ejército, y el espanto que reinaba en el país presagiaba su próxima ruina. Faltaba un hombre para hacer frente a la situación, y era difícil improvisarlo: mis ojos se volvieron hacia,Santana, pero estaba tildado de tirano: imputábanle como crímenes el desfalco de la hacienda pública, la muerte de varios ciudadanos y la expulsión de otros Sin embargo, a falta de otro hombre de prestigio en tan inminente riesgo, tomé el empeño de restablecerlo en la opinión, y sugerí en medio de tantos conflictos la idea de llamarle al servicio".

"Opúsose el Gobierno, pero halló acogida el pensamiento en el Congreso y en una parte del pueblo. Uniforme en instantes la opinión, dirigí los esfuerzos de las Cámaras, y nadie me desmentirá, a ellos se debieron la rehabilitación de Santana, que ni siquiera se atrevía a salir de su retiro en aquellos momentos de general angustia. Yo no estaba vacilando, con una opinión en las Cámaras, y otra en presencia del mandatario rival de Santana; ni protestando y contra protestando según el lugar en que me hallará al estallar cada oleada en aquella borrasca; ni escondido en los rincones de los consulados, como esos instigadores de hoy: luché cuerpo a cuerpo con el poder y sus sicarios, y triunfó el pensamiento salvador".

"Vino Santana a colocarse al frente del ejército, y con los esfuerzos gigantescos del pueblo libertó al país de los invasores: salvó nuestra independencia y ciñó su frente de inmarcesibles laureles".

El Cónsul de Francia, escribió dos días después del llamamiento a Santana, al Ministro de Asuntos Extranjeros diciéndole: "Parece que una suerte de fatalidad se ha vinculado a este desgraciado país. El Presidente, que ha perdido la cabeza, no sabe adoptar ninguna medida eficaz: las tropas retroceden rápidamente y han abandonado sin resistencia todos los puntos de defensa donde habrían podido tan fácilmente contener a los haitianos en las rutas casi impracticables que conducen de San Juan a Azua. No hay ni un jefe capacitado entre todos estos generales, de los cuales casi ninguno ha visto jamás el fuego. Espero enterarme de un momento a otro que Azua, el último punto donde hubiera sido posible hacer una resistencia sería, ha sido evacuada."

"Los miembros del gobierno, quienes llevaron a Santana a retirarse del poder el año pasado, ante su solo nombre parecen presas del terror y del vértigo, no han osado llamarle a pesar del deseo de la población. Es el Congreso quien ha debido tomar la iniciativa, pero tal vez demasiado tarde."

"La capital se encuentra abarrotada de todos los fugitivos que acuden a ella y que cuentan los horrores que los haitianos han cometido; el espanto está reinando y algunos desórdenes han tenido lugar."

El Presidente, que como ya hemos consignado regresó a la capital antes del desastre de Azua los días 5 y 6 de abril, se sorprendió y alarmó al enterarse que Santana había sido reclamado como la única espada capaz de contener la marea haitiana.

Aunque "había perdido la cabeza" para otras resoluciones, no vaciló en dictar un decreto el mismo día 3, anulando el que contenía el llamamiento de Santana por el Congreso. La noticia de la catástrofe sufrida en Azua, le obligó a salir nuevamente hacia el frente, en un intento de reivindicarse, dejando a sus espaldas un hervidero de pasiones y temores, y a un pueblo angustiado, esperando al General Santana para que realizara el milagro de que todos lo consideraban capaz.

Gestiones urgentes de protectorados

Mientras continuaban desarrollándose con celeridad los acontecimientos militares, en Santo Domingo se libraba otra guerra sorda entre los representantes de Francia e Inglaterra, empeñados en obtener ventajas de aquel caos político social. El protectorado de una gran potencia era casi la única esperanza de salvación en la mente de aquellos políticos.

Victor Place, con vivido realismo describe a su Ministro en fecha 12 de abril, las horribles condiciones de la capital, el éxodo pavoroso de millares de personas, y la falta de una enérgica actividad dirigente en las esferas del gobierno. Dice en la primera parte de su comunicación así: "Los haitianos se han hecho dueños de Azua y el ejército dominicano se ha dispersado; un gran numero de soldados ha desaparecido ya, hundiéndose en las vastas selvas de la isla donde saben que por largo tiempo no serán buscados; de once generales que comandaban en la frontera, ni uno solo ha sabido oponer una resistencia cualquiera; han abandonado seis piezas de artillería con una cantidad considerable de municiones y de víveres e incluso han abandonado a los heridos."

"Nada puede dar una idea del terror que se ha apoderado de la población. La ciudad esta repleta de mujeres y de niños que llegan de Las Matas, de San Juan, de Azua, de Baní, de San Cristóbal; no se oye por todas partes sino gritos y lamentos. En menos de cuatro días todas las casas han sido abarrotadas, y todos estos desgraciados que han llegado sin provisiones, han causado una escasez, tanto más grande cuanto no se tarde nada de los campos, muchos de cuyos habitantes formaban parte de ese ejército dispersado."

"En previsión de tales acontecimientos, había reunido para mi casa algunas provisiones de harina, arroz, pollos, carneros, etc.; pero frente a una miseria tan grande no he podido resistir y he ordenado hacer distribuciones entre los desgraciados que mueren de hambre y que continuaré en tanto me quede algo. Más sobrevendría si este estado de cosas se prolonga?"

"Veréis en todo esto, señor Ministro, la confirmación de lo que decía en mi carta del 10 de febrero último relativo al protectorado, que este pueblo será siempre incapaz de gobernarse y regirse por sí mismo. El Gobierno no ha tomado todavía una medida enérgica; abandona todo poco menos que al azar; apremiado por el Congreso a decidirse a actuar, le ha respondido que le abandonaba completamente la dirección de la salud pública!'

El tono de esta correspondencia, de menosprecio para el valor y pericia de los soldados que como Duvergé se jugaban a diario la vida frente al enemigo, es sintomática del laborantismo del Consulado francés, en conjunción de esfuerzos con el grupo de conservadores descreídos al servicio de un ideal de mediatización o extinción de la soberanía política.

El recuerdo de Mr. Eustache Juchereau de Saint Denys, esta ligado a los momentos iniciales de la independencia dominicana, por su cooperación en el éxito del movimiento del 27 de febrero, siguiendo los planes del poderoso partido de los afrancesados, frustrado en sus empeños por la viril actividad nacionalista de Duarte. En 1849, Victor Place, interviene de manera activa, alimentando las aspiraciones de aquellos políticos que veían en Francia, el protectorado ideal para poner dique definitivo a las invasiones haitianas.

Otro Cónsul, Mr. Robert H. Schomburgk, primer representante de Inglaterra en este país, cuyo arribo en 1848 fue considerado como un reconocimiento tácito de la independencia dominicana por esa nación, desplegaba también sus mejores artes en obtener para su patria.la buena pro del Gobierno dominicano.

A las puertas de ambos consulados llamaban sin descanso las autoridades dominicanas en demanda ds protección. Place escribió el 12 de abril a su Gobierno, informándole que: "Una comisión compuesta por el Presidente del Congreso y por dos de sus miembros más influyentes se ha presentado ahora ante mi para preguntarme si consentiría dejar enarbolar el pabellón francés. He tenido que responder que no había recibido aún órdenes de mi Gobierno a este respecto y que me era imposible aceptar; que sin embargo no estaba autorizado a rehusar y que por tanto le suplicaba aguardar. Me respondieron que en la situación presente un retardo más largo era impracticable; que yo mismo era testigo del abandono completo de toda dirección en que se encontraba el país y que los desórdenes internos iban a sumarse a la guerra extranjera si yo no me apresuraba a ofrecer una bandera, emblema del orden y la fuerza, y la comisión ha insistido para que aceptase cuando menos provisionalmente, hasta que vos, señor Ministro, enviaseis vuestra decisión."

Poco después de abandonar el Consulado francés, Buenaventura Báez y sus dos "influyentes" compañeros se dirigieron a la residencia de Schomburgk. Este funcionario consigna de manera categórica, que el día 9 de abril -un día antes de la visita de Báez-, había tenido en su casa al Dr. José María Caminero, Ministro de Relaciones Exteriores dominicano, con el objeto de poner en su conocimiento "que el Presidente de la República le había suplicado decirle que había llegado el tiempo de enarbolar el Pabellón Británico en esta República". (V. Apéndice documental, doc. No. 15.)

El activo y competente Cónsul inglés, escribió en fecha 10 a su Ministro, dándole detalles de todos estos acontecimientos, y recabando instrucciones. Palmerston le manifestó sin rodeos que "no estaba dispuesto a mezclarse en las complicadas responsabilidades que traería el asunto de la demanda dominicana de colocarse bajo el protectorado de la Gran Bretaña. En verdad parecía que la verdadera intención de este asunto fuera que la Gran Bretaña mandará ayuda militar para que los dominicanos se defendiesen contra los haitianos. Sin embargo mucho desea el Gobierno de Su Majestad que el esfuerzo de los dominicanos para mantener su independencia tenga buen éxito". (Tansill: ob. cit.)

La pavorosa noticia del desastre del Ejército dominicano en Azua llegó a Santo Domingo cuando Santana arribaba del Seibo. En aquel vaivén de disposiciones sin sentido, y de falta de energía y disciplina, la presencia del solicitado y esperado guerrero tonificó un poco el ambiente derrotista de la capital. Pero Santana no podía olvidar sus veleidades afrancesadas de 1844. Víctor Place da la clave de muchos acontecimientos, cuando escribió a su Gobierno en fecha 17 de abril lo siguiente: "Por su parte el General Santana, hombre muy francés de corazón, pero que desea ante todo el bienestar de su país (subrayamos nosotros) me ha declarado el día que tomó el mando de las tropas, que marchaban a la frontera para esperar la decisión de Francia, pero que si los acontecimientos de la guerra resultaran más fuertes que el, y si yo continuara rehusando dejar enarbolar nuestro pabellón, el se echaría en brazos de Inglaterra".

"Finalmente los dominicanos han envíado un barco.a Puerto Rico para implorar la protección de su antigua Metrópoli a falta de todo otro socorro". (V. "Correspondencia del Cónsul de Francia". C. T.)

Todo menos Haití parece ser el pensamiento de los hombres de Estado dominicanos de aquellos tiempos. Ante el horrible fantasma de una nueva y asoladora dominación haitiana, que aniquilaría para siempre, con el exterminio de sus pobladores, la tradición hispánica de Santo Domingo, aquellos hombres preferían la tutela de una gran potencia europea, o de los Estados Unidos. Los esfuerzos por obtener el protectorado político, tuvieron, en algunos momentos, caracteres de empresa nacional.

Santana salió de Santo Domingo, rumbo al teatro de los acontecimientos el 10 de abril de 1849. Los documentos no son categóricos en cuanto a la posición que ocuparía en la jerarquía militar, pues Duvergé operaba en su calidad de Comandante de las Fronteras del Sur. Las comunicaciones que el Ministro de Guerra y Marina dirigió, tanto a Santana como a Duvergé, les sindicaban que debían actuar de acuerdo "en todas las operaciones concernientes a la defensa y seguridad de dichas fronteras".

En el cuartel general de Sabana Buey

Sabana Buey queda en la mitad del viejo camino entre Baní y Azua, en las inmediaciones del río Ocoa. al sur franco del campo de Las Carreras Allí se estableció el Cuartel General del Ejército, después de la retirada de Azua. Santana conocía bien este sitio. pues él y su hermano Ramón encontraron por allí refugio cuando se escaparon a la escolta que los conducía prisioneros a Haití en 1843, por órdenes del Presidente Hérard. Después de la batalla de Azua el 19 de marzo, descanso allí 'de las fatigas de la lucha y de las amarguras de toda retirada.

El encuentro de Jiménez, Santana y Duvergé debió ser patético y solemne. Sobre estos tres hombres gravitaba el destino de la Patria angustiada. El Ejército de Soulouque vivaqueaba en Azua hacía tres días, pero se esperaba por momentos la reanudación de su avance.

Santana, hombre nacido para el mando sin cortapisas, recomendó inmediatamente quitar de todo cargo al General Valentín Alcántara, sospechoso de connivencia culpable con el enemigo, desde los días en que fue inexplicablemente capturado en Las Matas de Farfán.

Al enterarse que desde el día 7 de abril, Jiménez había dado las órdenes en ese sentido, lo mandó en calidad de prisionero a bordo de la fragata "Cibao".

El Presidente Jiménez, cohibido de movimientos en presencia de Santana, que mandaba con la desenvoltura imperiosa que caracterizaba su personalidad, regresó nuevamente a Santo Domingo, para concretarse plenamente al turbio politiqueo sin glorias de aquellos tiempos.

Duvergé, el gran soldado de las abnegaciones supremas, sintió también contrastado su mando por Santana. Sobre su espíritu, abatido por el peso de tantos acontecimientos sin fortuna; no había caído sin embargo el negro crespón de las derrotas. Solo anhelaba una oportunidad para devolver a su espada,el resplandor de sus antiguas victorias. Cuando se supo en Sabana Buey que Soulouque continuaba su avance, Duvergé se dispuso a concurrir con denuedo a una nueva y solemne cita con el destino.

Batalla de "El Número"

La batalla de "El Número" fue de gran importancia en la campaña de 1849. Esa acción de armas quebró el ímpetu salvaje de la agresión haitiana. Por los documentos que se conocen a la fecha relativos a esos trascendentales sucesos, se desprende que el General Antonio Duvergé partió del Cuartel General de Sabana Buey hasta "El Número", que se encontraba guarnecido por las fuerzas que mandaban el General Sosa y el Coronel Dominguez. La batalla se libró en la mañana, y los haitianos abandonaron hasta sus muertos.

El primer parte oficial del Ministerio de Guerra y Marina, se pública el 4 de mayo, conjuntamente con los partes de operaciones de "Las Carreras". Duvergé fechó su sucinto informe el 17 de abril, sobre el mismo campo ensangrentado, a las once de la mañana.

Ni Justin Bouzon, en sus "Etudes Historiques sur la Présidence de Faustin Soulouque", ni Abel Nicolás Léger en su "Histoíre Diplomatique d’Haití" ni ningún tratadista haitiano de nota, da la importancia de la batalla de "El Número". Por eso las fuentes haitianas deben ser objeto de cuarentena histórica.

En ese desfiladero perdieron velocidad y confianza los soldados haitianos. Duvergé, amparado en las ventajas estratégicas de la posición, acribilló por así decirlo, al gran ejército invasor. Aquellas hordas, enardecidas por una serie de victorias ininterrumpidas, sufrieron allí su primer gran descalabro en esa campaña.

El parte del vencedor de "El Número" demuestra claramente que Santana no estaba en el frente a título de simple auxiliar de Duvergé. Este, al rendir cuenta de la jornada, encabeza su comunicación así: "Puesto del Numero, 17 de abril de 1849. Antonio Duvergé, General de División y Comandante de las Fronteras del Sur. Al señor General Pedro Santana, Comandante en Jefe de las mismas". Este título de Comandante en Jefe de las mismas define claramente la posición de Santana en el teatro de las operaciones.

Santana, cuando llegó a los tremendos campos de batalla fue el jefe natural. No importó que el Congreso le omitiera este título, aunque lo subordinara únicamente a las órdenes del Presidente de la República. Su naturaleza forjada para las arduas empresas del mando y la soberbia, lo auparon una vez más, como por derecho propio, sobre todos sus otros compañeros de sacrificios y de glorias.

Duvergé continúa su parte a Santana diciendo: "Señor General: en este momento, como a las once del día, hemos hecho replegar al enemigo, que dejó en nuestros campos de batalla sus muertos que no pudieron cargar."

"La pérdida de los nuestros fue un poco considerable, entre heridos y muertos."

"Hasta ahora no sabemos la determinación del enemigo, pero nosotros nos mantendremos firmes a defender el punto."

"Apresúreme Ud. las municiones que en mi anterior oficio le pedí."

"Dios guarde a Ud. muchos años. Duvergé."

"El Número" no fue sin embargo, una batalla decisiva. Aunque el General Contreras, apostado en los cerros del Portezuelo informó haber visto pasar ese día, desde las alturas que ocupaba, mucha tropa haitiana en precipitada fuga", los dominicanos no pudieron conservar definitivamente la posición de "El Número" cuando los haitianos volvieron a la carga.

Los tremendos choques emotivos sufridos por Duvergé habían quebrantado, sin duda, su naturaleza de hierro. Sin otro camino honorable, con su mando coartado por el omnipotente caudillo acampado como un Señor de la Guerra en el Cuartel General de Sabana Buey, Duvergé resignó su mando y se retiró a Baní.

Aunque dice el Dr. A. García Lluberes en su disertación sobre la batalla de "Las Carreras" que Duvergé entrego el mando al Coronel Dominguez en "El Número", es absolutamente cierto que fue en el propio campo de "Las Carreras" antes de las primeras acciones.

Sin agua en "El Número" ni en sus inmediaciones, las tropas dominicanas se retiraron una vez más, en busca de las linfas cristalinas del río Ocoa. Los haitianos, al reanudar su marcha, sufrieron también el martirio de la sed, y avanzaron veloces, sobre el rastro dominicano, en pos del agua salvadora.

Duvergé y Domínguez, con las fuerzas que batallaron en "El Número", habían acampado en la margen oriental del Ocoa, en el extenso hato propiedad del doctor José María Caminero, Secretario de Estado de Relaciones Exteriores dominicano.

Un actor importante, el General Antonio Abad Alfau, adicto sin reservas a Santana, declaró, cuando se instruía proceso a Valentín Alcántara y a Duvergé, lo siguiente:

"El día 18 de abril, haciéndonos el General Antonio Duvergé, entrega del puesto de Las Carreras nos hizo presentes todas las avenidas y las ventajas que tenía aquel punto para detener al enemigo, pero (dijo) que desgraciadamente las tropas estaban desmoralizadas, y no querían pelear y que estaba seguro de que en cuanto se presentara el enemigo y les tirara cuatro tiros huirían aunque tuvieran las formas de obtener las ventajas que habían tenido en "El Número": con lo que se retiró el General y no lo volví a ver hasta Azua

La dura tierra del sur banilejo no tiene otro escenario más propicio para una acción militar tan resaltante como "Las Carreras". Frente a ese campo agrio, se encuentra la serie de colinas donde el Presidente Soulouque plantó su tienda, teniendo entre ambos lugares las pedregosas playas del río Ocoa, con su hilo de agua, tan necesaria para la subsistencia de tropas bajo la agitación de combates permanentes.

"Las Carreras" fue el lugar donde las tropas dominicanas, electrizadas por la presencia del General Santana, recobraron el impulso heroico que las llevó en un soberbio empuje, a quebrar los estandartes y oriflamas victoriosos del verdugo haitiano. Sobre esa tierra estremecida por el galope épico de los escuadrones de la muerte, se percibe aún, en los momentos de sublimación del espíritu, el ronco bramar de la batalla salvadora, bajo el acicate de los clarines con que

(Expediente en archivo del historiador Spignolio.)

Esta declaración dada' en presencia del soldado bajo juicio no fue refutada. Dominguez, bizarro combatiente, quedó entonces al frente del grupo primitivo, bajo la fiscalizacion inmediata de Antonio Abad Alfau!

En las pavorosas luchas que el personalismo político encendió sobre esta tierra cuando aún no se había consolidado la nacionalidad dominicana, la acción de "El Número" fue caballo de batalla entre santanistas y anti-santanistas. Don Félix Ma. del Monte, en su folleto: "Vida Política de Pedro Santana", y Don Manuel Ma. Gautier en "La Gran Traición del General Pedro,Santana", trataron de opacar la figura militar dei vencedor de "Las Carreras", presentando a "El Número" como de mayor importancia.

Don Manuel de Js. Galván, en su obra "El General Pedro Santana y la Anexión de Santo Domingo a España", refuta a su vez los especiosos argumentos de los dos jerarcas intelectuales del baecismo.

Años más tarde, Galván, que montaba guardia fervorosa junto a la memoria de Santana, cruzó sus armas de polemista con el historiador nacional García, refiriéndose ambos en reiteradas ocasiones a la batalla del 17 de abril.

Pero sin duda alguna, las controversias históricas apasionadas contribuyen a oscurecer la augusta verdad de los hechos.

La acción de guerra de Duvergé, fue en nuestro concepto, valiosa y heroica, porque rompió el impulso victorioso del Ejército haitiano, pero no fue decisiva. La suerte del país se decide sobre el campo de "Las Carreras" en la acción de armas que dirigió Santana.

Batalla de "Las Carreras"

Santana enardecía sus huestes para el macheteo implacable de las hordas del enemigo de todos los tiempos!

Para estudiar con minuciosidad los sucesivos acontecimientos militares, es imperativo seguir el hilo cronológico. Pocas, por mala fortuna, son las fuentes verídicas sobre hechos de tan capital interés.

El 17 de abril, Duvergé, combate en "El Número". Aunque derrota al enemigo, se repliega a "Las Carreras', rebasando el río Ocoa, donde amanece el 18, y entrega el mando al General Antonio Abad Alfau. El 19, según Parte núm. 76 del General Santana, los haitianos se encuentran frente a "Las Carreras" husmeando a su presunta presa. Como es lógico suponer, ni en "El Número", ni en ningún sitio de la retaguardia haitiana, había fuerzas dominicanas en aptitud de combatir.

La acción de armas cuyo primer centenario se celebra ahora no tuvo efecto como batalla general de una sola acción. Fue una serie de operaciones de carácter táctico y estratégico, que culminaron después de cuatro días sangrientos en la derrota total del enemigo.

Santana permaneció hasta la madrugada del día 20 en su Cuartel General de Sabana Buey. Allí recibió las noticias de que el 19 los haitianos habían sido batidos en su primera tentativa por forzar el paso. Moviendo su campamento amanece en Las Carreras" pocos kilómetros más al norte, esperando nuevas acometidas enemigas.

Por su parte oficial núm. 77, al Ministro de la Guerra, Santana informa "sucintamente" de la principal acción de "Las Carreras" el 21 de abril de 1849. Lo expide en el fragor de la. batalla.

En fecha 22, parte oficial núm. 78, Santana hace el primer extenso relato. Consigna que los haitianos iniciaron un cañoneo con una pieza de a 12, bajando después tres piezas más, que colocadas en batería, abrieron cerrado fuego sobre las cuatro divisiones apostadas en orden de batalla por Santana, en la margen oriental del río Ocoa.

Estas divisiones estaban bajo el mando directo, respectivamente, del Coronel Francisco Domínguez, del Teniente Coronel Blas Maldonado, del Teniente Coronel Marcos Evangelista y del Teniente Coronel Antonio Sosa. Los generales de brigada Antonio Abad Alfau y Bernardino Pérez, estaban "encargados del ejército en movimiento". El General Merced Marcano actuaba como Comandante de Armas del cantón guerrero. Protegidos por el fuego de su artillería, que no pudo ser devuelto por los dominicanos porque carecían de ella, los haitianos se lanzaron a la carga, al través del lecho pedregoso del Ocoa, concentrando el vigor de su ataque por los flancos del Ejército dominicano, según da a entender el General Santana en su Parte del día 23.

Bajo el cañoneo haitiano, los generales citados y los comandantes de las columnas, iniciaron el furioso contraataque, a las cinco y media de la tarde, el histórico y glorioso 21 de abril.

En el momento culminante, el General Santana lanzó a la batalla hasta su escolta personal, y la caballería que mandaba el Coronel Pascual Ferrer, en imponente carga de lanceros.

El arma blanca, sagrado instrumento de libertad dominicana, se entintó con la sangre de los enemigos en derrota. Las playas del río Ocoa, y las colinas ocupadas por los haitianos, quedaron cubiertas de cadáveres y de multitud de despojos del equipo de campaña del Ejército enemigo.

Leger, al describir con dolor esta batalla, dice: "El encuentro de Ocoa tuvo lugar. El fue nuestro Waterloo. Las tropas enemigas no llegaban a un cuarto de las nuestras. Nuestras fuerzas habían ya echado las dominicanas del otro lado del río, cuyo lecho estaba seco, y nuestros tiradores escalaban con el más bello empuje la orilla opuesta, cuando la señal de la retirada resonó lúgubremente en las filas haitianas. En la confusión que se produjo, los dominicanos hicieron una hecatombe de nuestras tropas en el lecho mismo del río." (Histoíre Diplomatique, etc.)

"Ocoa es uno de los misterios de nuestra historia", termina diciendo Leger. Pero este misterio de Ocoa, se reitera de manera pertinaz hasta que cesan los empeños de los usurpadores haitianos.

Los rasgos de valor de los combatientes dominicanos, no pueden ser descritos en detalle, porque conduciría a postergar centenares de héroes cuyos nombres estarán ignorados para siempre. En enorme desproporción numérica, los soldados dominicanos, sin embargo, capturaron los cañones haitianos con arrolladoras cargas de machete.

Un bizarro general haitiano, Louis Michel, pereció defendiendo con denuedo una pieza, perforado el pecho por un certero lanzazo de Cleto Villavicencio, del batallón de Higüey. En los días que corren, los humildes campesinos de esa zona, conocen ese monte como "Loma del Cañón". A los cien años, se recogen por allí infinidad de objetos de hierro, como restos dispersos por el tiempo, de lo que fue una batalla encarnizada.

Los haitianos fueron vencidos en un choque frontal. Los ancianos del lugar, refieren que el Ejército haitiano se empeñaba en bajar en busca de agua. La enconada lucha se efectúa en el lecho del río. Tras las fuerzas enemigas en derrota, escalan como,leones los soldados dominicanos, en la semioscuridad del anochecer, las colinas erizadas de enemigos, sembrando la confusión y el espanto, anticipo de la derrota decisiva.

El grueso del Ejército haitiano, dirigido por el propio Presidente Soulouque, inicia su retirada, protegido por destacamentos de retaguardia reforzada, encargados de operaciones de contención.

En el Parte que expide Santana el 23 de abril, informa haber envíado guerrillas volantes a hostilizarlos por los flancos. Así cambia su táctica del ataque en masa, por la forma típica del guerrilleo.

Por el ala derecha, el comandante Aniceto Martínez llegó impetuoso hasta las piezas de artillería que aún utilizaban los haitianos.. Por el ala izquierda, los capitanes Bruno Aquino y Bruno del Rosario, de las fuerzas banilejas, "prácticos del lugar, les hicieron tantos estragos sobre las alturas, que a nuestra vista misma les veíamos cargar los muertos".

Al caer la tarde del día 22, y durante la noche, el resto del Ejército haitiano "aterrorizado" abandonó sus últimas posiciones en terrible desbandada.

Santana avanzó en la madrugada en persecución del enemigo, y a las seis de la mañana del día 23, plantó su tienda de guerrero victorioso en la histórica montaña de "El Número", donde Antonio Duvergé, seis días antes, había sangrado en una acción memorable, a los escuadrones haitianos. Allí dejó Santana una guarnición bajo el mando del Teniente Coronel Marcos Evangelista, y destacó espías para seguir el rastro haitiano.

Sin pérdida de tiempo, según consigna el referido parte, regresó a Sabana Buey, restableciendo allí su Cuartel General.

El día 24 de abril rinde nuevo informe al Ministro de la Guerra. El enérgico ordenancista que había en Santana, se revela en las disposiciones contenidas en dicho documento. Encontrándose en la "Boca de la Palma" desembarcando dos piezas de artillería que le remitieron de Santo Domingo, percibió, como a las cinco de la tarde, por sobre la Bahía de Ocoa, las llamas del incendio de Azua. Era el furor de Soulouque, marcando la ruta de su fuga, con las cenizas de los pueblos y la sangre de sus víctimas.

Allí mismo determinó Santana que las tropas de la "Boca de Palma" se embarcaran inmediatamente para Azua, y que las fuerzas de los otros cantones más al interior, avanzaran rápidamente por tierra, y que el General Antonio Duvergé "pasara a Azua a encargarse del ejército hasta mi llegada que será en la tarde".

Cuando Santana llega a la incendiada ciudad de Azua, contempla un panorama desolador. Los habitantes de aquella martirizada villa habían huido. Muchos fueron asesinados cruelmente. Pero sin arredrarse ante el doloroso espectáculo, dicta las órdenes pertinentes para que los puestos avanzados de Las Matas de Farfán y Neiba fueran guarnecidos, para volver a servir de atalayas de la Patria, en la encarnizada lucha que recomenzaria de nuevo con el feroz caudillo, tan pronto restañara las heridas que recibió en esta campaña.

El lecho del río Ocoa y el campo de "Las Carreras", señalan el límite del máximo avance de las invasiones haitianas,’en todo el curso de nuestras guerras de independencia.

Refiriéndose a su más alta gloria militar Santana dijo más tarde: "Llegado el momento supremo vio el enemigo desconcertados todos sus planes, y su grande y bien organizado ejército fue derrotado a mi presencia en la memorable jornada de Las Carreras! Allí volvió a respirar la agonizante República. Allí volvieron a ensancharse nuestros límites; allí se levantaron los ánimos y la alegría, y allí vi yo también que la Providencia oyó mis humildes súplicas, y me complacía en haber cumplido mi palabra".

"Con las reliquias del ejército de Azua" venció Santana al orgulloso y sanguinario usurpador haitiano. Su nombre; manchado a veces por las violencias del mando absoluto, debe, por encima de todas las pasiones que aún alientan en el estudio de la historia nacional, reverenciarse como el del primer caudillo de las guerras de la independencia, cuya estrella refulge victoriosa en el cielo de la gloria, sobre el pavoroso campo de batalla de "Las Carreras".

Allí, bajo sus órdenes, estaba Mella, el del Baluarte; Sánchez, el del infortunio y la abnegación; e infinidad de guerreros con apostura para la estatuaria épica.

Su voluntad omnímoda; su carácter de militar y político lo colocan sobre todos los que no fueron junto a él, sino lugartenientes, generales de choque, subalternos bizarros y abnegados.

Cuando los adversarios, justos o injustos del General Santana, quisieron oscurecer sus glorias militares, cayeron sobre la batalla de "Las Carreras" en un intento de restar lustre a su importancia histórica. Las iras de los iconoclastas no han respetado en esta tierra ni los valores que enaltecen un pasado batallador con tintes de epopeya.

Don Emiliano Tejera, escritor y pensador austero, hombre solitario en su posición de oráculo nacional durante 50 años, puso una nota terrible al pie de la comunicación que el General Santana dirigió al Presidente Jiménez en fecha 25 de mayo de 1849. Tejera dice textualmente: "El Gral. Santana falta a la verdad en todo lo que dice del Gral. Duvergé. Este, en unión del Coronel Francisco Dominguez, peleo heroicamente en "El Número" i quizás esta resistencia fue la causa de la orden de retroceso del Ejército haitiano. El General Duvergé desde el 44 hasta el 49 peleo infinidad de veces contra los haitianos. i casi siempre triunfó. Puso su pie victorioso en donde nunca lo puso Santana: En el territorio que Haití retuvo después de la proclamación de la independencia dominicana. Al contrario, Santana, en los 13 años de guerra activa contra Haití solo oyó los tiros del enemigo dos veces: En Azua, de donde se derrotó después de haber vencido, exponiendo con esto la independencia de la República, i en Las Carreras, en donde peleo con la retaguardia de un ejército que se retiraba".

No es cierto que Santana venciera en "Las Carreras" la retaguardia de un ejército que se retiraba. Soulouque llego a las márgenes del Ocoa transponiendo el desfiladero de "El Número" abandonado por Duvergé y sus tropas el mismo 17 de abril, día de la batalla de su nombre.

podía estar el presidente invasor en la retaguardia que se retiraba, cuando las operaciones de "Las Carreras" se efectuaron durante cuatro días sangrientos forcejeando el enemigo por continuar su avance sobre Santo Domingo? El grueso del Ejército haitiano, sus generales, bajo el mando personal de Soulouque, y su equipo de campaña completo se empeñaron a fondo en esa acción decisiva.

"Las Carreras" queda a 86 kilómetros de la capital de la República, y "El Número" a 96. ¿Puede avanzar diez kilómetros un ejército que va en retirada?

Los historiadores haitianos afirman que un ¡Sálvese quien pueda! envolvió en el momento del desastre al ejército invasor. Con ingenuidad patriótica, Justin Bouzon dice: "Nadie supo jamás por qué Soulouque hizo tocar la retirada". Ese punto oscuro se lo hubiera aclarado Santana con certeza, pero sin sacar verdadero el pensamiento de Tejera, que atribuye la orden de retroceso a la resistencia de "El Número". Después de las furiosas batallas de los días 19, 21 y 22 en "Las Carreras", el derrumbe de la moral combatiente del Ejército haitiano, no pudo ser afectada de manera tan decisiva por la acción de aquel desfiladero, que fue ocupado y repasado por Soulouque después de su primer revés el día 17, sino por los cruentos combates de esos días memorables.

José Gabriel García, glosando el Parte oficial de Santana, de fecha 23 de abril, por cuyo medio informa estar colocando una guarnición en "El Número" dice lo siguiente: "Estando El Número en poder de las tropas dominicanas que el día 17 rechazaron al enemigo, no cabe que el General Santana tomara posesión de este punto el 23. Probablemente se hizo cargo de él para incorporar al grueso del ejército las fuerzas que lo defendieron, dejándole al cuidado de una pequeña guarnición, lo que está demostrado con la presencia de Duvergé en Sabana Buey, recibiendo el día 24 la orden que le daba Santana de pasar a Azua a tomar interinamente el mando superior de todas las tropas". (Partes oficiales, pág. 23).

En esta afirmación hay un error, que pudo originarse en el desconocimiento del teatro de las operaciones. Todos los autores que tratan sobre esta materia, y el mismo García, afirman que Duvergé entregó el mando a Dominguez. Pero ha quedado irrefutablemente comprobado que fue al General Antonio Abad Alfau, en el propio campo de "Las Carreras" el día 18.

En los sangrientos combates que se celebraron en los días subsiguientes, Domínguez fue designado por Santana comandante de una de las cuatro divisiones del reorganizado Ejército dominicano en campaña, y se cubrió nuevamente de gloria. Duvergé, liberado de su ponderosa carga, se había retirado a Baní, de donde volvió al frente para unirse a Santana en Sabana Buey, y recibir el encargo de embarcarse por el fondeadero de la "Boca de la Palma", el 24 de abril con el grueso del ejército, que debía desembarcar en el puerto de Azua. (V. Apéndice, doc. No

13, oficio de Santana del 24 de abril, desde el Cuartel General de Sabana Buey.)

¿Podía haber tropas dominicanas en aquel desfiladero, cuando Soulouque lo rebaso en su avance primero y en su retirada después?

Bajas de los contendientes

En el Parte oficial núm. 77 Santana informa: "No ha habido (de nuestra parte ningún muerto, y solo tres heridos". En el No 78, extenso y detallado, dice: "La pérdida del enemigo ha sido considerable, y dentro de los muertos, hemos cogido y enterrado, en el Hato La Carrera, de la propiedad del Dr. Caminero. lugar del ataque, dos generales, uno de división y otro que murió, también de división, por ser cerca de noche, se quedó en el campo y se lo llevó el enemigo; también perecieron infinidad de oficiales, según todas las insignias que ha cogido la tropa, Más adelante informa que "el campo se encuentra sembrado de muertos y sepulturas de los que pudieron enterrar".

Las pesadas bajas experimentadas por el Ejército haitiano, las califica Abel Nicolás Léger de hecatombe de nuestras tropas en el lecho mismo del río". Santana no señala los muertos dominicanos, pero Bouzon informa que Louis Michel, en su heroica defensa del cañón, antes de ser muerto por Villavicencio, había formado una trinchera con los cadáveres enemigos.

Altamente significativa es la comunicación del Ministro de la Guerra, el 23 de abril de 1849, al Jefe de los Ejércitos del Sur, donde le dice: "Para que la tropa en la pelea no tenga motivos de distracción, forme Ud. una compañía de hombres que acompañen al ejército, llevando consigo lo necesario para transportar los heridos y enterrar los muertos". Parece que esta brigada tuvo poco trabajo con sus compañeros.

El Dr. Juan Matías Cano, Director del Hospital Militar de Azua, venía desde Las Matas, prestando sus servicios al ejército. Como ayudante tenía al Practicante Bolmar Polanco, y a Telesforo Volta, Cirujano del Ejército.

Cooparación de la flotilla dominicana

De extraordinaria importancia fue el concurso de la Flotilla nacional durante los dos meses de la campaña de 1849. Los primeros refuerzos que se envían a Duvergé antes de iniciarse la invasión, ascendentes a 201 hombres bajo el mando del General Ramón Mella, se efectúa a bordo de la goleta armada "27 de febrero".

En las instrucciones expedidas el 20 de marzo de 1849, al Jefe de la Flotilla, se le dice en el párrafo 19: "Haga Ud. rumbo con toda la Flotilla bajo su mando por la costa abajo de la República, y llegará a la enemiga, y hará en ella cuanto este en su alcance por hacer a los haitianos todo el mal posible, sujetándose a lo que a Ud. se le ha dicho a este respecto".

Dos días después se le comunica nueva orden. Conducción de tropas hasta el puerto de Azua, donde debía fondear en espera de nuevas instrucciones.

La Flotilla que operó en la bahía de Ocoa estaba integrada por la fragata "Cibao", armada con 20 cañones y demás equipo ligero; la goleta "General Santana", con 7 cañones; la goleta "27 de febrero", con 5, y la goleta "Constitución".

Esos buques de la valerosa armada nacional estaban bajo el mando respectivo del General Juan Bautista Cambiaso, Comandante en Jefe; del Coronel Juan Alejandro Acosta; del Comandante Siriñón Corso y del Capitán Ramón González.

Después del abandonó desastroso de Azua. los buques se colocaron en línea de batalla, para cubrir con sus modestas piezas de artillería los caminos de la costa, obligando al Ejército haitiano a realizar su marcha por las zonas más inhóspitas y montañosas.

El Cuartel General de Sabana Buey era abastecido cómodamente por la Flotilla, que tenía su fondeadero en "Boca de Palma". Alimentos y pertrechos recibieron por esa vía las tropas dominicanas. para reponer en parte las pérdidas sufridas en Azua.

El apoyo prestado al ejército durante los cuatro días de oparaciones en "Las Carreras" evitó el flanqueo de nuestras fuerzas, lo que hubiera ocasionado el colapso mortal de toda defensa hasta los propios muros de la capital

Técnicamente puede decirse, que hubo cooperación estratégica entre las fuerzas de mar y tierra, por primera vez en la historia militar del país!

Los veleros de la marina mercante nacional, propiedad de armadores particulares, prestaron también su valioso concurso, en el transporte de víveres. pertrechos y tropas, hasta los fondeaderos de la bahía de Ocoa. Algunas de esas embarcaciones fueron ofrecidas voluntariamente por sus propietarios, y otras requisadas por órdenes de las autoridades competentes.

Se distinguieron en esos cruceros. "La Pelegrina", de Pedro Ricart y Marty; "Esparanza", de Chancea y Cia.; la "María Luisa", de Pellerano y Maggiolo, así como las balandras de Mr. Durocher e Ign. Arriaga.

El 13 de abril de 1849, el General Román Franco Bidó, Ministro de Guerra y Marina, expidió la siguiente comunicación:.

Schomburgk en "Las Carreras"

Juan Bouzon, en sus "Etudes Historiques sur la Presidencia de Faustin Soulouque" (págs. 139-140), asegura que el Cónsul general de Inglaterra, Sir Robert H. Schomburgk, a la cabeza de un grupo de emisarios, después de tres días de ruta llego a las orillas del Ocoa, donde se encontraban Jiménez y Santana, con el propósito de parlamentar con los haitianos y presentar proposiciones de paz. Consigna, como cosa cierta que Jiménez y Santana le pidieron suspender su misión, "para ellos hacer un esfuerzo con las tropas del Seibo, todas frescas, que todavía no se habían venido a las manos con el Ejército haitiano". Abel Nicolás Léger repite sin examen esa misma especie.

Archivo General de la Nación. Copiador de Oficios del Ministerio de Guerra y Marina).

Los comerciantes empacaban sus mercancías. Las familias,pudientes se alistaban para un nuevo éxodo. Los consulados se abarrotaban de asilados temerosos, mientras en "Las Carreras" se decidía la suerte de la Patria. Sin comunicaciones rápidas, las noticias llegaban con retraso.

Ninguna versión más falsa. Ni Jiménez se encontraba en el frente en vísperas de la batalla de "Las Carreras", ni Schomburgk abandonó la capital en esos días oscuros.

En el Archivo General de la Nación, reposa la correspondencia de Schomburgk con el Gobierno, fechada en los días 18, 19, 20, 21,22, 23 y 24 de abril, firmada de su puño y letra. Su mayor preocupación era su seguridad personal, y por eso pidió permiso para bajar una guardia armada del "Trincomalee". Tampoco deseaba perder de vista los movimientos de Víctor Place y los afrancesados.

El 19 de abril, dos días después de la batalla de "El Número", el Congreso Nacional, en solemne sesión secreta con asistencia del Presidente Jiménez y su Gabinete, resolvió poner la República bajo el Protectorado de Francia.

El Congreso, sin pérdida de tiempo, se dirigió al cónsul francés comunicándole la sensacional noticia. El interesante documento dice así:

Los escritores haitianos citados, leyeron tal vez una comunicación de este funcionario cónsular a Lord Palmerston, de fecha 28 de marzo de 1849, pidiéndole instrucciones acerca de que actitud debía tomar en caso del establecimiento de un protectorado francés sobre la República Dominicana, y "si en caso de una invasión haitiana a la República Dominicana sería propio para el tratar con el comandante de las fuerzas haitianas para una cesación de hostilidades". (V. Tansill: "The United States and Santo Domingo", pág. 139.)

Derrotismo y politiqueo intervencionista

Reanudando el hilo cronológico, hemos de volver al escenario político de Santo Domingo, donde se desarrollaban acontecimientos trascendentales, sintomáticos del caos creado por la invasión de Soulouque. El pánico más completo se había apoderado de la ciudad, y las autoridades se aprestaban a resistir el sitio de las tropas haitianas.

"Señor Director de Obreros de esta capital.

Señor: al recibo de la presente Ud. hará reunir todos los albañiles de esta plaza para reparar las plataformas en que se deberán montar las colizas, quedando Ud. responsable de la ejecución de esta orden.

Dios guarde a Ud. muchos años.

Román Franco Bidó!'

Dios, Patria y Libertad, República Dominicana Santo Domingo, 19 de abril, 1849, y 6.º de la Patria

Congreso Nacional

Señor Cónsul:

El Congreso Nacional ha decidido en la sesión de este día invocar el protectorado francés en favor de la República Dominicana, cuya acta la será remitida a Sr. Cónsul inmediatamente este concluida su redacción.

Lo que comunicó al Sr. Cónsul para el uso que juzgue conveniente.

Aprovecho esta ocasión para manifestar al Sr. Cónsul los sentimientos de consideración con que le distingue.

El Presidente del Congreso

Simultáneamente el Dr. José María Caminero, Ministro de Relaciones Exteriores, se dirigíó al referido Cónsul en otro histórico documento que dice:

Dios, Patria y Libertad, República Dominicana

Señor Cónsul:

Tengo el honor de informar a Ud. que el Congreso Nacional en su sesión de hoy, a la que asistió el Presidente de la República con los cuatro Secretarios de Estado, ha resuelto por pronta y primera medida reclamar y poner la República Dominicana bajo la protección de la República Francesa, de cuya simpatía tiene pruebas, dejando para otro momento la convención de las condiciones del Protectorado.

Aprovecho esta ocasión para expresar a Ud. mi satisfacción, y los sentimientos de esperanza que animan al Gobierno con tan importante decisión.

Dios guarde a Ud. muchos años.

Santo Domingo, 19 de abril 1849, 6.º de la Patria.

Dr. Caminero.

Victor Place, envuelto en la vorágine de tan calamitosos acontecimientos, librando una lucha tenaz en competencia con Schomburgk, el Cónsul inglés, q o y o previamente este grave paso de la representación nacional.

Para justificar su conducta, escribió a su Gobierno el 29 de abril, cuando ya se conocían los victoriosos resultados de "El Número" y "Las Carreras", diciéndole:

"… el General Santana ha tomado la ofensiva y derrotado completamente a los haitianos que han abandonado Azua, y están actualmente en plena fuga. Me he apresurado a hacer llegar esta noticia a Jacmel mediante una pequeña goleta, con la idea de que podría tener gran influencia en la determinación de Mr. Raybaud.

"En efecto, resulta para mi, señor Ministro, necesario llevar a su conocimiento los nuevos hechos que han acaecido. La noche del dieciocho, el Cónsul inglés que no se ha dado reposo N de noche ni de día y no ha esquivado ningún medio para destruir nuestra influencia, ha hecho al Gobierno dominicano la proposición formal de un protectorado inglés. El Gobierno me ha suplicado acudir en Consejo de los ministros y me ha demandado decidirme inmediatamente y declarar si persistía en

rechazar la demanda de un protectorado francés. Me he visto obligado a decir con pena profunda que no podía hacer otra cosa que persistir en mi negativa. Entonces el Presidente me ha preguntado que si recibiría cuando menos sus propuestas por escrito. Esta vez, sabiendo que un titubeo de mi parte traería la pérdida irremisible de este asunto, he creído poder obrar por mi cuenta, y he declarado que aceptaría."

Schomburgk inquietado por las graves noticias de la campaña, escribió directamente al Presidente Jiménez, inquiriendo si el Gobierno estaba en condiciones de tomar medidas para garantizar el Consulado, las personas que allí residían y la protección de las propiedades británicas, pues de lo contrario requeriría del Capitán Warren, comandante del barco de guerra "Trincomalee", bajar una guardia armada al consulado. (V. Doc. No. 15, Exp. 7, Leg. 2, Sec. Relaciones Exteriores, A. G. N.)

El Agente Comercial de Estados Unidos, Mr. Jonathan Elliot, aparece en escena, como un tercer personaje, involucrado en los acontecimientos más graves de la vida pública. Los Estados Unidos intervienen de ahí en adelante, empeñados en frustrar todo empeño de las potencias europeas por anexarse la infortunada tierra dominicana.

Elliot escribió al Ministro Clayton en los mismos días, informándole que "el Presidente me ha dicho que se tiene la intención de incendiar la plaza en caso de que ellos no puedan resistir a los haitianos. Yo espero cada hora oír noticias de la destrucción de la ciudad". (Manning, Ob. cit.)

Ese mismo día llegaron a la capital las primeras noticias mensajeras de la victoria. Las multitudes rugieron de entusiasmo, levantando clamores de exultación al nombre del General Santana, a quien consideraban como realizador del milagro heroico necesario para derrotar las huestes del delirante Faustin Soulouque.

Schomburgk, sin pérdida de tiempo, dirigió otra comunicación a Jiménez diciéndole: "Las gloriosas noticias que han llegado esta mañana, y sobre las cuales yo tengo el placer de congratular a Su Excelencia como cabeza de la República, de todo corazón." Hacía, además, votos por qué la bandera dominicana siguiera flotando sobre todos los fortines de la ciudad.

El último paso de Jiménez en la agonía de su régimen fue cuestionar a Elliot, sobre la anexión de este país a los Estados Unidos.

Sublevación del ejército

El Cuartel General del Ejército, establecido en Azua por el General Santana, se convirtió, tan pronto amainaron las faenas de la guerra, en centro de actividades políticas.

En fecha 6 de mayo, el Gobierno ordenó a Santana entregar las fuerzas bajo su mando al General Duvergé, y a la vez que se reintegrara a la capital con su Estado Mayor. Sin pérdida de tiempo, Santana frustró el éxito de la maniobra gubernativa ordenando la apertura de un proceso contra Duvergé y Valentín Alcántara, acusándolos de negligencia culpable en sus deberes, lo que ocasionó el desastre militar de los primeros días de la invasión.

El socorrido expediente de los pronunciamientos militares va a comenzar de nuevo. El 9 de mayo, los oficiales comandantes acuartelados en Azua, se rebelan contra el gobierno de Jiménez. Manuel de Regla Mota, el incondicional amigo de Santana en Baní, secunda este paso colocándose en la vía de la rebelión. El General Cambiaso, jefe de la flotilla, y todos los comandantes de los buques, se adhirieron al pronunciamiento, restando así al Gobierno un arma útil para su defensa.

Por todo el país se propago la revuelta. El elemento militar, como obedeciendo a un solo pensamiento, se adhirió sin reservas al movimiento que desconocía a Jiménez, en beneficio del soldado victorioso de Las Carreras. Mientras tanto, en el seno del gobierno. se acentuaban las divergencias funestas que abocaban el país a una guerra civil.

El Congreso Nacional, bajo la presidencia de Buenaventura Báez, se convirtió también en centro de oposición al Presidente Jiménez, desprestigiado ante la opinión pública por su notoria falta de aptitudes para el mando supremo en los terribles momentos que el país acababa de pasar. Este alto cuerpo nacional, en sesión celebrada el 12 de mayo, llamo a Jiménez para interpelarlo "para que diera cuenta de las causas que motivaron los grandes desastres sufridos por el Ejército al principio de la invasión haitiana".

El Congreso, con la oposición de la minoría netamente jimenista, decretó su traslado a San Cristóbal, lo que no pudo realizarse, por las persecuciones que se iniciaron de inmediato, obligando a los opositores del gobierno a buscar amparo en los consulados extranjeros

Santana, en rápida contramarcha hizo rumbo con sus fuerzas sobre Santo Domingo. El 13 de mayo, expidió en su Cuartel General de Baní, un Manifiesto desconociendo al gobierno del Presidente Jiménez, lanzándole graves acusaciones. Jiménez replico al caudillo insurrecto con una proclama fechada el 16 de mayo.

Reanudando su avance, Santana puso estrecho sitio a la ciudad de Santo Domingo el 19 de mayo, con tres columnas de soldados aguerridos, bajo el mando de oficiales veteranos. Estableció su Cuartel General en Güibia, en donde fecha su primera comunicación a los miembros del Gobierno, exigiendo "como único medio de evitar la efusión de sangre, que el Presidente deponga el mando".

Después de un intercambio epistolar incendiario que duro varios días, se inicia desde los fuertes de la ciudad el bombardeo sobre los cantones sitiadores, que ocasionó la destrucción por el fuego, de una parte de la villa de San Carlos, el 22 de mayo.

Sin esperanzas Jiménez de vencer en esa lucha sin gloria, se avino a una Convención, por intermedio de los Cónsules de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, que fue firmada en el Cuartel General de Güibia el día 29 de mayo.

Jiménez, acatando lo dispuesto en el Art. 70 de esa Convención, presentó 'renuncia de su cargo, después de ocho meses de infecundo ejercicio presidencial. Ese mismo día se ausentó de su Patria para siempre el General Jiménez, a bordo del bergantín inglés "Hound" que le había sido facilitado por el Cónsul Schomburgk. Le acompañaban en este viaje doloroso, algunos de sus amigos caídos, entre ellos Jacinto de la Concha, Tomás Troncoso, Pedro Alejandrino Pina, Juan Nepomuceno Ravelo, Santiago Barriento, Tomás Sánchez y Justiniano Bobea.

Iba allí también el General Valentín Alcántara, prófugo de la justicia militar. Este hombre, de triste memoria, orientó en seguida sus pasos hacia la tierra de Soulouque, su protector. Años más tarde, al servicio del ya pomposo Emperador Faustino I, tendría oportunidad de encontrarse con Jiménez, habitante de Port-au-Prince, a la sombra política del tirano que Santana humilló en "Las Carreras".

Santana realizó el 30 de mayo su entrada triunfal a la ciudad capital de la República, aclamado por el pueblo, reverenciado en la exaltación de su prestigio y de su gloria.

Después de una serie de acontecimientos angustiosos, Santana asiste a la sesión extraordinaria del Congreso, el día 6 de Julio de 1849, y rinde cuenta de su fulminante campaña contra los haitianos, y de sus gestiones como Encargado del Poder Ejecutivo.

En uno de los párrafos de su declaración al Congreso, plantea la necesidad y conveniencia de iniciar la guerra ofensiva contra Haití, única medida de la cual podrían esperarse resultados más duraderos y positivos.

Dice el caudillo en su informe:

"Por último, el Congreso dignará permitirme en lo relativo a la guerra, una reflexión que debe ocuparle muy seriamente: la guerra defensiva que estamos sosteniendo, aunque con mucha felicidad, no nos dará jamás ningún resultado definitivo y ventajoso; pues nuestras operaciones estarán siempre subordinadas a las de los enemigos; resultando de aquí que teniendo ellos la iniciativa de la acción pueden a su comodidad y arbitrio emplear todos sus brazos para crearse recursos, mientras nosotros, por el contrario, habremos de estar a pie firmes, sujetos a sus movimientos: de ese modo tendrán ellos la paz cuando les plazca, y nosotros, jamás. Si pensamos en conseguir la paz es preciso ir como vencedores a firmarla mucho más allá de nuestros límites, es preciso tomar la ofensiva. Que el Congreso se convenza que para nosotros la ofensiva es cuestión de existencia. Tal es el aspecto con que se presenta hoy la cuestión de la guerra y el modo difícil, es verdad, pero único de resolverla con menos perjuicio de nuestra parte!'

Estos párrafos sintetizan, no sólo un concepto militar radicalísimo, sino también, el criterio político de Santana. Estas directrices de la guerra ofensiva, las lleva Báez a la realidad en su primer período presidencial.

En esta misma sesión se verificaron las actas de los Colegios Electorales, de donde habría de salir el nuevo mandatario del pueblo dominicano. De los 60 votos electorales obtuvo 45 el honorable ciudadano Don Santiago Espaillat, miembro del Consejo Conservador en representación de la Provincia de Santiago.

Pero Espaillat no fue tentado por esta elección, y presentó renuncia al Congreso en fecha 12 del mismo mes. Esta renuncia creó una situación política cuyos efectos gravitaron poderosamente en la vida pública dominicana: la posterior ruptura entre Santana y Báez generadora de contiendas desastrosas, y de proyectos lesivos para la soberanía nacional.

Sumner Welles, en su "Viña de Naboth", afirma,que "Buenaventura Báez, alegando que sus actividades en el Congreso habían sido los factores principales que produjeron la caída de Jiménez, reclamó pa-

ra sí la Presidencia, y como Santana había anunciado su determinación de no volver al poder, se vio en el caso de darle paso a Báez."

Santana no asistió a la sesión celebrada por el Congreso Nacional el 24 de septiembre de 1849, en la cual prestaría el juramento constitucional el coronel Buenaventura Báez, alegando encontrarse indispuesto. Envió con el General Ramón Mella, su secretario, un informe acerca de su última recorrida por la región del Cibao.

Báez, el político dominicano de mayor rigor dialéctico en aquellos tiempos, el orador certero que no perdía tiempo en vanos circunloquios porque siempre iba derecho a su objetivo, pronunció un interesante discurso después de prestar juramento. Como era de lógica política, dejó constancia de su admiración por Santana, en ese instante señor absoluto de los destinos nacionales.

Como él, Báez, había sido uno de los gestores más activos de los protectorados, no olvido presentar allí su tesis, germen de sus negociaciones más tarde. en pro de la anexión a los Estados Unidos, cuando ya había perdido totalmente el freno de la moral política, y solo ansiaba la consolidación de su hegemonía personalista al amparo del pabellón de los Estados Unidos.

El 24 de septiembre de 1849, dijo:

"Las mejoras del sistema monetario y del cambio son objeto principal de todo buen gobierno. más como esta cuestión se une y complica con la cuestión política, y cómo debemos asegurar cuanto más se pueda la tranquilidad de la República, es mi dictamen que debe activarse y agitarse a la mayor brevedad la solución de la cuestión por la cual obtenga la intervención y protección de una nación fuerte, aquella que más ventajas nos ofrezca, y es la primera circunstancia de donde a mi ver depende la base fundamental de nuestra prosperidad.

"Así lo ha comprendido el Congreso Nacional, (se refiere a la sesión secreta del 19 de abril) y los gobiernos pasados: Cuando una nación no puede libertarse de insultos, cuando no puede tampoco desarrollar los elementos de prosperidad que en si contiene para progresar, hace causa común con un Estado más poderoso que lo ayude en la guerra; reservándose siempre la administración por si misma, y que solo se diferencia de las alianzas ordinarias en el grado de dignidad que establece entre las partes contratantes,

"La historia nos presenta diferentes ejemplos, y nada tiene de extraño, a no tener el convencimiento de que unas veces el espíritu de malignidad, otras el egoísmo y otras las interpretaciones tortuosas han interrumpido la marcha que desde el principio se le dio al negociado, con descrédito y mengua de los buenos patriotas, que desde su origen concibieron las cosas bajo su verdadero punto de vista."

Soulouque regresa a su cubil

El 6 de mayo de 1849, Soulouque, vencido espectacularmente, hacía su entrada a Port-au-Prince, con los restos de un ejército andrajoso y maltrecho. El estruendo del cañón anunció su llegada, y las músicas marciales que le acompañaron a su Palacio, fueron como una burla a sus pabellones y estandartes destrozados. Dos meses completos duro su asoladora campaña, que estuvo a punto de destruir para siempre a la República Dominicana.

El despotismo de este feroz caudillo haitiano, agarrotó cada vez más a su pueblo, después de su primera triste aventura en tierras dominicanas. Sin embargo, para entretener a sus adoradores, transformó en 24 horas su Presidencia en un Imperio. El 26 de Agosto, el Senado de aquella República, previa petición de las fuerzas armadas, lo designó como emperador Faustino 1. Pero no cesaría este hombre cruel, en insistir en sus ataques a la República Dominicana… Su Imperio, dicen los más eminentes autores haitianos, fue consecuencia directa de su derrota desastrosa a orillas del Ocoa. Los centenares de miles de parias haitianos, iban a tener. en cambio de tierras fértiles conquistadas por el esfuerzo de sus armas, escenas de ópara bufa, al compás de los tambores rituales del voudou.

Más tarde en Port-au-Prince, en reunión de sus generales y cortesanos, refiriéndose a su "campaña del Este", Soulouque dijo que había abandonado. algunos cañones, porque tenía la seguridad que dentro de seis meses volvería a recuperarlos. "Pondré en ello, dijo el usurpador, todos mis recursos, toda mi existencia, porque he jurado subyugar a los rebeldes. Es necesario no dejar entre ellos pollo ni gato viviente. Los perseguiré hasta el fondo de sus bosques y hasta las alturas del Cibao, sin piedad, como puercos cimarrones!'

No pudo cumplir el Atila haitiano su promesa. Las armas dominicanas se impusieron sobre sus hor-

das vandálicas, cada vez que cruzó, en años sucesivos, la frontera señalada como línea de fuego de los ejércitos nacionales.

Política internacional dominicana después de "Las Carreras" Las frenéticas actividades de los gobernantes dominicanos durante la invasión de Soulouque, para conseguir el Protectorado de Inglaterra, Francia o Estados Unidos, y aún de España, indiferente y lejana, crearon una atmósfera política peculiar, favorable a todas las gestiones de ese tipo, que tendieran a garantizar la vida del pueblo dominicano.

Sin tapujos de ninguna especie se podía tratar públicamente de esas actividades, sin que nadie intentara calificar de traidor al defensor de esta tesis. Todo menos Haití, parece que era la consigna de aquellos tiempos.

Estados Unidos no deseaba que las Potencias europeas se asentaran nuevamente como amos, en alguna de las dos porciones de la Isla de Santo Domingo. Francia e Inglaterra recelaban recíprocamente de sus actividades, y maniobraban en el campo diplomático para frustrar todos los propósitos anexionistas de su rival entre si.

El Presidente norteamericano Taylor, asesorado por su Ministro Clayton, envió a Benjamín E. Green, con instrucciones especiales a Santo Domingo, para intervenir en todas estas maniobras.

Como era natural, la actitud francamente agresiva del ya Emperador Faustino, mantenía la inquietud en el pueblo y el Gobierno dominicanos, que acicateado por este temor, y por las doctrinas de los políticos conservadores, activaba sus gestiones en Londres, París y Washington.

Cuando el Gobierno dominicano solicitó formalmente la mediación, las potencias aceptaron, como medio eficaz de contener al haitiano, y asegurar la independencia dominicana, sin temor a que alguna de las tres, se aprovechará de un instante de confusión para anexarse el torturado país, que con tan heroica tenacidad defendía su soberanía.

En 1850, las tres potencias presentaron mancomunadamente al Gobierno haitiano sus condiciones. La taimada diplomacia de nuestros vecinos, trató siempre de eludir compromisos formales al respecto, e hizo proposiciones ridículas dentro de sus tácticas dilatorias.

Pasaron los años, y siempre bajo el interés de las potencias mediadoras, que contenían los propósitos expansionistas de nuestros enemigos, la República Dominicana se fue fortaleciendo, hasta que un día cesaron para siempre los temores que angustiaron la vida de nuestros heroicos y abnegados antecesores.

De ese modo, el concurso internacional que obtuvo la República Dominicana, a raíz de haber tronchado en "Las Carreras" la destructora invasión de Soulouque, fue poderoso coadyuvante de los esfuerzos de un pueblo decidido a morir en defensa de todo lo que hace la vida digna de vivirse!

Títulos de Santana relacionados con su victoria en "Las Carreras"

La batalla de "Las Carreras" proporcionó a Santana dos títulos. Uno glorioso y otro triste.

El 18 de julio de 1849, el Congreso Nacional le otorgó el título de Libertador de la Patria, y le nombró General en Jefe de las Armas Dominicanas.

El 28 de marzo de 1862, la Reina de España expidió un Real Decreto concediéndole Título de Castilla con denominación de Marqués de Las Carreras.

De 1849 a esta fecha, se ha escrito caudalosamente sobre Pedro Santana y su vida política. En el marco de este trabajo, que no es por su naturaleza, una biografía del caudillo, sino el análisis objetivo de su hecho de armas más notable, no caben juicios que trasciendan más allá de 1850. Si el soldado tuvo errores funestos más tarde, no pueden ser juzgados ahora, cuando se valora su concurso heroico a la independencia nacional, durante la épica campaña de 1849.

No puede traerse la memoria de Pedro Santana, al examen de la Historia, sin antes despojarse los obreros de esa alta ciencia, de las pasiones que durante un siglo han acumulado tantos oprobios sobre la personalidad avasalladora del hombre que en esta tierra es una mezcla perfecta de luces y de sombras.

Opinamos que Santana en "Las Carreras" salva la República. Cuando otros grandes soldados de la independencia, venían siendo arrollados por los haitianos, el pueblo y el Congreso tienden su mirada al Seibo y lo reclaman.

Su presencia en el campo de batalla inyectó la soberbia del coraje y la valentía a las tropas en derrota. Santana no era un general de choque, de esos que saltan a cortar cabezas en el fragor infernal de las batallas, sino el caudillo temperamental, con arrogancia y magnetismo suficientes para conducir a las supremas inmolaciones, tropas enardecidas por el acicate de su voz y el imperio anonadante de su mando.

Este hombre enérgico era, sobre todo, un político. Su pasión era el mando; pero el mando sin limitaciones, donde su voluntad fuera ley suprema para todos los hombres a su alcance. Esa pasión salvó la República!

Si muchos se empeñan con fortuna en que Santana cargue sobre la losa de su tumba los errores de otros junto con los suyos, y si desean acumular sobre su historia, cuanto de triste y pecaminoso tuvo la vida pública dominicana mientras el tenía en sus manos el poder, justo es, absolutamente justo, que su recuerdo sea reverenciado como la figura más importante en la epopeya formidable de 1849, cuando su brazo detuvo la Patria al borde del abismo, y cuando su palabra fue oráculo sagrado en las deliberaciones solemnes del destino nacional!


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