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Crónicas de Hispaniola

Historia, análisis y contexto

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Los Artilleros de Santo Domingo

Posted on julio 18, 2026julio 18, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en Los Artilleros de Santo Domingo

Plateros, sastres, labradores y soldados en las filiaciones militares de 1789

Crónicas de Hispaniola

La historia de los ejércitos coloniales suele conservar los nombres de gobernadores, capitanes generales y oficiales superiores. Mucho menos sabemos de los hombres que cargaban los cañones, reparaban las armas, abrían trincheras, transportaban municiones y permanecían durante años en las guarniciones. Las filiaciones del Real Cuerpo de Artillería de Santo Domingo permiten acercarse excepcionalmente a algunos de esos soldados.

Los documentos reunidos por Emilio Rodríguez Demorizi registran sus nombres, edades, lugares de nacimiento, estaturas, rasgos físicos, oficios, niveles de alfabetización, fechas de alistamiento y ascensos. Aparecen un labrador convertido en bombardero, un platero que pasó del Batallón Fijo a la artillería, un sastre ascendido a minador y un soldado de San Carlos que llegó a sargento primero después de casi veinte años de servicio.

Estas fichas no fueron redactadas para reconstruir la vida social de la colonia. Eran instrumentos administrativos destinados a identificar a los soldados, controlar su permanencia, certificar ascensos y determinar su derecho a premios o retiros. Precisamente por esa finalidad burocrática conservaron detalles personales que raramente aparecen en las grandes narraciones históricas.

La artillería como cuerpo técnico

El Real Cuerpo de Artillería requería personal capaz de realizar tareas que iban más allá del combate ordinario de infantería.

Sus integrantes debían aprender a:

  • Manipular pólvora y municiones.
  • Cargar, apuntar y disparar cañones.
  • Limpiar las piezas.
  • Reparar o sustituir componentes.
  • Transportar cureñas y proyectiles.
  • Construir plataformas.
  • Abrir zanjas y trincheras.
  • Mantener depósitos.
  • Controlar herramientas y accesorios.
  • Cumplir procedimientos precisos para evitar accidentes.

El servicio artillero exigía coordinación. Cada hombre ocupaba una posición determinada alrededor de la pieza. Un error durante la carga podía provocar una explosión, un disparo prematuro o la inutilización del cañón.

En Santo Domingo, donde los recursos eran limitados y los suministros llegaban desde otros territorios de la monarquía, los conocimientos manuales y artesanales adquirían especial valor.

Soldados procedentes de la sociedad local

Las filiaciones muestran que una parte del personal había nacido en la ciudad de Santo Domingo o en la cercana villa de San Carlos.

No eran únicamente militares llegados desde la península. La compañía incorporaba hombres procedentes de la sociedad local, algunos de ellos con oficios claramente identificados.

Entre los documentados aparecen:

  • Domingo Enrique, labrador.
  • Joaquín Abendaño, platero.
  • Juan de Plata, sastre.
  • Francisco Abreu, natural de San Carlos.
  • Pedro Claver, natural de Santo Domingo y ascendido desde soldado.

Estos casos permiten observar cómo la institución militar reclutaba trabajadores y artesanos de la colonia, integrándolos en una estructura jerárquica y técnica.

El alistamiento como decisión contractual

Las hojas señalan que varios hombres sentaron plaza voluntariamente por periodos determinados, generalmente seis u ocho años.

El alistamiento era un compromiso formal. El recluta declaraba:

  • Su nombre.
  • Filiación familiar.
  • Lugar de nacimiento.
  • Edad.
  • Religión.
  • Oficio.
  • Rasgos físicos.
  • Duración del servicio.

También se le comunicaban las penas previstas por las ordenanzas en caso de deserción u otras faltas.

El soldado quedaba advertido de que no podría alegar desconocimiento de las obligaciones contraídas. Si sabía escribir, firmaba. Si no, realizaba una señal, generalmente una cruz.

Este procedimiento convertía el ingreso en una relación jurídica entre el individuo y la monarquía.

Domingo Enrique, labrador y bombardero

Domingo Enrique aparece en una relación de sargentos y soldados acreedores a recompensas o destinos. En 1789 tenía treinta y ocho años y dieciocho de servicio. Sus achaques lo habían imposibilitado y solicitaba pasar al cuerpo de inválidos de Santo Domingo.

Una filiación anterior ofrece más detalles. Era hijo de Pedro y Francisca Fajardo y natural de la villa de San Carlos, perteneciente al arzobispado de Santo Domingo.

Cuando sentó plaza tenía veintidós años. El documento lo describe como:

  • De cinco pies y cinco pulgadas de estatura.
  • Pelo castaño oscuro.
  • Ojos pardos.
  • Color trigueño.
  • Cejas negras.
  • Frente espaciosa.
  • Nariz aguileña.
  • Barbilampiño.
  • Con una cicatriz debajo de la quijada izquierda.

Sabía leer y escribir y ejercía el oficio de labrador.

Se alistó voluntariamente por ocho años el 9 de octubre de 1773. Posteriormente pasó a bombardero en octubre de 1785.

La hoja añade que había apresado a un artillero desertor llamado Juan Antonio de Lugo. Este servicio fue incorporado a su expediente como mérito particular.

Qué era un bombardero

El término bombardero designaba una categoría especializada dentro de la artillería.

Su origen estaba vinculado al manejo de bombardas, morteros y otras piezas, aunque durante el siglo XVIII podía funcionar también como grado o especialidad dentro de las compañías.

El bombardero debía conocer:

  • Preparación de cargas.
  • Manipulación de proyectiles.
  • Servicio de piezas.
  • Seguridad alrededor de la pólvora.
  • Orden de las maniobras.
  • Conservación del material.

El ascenso de Domingo Enrique desde soldado hasta bombardero indica que había adquirido experiencia suficiente para desempeñar tareas técnicas.

Del campo a la artillería

El oficio de labrador de Domingo Enrique muestra que la especialización militar podía adquirirse después del ingreso.

No era necesario haber ejercido previamente un oficio metalúrgico o mecánico. La compañía podía formar a un trabajador del campo en los procedimientos artilleros.

Sin embargo, su experiencia como labrador probablemente le proporcionaba resistencia física y familiaridad con:

  • Herramientas.
  • Animales de tiro.
  • Trabajo pesado.
  • Transporte.
  • Construcción rudimentaria.
  • Jornadas prolongadas al aire libre.

Mover cañones, municiones y materiales exigía una fuerza física considerable.

Joaquín Abendaño, platero de Santo Domingo

Joaquín Abendaño era hijo de Francisco Abendaño y María Jacinta. Había nacido en la ciudad de Santo Domingo y ejercía el oficio de platero.

Su filiación lo describe con veintisiete años y una estatura de cinco pies, tres pulgadas y siete líneas.

Sus rasgos registrados eran:

  • Color trigueño.
  • Pelo y cejas negros.
  • Frente ancha.
  • Entrecejo poblado.
  • Nariz regular.
  • Marcas de viruela.
  • Barba cerrada.
  • Una cicatriz debajo de la quijada izquierda.

Abendaño no sabía firmar y realizó una señal de cruz al formalizar su incorporación.

Antes de ingresar en la compañía de artilleros había servido en el Batallón Fijo de Santo Domingo, desde febrero de 1770 hasta abril de 1778. Después sentó plaza voluntariamente en la artillería por ocho años.

El expediente aclara que el tiempo servido anteriormente en el batallón fue reconocido para mantener su antigüedad. En junio de 1784 ascendió a cabo de artilleros.

El oficio de platero

El platero trabajaba metales preciosos y otros materiales mediante técnicas que exigían precisión.

Entre sus destrezas podían encontrarse:

  • Fundición.
  • Soldadura.
  • Martillado.
  • Pulido.
  • Reparación.
  • Manejo de pequeñas herramientas.
  • Medición.
  • Ajuste de piezas.

No consta que Joaquín Abendaño fuera destinado específicamente a reparar cañones o mecanismos. Sería impropio afirmarlo sin otra fuente.

Pero su oficio demuestra que la compañía incorporaba trabajadores habituados a la manipulación técnica de metales. En una guarnición donde fusiles, cerraduras, hebillas, sables y accesorios requerían mantenimiento, esas habilidades podían resultar útiles.

Un artillero que no sabía firmar

El caso de Abendaño muestra que el analfabetismo no impedía servir ni ascender hasta cabo.

La institución podía transmitir órdenes y procedimientos mediante:

  • Instrucción oral.
  • Repetición.
  • Ejercicio práctico.
  • Supervisión de sargentos.
  • Memorización de maniobras.
  • Señales y toques militares.

Saber leer y escribir ofrecía ventajas, especialmente para empleos administrativos, pero no era indispensable para todas las funciones técnicas.

La diferencia entre conocimiento práctico y alfabetización formal es importante. Un hombre incapaz de firmar podía, sin embargo, dominar herramientas, maniobras y procedimientos complejos.

Juan de Plata, sastre y minador

Juan de Plata era hijo de José y Juana Perdomo y natural de la ciudad de Santo Domingo.

Tenía veinticuatro años cuando se elaboró su filiación y medía cinco pies y cuatro pulgadas.

El documento lo describe como:

  • De pelo y cejas castaño claro.
  • Ojos pardos.
  • Nariz aguileña.
  • Color trigueño.
  • Marcado por viruelas.
  • Barbilampiño.

Sabía leer y escribir y ejercía el oficio de sastre.

Se alistó voluntariamente por ocho años el 31 de enero de 1775. En diciembre de 1788 pasó a minador.

Qué significaba ser minador

El minador formaba parte del personal técnico vinculado a obras militares.

Podía ser empleado en:

  • Excavación de zanjas.
  • Apertura de galerías.
  • Construcción de trincheras.
  • Demoliciones.
  • Reparación de fortificaciones.
  • Colocación de cargas.
  • Movimiento de tierra.
  • Preparación de posiciones artilleras.

No significa que Juan de Plata trabajara permanentemente en minas subterráneas. En una plaza como Santo Domingo, los minadores podían prestar servicios generales de ingeniería y fortificación.

Su ascenso indica que había adquirido conocimientos o experiencia específicos después de ingresar como soldado.

El sastre dentro de una compañía militar

El oficio de sastre también podía tener utilidad directa dentro de la guarnición.

Los uniformes requerían:

  • Reparación.
  • Ajuste.
  • Sustitución de botones.
  • Costura de forros.
  • Adaptación de correajes.
  • Conservación de prendas.

La revista de 1790 afirma que el vestuario de la compañía estaba en buen estado. No puede atribuirse ese resultado a Juan de Plata, pero la presencia de sastres dentro de las unidades facilitaba el mantenimiento cotidiano.

Su alfabetización también podía hacerlo útil en tareas de registro, inventario o lectura de órdenes.

Francisco Abreu, de soldado a sargento primero

Francisco Abreu era hijo de Juan y Juana Rodríguez y natural de la villa de San Carlos.

Su filiación lo describe como un hombre de:

  • Cinco pies, cuatro pulgadas y una línea.
  • Color trigueño.
  • Pelo negro.
  • Ojos negros.
  • Poca barba.

Tenía veinticinco años cuando sentó plaza voluntariamente por seis años, el 21 de marzo de 1770.

Su carrera fue larga:

  1. Soldado.
  2. Minador, en octubre de 1774.
  3. Renovación del servicio por ocho años en 1776.
  4. Cabo, en julio de 1781.
  5. Sargento segundo, en mayo de 1786.
  6. Sargento primero, en noviembre de 1789.

En casi dos décadas pasó desde la base de la compañía hasta uno de los principales empleos de suboficial.

El sargento como columna de la compañía

Los sargentos cumplían funciones esenciales:

  • Transmitir órdenes.
  • Mantener la disciplina.
  • Formar a los soldados.
  • Supervisar guardias.
  • Controlar armas.
  • Pasar revista.
  • Organizar trabajos.
  • Informar a los oficiales.
  • Sustituir mandos subalternos cuando fuera necesario.

En una unidad técnica, el sargento debía además conocer las maniobras y procedimientos de artillería.

Francisco Abreu representa una vía de movilidad basada en antigüedad, competencia y continuidad del servicio.

Pedro Claver y el ascenso desde la tropa

Pedro Claver era natural de Santo Domingo y aparece clasificado como plebeyo en su hoja de servicio.

Había comenzado como soldado en diciembre de 1768. Ascendió a cabo en julio de 1773, a sargento en junio de 1784 y a subteniente en agosto de 1789.

Al finalizar ese año acumulaba más de veintiún años de servicio.

Su trayectoria alcanzó un punto al que pocos soldados llegaban: el ingreso formal en la oficialidad.

El caso demuestra que existía una ruta alternativa a la del cadete de familia militar:

Soldado → cabo → sargento → subteniente.

Esta vía requería décadas de servicio y estaba condicionada por las vacantes y evaluaciones de los superiores.

La condición de “plebeyo”

Las hojas de Pedro Claver y Francisco Abreu emplean la categoría “plebeyo”.

El término pertenecía al sistema de clasificación social del Antiguo Régimen. Indicaba que el individuo no era reconocido como noble o hidalgo.

No significaba necesariamente pobreza extrema ni falta de capacidad. Pedro Claver alcanzó el grado de subteniente y recibió evaluaciones favorables.

La presencia de plebeyos en la artillería confirma que los cuerpos técnicos podían ofrecer ciertas posibilidades de ascenso social, aunque dentro de límites claramente jerarquizados.

Hidalgo, noble y plebeyo

Las hojas militares utilizaban varias categorías:

  • Noble.
  • Hidalgo.
  • Limpieza de sangre.
  • Hijo de capitán.
  • Plebeyo.
  • Calidad no hecha constar.

Estas clasificaciones influían en la carrera.

Los jóvenes de familias reconocidas ingresaban con frecuencia como cadetes y aspiraban a la oficialidad. Los plebeyos solían comenzar en la tropa y ascender gradualmente.

La artillería, por su especialización, podía valorar experiencia y competencia técnica de manera más visible que otros cuerpos. Sin embargo, no eliminaba las diferencias sociales.

Alfabetización y ascenso

Las filiaciones muestran distintos niveles de alfabetización.

Domingo Enrique sabía leer y escribir. Juan de Plata también. Joaquín Abendaño no sabía firmar.

No consta en todos los expedientes la capacidad de lectura.

La alfabetización facilitaba:

  • Manejo de inventarios.
  • Lectura de órdenes.
  • Registro de municiones.
  • Elaboración de partes.
  • Cómputo de pagas.
  • Ascenso a funciones administrativas.

Pero el servicio práctico seguía siendo determinante. Un artillero debía ejecutar maniobras con precisión, incluso si no dominaba la escritura.

Descripciones físicas como mecanismo de control

Los detallados retratos escritos tenían una finalidad administrativa.

Antes de la fotografía, el ejército identificaba a los soldados mediante:

  • Estatura.
  • Color de piel.
  • Pelo.
  • Ojos.
  • Nariz.
  • Frente.
  • Barba.
  • Cicatrices.
  • Marcas de viruela.

La descripción ayudaba a:

  • Reconocer desertores.
  • Evitar suplantaciones.
  • Confirmar la identidad.
  • Controlar traslados.
  • Verificar licencias y reenganches.

Estas filiaciones no fueron elaboradas como estudios antropológicos. Utilizaban categorías perceptivas y raciales propias de la sociedad colonial.

El término “trigueño”

Varios soldados fueron descritos como trigueños.

En el lenguaje de la época, el término podía referirse a una tonalidad de piel morena o intermedia. Su significado no era siempre idéntico ni correspondía necesariamente a una categoría jurídica precisa.

Editorialmente debe conservarse como término de la fuente y explicarse sin intentar convertirlo automáticamente en una identidad racial contemporánea.

La sociedad colonial diferenciaba entre categorías legales, sociales y fenotípicas que podían solaparse sin coincidir plenamente.

Las marcas de viruela

Joaquín Abendaño y Juan de Plata aparecen descritos con señales de viruela.

La viruela era una enfermedad común y peligrosa. Quienes sobrevivían podían conservar cicatrices visibles, especialmente en el rostro.

El registro de estas marcas tenía utilidad identificativa. Al mismo tiempo, muestra cómo las enfermedades formaban parte de la experiencia cotidiana de la población.

Las guarniciones eran especialmente vulnerables por la concentración de hombres, la movilidad y las condiciones sanitarias.

Cicatrices y vida material

Las cicatrices registradas en Domingo Enrique y Joaquín Abendaño podían proceder de accidentes, enfermedades, peleas o trabajos anteriores. Las hojas no explican su origen.

Su inclusión convierte las filiaciones en retratos humanos de notable precisión. Frente a una historia compuesta únicamente por nombres y grados, estos documentos permiten imaginar cuerpos marcados por:

  • Enfermedad.
  • Trabajo.
  • Servicio.
  • Accidentes.
  • Edad.

Premios por años de servicio

La documentación incluye una relación de individuos que habían cumplido plazos y eran acreedores a premios concedidos por la monarquía.

Joaquín Abendaño y Francisco Abreu estaban próximos a los veinte años reconocidos. Juan de Plata figuraba para un premio de quince años.

Los premios recompensaban:

  • Continuidad.
  • Fidelidad.
  • Buena conducta.
  • Ausencia de deserción.
  • Cumplimiento de los plazos.

La relación afirma que los candidatos no debían haber cometido faltas graves ni interrumpido el servicio.

El premio funcionaba como incentivo y como reconocimiento administrativo.

La antigüedad como capital del soldado

Para un soldado sin nobleza ni patrimonio, los años de servicio constituían uno de sus principales recursos.

La antigüedad podía permitirle:

  • Ascender.
  • Obtener premios.
  • Solicitar retiro.
  • Pasar a inválidos.
  • Defender derechos salariales.
  • Conservar precedencia frente a otros compañeros.

Por esta razón, las hojas calculaban con precisión años, meses y días.

Cuando un hombre pasaba de una unidad a otra, era importante determinar si el tiempo anterior sería reconocido. El expediente de Joaquín Abendaño insiste en que su servicio en el Batallón Fijo debía abonarse al de la artillería.

Reenganches

Francisco Abreu renovó su compromiso después de cumplir el primer plazo.

El reenganche permitía a la compañía conservar personal experimentado. Para el soldado significaba continuar una carrera que ya formaba parte de su identidad y sustento.

El reenganche podía estar motivado por:

  • Expectativa de ascenso.
  • Necesidad económica.
  • Premios futuros.
  • Falta de mejores opciones civiles.
  • Arraigo dentro de la unidad.
  • Prestigio acumulado.

Invalidez y final del servicio

Domingo Enrique solicitó pasar a los inválidos porque sus achaques le impedían continuar.

El cuerpo de inválidos estaba destinado a militares que ya no podían cumplir el servicio activo por edad, heridas o enfermedad.

No era un sistema de bienestar moderno. Las condiciones podían ser limitadas y dependían de decisiones administrativas. Pero ofrecía una salida distinta del abandono absoluto.

La solicitud debía acreditar:

  • Años de servicio.
  • Estado físico.
  • Conducta.
  • Derecho al destino.
  • Imposibilidad para continuar.

La salud como criterio militar

Las hojas evaluaban la salud con expresiones como:

  • Buena.
  • Quebrantada.
  • Achacoso.
  • Imposibilitado.
  • Enfermo habitual.

La capacidad física era esencial para:

  • Mover piezas.
  • Transportar municiones.
  • Permanecer de guardia.
  • Marchar.
  • Trabajar en fortificaciones.
  • Resistir el clima.

Un artillero podía quedar inutilizado aun sin haber sido herido en combate. El desgaste acumulado de décadas de servicio era suficiente.

Pagas, prest y masita

La revista de inspección de 1790 señala que los soldados estaban satisfechos con su prest y masita y que no se les debía dinero.

El prest era una entrega relacionada con el sueldo ordinario. La masita se vinculaba a fondos destinados a vestuario y necesidades de la tropa.

El pago regular tenía importancia directa en la disciplina.

Los atrasos podían producir:

  • Deserción.
  • Deudas.
  • Venta del equipo.
  • Conflictos.
  • Descontento.
  • Deterioro del uniforme.

La situación descrita en 1790 era relativamente favorable.

El uniforme como parte de la vida cotidiana

Los artilleros utilizaban vestuario blanco con distintivos encarnados.

Para un artesano convertido en soldado, el uniforme representaba:

  • Pertenencia al cuerpo.
  • Disciplina.
  • Visibilidad pública.
  • Diferencia frente a la población civil.
  • Obligación de mantenimiento.

La ropa sufría el clima tropical, el sudor, la humedad y el trabajo físico. Por eso la presencia de soldados con experiencia en costura podía ser útil dentro de la unidad.

Herramientas, armas y trabajo

El inventario de la compañía incluía:

  • Fusiles.
  • Bayonetas.
  • Sables.
  • Cartucheras.
  • Frascos.
  • Cinturones.
  • Agujas de cañón.
  • Caja de guerra.
  • Otros accesorios.

La actividad del artillero era simultáneamente militar y laboral.

Debía:

  • Limpiar.
  • Cargar.
  • Transportar.
  • Reparar.
  • Excavar.
  • Ordenar.
  • Contabilizar.
  • Vigilar.

La frontera entre soldado y trabajador técnico era muy tenue.

Los oficios dentro de la estructura militar

La compañía aprovechaba una sociedad en la que los conocimientos se transmitían mediante aprendizaje artesanal.

Un platero podía estar habituado a la precisión. Un sastre dominaba la medición y la reparación textil. Un labrador conocía herramientas y esfuerzo físico. Otros soldados podían haber trabajado como carpinteros, albañiles o herreros, aunque no aparecen en las filiaciones examinadas.

La institución militar convertía esas habilidades en parte de su capacidad operativa.

No todos los soldados eran artesanos

El título del artículo no debe llevar a una generalización excesiva.

Las hojas revisadas identifican algunos oficios, pero no permiten afirmar que la mayoría de los artilleros fueran artesanos.

La compañía incluía:

  • Militares profesionales.
  • Veteranos transferidos.
  • Jóvenes reclutas.
  • Trabajadores rurales.
  • Artesanos urbanos.
  • Hombres sin oficio consignado.

El valor de los casos radica en mostrar diversidad, no en establecer una proporción estadística sin revisar el conjunto de expedientes.

San Carlos y la guarnición

Domingo Enrique y Francisco Abreu eran naturales de San Carlos.

La villa había sido fundada por familias procedentes de las islas Canarias y se encontraba vinculada estrechamente con la ciudad de Santo Domingo.

Su presencia en la artillería muestra la relación entre los núcleos urbanos próximos y la guarnición.

San Carlos aportaba:

  • Trabajadores.
  • Artesanos.
  • Labradores.
  • Milicianos.
  • Familias integradas en la vida económica de la capital.

Una investigación específica podría rastrear la participación de sus habitantes en los cuerpos militares.

La ciudad como espacio de reclutamiento

Santo Domingo concentraba:

  • Murallas.
  • Baterías.
  • Cuarteles.
  • Talleres.
  • Almacenes.
  • Oficios.
  • Autoridades.
  • Población artesanal.

La compañía de artilleros necesitaba hombres disponibles cerca de las fortificaciones y capaces de responder rápidamente.

El reclutamiento local reducía la dependencia de tropas llegadas desde Europa, aunque la unidad mantenía oficiales peninsulares y reglamentos imperiales.

Movilidad dentro del aparato militar

Joaquín Abendaño pasó del Batallón Fijo a la artillería. Otros hombres ascendieron dentro del mismo cuerpo o cambiaron de especialidad.

Esta movilidad permitía:

  • Conservar veteranos.
  • Aprovechar habilidades.
  • Cubrir vacantes.
  • Reconocer servicios anteriores.
  • Transferir experiencia.

El aparato militar colonial no estaba compuesto por compartimentos completamente cerrados.

Del soldado al especialista

Las trayectorias muestran un proceso de formación interna:

  • Domingo Enrique: soldado a bombardero.
  • Juan de Plata: soldado a minador.
  • Francisco Abreu: soldado a minador, cabo y sargento.
  • Joaquín Abendaño: veterano del batallón a cabo de artillería.
  • Pedro Claver: soldado a subteniente.

La especialización se adquiría mediante años de servicio y práctica.

La compañía funcionaba como espacio de aprendizaje técnico para hombres que no habían recibido educación militar formal antes de ingresar.

El mando y la certificación

Las filiaciones fueron certificadas por Juan José Arizábalo, oficial encargado del detalle de la compañía.

El “detalle” comprendía la administración cotidiana:

  • Libros de personal.
  • Altas y bajas.
  • Ascensos.
  • Antigüedad.
  • Filiaciones.
  • Premios.
  • Armas.
  • Pagas.

La copia debía declararse fiel al original conservado en el libro de la compañía.

Estas fórmulas muestran el peso de la escritura burocrática en la vida militar.

El soldado como expediente

Cada hombre quedaba convertido en una secuencia documental:

  1. Filiación.
  2. Alistamiento.
  3. Juramento o aceptación.
  4. Notas de ascenso.
  5. Reenganches.
  6. Premios.
  7. Enfermedad.
  8. Retiro o invalidez.

El expediente seguía al individuo durante años.

Para el Estado, permitía controlar recursos humanos. Para el historiador, conserva fragmentos de vida.

Las ausencias del documento

Las filiaciones no dicen casi nada sobre:

  • Esposas e hijos.
  • Vivienda.
  • Salario familiar.
  • Alimentación cotidiana.
  • Relaciones con otros artesanos.
  • Participación en cofradías.
  • Propiedades.
  • Vida religiosa más allá de la declaración formal.
  • Experiencia emocional del servicio.

Tampoco explican por qué cada hombre decidió alistarse.

Estas ausencias recuerdan que la fuente fue creada por la administración y no por los propios soldados.

Entre coerción y oportunidad

Los documentos señalan que varios hombres sentaron plaza voluntariamente. Esa fórmula debe respetarse, pero no permite conocer todas las circunstancias.

El alistamiento podía ofrecer:

  • Ingreso regular.
  • Vestuario.
  • Alimentación.
  • Reconocimiento.
  • Posibilidad de ascenso.
  • Protección en la invalidez.

Al mismo tiempo implicaba:

  • Disciplina severa.
  • Riesgo de castigo.
  • Servicio prolongado.
  • Exposición a enfermedad.
  • Posible desplazamiento.
  • Peligro de combate.

La decisión podía combinar necesidad económica y oportunidad profesional.

La artillería como vía de movilidad

Los casos de Francisco Abreu y Pedro Claver muestran que la artillería podía permitir ascensos significativos.

La especialización técnica aumentaba el valor del soldado. Un hombre con décadas de experiencia era difícil de reemplazar.

Sin embargo, la movilidad tenía límites:

  • Los ascensos podían tardar años.
  • Las categorías sociales continuaban influyendo.
  • Los empleos superiores permanecían dominados por oficiales reconocidos.
  • El sueldo y prestigio de un sargento no equivalían a los de un capitán.

La institución abría oportunidades sin eliminar la jerarquía colonial.

El valor histórico de las filiaciones

Estas páginas permiten estudiar simultáneamente:

  • Historia militar.
  • Historia de los oficios.
  • Historia de la alfabetización.
  • Historia de la salud.
  • Historia social.
  • Movilidad ocupacional.
  • Vida urbana.
  • Administración colonial.

La filiación de un solo soldado puede revelar más sobre la sociedad cotidiana que una larga relación de gobernadores.

Una posible base de datos

El conjunto documental podría convertirse en una base prosopográfica con campos como:

  • Nombre.
  • Padres.
  • Lugar de nacimiento.
  • Edad.
  • Estatura.
  • Color descrito.
  • Pelo.
  • Ojos.
  • Cicatrices.
  • Oficio.
  • Alfabetización.
  • Fecha de ingreso.
  • Duración del compromiso.
  • Ascensos.
  • Premios.
  • Estado de salud.
  • Destino final.

Ese trabajo permitiría comparar:

  • Oficios más frecuentes.
  • Proporción de alfabetizados.
  • Edad media de ingreso.
  • Tiempo necesario para ascender.
  • Participación de San Carlos.
  • Movilidad entre cuerpos.
  • Duración del servicio.

La fuente y sus categorías raciales

Las descripciones físicas deben publicarse con contextualización.

El lenguaje colonial clasificaba a las personas mediante categorías relacionadas con:

  • Color.
  • Calidad.
  • Nobleza.
  • Limpieza.
  • Origen.
  • Condición jurídica.

Estas categorías no coinciden exactamente con las identidades actuales.

El editor debe distinguir entre:

  • Lo que afirma el documento.
  • La interpretación histórica.
  • Las inferencias que todavía requieren investigación.

Humanizar sin novelar

Las filiaciones ofrecen suficiente detalle para acercar al lector a los protagonistas, pero no autorizan a inventar pensamientos, conversaciones o motivaciones.

Puede afirmarse que Joaquín Abendaño era platero y no sabía firmar. No puede narrarse cómo se sentía al abandonar su taller.

Puede explicarse que Juan de Plata era sastre y sabía escribir. No puede atribuirse una razón personal específica para su alistamiento.

La fuerza narrativa debe proceder de los datos documentados.

Antes de la guerra con Francia

Las filiaciones y la revista corresponden a los años inmediatamente anteriores a la guerra abierta de 1793.

Los hombres descritos formaban parte de la guarnición cuando la Revolución de Saint-Domingue transformó la seguridad de la isla.

Durante la crisis, la compañía tendría que enfrentar mayores exigencias:

  • Reparar armas.
  • Preparar baterías.
  • Aumentar guardias.
  • Sostener puertos.
  • Proteger almacenes.
  • Instruir tropas.
  • Atender movimientos fronterizos.

La preparación registrada en 1789-1790 fue puesta a prueba poco después.

Continuidad hacia el siglo XIX

Los conocimientos de artilleros, minadores y sargentos conservaron valor durante:

  • La cesión a Francia.
  • La ocupación francesa.
  • La Reconquista.
  • El restablecimiento español.
  • Las crisis políticas de comienzos del siglo XIX.

Las piezas podían cambiar de bandera o autoridad, pero seguían necesitando hombres capaces de operarlas.

La continuidad técnica podía sobrevivir incluso cuando la estructura política se transformaba.

Las filiaciones de los artilleros de Santo Domingo permiten recuperar a hombres que normalmente quedarían ocultos detrás de las murallas y los cañones.

Domingo Enrique era labrador y sabía leer y escribir antes de convertirse en bombardero. Joaquín Abendaño era platero, no sabía firmar y pasó del Batallón Fijo a cabo de artilleros. Juan de Plata era sastre, alfabetizado y promovido a minador. Francisco Abreu, natural de San Carlos, ascendió desde soldado hasta sargento primero. Pedro Claver, clasificado como plebeyo, alcanzó el grado de subteniente después de más de veinte años de servicio.

Sus trayectorias muestran que la artillería colonial era también un espacio de trabajo, formación y movilidad. La especialización se construía mediante años de práctica, disciplina y conocimiento técnico.

La compañía no borraba las diferencias sociales. Los hijos de oficiales tenían rutas más directas hacia la oficialidad, mientras los soldados de origen plebeyo debían recorrer una carrera larga desde la base. Aun así, el cuerpo técnico ofrecía oportunidades de ascenso que no deben ignorarse.

Estos hombres sostuvieron materialmente la defensa de Santo Domingo. Cargaron los fusiles, conservaron las piezas, abrieron zanjas, repararon equipos y transmitieron conocimientos. Su historia demuestra que detrás de toda fortificación existía una comunidad de trabajadores armados cuya experiencia fue indispensable para la supervivencia militar de la colonia.

Bibliografía

Rodríguez Demorizi, Emilio. Milicias de Santo Domingo, 1786-1821. Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, Editora del Caribe, 1978.

Bibliografía complementaria sugerida

Las siguientes fuentes son recomendaciones de consulta:

  • Libros parroquiales de Santo Domingo y San Carlos.
  • Protocolos notariales relativos a plateros, sastres y artesanos.
  • Padrones urbanos de finales del siglo XVIII.
  • Reales Ordenanzas de Carlos III.
  • Reglamentos del Real Cuerpo de Artillería.
  • Archivo General de Simancas, Guerra Moderna, legajo 7290.
  • Archivo General Militar de Segovia, filiaciones y hojas de servicio.
  • Archivo General de la Nación, fondos coloniales.
  • Estudios sobre artesanos y gremios en Santo Domingo.
  • Investigaciones sobre alfabetización colonial.
  • Estudios sobre movilidad social y cuerpos técnicos en la América española.
Colonia Española, Contexto Global, Épocas Históricas, Europa y los Imperios Coloniales, Ideologías y Revoluciones Globales, Invasiones Haitianas, Latinoamérica y el Caribe Hispano Tags:Alfabetización Colonial, Artesanos Coloniales, Artilleros De Santo Domingo, Crónicas De Hispaniola, Fuentes Primarias, Historia Colonial, Historia Del Trabajo, Historia Dominicana, Historia Social, Plateros, Real Cuerpo De Artillería, San Carlos, Sastres

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