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Guerra de Guerrillas y Desgaste Ambiental en la Estrategia Restauradora

Posted on agosto 8, 2026agosto 8, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en Guerra de Guerrillas y Desgaste Ambiental en la Estrategia Restauradora

Territorio, movilidad y hostigamiento frente a la superioridad material española

Crónicas de Hispaniola

La Guerra de la Restauración enfrentó a dos fuerzas con capacidades muy distintas. España disponía de ejército regular, oficiales profesionales, artillería, barcos, depósitos, hospitales y una estructura administrativa capaz de movilizar tropas desde la península, Cuba y Puerto Rico. Los restauradores, en cambio, debían combatir con recursos más limitados, fuerzas dispersas y una organización condicionada por el territorio.

La respuesta dominicana no consistió en reproducir el modelo militar español. La propia documentación citada por María Magdalena Guerrero Cano muestra que, para octubre de 1864, la dirección restauradora defendía una estrategia basada en la dispersión, la sorpresa, el conocimiento del terreno y el hostigamiento continuo.

El objetivo no era buscar sistemáticamente grandes batallas campales, sino impedir que el ejército español pudiera utilizar plenamente su superioridad material.

En ese tipo de guerra, el bosque, los caminos difíciles, las lluvias, la distancia entre las guarniciones y las enfermedades dejaron de ser simples circunstancias ambientales. Se convirtieron en factores que podían amplificar el efecto de la estrategia restauradora.

La clave no estaba en esperar pasivamente que el clima derrotara al ocupante. Estaba en mantenerlo en movimiento, obligarlo a proteger convoyes, dispersar tropas, sostener posiciones aisladas y consumir hombres y suministros en una guerra prolongada.

La enfermedad actuaba entonces como consecuencia del desgaste militar.

Una Guerra Desigual

El ejército español entró en la guerra con ventajas evidentes.

Disponía de:

  • Tropas regulares.
  • Oficiales entrenados.
  • Artillería.
  • Fusiles reglamentarios.
  • Un sistema de abastecimiento.
  • Apoyo naval.
  • Hospitales militares.
  • Posibilidad de recibir refuerzos desde otras posesiones españolas.

Las fuerzas restauradoras no podían igualar fácilmente esa estructura.

La propia circular dominicana citada en el estudio reconocía esa realidad. El 23 de octubre de 1864 se enviaron instrucciones a jefes de provincias, comunas y campamentos en las que se afirmaba:

“Que nosotros no podemos oponer al enemigo grandes masas, así porque las tropas sin disciplina no deben dar batallas campales, cuanto porque nuestras fuerzas tienen que permanecer diseminadas en nuestro vasto territorio” (p. 334).

La frase es fundamental porque muestra una lectura realista de la correlación de fuerzas.

No se trataba de negar la capacidad de combate dominicana. Se trataba de reconocer que concentrar grandes contingentes podía favorecer al ejército español, que tenía mejores medios para operar en formaciones convencionales.

La dispersión era, por tanto, una necesidad militar convertida en ventaja estratégica.

Evitar la Batalla que Convenía al Enemigo

Las instrucciones restauradoras recomendaban no presentar batalla abierta cuando las condiciones fueran desfavorables.

La lógica era sencilla.

Una batalla campal permitía al ejército español concentrar:

  • Infantería.
  • Artillería.
  • Oficiales.
  • Reservas.
  • Municiones.
  • Comunicaciones.
  • Apoyo logístico.

En cambio, una guerra de pequeñas acciones obligaba a España a dividir esos recursos.

Cada destacamento necesitaba protección.

Cada convoy requería escolta.

Cada población ocupada necesitaba una guarnición.

Cada depósito debía ser defendido.

Cada ruta debía ser vigilada.

Cada enfermería necesitaba comunicación con un hospital mayor.

La dispersión restauradora obligaba al ocupante a dispersarse también.

Y esa dispersión tenía un costo.

La Guerra de Guerrillas

El documento utiliza explícitamente la expresión “guerra de guerrillas”.

Las instrucciones incluían varias recomendaciones:

  • Actuar con precaución.
  • Utilizar la astucia.
  • Hostilizar continuamente al enemigo.
  • Evitar presentar batalla abierta.
  • Sorprender sus posiciones.
  • Aprovechar los accidentes del terreno.
  • Evitar ser sorprendido.
  • Impedir que las tropas españolas descansaran.

La documentación resume la estrategia con una fórmula especialmente expresiva: hacer “la guerra de la manigua y de un enemigo invisible”.

Esta expresión debe interpretarse dentro del lenguaje militar del siglo XIX.

No significaba que los restauradores fueran literalmente invisibles. Se refería a una forma de guerra en la cual el enemigo aparecía, atacaba y desaparecía antes de que el ejército regular pudiera obligarlo a combatir en condiciones convencionales.

El bosque, los caminos secundarios y el conocimiento local del territorio facilitaban ese tipo de acción.

El Territorio Como Multiplicador

La geografía dominicana condicionaba todas las operaciones.

Los informes españoles describían:

  • Caminos difíciles.
  • Vegetación abundante.
  • Zonas de bosque.
  • Ríos.
  • Lagunas.
  • Terrenos húmedos.
  • Elevadas temperaturas.
  • Lluvias frecuentes.
  • Grandes distancias entre determinados puntos.

Para una fuerza local y dispersa, esas condiciones podían proporcionar cobertura y movilidad.

Para un ejército regular que necesitaba mover columnas, cañones, equipajes, víveres, medicinas y heridos, representaban una dificultad constante.

La ventaja no estaba simplemente en conocer un sendero.

Estaba en comprender:

  • Qué rutas podían ser utilizadas.
  • Dónde podía ocultarse una fuerza pequeña.
  • Qué lugares eran difíciles de abastecer.
  • Qué posiciones podían quedar aisladas.
  • Cuánto tardaba un convoy.
  • Qué caminos se volvían intransitables.
  • Cuáles guarniciones dependían de rutas vulnerables.

La guerra se desarrollaba sobre ese conocimiento.

Hostigar Para Obligar a Moverse

Una de las consecuencias más importantes del hostigamiento era obligar al ejército español a permanecer activo.

Mover una columna significaba gastar recursos.

Los soldados necesitaban:

  • Alimentos.
  • Agua.
  • Municiones.
  • Calzado.
  • Animales.
  • Descanso.
  • Protección.
  • Atención médica.

Cada marcha debilitaba parte de esa estructura.

La documentación sanitaria española registra que los soldados sufrían servicios excesivos. Algunos hacían guardia un día sí y otro no. Otros permanecían varios días en puestos de vigilancia.

Además de sus funciones militares, debían:

  • Transportar materiales.
  • Acarrear leña.
  • Lavar sus propias ropas.
  • Vigilar playas.
  • Escoltar convoyes.
  • Proteger almacenes.
  • Mantener puestos avanzados.

Cuando estas obligaciones se multiplicaban, disminuía el tiempo disponible para descansar y recuperarse.

La estrategia restauradora aumentaba precisamente esa presión.

No Dejarlos Dormir

Entre las instrucciones citadas por Guerrero Cano aparece una recomendación especialmente significativa: no permitir que el enemigo descansara.

La finalidad no era únicamente psicológica.

La falta de descanso tenía consecuencias físicas.

Un soldado fatigado:

  • Se recuperaba peor de una enfermedad.
  • Podía alimentarse irregularmente.
  • Era más vulnerable a las marchas.
  • Toleraba peor la humedad.
  • Conservaba durante más tiempo la ropa mojada.
  • Tenía menor capacidad para cumplir nuevos servicios.

Los informes del jefe sanitario Andrés Alegret muestran que la sobrecarga de trabajo era considerada una de las causas del elevado número de enfermos.

La relación entre guerra irregular y enfermedad no era, por tanto, abstracta.

El hostigamiento creaba condiciones concretas de agotamiento.

La Enfermedad Como Resultado del Desgaste

La circular restauradora mencionaba expresamente la intención de favorecer que las enfermedades hicieran estragos entre las tropas españolas.

Esto debe explicarse con precisión.

Los restauradores no controlaban las enfermedades ni podían provocar una epidemia a voluntad.

Lo que podían hacer era aumentar la exposición del enemigo a las condiciones que favorecían su deterioro:

  • Mantenerlo en movimiento.
  • Obligarle a ocupar zonas difíciles.
  • Interrumpir su descanso.
  • Presionar sus comunicaciones.
  • Forzarlo a proteger convoyes.
  • Impedir la concentración permanente en posiciones mejor abastecidas.

La enfermedad actuaba sobre tropas ya vulnerables por falta de aclimatación, alimentación deficiente, agua de mala calidad y alojamiento precario.

El efecto militar era acumulativo.

Una Superioridad Que Costaba Mantener

España podía disponer de más hombres, pero cada hombre debía ser mantenido.

El problema de una ocupación extensa no era únicamente conquistar un lugar.

Había que conservarlo.

Una vez ocupada una población, era necesario:

  1. Dejar una guarnición.
  2. Abastecerla.
  3. Proteger el camino.
  4. Mantener depósitos.
  5. Atender a sus enfermos.
  6. Sustituir las bajas.
  7. Mantener comunicaciones con otras posiciones.

Cada nueva guarnición consumía parte de la fuerza disponible.

Si los restauradores evitaban ser destruidos como ejército y continuaban operando alrededor de esas posiciones, España podía controlar las poblaciones principales sin controlar completamente el espacio situado entre ellas.

Esa diferencia entre ocupación puntual y control territorial es esencial para comprender la guerra.

El Problema de los Convoyes

Los convoyes eran indispensables.

Las guarniciones necesitaban recibir:

  • Víveres.
  • Municiones.
  • Medicamentos.
  • Ropa.
  • Material sanitario.
  • Correspondencia.
  • Repuestos.

El ejemplo de El Seibo resulta especialmente ilustrativo.

El depósito de víveres se encontraba en Guaza, a ocho leguas de distancia. Era necesario organizar convoyes diarios para abastecer a las tropas.

Cada convoy implicaba una doble carga.

Por una parte, debía transportar recursos.

Por otra, tenía que ser protegido.

La protección requería soldados que dejaban temporalmente otras funciones.

Esos soldados marchaban por caminos difíciles y quedaban expuestos a las mismas condiciones sanitarias que debilitaban al resto de la guarnición.

La guerra de guerrillas convertía la logística en una operación militar permanente.

Caminos y Comunicaciones

Guerrero Cano señala las dificultades extremas de las comunicaciones.

Los caminos podían:

  • No existir formalmente.
  • Quedar cubiertos por la vegetación.
  • Deteriorarse por las lluvias.
  • Resultar difíciles para carretas.
  • Ser inseguros por la presencia restauradora.

Estas condiciones afectaban por igual al transporte militar y sanitario.

Un medicamento almacenado en una ciudad no servía de mucho si tardaba demasiado en llegar a una enfermería.

Un soldado gravemente enfermo podía morir antes de alcanzar un hospital.

Una carreta podía avanzar demasiado lentamente.

Una columna encargada de proteger el traslado podía sufrir nuevos ataques o enfermedades.

La infraestructura dominicana del periodo no estaba diseñada para sostener grandes movimientos militares continuos.

La guerra explotó esa debilidad.

La Dispersión de las Guarniciones

Cada posición española necesitaba hombres suficientes para defenderse.

Esto producía una contradicción.

Concentrar tropas aumentaba la capacidad militar, pero dejaba territorio sin vigilancia.

Dispersarlas permitía ocupar más puntos, pero las hacía más vulnerables y complicaba el abastecimiento.

Los restauradores podían aprovechar esa tensión.

Una pequeña fuerza dominicana no tenía necesariamente que conquistar una guarnición bien defendida.

Podía:

  • Amenazar sus caminos.
  • Atacar destacamentos.
  • Interceptar mensajes.
  • Obligar a aumentar las patrullas.
  • Hacer más lenta la llegada de provisiones.
  • Mantener a los soldados en alerta.

El valor estratégico de una acción no se medía únicamente por el número de bajas provocadas.

También podía medirse por los recursos que obligaba al enemigo a emplear.

El Efecto Sobre la Sanidad Militar

La dispersión complicaba especialmente el trabajo sanitario.

El ejército español tenía médicos y farmacéuticos distribuidos en numerosos puntos, pero la dotación era insuficiente.

Algunas localidades tenían un médico.

Otras dependían de ayudantes.

Varias contaban solamente con practicantes.

Si las fuerzas se dispersaban aún más para vigilar caminos y mantener puestos avanzados, también debía extenderse la asistencia médica.

Esto era difícil.

Un médico no podía estar simultáneamente en varios campamentos.

Los enfermos graves tenían que ser trasladados.

Los medicamentos necesitaban animales de carga.

La seguridad del camino debía garantizarse.

La guerra irregular aumentaba así la distancia entre el soldado enfermo y el tratamiento adecuado.

El Soldado Como Recurso Limitado

El número nominal de soldados no equivalía al número real de hombres disponibles para combatir.

Dentro de una guarnición podían existir:

  • Enfermos.
  • Convalecientes.
  • Heridos.
  • Hombres de guardia.
  • Escoltas de convoyes.
  • Personal destinado a hospitales.
  • Soldados transportando suministros.
  • Unidades protegiendo caminos.
  • Tropas destacadas en puestos avanzados.

El resultado era una disminución de la fuerza efectiva.

Los hospitales españoles registraban miles de entradas durante 1864.

Solo por fiebres intermitentes, el cuadro citado en el estudio contabiliza 26,584 ingresos en varios hospitales.

Esto no significa que fueran 26,584 individuos diferentes; un mismo soldado podía ingresar más de una vez debido a recaídas.

Precisamente esa posibilidad revela la magnitud del problema.

Una enfermedad podía retirar temporalmente al mismo hombre del servicio en varias ocasiones.

Recaer Después de Volver al Servicio

Las recaídas eran frecuentes entre los afectados por fiebres intermitentes.

El soldado enfermaba.

Era trasladado a una enfermería.

Recibía tratamiento.

Mejoraba.

Regresaba a su puesto.

Volvía a exponerse a las mismas condiciones.

Recaía.

Cada ciclo debilitaba más al paciente.

Los informes mencionan anemia, hidropesías y alteraciones viscerales después de episodios repetidos.

En los casos más graves era necesario enviar al enfermo fuera de Santo Domingo.

La estrategia de desgaste adquiría aquí una dimensión acumulativa.

No era necesario que un soldado muriera para dejar de ser útil militarmente.

Bastaba con que enfermara repetidamente.

El Conocimiento del Medio

Los dominicanos tenían una ventaja natural en el conocimiento del territorio.

Esto no significa que fueran inmunes a las enfermedades.

El propio estudio señala que ciertas dolencias, como la disentería, podían afectar tanto a criollos como a europeos.

Sin embargo, la población local conocía mejor:

  • Los caminos.
  • Los cursos de agua.
  • Los tiempos de viaje.
  • Las zonas montañosas.
  • Los bosques.
  • Las rutas secundarias.
  • Las características de cada región.

Ese conocimiento era un recurso militar.

Permitía elegir cuándo desplazarse, dónde ocultarse y qué rutas utilizar.

Para las tropas recién llegadas, el mismo terreno era menos previsible.

El Problema de la Aclimatación

Los informes médicos españoles señalaban que numerosos soldados procedían de la península y no habían tenido tiempo suficiente para aclimatarse.

En uno de los batallones examinados por Andrés Alegret, esta circunstancia aparecía entre las explicaciones del elevado número de enfermos.

La guerra no permitía siempre un periodo prolongado de adaptación.

Los soldados podían desembarcar y ser enviados rápidamente a servicios militares.

Esto aumentaba la vulnerabilidad del ejército expedicionario.

Una campaña prolongada obligaba, además, a introducir constantemente nuevos efectivos, reiniciando el problema con cada contingente.

Alimentación y Fatiga

El desgaste no procedía únicamente del combate.

Los informes médicos relacionaban la enfermedad con la alimentación.

La ración de campaña podía incluir arroz, tocino y galleta, pero no siempre llegaba completa.

Alegret describía unidades cuyo rancho estaba compuesto principalmente por productos vegetales, con tocino como principal componente animal.

Consideraba esa dieta insuficiente para reparar las fuerzas consumidas por el clima y el esfuerzo.

Si a esta alimentación se añadían:

  • Marchas.
  • Guardias.
  • Transporte de leña.
  • Carga de material.
  • Vigilancia.
  • Falta de sueño.

el deterioro físico era previsible.

La guerra irregular aumentaba precisamente la cantidad de esos servicios.

La Ropa Mojada

Otro detalle de los informes sanitarios resulta revelador.

Muchos soldados dormían con ropa y calzado impregnados de sudor y lluvia.

No siempre disponían de catres.

Algunos descansaban directamente sobre el suelo o pisos de madera.

Para lavar su ropa tenían que desplazarse al río.

La combinación de humedad, falta de descanso y servicio constante contribuía al deterioro de la salud según la medicina de la época.

Lo importante desde el punto de vista histórico es que los propios responsables sanitarios españoles relacionaban las condiciones cotidianas del soldado con las enfermedades.

La crisis no era atribuida solamente a grandes epidemias.

También procedía de la vida diaria de campaña.

Una Guerra Contra el Tiempo

La estrategia restauradora tenía una ventaja adicional: el tiempo podía perjudicar más al ocupante que al insurgente.

España necesitaba demostrar que podía restablecer el control.

Cada mes de guerra:

  • Costaba dinero.
  • Consumía hombres.
  • Aumentaba los enfermos.
  • Exigía nuevos transportes.
  • Desgastaba las unidades.
  • Incrementaba la necesidad de refuerzos.

Los restauradores, mientras conservaran capacidad operativa y control sobre espacios del territorio, podían impedir que la ocupación se considerara pacificada.

La continuidad de la resistencia tenía valor estratégico en sí misma.

No Toda Acción Necesitaba una Victoria Táctica

Una emboscada que causara pocas bajas podía ser útil si obligaba a España a reforzar una ruta.

Una amenaza sobre un convoy podía producir efectos aunque el convoy llegara finalmente a su destino.

Un puesto avanzado podía consumir más hombres en vigilancia de los que los restauradores necesitaban para hostigarlo.

Esta diferencia entre resultado táctico y efecto estratégico es importante.

La guerra irregular podía producir desgaste sin necesidad de grandes victorias campales.

El objetivo era aumentar el costo de conservar cada posición.

Los Hospitales Como Indicadores de Desgaste

La cantidad de enfermos permite medir parte de ese costo.

A finales de 1864, los hospitales españoles registraban 2,174 internados.

De ellos:

  • 31 estaban clasificados por fiebre amarilla.
  • 1,716 por medicina general.
  • 44 eran heridos.
  • 383 correspondían a cirugía general.

El número de enfermos superaba claramente al de heridos.

A principios de 1865 había 2,145 enfermos y solamente 32 heridos.

Estas cifras muestran que la capacidad del ejército estaba siendo reducida principalmente por problemas sanitarios, no solo por las heridas producidas directamente en combate.

La guerra de desgaste actuaba más allá del campo de batalla.

Las Bajas por Enfermedad

La tabla final utilizada por Guerrero Cano presenta una comparación especialmente significativa.

Las bajas definitivas atribuidas al ejército español incluyen:

CausaJefesOficialesTropaTotal
Muertos por fuego o hierro enemigo533448486
Muertos por enfermedad6636,7856,854
Regresados a la península por enfermedad1211,5031,525

La diferencia es notable.

Pero debe evitarse una conclusión simplista.

Estas cifras no demuestran que las armas restauradoras fueran irrelevantes.

El combate creaba muchas de las condiciones que aumentaban la enfermedad:

  • Dispersión.
  • Marchas.
  • Guardias.
  • Convoyes.
  • Campamentos.
  • Evacuaciones.
  • Interrupción de comunicaciones.

La acción militar y la enfermedad estaban conectadas.

La Enfermedad no Sustituyó al Combate

Una interpretación superficial podría afirmar que España fue derrotada por las enfermedades.

La documentación permite una conclusión más precisa.

Las enfermedades fueron uno de los principales factores de desgaste del ejército español, pero actuaron dentro de una guerra sostenida por fuerzas restauradoras capaces de impedir la pacificación del territorio.

Sin esa resistencia, el ejército habría podido:

  • Reducir guarniciones.
  • Concentrarse en mejores posiciones.
  • Disminuir patrullas.
  • Proteger mejor sus suministros.
  • Mejorar los alojamientos.
  • Permitir mayor descanso.
  • Organizar de manera más estable sus hospitales.

La continuidad de la guerra impedía precisamente esa normalización.

Tampoco Fue una Guerra sin Batallas

La importancia de la guerra irregular tampoco debe llevar a negar los grandes enfrentamientos.

La Restauración incluyó:

  • Combates.
  • Sitios.
  • Asaltos.
  • Defensas de posiciones.
  • Movimientos de columnas.
  • Operaciones convencionales.

El propio López Morillo fue herido durante la defensa de Santiago.

La estrategia de guerrillas coexistió con acciones de mayor escala.

Lo importante es entender que los dirigentes restauradores no dependían exclusivamente de estas últimas.

Podían evitar una batalla cuando favorecía al adversario y buscarla cuando las condiciones eran mejores.

Un Ejército Invisible, Pero no Desorganizado

La expresión “enemigo invisible” puede sugerir informalidad o improvisación.

Sin embargo, la circular del 23 de octubre de 1864 demuestra la existencia de orientaciones estratégicas dirigidas a:

  • Provincias.
  • Comunas.
  • Campamentos.
  • Jefaturas territoriales.

Esto indica un esfuerzo por establecer criterios comunes.

La guerra restauradora seguía siendo descentralizada y condicionada por las realidades regionales, pero no puede reducirse a grupos actuando sin coordinación.

Había una reflexión explícita sobre cómo combatir a un adversario superior.

La Estrategia y la Soberanía

El objetivo de los restauradores no era simplemente causar pérdidas.

Era recuperar la soberanía dominicana.

Esto modificaba la lógica estratégica.

España necesitaba demostrar que podía gobernar el territorio.

Los restauradores necesitaban impedir que ese control se consolidara.

Mientras existieran zonas en resistencia, rutas inseguras y fuerzas capaces de operar, la Anexión continuaba siendo contestada militarmente.

La supervivencia política del Gobierno restaurador dependía de mantener esa capacidad.

La guerra de guerrillas permitía conservar fuerzas incluso cuando España ocupaba determinadas poblaciones.

El Costo de una Ocupación Extensa

Cada región tenía sus propios problemas sanitarios.

Samaná sufría altos niveles de humedad.

Azua padecía graves problemas de agua y disentería.

Montecristi dependía de pozos salobres.

El Seibo necesitaba convoyes desde Guaza.

Hato Mayor tenía alojamientos y agua deficientes.

San Antonio de Guerra estaba rodeado de lagunas.

La estrategia española necesitaba mantener tropas en muchos de esos lugares.

Eso significaba sostener simultáneamente múltiples problemas logísticos.

La restauración dominicana no necesitaba resolverlos.

Le bastaba con evitar que España pudiera ignorarlos.

El Desgaste Como Sistema

El resultado puede entenderse como una cadena:

Hostigamiento restaurador → mayor dispersión española → más patrullas y convoyes → más marchas y guardias → mayor fatiga → más exposición a agua y alojamientos deficientes → más enfermedad → más hospitales y evacuaciones → menos tropas disponibles → mayor dificultad para controlar el territorio.

No todos los casos siguieron exactamente ese proceso, pero la relación general está respaldada por los informes sanitarios y las instrucciones militares reproducidas en el estudio.

La guerra irregular multiplicaba los costos de la ocupación.

La Retirada

A principios de 1865, el mantenimiento de la guerra resultaba cada vez más costoso.

Los hospitales continuaban llenos.

Los enfermos eran evacuados hacia Cuba y Puerto Rico.

El personal sanitario tenía que acompañarlos.

Los barcos necesitaban botiquines.

Los hospitales consumían recursos.

Finalmente, el 1 de mayo de 1865 apareció en Madrid el decreto de abandono de Santo Domingo.

El desenlace tuvo dimensiones políticas y militares que superan el objeto del estudio sanitario, pero las cifras de enfermedad muestran una parte considerable del precio que España estaba pagando.

La crisis sanitaria no fue la única causa de la retirada.

Fue uno de los factores que hicieron cada vez más difícil justificar y sostener la ocupación.

La estrategia restauradora comprendió una realidad fundamental: la superioridad material española podía reducirse si se impedía que el ejército utilizara sus recursos en las condiciones para las que había sido organizado.

Evitar grandes batallas desfavorables, dispersar las fuerzas, utilizar el terreno, sorprender destacamentos, hostilizar convoyes y mantener al enemigo en movimiento permitía convertir una guerra desigual en una campaña de desgaste.

Las enfermedades no fueron un aliado automático de los dominicanos. Fueron un factor ambiental y sanitario cuyo efecto aumentaba cuando el ejército español debía marchar, vigilar, escoltar, ocupar puntos aislados y operar sin descanso suficiente.

Por ello, la frase “guerra de la manigua y de un enemigo invisible” resume algo más que una táctica.

Expresa una concepción de la guerra adaptada al territorio y a las posibilidades reales de los restauradores.

España podía ganar combates y conservar fortalezas. Pero cada camino inseguro, cada convoy protegido, cada guarnición aislada y cada soldado hospitalizado aumentaban el costo de sostener la Anexión.

La Restauración convirtió esa vulnerabilidad en estrategia.

La soberanía dominicana no se recuperó únicamente mediante choques frontales. También se defendió mediante una guerra prolongada que obligó a un ejército superior a combatir en un escenario donde la distancia, la fatiga, la logística y la enfermedad pesaban tanto como las armas.


Referencias y Bibliografía

Fuente principal

Guerrero Cano, María Magdalena. Aspectos Sanitarios Durante La Segunda Independencia De Santo Domingo. Su Repercusión En Andalucía. En Actas de las V Jornadas de Andalucía y América, pp. 315-341.

Obras citadas en el estudio

Rodríguez Objío, Manuel. Gregorio Luperón e historia de la Restauración. Santo Domingo: El Diario, 1936.

Rodríguez Demorizi, Emilio. Diario de la guerra dominico-española de 1863-1865. Santo Domingo: Editora del Caribe, 1963.

López Morillo, Adriano. Memorias sobre la segunda reincorporación de Santo Domingo a España. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1983.

García Lluberes, Alcides. “Archivo de la Restauración. Un copiador de oficios del Ministerio de la Guerra”. Clío, núm. 133, 1958.

Archivo General de Indias. Sección Cuba, legajos 957 y 981, según las referencias documentales empleadas por Guerrero Cano.

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