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Las Milicias de Santo Domingo ante la Revolución de Saint-Domingue

Posted on julio 12, 2026julio 12, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en Las Milicias de Santo Domingo ante la Revolución de Saint-Domingue

La organización de los cordones fronterizos y la defensa de la parte española entre 1790 y 1796

Crónicas de Hispaniola

La revolución iniciada en la colonia francesa de Saint-Domingue en 1791 transformó profundamente la situación militar de la isla. En la parte española, las autoridades tuvieron que reforzar las poblaciones próximas a la frontera, movilizar compañías, establecer puestos de vigilancia y mantener durante años a oficiales y soldados en una extensa línea que iba desde el norte hasta el sur.

Las hojas de servicio reunidas por Emilio Rodríguez Demorizi permiten seguir aquella movilización desde la experiencia de los hombres que la ejecutaron. No forman una narración continua de la guerra. Son expedientes administrativos redactados para registrar antigüedad, ascensos, campañas, conducta y méritos personales. Sin embargo, cuando se leen en conjunto, revelan la organización territorial de la defensa española, las rutas de las tropas, los principales escenarios de combate y la participación de numerosos naturales de Santo Domingo en el aparato militar colonial.

Esta documentación no describe una guerra entre la República Dominicana y Haití, países que todavía no existían como Estados independientes. El conflicto se desarrolló dentro de una isla dividida entre la colonia española de Santo Domingo y la colonia francesa de Saint-Domingue, en medio de la Revolución francesa, la sublevación de los esclavos, las luchas entre facciones coloniales y la guerra europea entre España y la República francesa. Esta distinción es indispensable para comprender los hechos sin proyectar sobre ellos categorías políticas posteriores.

Las milicias de la parte española

La defensa de Santo Domingo descansaba en una combinación de cuerpos veteranos y fuerzas locales. El principal núcleo documentado en la obra era el Batallón de Infantería de Santo Domingo, integrado por una plana mayor, compañías de fusileros, granaderos, oficiales, sargentos y cadetes. Junto a él actuaban compañías de artillería, dragones, caballería y milicias regladas o disciplinadas.

No todos sus miembros habían nacido en la isla. Las hojas registran militares procedentes de España, Italia, Cuba, Puerto Rico, Venezuela y otros territorios de la monarquía. Pero también aparece un número considerable de naturales de Santo Domingo, Santiago de los Caballeros, San Carlos y otras poblaciones de la colonia.

Entre los oficiales nacidos en la parte española figuraban integrantes de las familias Barba, Caballero, Caro, García, Hinojosa, Logroño, Miura, Montenegro, Núñez, Pérez Guerra, Savinón y Zárraga. Algunos habían ingresado como cadetes desde la adolescencia; otros ascendieron desde soldado, cabo o sargento. Las relaciones de antigüedad muestran, por tanto, una institución imperial que dependía en buena medida de familias, conocimientos y recursos humanos arraigados localmente.

El batallón no era una organización improvisada para responder a la revolución. En 1786 ya existía una estructura formal de capitanes, tenientes, subtenientes, sargentos y cadetes. Las listas de aquel año identifican al coronel Joaquín García como comandante, al teniente coronel Joaquín Cabrera como sargento mayor y a Francisco Villasante como ayudante mayor. En las relaciones posteriores se observan ascensos, retiros, fallecimientos y nuevas incorporaciones, señales de una institución sometida a constante renovación.

La crisis revolucionaria, sin embargo, modificó su empleo. Muchos oficiales que normalmente prestaban servicio en la capital o en las guarniciones costeras fueron enviados a cordones fronterizos, cuarteles generales y poblaciones amenazadas.

Una frontera extensa y difícil de controlar

La línea divisoria entre ambas colonias no era una frontera moderna, trazada y vigilada de manera uniforme. Estaba formada por poblaciones, caminos, montañas, ríos, pasos y zonas de contacto económico y humano. En varios sectores era necesario cubrir largas distancias mediante pequeños destacamentos.

Las hojas de servicio mencionan reiteradamente tres grandes espacios defensivos:

  • El cordón de la frontera del Norte.
  • El cordón de la frontera del Oeste.
  • El cordón de la frontera del Sur.

Estas denominaciones no siempre correspondían a unidades permanentes con una composición fija. Eran dispositivos territoriales reforzados según la evolución del conflicto. Los soldados podían pasar de un cordón a otro, concentrarse en un cuartel general o incorporarse a una expedición ofensiva.

Dajabón, Bánica, San Miguel, San Rafael, Las Caobas, Azua, Neyba, Monte Cristi y otros puntos funcionaron como centros de reunión, defensa, abastecimiento o repliegue. También aparecen poblaciones y posiciones de la parte francesa, como Bayajá, Mirebalais, Verrettes, Puerto Margot y Yaquesí.

La frontera era descrita como un terreno difícil. En la hoja de Manuel Pardo se señala que participó en el establecimiento de cuerpos de guardia a lo largo de una línea de más de catorce leguas, con caminos considerados intransitables. Los puestos se distribuían en lugares como Salazar, Bidier, Sognáis, Sabana Grande, Arroyo Seco, Copalinda y Belo. Esta relación ofrece una imagen concreta de la defensa: no una muralla continua, sino una sucesión de pequeños puntos destinados a vigilar accesos y comunicar movimientos enemigos.

La revolución en la colonia francesa

La insurrección iniciada en Saint-Domingue alteró el equilibrio de toda la isla. Las autoridades españolas temían que la violencia cruzara la frontera, que las poblaciones quedaran expuestas a incursiones y que diferentes grupos armados penetraran en su territorio.

Las hojas utilizan expresiones como “revolución de la colonia francesa”, “sublevación”, “insurgentes”, “brigantes”, “negros auxiliares” y “franceses”. Estos términos proceden de documentos españoles y reflejan la perspectiva administrativa y racial de la época. No siempre identifican con precisión la filiación política de cada grupo.

En algunos casos, los enemigos eran tropas francesas regulares. En otros, eran insurgentes procedentes de poblaciones como Mirebalais. También hubo cooperación entre España y dirigentes negros de Saint-Domingue, especialmente durante la guerra contra la República francesa. La documentación menciona negociaciones, tropas auxiliares y contactos con jefes de color.

Por ello, los actores no deben reducirse a dos bandos homogéneos. En la parte francesa operaban propietarios blancos, republicanos franceses, esclavos sublevados, libertos, tropas negras y diferentes jefes locales. España intentó aprovechar algunas de esas divisiones, al mismo tiempo que defendía sus poblaciones y procuraba impedir que la revolución se extendiera a su territorio.

Los primeros cordones de tropas

Algunas hojas sitúan el inicio de los servicios fronterizos incluso antes de la declaración formal de guerra entre España y Francia. Juan Hinojosa, por ejemplo, salió en enero de 1790 con su compañía hacia la frontera del Norte y después pasó al cordón del Oeste. Otros oficiales fueron movilizados entre noviembre de 1790 y septiembre de 1791.

Pedro Savinón se incorporó en junio de 1790 a una compañía situada en la frontera del Oeste. Santiago de Luna salió el 20 de noviembre de aquel año para formar parte del cordón de tropas y permaneció en la defensa de San Miguel. Francisco Barba también fue enviado al cordón occidental, donde intervino en obras defensivas y servicios de cuartel general.

En la frontera meridional, Ignacio Caro aparece encargado desde febrero de 1792 de asuntos vinculados con los grupos del Maniel y con acuerdos realizados por las autoridades españolas. Ramón Caro salió con la cuarta compañía en septiembre de 1791 para formar el cordón del Sur. Otros militares fueron destinados a Azua, Neyba, Verrettes y la zona de Las Caobas.

La repetición de estas fechas indica que la movilización no fue una respuesta tardía a un único ataque. Fue un proceso gradual, iniciado a medida que la revolución de Saint-Domingue alteraba la seguridad de la frontera.

La defensa de San Miguel

San Miguel fue uno de los principales escenarios de la primera etapa de la guerra. Varias hojas de servicio mencionan su fortificación y defensa.

Santiago de Luna declaró haber permanecido en el cordón desde noviembre de 1790 y haber participado en la defensa de la población cuando fue invadida por fuerzas francesas. Permaneció allí hasta noviembre de 1794 y luego fue trasladado al cuartel general de Bánica.

Francisco Barba salió voluntariamente hacia San Miguel en marzo de 1794. Según su hoja, fue elegido mayor del cantón y colaboró con su personal en la construcción de una estacada destinada a cerrar la población. Durante los ataques tuvo a su cargo una cortina defensiva y posteriormente el mando de una batería. El documento afirma que sostuvo su puesto, empleó un cañón contra el enemigo y protegió un destacamento enviado a rechazarlo.

Manuel Pardo, sargento primero de granaderos y subteniente graduado, participó en la construcción del reducto de San Miguel. Su hoja declara que dirigió y levantó aquella obra sin costo para la Real Hacienda, permaneciendo en ella desde las tres de la mañana hasta después de la retirada del enemigo.

Pedro Savinón también se encontraba en San Miguel cuando la población fue atacada. Otros expedientes mencionan oficiales graduados por su participación en la defensa.

En conjunto, estas referencias permiten reconstruir una posición formada por estacadas, reductos, baterías y destacamentos. La defensa dependía tanto del fuego de artillería como del control de los accesos y de la capacidad para mantener unidos a soldados, auxiliares y habitantes armados.

La guerra abierta de 1793

España declaró la guerra a la República francesa en 1793. Desde entonces, los cordones fronterizos dejaron de ser únicamente dispositivos preventivos y se convirtieron en bases para operaciones militares.

Las tropas españolas realizaron entradas en territorio de la colonia francesa, ocuparon puestos y colaboraron con fuerzas contrarias a la autoridad republicana. A la vez, debieron responder a ataques contra poblaciones y caminos de la parte española.

Las hojas muestran que muchos oficiales permanecieron varios años continuos en campaña. Algunos salieron en 1790 o 1791 y no regresaron a la capital hasta enero de 1796. Esta prolongación ilustra las dificultades de la guerra: enfermedades, desgaste, falta de comunicaciones, dispersión de fuerzas y necesidad de sostener destacamentos alejados.

El cuartel general de Bánica tuvo una importancia especial en la frontera occidental. Desde allí se organizaban movimientos hacia San Miguel, Las Caobas, San Rafael, Hincha y otros puntos. Cuando Bánica debía ser evacuada o abandonada, numerosas fuerzas se replegaban hacia Dajabón, que funcionaba como otro centro militar de primer orden.

Operaciones en la frontera del Norte

La frontera septentrional fue escenario de numerosas expediciones y combates. Los documentos mencionan Bayajá, Yaquesí, Mala Riva, el Cerro del Diablo y el llamado Morro del Diablo.

Esteban Palomares, capitán graduado de teniente coronel, mandó una compañía de granaderos en una operación realizada el 8 de mayo de 1794. Recibió la orden de desalojar una emboscada situada en el paso del arroyo Mala Riva. Según su hoja, acometió “sable en mano”, persiguió a los defensores hasta la vista de Yaquesí y les tomó dos cañones y otras armas.

El mismo oficial comandó una salida realizada el 31 de julio de 1794 contra una posición enemiga en el Cerro del Diablo. La hoja afirma que, después de cinco horas de fuego, obtuvo la rendición del puesto, capturó tres cañones e hizo unos doscientos prisioneros armados. Debe advertirse que estas cifras proceden de una relación de méritos y necesitan contraste con partes de campaña independientes.

Silvestre Vázquez, sargento primero, aparece en las mismas operaciones. Su expediente menciona la expedición de Yaquesí, la captura de dos cañones en Mala Riva, la toma del Cerro del Diablo el 1 de agosto y otra acción ocurrida el 25 de diciembre.

Juan Savinón, Pedro Osorio, José Osorio, Jacinto García y Miguel de Ochoa también figuran en hojas relacionadas con Yaquesí o con el cordón septentrional. La presencia reiterada de los mismos lugares en diferentes expedientes permite comprobar que no se trató de un episodio aislado, sino de una campaña con varias acciones sucesivas.

Bayajá y los puertos del norte

Bayajá, conocida también como Fort-Dauphin en la administración francesa, constituía un punto estratégico por su puerto y sus fortificaciones. Algunas hojas mencionan la toma de los castillos de la entrada del puerto en enero de 1794 y la rendición de la plaza.

Cristóbal Galliot aparece entre quienes participaron en la toma de las fortificaciones y en la capitulación posterior. Otros militares prestaron servicios en puestos cercanos o actuaron como prácticos, auxiliares marítimos y enlaces con los buques.

Monte Cristi desempeñó también una función defensiva. Manuel Caballero fue destinado al mando de sus armas y tomó providencias ante la proximidad del enemigo. Su hoja señala que proporcionó prácticos a los buques de la Real Armada y socorro a corsarios que contribuían a defender el fondeadero.

La guerra fronteriza, por tanto, no fue exclusivamente terrestre. El control de los puertos, bahías y rutas marítimas condicionaba el movimiento de tropas, municiones, víveres y comunicaciones.

La frontera del Sur

El sector meridional comprendía Azua, Neyba, San Rafael, Verrettes y otros puntos próximos a los caminos que comunicaban ambos lados de la isla.

Varios oficiales permanecieron durante años en el cordón del Sur. Ramón Caro fue enviado allí en septiembre de 1791. Mariano Caro salió en noviembre de 1790 y continuó hasta el final de la guerra. José Logroño sirvió en el mismo sector desde noviembre de 1791 hasta diciembre de 1795.

Ignacio Caro desempeñó funciones particularmente complejas. Además de enseñar matemáticas a los cadetes, fue encargado de asuntos relacionados con los habitantes del Maniel. Su hoja menciona negociaciones con un general negro llamado Jacinto, una incursión contra Grand-Bois y la entrada de habitantes franceses con un gran número de esclavos. También colaboró en la formación de una fuerza vinculada a Carlos IV, en fortificaciones y en operaciones en la laguna de Azuey.

Este expediente debe manejarse con especial prudencia. Combina lenguaje militar, categorías raciales coloniales, negociaciones políticas y cifras que podrían haber sido utilizadas para realzar los servicios del oficial. Aun así, demuestra que la defensa del Sur incluía diplomacia, inteligencia, manejo de poblaciones y coordinación con fuerzas procedentes de Saint-Domingue.

Antonio de Hoyos, sargento ascendido a subteniente, participó en una acción contra puestos franceses próximos a una vigía el 13 de julio de 1793. Su hoja afirma que el 27 del mismo mes sostuvo durante doce horas el ataque contra la Guardia de la Peña, al mando de unos treinta hombres.

Estas noticias muestran que el cordón meridional no fue una zona secundaria. Sus destacamentos defendían caminos, montañas, pasos y poblaciones que podían quedar aisladas ante una ofensiva.

El ataque contra Las Caobas

Las Caobas aparece repetidamente en las hojas correspondientes a 1795. La población fue atacada por insurgentes procedentes de Mirebalais, apoyados, según los documentos españoles, por fuerzas negras.

Juan Hinojosa se encontraba en el pueblo cuando fue atacado. Después de un fuerte combate se retiró al cuartel general de Bánica. Juan Esteban Barón declaró que fue hecho prisionero durante el ataque y posteriormente canjeado en Bayajá.

Matías Gascón había pasado al cordón de Las Caobas y permaneció allí hasta el 4 de agosto, fecha del ataque y evacuación. Miguel Valdivieso y Andrés Bonilla también figuran entre quienes estuvieron en la población o participaron en la retirada.

La coincidencia de varios testimonios permite establecer una secuencia general:

  1. Las Caobas estaba guarnecida por fuerzas españolas.
  2. Insurgentes de Mirebalais atacaron la población el 4 de agosto de 1795.
  3. Se produjo un combate de intensidad considerable.
  4. La guarnición evacuó el lugar.
  5. Parte de las fuerzas se replegó hacia Bánica.
  6. Cuando Bánica perdió su función como cuartel general, numerosos militares pasaron a Dajabón.

La reconstrucción detallada de este episodio merece un artículo independiente, pues las hojas individuales ofrecen perspectivas complementarias sobre el combate, la captura de oficiales y la retirada.

Dajabón como centro de repliegue

Dajabón aparece repetidamente como cuartel general y punto final de diversos movimientos. Oficiales y soldados enviados inicialmente a San Miguel, Bánica, Las Caobas o la frontera del Sur terminaron concentrándose allí.

Manuel Pardo desempeñó funciones de secretario e intérprete en Dajabón. Antonio Pueyo se incorporó voluntariamente a las compañías existentes en su cuartel general. José Caro pasó desde Bánica al frente de Dajabón. Andrés Bonilla, Antonio Fernández y otros militares siguieron rutas similares.

La concentración en Dajabón respondía a razones estratégicas. Desde allí podían vigilarse los accesos del norte y reorganizar fuerzas procedentes de puestos evacuados. Era también un lugar desde el cual se administraban trincheras, abastecimientos, comunicaciones y movimientos hacia Monte Cristi y Bayajá.

La documentación demuestra así que Dajabón ya era, a finales del siglo XVIII, un punto fundamental de la defensa territorial de la parte española.

Soldados, oficiales y familias locales

La guerra fue dirigida dentro de la estructura de la monarquía española, pero movilizó a muchos hombres nacidos en Santo Domingo. Las hojas identifican capitanes, tenientes, subtenientes, sargentos y cadetes naturales de la isla.

Esta participación no debe interpretarse como la actuación de un ejército nacional dominicano ya constituido. Los oficiales servían al rey de España y utilizaban las categorías políticas de la monarquía. Sin embargo, su experiencia tuvo consecuencias históricas duraderas.

Los militares locales adquirieron:

  • Conocimiento de caminos y pasos fronterizos.
  • Experiencia de mando.
  • Práctica en fortificación y artillería.
  • Relaciones con propietarios y autoridades territoriales.
  • Contactos con fuerzas de la colonia francesa.
  • Capacidad para movilizar habitantes.
  • Familiaridad con la administración de víveres, armas y comunicaciones.

Estas competencias no desaparecieron con el Tratado de Basilea. Muchos hombres y familias continuaron vinculados al poder local durante la ocupación francesa, la Reconquista y el restablecimiento del dominio español.

El Tratado de Basilea y la evacuación

El Tratado de Basilea, firmado en 1795, puso fin a la guerra entre España y Francia y dispuso la cesión de la parte española de Santo Domingo a la República francesa.

Para los oficiales y soldados, la noticia significó el cierre de una campaña de varios años, pero también una profunda incertidumbre. Las primeras páginas de la compilación contienen una comunicación del gobernador Joaquín García sobre las hojas de servicio de los oficiales y sargentos de las milicias. El documento explica que, ante la evacuación de la isla, muchos quedarían sin empleo y procuraban obtener destinos o compensaciones por lo que perderían.

La paz no representó simplemente el regreso a la normalidad. La estructura militar que había sostenido los cordones fronterizos debía enfrentarse a la transferencia de soberanía. Algunos militares emigraron. Otros solicitaron incorporación en unidades del ejército. Algunos permanecieron en la isla o reaparecieron en los acontecimientos posteriores.

La evacuación fue lenta e incompleta. Aunque la cesión se acordó en 1795, Francia no tomó posesión efectiva de Santo Domingo de inmediato. La población y las instituciones locales quedaron durante años en una situación ambigua.

Una escuela de experiencia militar

Las campañas de 1790-1795 constituyeron una escuela práctica para varias generaciones de militares de Santo Domingo. En aquellos años aprendieron a operar en pequeñas columnas, sostener puestos aislados, construir fortificaciones, trasladar artillería, negociar con fuerzas locales y defender poblaciones con recursos limitados.

Las hojas registran también enseñanza de matemáticas, geometría, ordenanzas, manejo del cañón y elaboración de planos. Manuel Caballero, Ignacio Caro, Manuel Pardo y otros oficiales desempeñaron funciones técnicas o educativas. El comandante de dragones Ginés Vázquez había instruido a centenares de hombres en ejercicios de cañón y maniobras.

Esta combinación de conocimiento territorial, preparación técnica y experiencia bélica ayuda a explicar la capacidad de las fuerzas locales para intervenir en crisis posteriores.

Entre la administración imperial y la historia dominicana

Las milicias de Santo Domingo pertenecían al orden colonial español. Su finalidad era defender la autoridad del rey, conservar el territorio y proteger los intereses de la monarquía. No fueron creadas como una institución nacional dominicana.

Sin embargo, su estudio es fundamental para comprender la historia posterior del país. La organización militar contribuyó a formar grupos locales con experiencia de mando y con una relación directa con el territorio. Las campañas reforzaron la importancia estratégica de Dajabón, Bánica, Monte Cristi, Azua, Neyba y otros núcleos fronterizos.

También dejaron una memoria familiar. Apellidos presentes en las hojas de servicio continuaron apareciendo en la vida militar y política del siglo XIX. La continuidad no fue automática ni uniforme, pero existió una transmisión de experiencias, redes y conocimientos.

La revolución de Saint-Domingue obligó a la parte española a mirar la frontera como un espacio decisivo para su seguridad. La guerra reveló las debilidades de la colonia, pero también la capacidad de sus habitantes para sostener guarniciones, levantar fortificaciones y operar en un territorio complejo.

Las hojas de servicio no ofrecen una historia imparcial de aquellos años. Fueron escritas para evaluar y premiar a los militares. Sus elogios, cifras y afirmaciones deben contrastarse. Pero en conjunto conservan una memoria excepcional de los hombres que defendieron la parte española durante una de las mayores transformaciones políticas y sociales del mundo atlántico.

Bibliografía

Rodríguez Demorizi, Emilio. Milicias de Santo Domingo, 1786-1821. Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, Editora del Caribe, 1978. Vol. XLVIII.

Bibliografía complementaria sugerida

Las siguientes obras se recomiendan para consulta y contraste; no han sido utilizadas todavía como fuentes verificadas en esta redacción:

  • Moreau de Saint-Méry, M. L. E. Descripción de la parte española de Santo Domingo.
  • Moya Pons, Frank. Historia colonial de Santo Domingo.
  • Rodríguez Demorizi, Emilio. Cesión de Santo Domingo a Francia.
  • Rodríguez Demorizi, Emilio. Invasiones haitianas de 1801, 1805 y 1822.
  • Utrera, Cipriano de. Historia militar de Santo Domingo.
  • Geggus, David. Estudios sobre la Revolución haitiana y la guerra en Saint-Domingue.
  • Dubois, Laurent. Estudios sobre la Revolución haitiana y el mundo atlántico.
  • Correspondencia de Joaquín García conservada en archivos españoles.
  • Expedientes de Guerra Moderna del Archivo General de Simancas.
  • Hojas de servicio del Archivo General Militar de Segovia.

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