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Los Cadetes de Santo Domingo y la Formación de una Oficialidad Criolla

Posted on julio 13, 2026julio 13, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en Los Cadetes de Santo Domingo y la Formación de una Oficialidad Criolla

Familia, educación y carrera militar en las últimas décadas del siglo XVIII

Crónicas de Hispaniola

En las relaciones del Batallón de Infantería de Santo Domingo aparecen cadetes de doce, trece, quince, diecisiete, veinte y veinticuatro años. Algunos pertenecían a familias con varias generaciones de oficiales; otros habían comenzado como distinguidos de las milicias disciplinadas antes de incorporarse al batallón. Sus hojas registran antigüedad, procedencia, salud, condición social atribuida y apreciaciones sobre su aplicación, capacidad y conducta.

Estos jóvenes no estudiaban necesariamente en una academia militar semejante a las instituciones contemporáneas. El cadete era un aspirante a oficial integrado en una compañía, sujeto a disciplina, instrucción y evaluación. Su formación combinaba aprendizaje práctico, relaciones familiares, enseñanza de ordenanzas y, en ciertos casos, matemáticas, geometría, fortificación y manejo de armas.

Las listas reunidas por Emilio Rodríguez Demorizi permiten observar cómo el aparato militar colonial preparaba a una parte de la futura oficialidad de Santo Domingo. También revelan las desigualdades del sistema: el ingreso como cadete estaba estrechamente vinculado a la reputación familiar, la condición social y el patrocinio de oficiales. Sin embargo, coexistía con otras rutas de ascenso, especialmente la promoción desde soldado, cabo y sargento.

Qué significaba ser cadete

En el ejército de la monarquía española, el cadete era un joven admitido en una unidad para prepararse como oficial. No constituía un grado de mando equivalente al de subteniente, teniente o capitán. Era una posición de aprendizaje y expectativa.

El cadete debía familiarizarse con:

  • Las ordenanzas militares.
  • El manejo del fusil y la formación de la tropa.
  • Las guardias y servicios de plaza.
  • La disciplina de compañía.
  • La lectura de órdenes.
  • La contabilidad básica y las relaciones de personal.
  • Las maniobras.
  • La fortificación, cuando recibía instrucción técnica.
  • Las funciones administrativas propias de un oficial.

Su incorporación al batallón permitía que acumulase antigüedad. Las hojas consignan con extraordinaria precisión los años, meses y días servidos en cada empleo. Esa antigüedad influía en los ascensos, aunque no los garantizaba por sí sola.

El joven permanecía como cadete hasta que se producía una vacante, recibía una promoción o era considerado apto para el grado de subteniente. Algunos pasaron muchos años en esa condición. Otros fueron promovidos con rapidez por necesidades de guerra, relaciones familiares o méritos reconocidos.

No era una academia militar moderna

El término cadete puede llevar al lector actual a imaginar un internado militar, un programa uniforme de estudios y una graduación formal. La documentación de Santo Domingo no permite sostener esa imagen.

Los cadetes estaban distribuidos entre compañías. Las relaciones de 1794 y 1795 los vinculan a la primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta, séptima, octava, novena, décima y undécima compañías. Algunos estaban asociados a familias cuyos miembros mandaban esas mismas unidades.

La formación se desarrollaba dentro del cuerpo y dependía de los oficiales disponibles. Determinados capitanes y ayudantes enseñaban ordenanzas, matemáticas o ejercicios militares. Otros instruían mediante el servicio diario: guardias, revistas, movimientos, ejercicios de armas y tareas administrativas.

No consta que todos los cadetes recibieran exactamente el mismo programa. La calidad de la instrucción podía variar según:

  • El comandante.
  • La compañía.
  • La edad del alumno.
  • La situación de guerra o paz.
  • La disponibilidad de maestros.
  • La estancia en la capital o en la frontera.
  • Los conocimientos previos de cada familia.

Cadetes desde los doce años

Uno de los rasgos más llamativos de las hojas es la edad temprana de algunos cadetes.

José Montenegro aparece con doce años. Antonio Chavarría también figura con doce. Lucas Freire y José Echavarría tenían trece. Antonio Vázquez, en una relación anterior, tenía catorce. Francisco Xavier Miura, Francisco Montenegro y José Antonio Zárraga aparecen con quince años.

Otros eran algo mayores:

  • Francisco Miura, diecisiete años.
  • Ignacio Zárraga, diecisiete.
  • Antonio Pueyo, diecisiete.
  • Tomás Pérez Guerra, veinte.
  • Agustín de Tapia, veinte.
  • Carlos Núñez, veintiuno.
  • Juan Manuel Lorenzis, veintiuno.
  • Juan de Dios Molina, veintiuno.
  • Antonio Angulo, veintidós.
  • Juan Núñez, veintidós.
  • Simón Garay, veinticuatro.

Estas edades corresponden a las consignadas en las respectivas hojas y relaciones; no siempre coinciden exactamente con el momento inicial de incorporación, pues los documentos podían elaborarse años después.

La presencia de niños y adolescentes no significa necesariamente que todos fueran enviados inmediatamente a los combates más duros. Muchas hojas dejan vacía la sección de campañas o se limitan a señalar que el joven debía continuar su formación.

Sin embargo, algunos cadetes mayores sí fueron destinados a la frontera. Las necesidades creadas por la guerra contra Francia aceleraron la participación de jóvenes que habían ingresado en el escalafón durante los años anteriores.

El caso de Antonio Vázquez

Antonio Vázquez tenía catorce años cuando fue registrada su hoja de servicio de 1786. Había ingresado como cadete en abril de 1784 y acumulaba dos años y ocho meses dentro del batallón.

La evaluación de sus superiores resulta particularmente reveladora. La hoja lo describe como un niño y señala que tenía viveza, era dócil y debía continuar.

La apreciación no intenta presentarlo como un combatiente plenamente formado. Lo muestra como un alumno sometido a observación. Sus superiores valoraban:

  • Aplicación.
  • Capacidad.
  • Conducta.
  • Potencial.
  • Aptitud para permanecer en la carrera.

Este expediente permite comprender la función inicial del cadete: ingresar joven, aprender, ser evaluado y esperar la oportunidad de ascender.

Niñez, disciplina y expectativas familiares

Para una familia de oficiales, colocar a un hijo como cadete era una inversión de largo plazo. El joven podía comenzar a acumular antigüedad antes de alcanzar la edad adulta y quedaba integrado en una institución capaz de proporcionarle posición, sueldo y reconocimiento.

La carrera exigía paciencia. Un cadete podía pasar años sin ascenso. La familia debía sostenerlo, facilitar su educación y mantener relaciones con los mandos.

La temprana incorporación cumplía varias funciones:

  1. Introducía al joven en la cultura militar.
  2. Lo vinculaba con los oficiales del batallón.
  3. Le permitía adquirir antigüedad.
  4. Reforzaba la posición social de la familia.
  5. Preparaba la continuidad generacional dentro del cuerpo.
  6. Ofrecía una salida profesional en una colonia con pocas instituciones civiles comparables.

La milicia y el batallón funcionaban así como mecanismos de reproducción de las élites locales.

Familias presentes en el escalafón

Las relaciones muestran la repetición de determinados apellidos:

  • Núñez.
  • Miura.
  • Zárraga.
  • Montenegro.
  • Pérez Guerra.
  • Savinón.
  • Caro.
  • Caballero.
  • García.
  • Hinojosa.
  • Logroño.
  • Lorenzis.
  • Freire.
  • Osorio.

La repetición no prueba por sí sola un parentesco directo en todos los casos. Los apellidos deben contrastarse con registros parroquiales, testamentos y expedientes genealógicos. Pero varias hojas indican explícitamente que el joven era hijo de capitán, hijo de teniente coronel, nieto de oficial o perteneciente a una familia con antecedentes militares.

Los documentos utilizaban fórmulas como:

  • “Hijo de capitán”.
  • “Hijo de mariscal de campo”.
  • “Hijo de teniente coronel”.
  • “Nieto de teniente coronel”.
  • “Calidad hidalgo”.

Estas referencias no eran detalles ornamentales. Formaban parte de la legitimación social del aspirante.

Los hermanos Juan y Carlos Núñez

Juan Núñez y Carlos Núñez aparecen como cadetes naturales de Santo Domingo. Ambos tenían poco más de veinte años y habían ingresado en noviembre de 1789.

Sus hojas son casi paralelas:

  • Juan tenía veintidós años.
  • Carlos, veintiuno.
  • Ambos eran considerados hidalgos.
  • Ambos habían acumulado algo más de seis años como cadetes al finalizar 1795.
  • Los dos recibían valoraciones favorables sobre aplicación, capacidad y conducta.

La coincidencia de apellidos, fechas y trayectorias sugiere una relación familiar estrecha, probablemente de hermanos, aunque la comprobación genealógica definitiva requiere otras fuentes.

El caso ilustra cómo una misma familia podía colocar simultáneamente a varios jóvenes dentro del batallón.

Los Pérez Guerra

Tomás Pérez Guerra y Narciso Pérez Guerra aparecen en la documentación con vínculos a Santiago de los Caballeros.

Narciso fue registrado como hijo de capitán y había comenzado como distinguido de las milicias antes de pasar a cadete del batallón. En 1795 fue promovido a subteniente.

Tomás también había servido como distinguido de las milicias disciplinadas y luego ingresó como cadete. Durante la guerra salió voluntariamente hacia la frontera del Norte.

Estas trayectorias muestran una vía de transición entre las milicias locales y el Batallón de Santo Domingo:

Distinguido de milicias → cadete del batallón → subteniente.

El término “distinguido” designaba a un individuo incorporado a la tropa con reconocimiento especial de su condición o expectativas. Podía servir como etapa previa al ingreso formal en la carrera de oficial.

Los Miura

Los documentos mencionan a Francisco Miura y Francisco Xavier Miura, ambos naturales de Santo Domingo.

Francisco Miura tenía diecisiete años y había ingresado como cadete en julio de 1790. Francisco Xavier tenía quince años y era cadete desde octubre de 1792.

La coincidencia del apellido y el uso de nombres relacionados sugieren pertenencia a una misma familia, aunque nuevamente debe evitarse afirmar el parentesco exacto sin registros adicionales.

Su presencia muestra que el ingreso de varios jóvenes de un mismo linaje no era excepcional.

Los Zárraga

Ignacio Zárraga tenía diecisiete años y había ingresado como cadete en octubre de 1790. José Antonio Zárraga tenía quince y comenzó su servicio en diciembre de 1792.

Ambos eran naturales de Santo Domingo y aparecen identificados como hidalgos.

Como en los casos anteriores, el batallón servía para integrar a jóvenes de familias reconocidas en un escalafón regulado por antigüedad y evaluación.

Los Montenegro

Francisco Montenegro y José Montenegro aparecen como hijos o descendientes de oficiales.

Francisco tenía quince años y era hijo de teniente coronel. José tenía doce años y la misma filiación social atribuida. La coincidencia hace probable que pertenecieran a una misma familia militar.

La temprana edad de José muestra hasta qué punto algunas familias procuraban asegurar un lugar en el cuerpo antes de que el joven alcanzara la madurez.

El valor de la antigüedad

Las hojas calculan el tiempo de servicio con precisión casi contable. Un cadete podía tener:

  • Un año, seis meses y un día.
  • Tres años y veinte días.
  • Cinco años, cinco meses y tres días.
  • Seis años, un mes y veinticuatro días.
  • Trece años o más antes de recibir un ascenso.

La antigüedad determinaba el lugar que el cadete ocupaba en las relaciones. Las listas estaban ordenadas según el tiempo servido, no exclusivamente por edad.

Un joven podía ser mayor que otro, pero aparecer después si había ingresado más tarde. Esta organización buscaba reducir conflictos por ascensos y establecer un criterio administrativo visible.

Sin embargo, el sistema no era puramente automático. La promoción dependía también de:

  • Vacantes.
  • Evaluaciones.
  • Méritos.
  • Conducta.
  • Salud.
  • Recomendaciones.
  • Necesidades de la guerra.
  • Decisiones de la autoridad superior.

Evaluaciones de carácter y capacidad

Las hojas incluían valoraciones breves sobre cada cadete:

  • “Tiene viveza”.
  • “Es dócil”.
  • “Aplicación mucha”.
  • “Capacidad regular”.
  • “Conducta buena”.
  • “Para continuar”.
  • “Estudia”.
  • “Tiene aplicación”.
  • “Conducta mala”.
  • “Uso de licencia absoluta”.

Estas expresiones muestran que la formación no se evaluaba únicamente por conocimientos técnicos. Los superiores observaban comportamiento, obediencia y disposición.

La buena conducta era esencial porque el futuro oficial debía ejercer autoridad sobre soldados. La aplicación indicaba voluntad de aprender. La capacidad se relacionaba con aptitud intelectual y práctica. La viveza podía ser considerada señal de potencial en un joven.

La evaluación también podía ser negativa. Agustín de Tapia, por ejemplo, aparece con una apreciación desfavorable de conducta y había utilizado licencia absoluta. Esto demuestra que la pertenencia familiar no garantizaba una valoración positiva.

De cadete a subteniente

El primer ascenso habitual era el de subteniente. En las relaciones de 1794 se anotan varios cadetes promovidos en abril de 1795:

  • Narciso Pérez Guerra.
  • Miguel Cabrera.
  • José Freire.

La guerra había aumentado la necesidad de oficiales subalternos. Las compañías desplegadas en la frontera requerían hombres capaces de mandar pequeños destacamentos, transmitir órdenes y sustituir bajas.

El ascenso significaba un cambio decisivo. El cadete dejaba de ser un aspirante y pasaba a integrar formalmente la oficialidad.

El subteniente podía:

  • Mandar secciones o destacamentos.
  • Portar la bandera, según su función.
  • Cumplir guardias de oficial.
  • Participar en consejos y revistas.
  • Sustituir al teniente.
  • Responsabilizarse de hombres, armas y municiones.

Jóvenes oficiales en la guerra

Algunos cadetes promovidos participaron rápidamente en campañas.

Narciso Pérez Guerra, natural de Santiago, salió por solicitud propia hacia la frontera norte en 1795. José Freire había ingresado muy joven y fue promovido a subteniente. Miguel Cabrera tenía dieciocho años cuando aparece registrado como subteniente después de haber servido desde 1789 como cadete.

La guerra aceleraba carreras, pero también exponía a oficiales poco experimentados a responsabilidades considerables.

No todos los jóvenes ascendidos combatieron de inmediato en acciones importantes. Las hojas deben revisarse individualmente. Aun así, el paso de cadete a subteniente durante 1795 indica que la crisis fronteriza abrió vacantes y aumentó la demanda de mandos.

Formación mediante las Reales Ordenanzas

Varios oficiales del Batallón de Santo Domingo ejercieron como instructores de cadetes en las Reales Ordenanzas.

Las ordenanzas regulaban:

  • Disciplina.
  • Jerarquías.
  • Guardias.
  • Honores.
  • Administración.
  • Delitos militares.
  • Maniobras.
  • Responsabilidades de cada grado.
  • Relaciones entre oficiales y tropa.

Aprenderlas era esencial para la carrera. Un oficial debía saber no solo combatir, sino administrar una compañía y actuar conforme a los procedimientos de la monarquía.

Francisco Villasante, por ejemplo, aparece relacionado con la enseñanza de las ordenanzas a los cadetes. Otros oficiales desempeñaron funciones similares durante varios años.

Matemáticas y geometría

La documentación muestra que algunos cadetes recibían enseñanza matemática.

Ignacio Caro dio escuela de matemáticas a los cadetes durante varios años. Manuel Caballero impartió aritmética, geometría especulativa y materias relacionadas. Francisco Barba había estudiado matemáticas en Barcelona. Otros oficiales estaban capacitados para levantar planos, reconocer terrenos o colaborar con ingenieros.

La enseñanza matemática tenía aplicaciones militares directas:

  • Medición de distancias.
  • Trazado de fortificaciones.
  • Orientación de baterías.
  • Elaboración de planos.
  • Cálculo de materiales.
  • Administración de suministros.
  • Manejo de artillería.

No todos los cadetes alcanzaban el mismo nivel. Las hojas no contienen exámenes ni programas completos. Pero la presencia reiterada de estos conocimientos demuestra que el batallón tenía una dimensión educativa más amplia que el simple ejercicio de armas.

Dibujo, planos y fortificación

Algunos oficiales habían trabajado bajo las órdenes de ingenieros o participado en reconocimientos del terreno.

Manuel Caballero aparece en labores de reconocimiento y elaboración de planos. Francisco Barba intervino en fortificaciones de San Miguel. Manuel Pardo dirigió la construcción de un reducto y estableció cuerpos de guardia en la frontera.

Los cadetes que servían junto a estos hombres podían aprender de manera práctica:

  • Selección de posiciones.
  • Construcción de parapetos.
  • Levantamiento de estacadas.
  • Emplazamiento de baterías.
  • Lectura de mapas.
  • Organización de caminos y puestos.

La experiencia adquirida en la guerra de 1793-1795 convirtió la frontera en una prolongación de la escuela militar.

Formación administrativa

Un oficial colonial debía administrar tanto como combatir.

Las hojas de servicio muestran militares que actuaban como:

  • Secretarios.
  • Escribientes.
  • Intérpretes.
  • Encargados de depósitos.
  • Ayudantes de plaza.
  • Responsables de listas y antigüedad.
  • Instructores.
  • Comisionados de fortificación.

Los cadetes podían familiarizarse con libros de compañía, relaciones de personal, partes de guardia, solicitudes de ascenso y correspondencia oficial.

Esta preparación burocrática era fundamental. La monarquía necesitaba oficiales capaces de convertir órdenes generales en procedimientos cotidianos.

Los cadetes y las compañías

La relación de 1794 distribuye a los cadetes entre distintas compañías. Esta organización sugiere que su aprendizaje estaba vinculado al capitán y a los oficiales de cada unidad.

Entre los nombres registrados figuran:

  • Narciso Pérez Guerra.
  • Miguel Cabrera.
  • José Freire.
  • Tomás Pérez Guerra.
  • Juan Núñez.
  • Carlos Núñez.
  • Francisco Miura.
  • Ignacio Zárraga.
  • Antonio Angulo.
  • Simón Garay.
  • Francisco Xavier Miura.
  • Francisco Montenegro.
  • José Antonio Zárraga.
  • Antonio Pueyo.
  • Lucas Freire.
  • Juan Manuel Lorenzis.
  • José Echavarría.
  • Agustín de Tapia.
  • Juan de Dios Molina.

La lista no debe interpretarse como un censo completo de todos los jóvenes de la colonia. Corresponde a un cuerpo específico y a una fecha concreta.

Oficiales nacidos en Santo Domingo

La mayoría de los cadetes mencionados en este bloque documental aparece como natural de Santo Domingo o de Santiago de los Caballeros.

Esta presencia local permite hablar de la formación de una oficialidad criolla, siempre que el término se utilice con precisión.

“Criollo” designa aquí a personas nacidas en América dentro de la sociedad colonial, no necesariamente a individuos que defendieran un programa nacional independentista.

Estos jóvenes:

  • Servían al rey de España.
  • Juraban obediencia a la monarquía.
  • Se formaban según ordenanzas imperiales.
  • Utilizaban categorías sociales coloniales.
  • Aspiraban a empleos dentro del ejército español.

Su nacimiento en la isla, sin embargo, les proporcionaba conocimiento del territorio, relaciones familiares y arraigo local.

¿Puede hablarse de conciencia nacional?

Las hojas de servicio no permiten afirmar que los cadetes poseyeran una conciencia nacional dominicana semejante a la del siglo XIX.

El objetivo del batallón era defender la plaza y la monarquía. Los documentos hablan de servicio al rey, Real Hacienda y obediencia a los comandantes.

No obstante, la formación de una oficialidad nacida en Santo Domingo tuvo consecuencias posteriores. Estos hombres y sus familias acumulaban:

  • Experiencia de mando.
  • Conocimiento del territorio.
  • Prestigio local.
  • Redes de parentesco.
  • Relaciones con autoridades civiles y eclesiásticas.
  • Capacidad de movilización.
  • Memoria de servicio militar.

Cuando la soberanía española entró en crisis, esas redes no desaparecieron. Podían adaptarse a nuevas circunstancias políticas.

La carrera militar como vía de prestigio

En una colonia con pocas instituciones superiores, la carrera militar ofrecía una de las rutas más visibles hacia el prestigio.

Un joven podía pasar de cadete a:

  1. Subteniente.
  2. Teniente.
  3. Capitán.
  4. Sargento mayor.
  5. Teniente coronel.
  6. Coronel o brigadier, en casos excepcionales.

El ascenso proporcionaba sueldo, autoridad y reconocimiento. También podía facilitar acceso a cargos civiles o funciones de gobierno local.

Para las familias criollas, mantener miembros dentro del ejército fortalecía su posición ante la administración imperial.

Los límites sociales del sistema

El ingreso como cadete no estaba igualmente abierto a todos.

Las hojas insisten en la condición de:

  • Hidalgo.
  • Hijo de capitán.
  • Hijo de teniente coronel.
  • Descendiente de oficiales.
  • Miembro de familia reconocida.

El sistema privilegiaba a quienes podían acreditar reputación, origen y medios para sostener la carrera.

Las categorías de “calidad” y “limpieza” pertenecían a una sociedad jerarquizada racial y jurídicamente. No deben aceptarse como descripciones neutrales.

El acceso de pardos, negros libres y plebeyos a la oficialidad estaba más limitado, aunque existían cuerpos específicos y vías de ascenso desde la tropa.

Otra ruta: ascender desde soldado

La documentación también registra hombres que no ingresaron como cadetes.

Pedro Claver comenzó como soldado, pasó por cabo y sargento, y alcanzó el grado de subteniente de artillería. Otros ascendieron desde la tropa por antigüedad, conocimiento técnico o servicios distinguidos.

Esto demuestra que el sistema no era completamente cerrado. Sin embargo, la ruta desde soldado solía ser:

  • Más larga.
  • Menos prestigiosa al inicio.
  • Dependiente de vacantes.
  • Vinculada a cuerpos técnicos o servicios prolongados.
  • Condicionada por las categorías sociales coloniales.

La comparación entre ambas trayectorias es reveladora:

Hijo de oficial → cadete → subteniente.

Soldado → cabo → sargento → subteniente.

Ambas podían conducir a la oficialidad, pero no partían de la misma posición.

Salud, edad y continuidad

Las hojas evaluaban también la salud. Un cadete enfermo o de constitución débil podía ver limitada su carrera.

Entre las categorías aparecen:

  • Salud buena.
  • Salud quebrantada.
  • Enfermo habitual.
  • Achacoso.
  • Falta de vista.
  • Imposibilitado.

La salud era crucial en Santo Domingo. Las enfermedades tropicales, las marchas y el servicio en la frontera podían incapacitar incluso a soldados jóvenes.

El sistema debía decidir si el individuo podía:

  • Continuar.
  • Ascender.
  • Retirarse.
  • Pasar a inválidos.
  • Recibir licencia.

La guerra como acelerador de la formación

La Revolución de Saint-Domingue y la guerra entre España y Francia transformaron el aprendizaje de los cadetes.

Antes de la crisis, la formación se desarrollaba principalmente mediante:

  • Ejercicios.
  • Guardias.
  • Ordenanzas.
  • Matemáticas.
  • Servicio de plaza.

Después de 1791, muchos jóvenes estuvieron expuestos a:

  • Cordones fronterizos.
  • Campamentos.
  • Fortificaciones.
  • Movimientos de tropas.
  • Evacuaciones.
  • Combates.
  • Traslado de artillería.
  • Escasez y enfermedad.

La frontera convirtió conocimientos teóricos en experiencia práctica.

La evacuación y el futuro de los cadetes

El Tratado de Basilea de 1795 dispuso la cesión de Santo Domingo a Francia. La decisión colocó a la oficialidad y a los cadetes en una situación incierta.

Las autoridades debían determinar:

  • Qué ocurriría con las compañías.
  • Qué grados serían reconocidos.
  • Qué oficiales pasarían al ejército.
  • Quiénes emigrarían.
  • Cómo se pagarían sueldos y compensaciones.
  • Qué destino recibirían los jóvenes todavía no promovidos.

Algunos pudieron trasladarse a otros territorios españoles. Otros permanecieron en Santo Domingo. Parte de las familias militares reaparecería durante la ocupación francesa, la Reconquista y el restablecimiento del dominio español.

Continuidad familiar y cambio político

Las instituciones cambiaron, pero las familias conservaron capital social y experiencia.

Los antiguos cadetes y oficiales podían desempeñar funciones como:

  • Comandantes locales.
  • Miembros de cabildos.
  • Propietarios influyentes.
  • Intermediarios entre población y gobierno.
  • Organizadores de milicias.
  • Funcionarios.

La continuidad no debe presentarse como una línea recta hacia la independencia dominicana. Entre 1795 y 1844 hubo cesiones, ocupaciones, reconquistas y transformaciones profundas.

Lo que sí puede sostenerse es que la formación militar colonial creó cuadros locales capaces de actuar en momentos de crisis.

Lo que revelan las edades

La edad temprana de los cadetes ayuda a comprender que la carrera militar comenzaba antes de la vida adulta plena.

Un joven de doce o trece años no era considerado un oficial terminado. Era introducido en una trayectoria que podía prolongarse durante décadas.

La institución moldeaba:

  • Su educación.
  • Sus relaciones sociales.
  • Su identidad corporativa.
  • Su obediencia.
  • Sus expectativas de prestigio.
  • Su relación con la monarquía.

El batallón era, en ese sentido, una escuela de socialización política y jerárquica.

El valor prosopográfico de las relaciones

Las listas permiten estudiar colectivamente a un grupo, no solo reconstruir biografías individuales.

Una investigación prosopográfica podría organizar una base de datos con:

  • Nombre.
  • Edad.
  • Lugar de nacimiento.
  • Condición social.
  • Parentesco.
  • Fecha de ingreso.
  • Compañía.
  • Ascensos.
  • Campañas.
  • Salud.
  • Evaluaciones.
  • Estado civil.

Ese análisis permitiría medir:

  • Edad promedio de ingreso.
  • Tiempo hasta el primer ascenso.
  • Proporción de naturales de Santo Domingo.
  • Peso de determinadas familias.
  • Movilidad desde las milicias al batallón.
  • Efectos de la guerra sobre las promociones.

El volumen de Rodríguez Demorizi ofrece la materia prima para ese estudio, aunque sería necesario revisar cada hoja y contrastar los nombres.

Una oficialidad local dentro de una institución imperial

Los cadetes de Santo Domingo se encontraban en una posición doble.

Por una parte, pertenecían a una institución imperial:

  • Uniformes y ordenanzas españolas.
  • Jerarquía monárquica.
  • Ascensos aprobados por autoridades reales.
  • Servicio en diferentes territorios.
  • Evaluaciones basadas en categorías del Antiguo Régimen.

Por otra, estaban arraigados en la sociedad local:

  • Nacidos en Santo Domingo o Santiago.
  • Miembros de familias de la isla.
  • Conocedores de la frontera.
  • Relacionados con propietarios y cabildos.
  • Integrados en redes familiares criollas.

Esta doble condición explica por qué la oficialidad colonial resulta esencial para comprender la transición hacia el siglo XIX.

Conclusión

Las relaciones de cadetes del Batallón de Santo Domingo muestran una institución donde familia, educación, disciplina y antigüedad se combinaban para formar futuros oficiales.

Algunos ingresaron con apenas doce o trece años. Otros llegaron después de servir como distinguidos en las milicias disciplinadas. Muchos eran hijos o descendientes de capitanes, tenientes coroneles y otros oficiales. La carrera comenzaba como una apuesta familiar y podía prolongarse durante años antes del primer ascenso.

La formación no se desarrollaba en una academia moderna. Tenía lugar dentro de las compañías, bajo la supervisión de oficiales que enseñaban ordenanzas, ejercicios, matemáticas y fortificación. La guerra contra Francia convirtió después la frontera en una escuela práctica.

Este sistema era desigual. Favorecía a familias reconocidas y reproducía las jerarquías de la sociedad colonial. Pero también coexistía con rutas de ascenso desde la tropa, especialmente en cuerpos técnicos como la artillería.

Los cadetes no eran todavía oficiales de un Estado dominicano. Servían a la monarquía española y se formaban dentro de su estructura imperial. Sin embargo, muchos habían nacido en la isla y pertenecían a familias profundamente arraigadas en ella. Su experiencia, sus redes y su conocimiento territorial sobrevivieron a la crisis de 1795 y contribuyeron a formar el sustrato militar y social del Santo Domingo del siglo XIX.

Bibliografía

Rodríguez Demorizi, Emilio. Milicias de Santo Domingo, 1786-1821. Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, Editora del Caribe, 1978.

Bibliografía complementaria sugerida

Las siguientes obras y fondos deben considerarse sugerencias de consulta:

  • Reales Ordenanzas de Carlos III.
  • Archivo General de Simancas, Guerra Moderna, legajo 7290.
  • Archivo General Militar de Segovia, hojas de servicio de los cadetes y oficiales mencionados.
  • Archivo General de la Nación, fondos coloniales y parroquiales.
  • Registros bautismales, matrimoniales y testamentarios de Santo Domingo y Santiago.
  • Utrera, Cipriano de. Historia militar de Santo Domingo.
  • Moreau de Saint-Méry, M. L. E. Descripción de la parte española de Santo Domingo.
  • Estudios sobre élites criollas y carrera militar en la América española.
  • Investigaciones sobre educación militar, cadetes y milicias borbónicas.
  • Padrones y expedientes de limpieza, nobleza o filiación familiar.
Colonia Española, Contexto Global, Épocas Históricas, Europa y los Imperios Coloniales, Latinoamérica y el Caribe Hispano Tags:Cadetes De Santo Domingo, Crónicas De Hispaniola, Educación Militar, Élites Criollas, Familias Dominicanas, Fuentes Primarias, Historia Colonial, Historia Dominicana, Milicias De Santo Domingo, Oficialidad Criolla, Siglo XVIII, Sociedad Colonial

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