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Crónicas de Hispaniola

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Destrucción de la flota francesa del contraalmirante Leisseigue (22 de enero de 1806)

Posted on junio 1, 2026junio 1, 2026 By Crónicas de Hispaniola 1 comentario en Destrucción de la flota francesa del contraalmirante Leisseigue (22 de enero de 1806)

Crónicas de Hispaniola

Durante la era colonial francesa en Santo Domingo el 22 de año del 1806, en el gobierno de  Ferrand, fondeó en Santo Domingo una escuadra naval comandada por el  contraalmirante Leisseigue, esta escuadra compuesta por cinco navíos, dos fragatas y una corbeta, esta última se quedó a la vela en observación: el Alexandre, de 80; el Bravo, de 74; el Imperial, de 120; el Júpiter, de 74; el Dioméde, de 74; la Felicité, la Cométe, la Diligente, muy bien nombrada así, pues era la más buena velera conocida en los mares. Habiendo salido de Brest para Santo Domingo llegó al decimosexto día.

Uno de esos buques, el Dioméde principalmente, tenía necesidad de grandes reparaciones, y el almirante creyó poder hacérselas en el fondeadero y durante ese tiempo, renovar el agua de sus buques, tomar víveres frescos, etc., etc.

¡En las colonias, ver llegar buques con banderas nacionales, es un momento de verdadera dicha!

Aquellos venían de Francia y por lo tanto era igual que traérnosla; cada uno se imaginaba encontrar en ellos a un miembro de su familia. No se habían visto a los hombres de la escuadra Missiessy, que se había quedado a la vela, y desde 1803, no habíamos hablado a un sólo oficial de marina. Todos los de esta división saltaron a tierra y cada uno de nosotros nos disputábamos el amparamos de uno de los recién llegados, para colmarlo de atenciones y agasajos: por todas partes había una buena acogida; fiestas y recreos, pues en cada casa había un huésped.

Id a vivir en las colonias; quedaos algunos años a 1,800 leguas de la patria y comprenderéis toda la dicha, el verdadero placer de abrazar a un compatriota contra vuestro corazón!… No se podría creer cuántas dichosas emociones vinieron a agitar nuestro espíritu; con cuanto arrobamiento volvíamos a ver, no solamente a las personas, sino también cualquier objeto francés, que parecía conservar un perfume del suelo natal; con qué entusiasmo volvíamos a recibir Los impresiones perdidas con él; las analogías de los sentimientos, de lenguaje, de las pasiones. Un placer semejante era para nosotros el oasis en el desierto.

¡Cuánta coquetería de parte de nuestras damas criollas! Ya no nos tenían en cuenta en su sociedad, desde la llegada de esos señores. Pues bien, nos considerábamos tan dichosos que, sin celos de ningún género, les hubiéramos cedido a nuestras deliciosas amigas.

Esas pálidas criollas, al unísono con los hombres incoloros, como éramos nosotros, pero rescatando eso con una sencillez perfecta, con rasgos espirituales, dulces, con un talle maravilloso de flexibilidad, encantaron a los recién llegados, a aquellos corderos franceses. Sin embargo, entre ellas, la primera entrevista es fría; pero muy pronto se muestran con toda naturalidad, con una perfecta expansión y franqueza. Nada, absolutamente nada podría dar una idea de la dulzura melancólica y undulosa de su posición, cuando, acostadas en un sofá y rodeadas de atentas esclavas, parece querer evitar el cansancio de una palabra, de un gesto, que no serian capaces de recoger un pañuelo que se les hubiera caído. Deliciosas criaturas, que podría decirse que habían nacido para ser reinas. Pero por la noche, a la luz de una araña, cuando las melodías de una orquesta hieren el aire, es entonces cuando es preciso verlas animarse, ligeras, fuertes, nerviosas, que no piden descanso a ningún bailador, para seguir los compases precipitados de un valse… Ellas tienen entonces ocasión para mostrarse.

El general Ferrand hizo una bellísima recepción al almirante: una gran comida, seguida de un baile, adornado con todo el encanto vegetal de los trópicos. Cuatro días transcurrieron rápidamente en esas fiestas.

El contraalmirante, no deseando hacer menos que el general y su guarnición, lo convidó a ir a bordo, donde debían devolverle atenciones con atenciones: su buque el Imperial fué adornado y empavesado en esta ocasión. Todo en este buque era de un lujo asiático, de una coquetería completa. Yo desafío a cualquier damita melindrosa a que tenga un gabinete como la cámara del señor almirante. Todo allí era sedería, oro y plata.

El 6 de febrero era el día fijado para la recepción a bordo; la vajilla de plata y otras alhajas del general debían llevarse allí.

El día 5, yo me encontraba a bordo del Dioméde, el que muy averiado, había pasado sus baterías de estribor a babor, para poner al aire la quilla y poder trabajar en ella; la mitad había sido levantada. Yo estaba invitado a comer con los guardias-marinos, cuando un bergantín vino al fondeadero; era el del capitán americano Tagard, el que habitualmente era nuestro proveedor.

Llamado a bordo, para tener noticias del mar, nos dijo: «He visto y encontrado ayer la escuadra del almirante inglés Cokrane; él busca la división francesa. Mañana por La mañana, estará frente a Santo Domingo». Nuestros bravos marinos, que desde su salida de Francia, habían tenido la buena suerte de no encontrar al enemigo, pusieron en duda esta noticia y el pobre Tagard no pudo convencerlos. Todos creyeron que era un espía digno de hacerlo preso; era necesario detenerlo por temor de que durante la noche se hiciera a la vela para avisar al almirante inglés donde estaban los franceses. Tagard era un hombre honrado, muy adicto al general Ferrand, e incapaz de hacer eso. El acudió a mí, pues afortunadamente alcanzó a verme y yo le serví de fiador.

Por fin, después de madura reflexión se resolvió su conducción al buque almirante.

Fue, pues, conducido allí, donde todos ocupados en los preparativos para dar una fiesta se tuvo muy poca atenta de la noticia que había dado; pues en la noche, la orden de ir a hacer aguada fue general; las corveas  debían remontar el rio Ozama.  Como hasta legua y media, para conseguir el agua dulce. Tagard fue puesto en libertad y enviado a su buque; inmediatamente entró en el río. En presencia mía, ese pobre hombre fue preso y engrillado y la noticia que trajo, olvidada, no dejó ni recuerdos de ella. Aunque habían tomado la cosa a la francesa, es decir, a la ligera, sin reflexión, oí sin embargo decir: «¡Los ingleses! ¡Que vengan cuando quieran; los batiremos!» ¡Jactancia! que yo rechacé en seguida como lo merecía, diciendo: «Señores; -desgraciadamente estuve preso a bordo de los buques ingleses; he visto y apreciado a sus marinos en el trabajo, y yo, que he sido marino antes que vosotros, os aseguro que vencerlos no es tan fácil como lo pensáis. Tened cuidado con ellos!… no despreciéis a vuestro enemigo, pues esos hombres son valientes y buenos marinos!» y ellos contestaron «Bah! bah! nosotros los batiremos».

El 6 de febrero, al amanecer, la corbeta la Diligente, que estaba en observación en la punta de la isla y a barlovento, apareció en horizonte. Su cañón, disparado a intervalos anunciaba al enemigo!…

Entonces fue cuando se creyó que podía venir, que estaba allí!…

Fue una verdadera sorpresa; un combate en vez de una fiesta!  Afortunadamente que la llegada del enemigo tuvo lugar en la mañana; pues si hubiera sido en la noche, con toda una nueva población de invitados, en cada buque, cómo hubiéramos podido poner en tierra tanta gente!… las desgracias hubieran sido incalculables.

Aquellos hermosos y bellos buques que nos habían causado y nos causaban tanto placer, estaban anclados y tan poco preparados a combatir como si hubieran estado en el puerto, y era en medio de una imprudente seguridad como se ocupaban de reparar las averías ocasionadas por la tormenta de Lis Azores. El zafarrancho de combate fué ordenado; se hicieron señales para hacer entrar las corveas, tanto de agua, como de víveres. Pero esa vuelta requería tiempo! Todo se hace muy pronto a bordo; pero en cuanto a eso es necesario tener tripulación completa. Ahora bien, no había un sólo buque al que no faltaran cincuenta o sesenta hombres; el buque almirante tenía cien hombres ausentes.

La Diligente se aproximaba, dejando oír siempre su cañón: El lord Cokrane y sus buques no se veían todavía; eran las seis de la mañana.

Se perdió mucho tiempo en idas y venidas y en discusiones inútiles. El contralmirante Leisseigue  quería quedarse en el fondeadero, delante de la ciudad; el general le aconsejó mucho que se colocara más abajo, guardando la costa frente a la gran sabana. Allí, acoderando sus buques, las baterías de costa, improvisadas sobre los escarpados de la costa y los del bastión de San Gil. Los hubieran flanqueado, pudiendo maniobrar sobre el enemigo a su llegada primeramente y después, particularmente si osan intentar pasar entre la tierra y nuestros buques, imitando la maniobra de Aboukir; pues allí, ya se sabe, una simple batería en un islote, hacia el paso muy peligroso a los buques de Nelson, y hubiera sido provechoso al almirante Brucix. El combate de Linois, el 4 de junio de 1802, en la bahía de Gibraltar, era también su ejemplo que imitar; pues allí, a pesar de sus pérdidas, sin ponerse a la vela, fue vencedor con la ayuda de las baterías de tierra.

Este consejo del general Ferrand era tanto mis racional, cuanto que daba el tiempo necesario para hacer entrar, todas las corveas; que para aparejar a esa hora tan matinal no reinaba sino una débil brisa de tierra; que el orden se habría restablecido en los buques, y que entonces, en estado de combatir, se tenía el recurso de cortar sus cables, cuando llegara el viento del mar, hacia el medio día, para ir a la vela a librar el combate, con una suerte tal vez inferior, en plena mar, pues el enemigo tenía siete buques y nosotros cinco.

No conozco absolutamente el informe que ha debido darse al ministro Decrés, pero puedo decir lo que vi perfectamente, todo lo que la población de Santo Domingo vio, desde los terrados de las casas como se ve en un circo. Yo diré lo que Tournier (XXII) guardia marina de primera clase a bordo del Imperial, me dijo, en medio del combate.

El contralmirante Leisseigue aparejó como a las ocho  todas Las velas para aprovechar bien la ligera brisa y seguir La costa para llegar al cabo Nizao y de allí hacerse mar adentro y huir delante de Cokrane. Con gran trabajo fue como aquellos pesados barcos llegaron a la bahía de Palenque, a la cual el cabo Nizao cierra uno de los lados: y sin embargo, se habían hecho a la vela antes que ningún buque enemigo pareciera en el horizonte!…

Diez leguas que recorrer desde el Ozama hasta el cabo Nizao no eran infranqueables en cualquier otro momento; pero, sin viento, por decirlo así, esta distancia no fue recorrida sino hacia la una y media y el cabo no había sido doblado.

Orden de marcha de Leisseigue:

1ro.- buque de línea, el Alexandre de 8o, capt. Bergeret:

2do.- buque de línea, el Brave de 74 Capt. O

3ro.- buque de línea el Imperial de 120. Ctra. almirante Leisseigue Cap. Brigot.

4to.- buque de línea, Júpiter de 74. capt. Leignel.

5to.- buque de línea, Dioméde de 74 capt. D

6to.- buque de línea, Felicité fragata de 40,

7mo.- buque de línea, el Cométe fragata de 40 y 89

8vo.- buque de línea, la Diligente, Corbeta de 18.

Estas tres últimas, formando la vanguardia.

Cuando la Diligente apareció en el horizonte, señalando el enemigo, éste estaba a la altura de la isla Santa Catalina, a veintiuna liguas marinas de Santo Domingo. El enemigo llegó, empujado por un viento del este, habiendo dado la orden de celeridad, es decir, cada buque adelantando lo mejor que podía y tomando el lugar que le asigne su marcha.

Tan pronto como Lord Cokrane descubrió nuestros buques cargados de velas, juzgó la maniobra de el adversario, y puso la proa a la punta Nizao, adonde llegó con toda velocidad, hacia las dos, bastante a tiempo para encerrar la escuadra francesa en la bahía de Palenque! Las fragatas y corbetas habían doblado el cabo y se escaparon, y como no tomaron parte en el combate eso hizo presumir que el contraalmirante Leisseigue, sin duda, tenía orden de evitar todo encuentro y que esa orden había sido dada, pues no había motivos que pudieran dispensar a aquellos buques de ayudar a su almirante. El Brave también se alejó durante el combate.

Mientras duró esta marcha, los marinos de las corveas se rompían los brazos con los remos para reunirse, lo que lograron en medio del combate, y se embarcaron a bordo del Dioméde, el último de la línea.

A las tres, lord Cokrane, con cuatro buques solamente (los otros estaban demasiado atrás, y pasaban frente a Santo Domingo, en número de tres de línea, fragata y aviso) se encontró frente al contraalmirante francés y a sus cinco buques. Este último tenía una gran ventaja en artillería y sin tratar de huir quiso aprovecharse de su ventaja; toda maniobra hubiera sido, además, inútil, casi imposible, encerrado como estaba en la bahía.

El Alejandro recibió la orden de cortar la pequeña línea inglesa por el centro. Desde hacía largo tiempo el cañón funcionaba de una y otra parte; pero las dos fuerzas se habían aproximado demasiado y el combate comenzó entonces muy seriamente. Por una fatalidad inconcebible, el capitán Bergeret, antes de la señal de ejecución, obedeció la orden primitiva; dejando acercándosele por babor, se encontró en medio de una nube de humo de pólvora, espesa y estacionaria por la calma del viento; en esta posición, colocado entre el Imperial y los buques ingleses, el primero, no distinguiendo su pabellón, le disparó todas sus andanadas repetidas veces. Por su parte, Cokrane hacia lo mismo; de modo que, aquello fue una carnicería a bordo del buque.

Prontamente fue puesto fuera de combate, desmantelado, chato corno un pontón, pero sin retroceder, sin embargo. Su pabellón estaba sujeto por un bichero. Durante ese tiempo, el resto de la escuadra inglesa, reuniéndose, tomó parte en el combate; de suerte que Leisseigue, reducido a cuatro buques contra siete, aunque luchando siempre, tuvo una desventaja inmensa! Su verdadera ciudadela desbarataba todo lo que se le acercaba: tres buques, el Superbe, de 80, almirante Duckwort: el Nortumberland, de 74, almirante Cokrane y un tercero, almirante Lowes, lo rodearon, cuando un accidente espantoso, vino, por decirlo así, a reducirlo a nada. Un incendio se propagó de un extremo a otro de su batería de 36. Y ésta se acabó!…

Agregad a esto el buque el Brave, de 74, el que, cuando el viento del mar llegó, salió de la línea y del combate. El enemigo no tenia, pues, a combatir sino el Dioméde, el Júpiter y el Imperial, medio paralizado. El combate continuó durante cinco horas y la escuadra francesa, vencida, debió cesar su fuego. Leisseigue, reducido como lo fue, tanto por su primitiva posición como por sus pérdidas, no tuvo otro recurso sino batirse hasta el último extremo. Estando bien convencido de que no podía vencer a diez buques contra los tres suyos, se dispuso como todos nuestros marinos de esta época, a morir como un héroe; pero pensando más bien en sucumbir noblemente que en vencer. (Thiers, Consulat), él no arrió su pabellón y se varó en la costa con el Imperial y el Dioméde, arrebatándole de ese modo una rica presa al enemigo.

Cokrane tomó dos buques: el Júpiter y el Alexandre; este  último, desmantelado y hundido hasta su segunda batería; combatiendo siempre, se fue al garete hasta el puerto de Santo Domingo. Todavía no había arriado su pabellón y sufría el fuego del resto de la división inglesa, hasta de un simple cúter. ¡Sin embargo de que sus municiones estaban anegadas y que el agua llegaba ya a la segunda batería, él se rindió! La tripulación fue recogida por los ingleses, lo que se hizo muy pronto: el buque había perdido tanta gente! El sentimiento nacional, a nosotros que éramos espectadores desde las azoteas de las casas de la ciudad nos hitó palmotear en el momento en que vimos un buque desarbolado, creyendo que era un buque inglés; este júbilo fue muy corto, pues al aclararse el humo, reconocimos nuestro error.

Tournier en su dolor, me dijo: “Nuestros buques, tan hermosos, tan magníficos a la vista, no eran desgraciadamente sino una buenas cajas, que encerraban y contenían muy pobres tripulaciones. Más de la mitad estaba compuesta de los conscriptos del año; por consiguiente, no eran marinos. Se le habían entregado a la marina, a la salida del puerto. Qué servicios, pues, podían prestar tales hombres, después de dos meses de navegación! Ninguno: A bordo eran más bien un estorbo que una ayuda!…

«Esos conscriptos, que servían en Lis baterías en el momento del combate, reemplazaban a los ausentes a bordo del Imperial; admirados, espantados de un estrépito como el que producía un buque que disparaba sus andanadas, perdieron la cabeza y llevaban de la santabárbara cartuchos de cañón para las piezas, sin tener la precaución de llevar una cartuchera; la pólvora se derramaba sobre la batería y la menor chispa debía traer, como resultó, el deplorable acontecimiento que ocurrió. De un extremo a otro la pólvora se inflamó: era imposible hacer funcionar ninguna de sus piezas y eso en el momento en que más necesidad teníamos de ello. Ah! pobre marina!… Aquel magnifico buque no tuvo más que la cuarta parte de sus cañones!…

«Cuán preferible hubiera sido no haber tenido sino la mitad de la tripulación. Sólo así hubiera servido: el orden y el saber hubieran encontrado sus aplicaciones; mientras que aquellas masas sin aptitudes para el servicio teniendo que ser dirigidas en todo y por todo, eran la causa del desorden, de la confusión y de Las pérdidas!» El emperador, tan hábil para formar soldados, los anuló al entregarlos a la marina: eran franceses y valientes sin duda alguna; pero a bordo de los buques, es necesario unir a esa cualidad la del saber, de la ciencia, en todos absolutamente. No se puede formar un marinero como un soldado. Todo se aprende con el tiempo; pero querer en dos meses formar un marino de un Labrador, de un viñador, etc., es desear lo imposible. El último grumete debe conocer La maniobra en la cual tendrá que intervenir; ¿qué será del hombre que hasta el momento en que lo habéis echado a bordo, no había nunca en su vida ni siquiera visto un barco? ¿Qué será de él? Carne de cañón!

En la marina, es necesario el tiempo más que en ninguna otra cosa, y precisamente en eso era en lo que Napoleón se fijaba menos. El quería. Pero, ¿era eso bastante? Ya hemos visto que no. En cuanto a la marina, seguramente, si hubiera querido una, la hubiera tenido: pero él esperaba que las fuerzas del continente consiguieran acabar con las insulares.

A pesar de sus grandes averías, el Alexandre, que se creía estar próximo a hundirse, fue puesto a flote por los ingleses y al día siguiente en la noche, desapareció remolcado por uno de sus buques, e hicieron rumbo a Jamaica, donde Cokrane se rehízo con su escuadra.

El lugar en que naufragaron el Imperial y el Dioméde estaba desgraciadamente sembrado de arrecifes, al pié de rocas cortadas a pico, ribera escarpada de ciento a ciento cincuenta pies de altura. El Imperial naufragó muy mal, con el bauprés en tierra; el Dioméde, por el anca  de estribor; éste podía disparar  todavía algunos cañonazos; pero el Imperial estaba enfilado de punta a punta. Cokrane los persiguió con sus tiros y esos tiros, que continuaron durante la noche, fueron renovados en la mañana del siguiente día; fue necesario preparar unas especies de grúas para izar uno a uno los hombres de la tripulación; operación larga, y peligrosa, pero por medio de la cual se consiguió llevar a tierra hasta el último herido. Los quemados del Imperial quedaron en tierra en una especie de ambulancia colocada en una ensenadita, hasta que vinieran a buscarlos con embarcaciones pequeñas, tan pronto como se alejó Cokrane.

Y así, mientras que los desgraciados vencidos, naufragados en la costa, empleaban todos los medios para salvar sus vidas, un enemigo reconocido, según dicen, por su generosidad, por su humanidad y su dulce filantropía, aún para los mismos negros, asesinaban a los franceses que habían dejado ya de ser adversarios. Aquello era  positivamente encarnizarse con sus víctimas ya en tierra! Pero, entonces, el encarnizamiento con los franceses era tal, aún con los más indiferentes, que no hay que admirarse de esta conducta. Desde 1815, este enemigo formidable ha podido conocernos y apreciamos en nuestro justo valor; y estoy convencido de que si de semejante caso se hubieran presentado quejas, no procederían más del mismo modo.

¿Cuál podía ser el motivo de semejante conducta, que apenas se puede creer?

¿Hacer abandonar los buques? Ahí ¿quién quería en quedarse en ellos?

¿Quitar la esperan» de ponerlos a flote? ya estaban bien perdidos para todos; el mar se encargó pronto de hacer justicia; y sus restos mismos fueron arrebatados y apenas pudieron recogerse algunos.

¿Con que objeto? Era la destrucción de los franceses y de sus buques, ricas presas arrebatadas a la codicia marítima de los ingleses.

Cokrane, después de su victoria, volvió a Jamaica, remolcando el Alexandre. Dejó nuevamente La fragata la Pique haciendo crucero delante de nuestro puerto.

Aquel combate fue desgraciado por nuestra falta, según creo yo, y los ingleses tuvieron toda la gloria; combate en el cual, es necesario convenir en ello, como fiel relator, los ingleses demostraron una gran audacia y resolución, al venir con cuatro buques, primero, a atacar cinco, de los cuales uno sólo salía dos de los suyos. Pero, la posición de nuestra división naval, consecuencia obligada de una preparación intempestiva, la hicieron estar, por eso mismo, vencida a medias; la huida del Brave durante el combate contribuyó al desastre futuro!…

La maniobra del contraalmirante Leisseigue estuvo falta de precisión, por no decir otra cosa, la maniobra del contralmirante Cokrane fué atrevida e inteligente. A pesar de todas las circunstancias desfavorables, Leisseigue se batió hasta el último extremo. ¡No en vano mandaba él a franceses! Desgraciadamente esta valentía era inútil; no servía más que para salvar el horror de su bandera, que no arrió nunca!..

Tal fue el resultado: 1° de una permanencia que pudo hacerse en la Habana, en un puerto, puesto que había necesidad de ello, en vez de quedarse quince días fondeados en una rada abierta; 2° de la incredulidad acordada a una noticia llegada del mar y dada la víspera y tratada con mucha indiferencia;  de la posición que se había tomado.

No hay duda de que, si anclado frente a La Sabana Grande, Leisseigue hubiera hecho lo que Linois hizo en la bahía de Gibraltar, hubiera salvado una parte de sus buques cuando menos.

E l tenia escasa tripulación; razón de más para combatir en un punto fijo y restablecer durante la noche, el orden a bordo, sin desguarnecerse por medio de corveas.

El Dioméde, que tenía toda su batería en un costado, al hacerse a la mar, no pudo restablecer su equilibro sino desplegando todas sus velas.

Si se quiere tener marineros, en necesario, cuando menos, tomar hombres que hayan visto el agua de un río, de un riachuelo siquiera; subido sobre una tabla de a bordo, guardarla, y el tiempo hará lo demás. Esos hombres serán siempre más aptos para convertirse en marinos, aunque fuesen marinos de rio,  que los labradores de las llanuras de la Beocia. Por nuestro sistema de conscripción, perfecto para los ejércitos de tierra, es necesario años para formar marinos y cuando llegan a serlo o poco menos, ellos, que son nuevos en ese estado, vuelven a hacerse libres; ellos cumplieron su tiempo y su
obligación también está cumplida; entonces, el amor a La patria los aleja del mar y quedan perdidos para éste!

Se han obtenido brillantes resultados, hay que convenir en ello, con la creación de tripulaciones de línea, formadas para la marina; pero no es menos cierto que los hombres han sido y serán siempre perdidos, por el fin de la deuda, el voto de la ley, sobre todo en tiempo de paz, durante el cual se libera por anticipación. La inscripción marítima si da verdaderos marinos; pero en tiempos de guerra, la llamada de las clases vacía los puertos; apenas quedan los pescadores. Esas llamadas no bastan jamás, pues el recurso de la conscripción va llenando nuestros buques. Esa costumbre ha sido y será siempre la causa primera de nuestra inferioridad en el mar; y la segunda, es que, aun cuando nuestros marinos estén inscritos, no forman cuerpo con el buque; que ellos llegan allí sin conocerlo; pues, de ese buque de guerra pasa a la barca del pescador; del buque mercante todavía, le queda un grande, un inmenso estudio que hacer.

¿Qué será, pues, del hombre que ha sido traído de tierra? Tanto, pues, como el marino no se haya casado con su buque, bien entendido, el de guerra, no se tendrán sino mediocres tripulaciones, numerosas, valientes, fuertes, sin duda alguna, pero instruidas, y prácticas, no!…

En la época de esa guerra cruel de veinticinco artos y en la que tantos valientes no vieron el fin, todo desgraciadamente era sacrificado al ejército de tierra, y en esta bella época de gloria, todo estaba bueno. Se necesitaban hombres por todas partes; hombres, no importando nada su profesión, su calidad, su instrucción! Se entregaban masas de hombres a un jefe; a él le tocaba, pues, sacar partido de ellas!…

Ai! cuántos jefes y oficiales se sacrificaron para llevar a la gloria aquellos rebaños de hombres! Ellos lo consiguieron, sin embargo, pero dando su vida al estado!… Cuántos trabajos, cuántos cuidados, en nuestros ejércitos de tierra durante seis meses, para hacer un soldado perfecto!… Pero en la marina, con los mismos recursos y el mismo trabajo ¿qué hacían los oficiales? El resultado era mínimo, por no decir nulo completamente… Así como se cuentan sus victorias en batallas campales: ella tuvo, sin duda, éxitos, pero ¿cómo? Cuando dos buques, uno contra el otro, es decir, bordo con bordo, la maniobra es casi inútil y que en el abordaje la valentía francesa podía decidir el triunfo, era entonces lo mismo que si estuvieran en tierra, por decirlo así: Ha sido cosa muy rara que un abordaje francés haya fracasado.

En ese combate de Leisseigue, no se ve la prueba de la ignorancia de los hombres, que no sabían ni siquiera servir las piezas, ni llevar un cartucho de cartón! ¿Qué debían hacer esos mismos hombres en las maniobras? Muy desgraciadamente los ingleses han tenido y tendrán siempre una gran ventaja sobre nosotros porque su forma de reclutamiento no es la nuestra: la presse, es decir el reclutamiento forzado lo dice todo; pero ellos, heridos, no gozaban más de su libertad; el tiempo, sino eran marinos, los hacía marinas. La nave que los recibía no los devolvía; se convertía en su prisión, y ellos conocían eso perfectamente: tanto de noche como de día podían obedecer con buen éxito las órdenes que se les daban.

Esa nave era una propiedad, y ellos concluían amándola; formaba parte de su cuerpo y su defensa era mayor; esa nave era su propia familia que él protegía entonces con toda su fuerza. Citaré un ejemplo en apoyo de la paciencia que se tiene durante la estancia a bordo, y que pude comprobar en el buque del comodoro ingles que nos conducía prisioneros a Jamaica.

El maestro bodeguero, desde el día en que el buque fue botado al agua, no solamente no había puesto los pies en tierra, pero ni siquiera en el puente!… Desde hacía ocho años vivía en su camarote de la bodega, no respirando otro aire sino el que conducía b manguera de lona destinada a este uso.

¿Era acaso un prisionero? No, pero su adhesión a su puesto lo tenía allí. Ese marino, ese maestro, es uno de los más ocupador, pues la bodega es el almacén general de todo lo que es necesario a bordo; él se había creado en ella una distracción; daba conciertos por medio de un carillón de campanillas que había preparado y que tocaba con una varilla… Es necesario ser inglés para vivir así. Entre nosotros, franceses, no se encuentra nunca un hombre semejante.

En los puertos, aún estando los buques fondeados, ningún marinero saltaba a tierra! Los mismos botaos y remeros no salían nunca de b embarcación en que conducían a los señores oficiales; el patrón sólo lo hacía, y aún así no perdía de vista sus hombres. Fue en Jamaica donde vi cerrar los ojos al pasar cierta; mujeres que se deslizaban a bordo y se perdían en el buque…

Es por medio de una disciplina rígida, tal vez cruel, puesto que ella priva al hombre de su libertad, que Inglaterra posee buenos marinos; pero semejantes medios, ni parecidas exigencias, jamás podrían ponerse en práctica entre nosotros los franceses… Nuestro carácter no se plegaría jamás a eso. Según lo que es hoy nuestra marina, tan bella y tan buena, se puede juzgar lo que sería si no se cambiara tan a menudo sus tripulaciones y aún sus oficiales, de los buques en los cuales adquirían su instrucción práctica ¿No se podría preparar una ley para la marina, autorizándola a conservar su gente diez años en vez de ocho? Esos hombres, retenidos durante ese tiempo, olvidarían su tierra, su aldea y continuarían siendo marinos para siempre, y el comercio se aprovecharía de eso en el momento de la liberación; estando matriculados, al sobrevenir la guerra, se les encontraría en nuestros puertos.

La supremacía del almirante Cokrane, en el combate contra Leisseigue, no se debió, en parte, sino a la ventaja de sus buenas tripulaciones contra otras mediocres.

Ya se ha visto lo que debió hacer nuestro almirante. No pudiendo ya evitar el combate, todas las razones lo obligaban a tomar un partido decisivo.

Las reflexiones me han alejado de la relación relativa a la continuación del combate; voy a proseguir.

El general, al ver el combate perdido, dio enseguida órdenes para socorrer los buques que estaban en la costa;  envió medios de salvación, de transportes, víveres y medicinas. Se condujeron por tierra a los heridos que podían soportar el viaje de diez leguas y los más maltratados, los quemados se llevaron por mar. El hospital se llenó y los cuidados más minuciosos se les prodigaron, particularmente a los quemados, cuyo aspecto era espantoso.

Cada uno de nosotros fue a buscar a los que estaban en buena salud, esperando poder pasar algunos días de distracción, y los pasamos en nuestra cabaña. Fue en estas circunstancias como vi a un guardia marina de primera clase del buque almirante, sentando en un poste, mirando al ciclo: era la imagen del hombre que lo ha perdido todo; era la desesperación personificada. Con mucho trabajo pude arrancarlo de aquel lugar; era uno de los comisionados de la fiesta que se iba a dar a bordo. Su vestido elegante, sus medias blancas de seda, llevaban el sangriento sello del combate…

Conducido a casa, me dijo llamarse Tournier. Fue él quien me dio los detalles del combate, no inmediatamente, pues pasaron cuarentaiocho horas antes de que yo pudiera arrancarle una palabra. Yo no lo concia, pero fui atraído hacía él por una simpatía incomprensible. Se quedó tres meses conmigo, y como recuerdo, única prenda que poseía, me dio un par de hebillas de oro de su traje de gala. Volví a verlo en París en 1817. La política lo había conducido a Charenton.

 Los restos de dos tripulaciones permanecieron en Santo Domingo con el señor Leisseigue y algunos oficiales, hasta que algunos medios de transporte americanos permitiesen salir para los Estados Unidos, para ser remitidos a los señores cónsules franceses. Esta evacuación fue muy larga; algunos marineros, los últimos que se curaron, quedaron para formar nuestra débil marina de Santo Domingo.

J. B . Lemonnier-Delàfosse

SECOND CAMPAGNE DE SAINT-DOM1NCUE DU 1ER. DECEMBRE 1803 ; AU 15; JUILLET 1809 ; PRECEDEE DE SOUVENIRS HISTORIQUES & SUCCINTS DE LA PREMIERE CAMPACNE. Expédition du Général en chef Leclerc, du Décembre 1803, par M. Lemonnier-Delàfosse, ancien officier de l’armée de Saint-Domingue.

Havre, 1846

Contexto Global, Épocas Históricas, Europa y los Imperios Coloniales, Invasiones Haitianas, Latinoamérica y el Caribe Hispano Tags:1806, Batalla Naval, Ferrand, Francia, Inglaterra, Leisseigue, Lord Cokrane, Santo Domingo

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