Crónicas de Hispaniola
Al mediodía del 30 de marzo de 1844, dos columnas haitianas avanzaron sobre la sabana situada al oeste de Santiago. Una de ellas, precedida por caballería, se dirigió contra el flanco izquierdo de las posiciones dominicanas, considerado el punto más débil de la defensa. Desde las elevaciones que dominaban el terreno, los defensores podían observar su marcha y esperar que entraran en el alcance eficaz de los fusiles y de tres pequeñas piezas de artillería.
La República Dominicana apenas tenía treinta y dos días de proclamada. Santiago se había adherido formalmente a la Separación el 6 de marzo, pero todavía no existía un ejército nacional organizado, abundaban los fusiles defectuosos y las municiones eran fabricadas apresuradamente en la ciudad. Si las fuerzas de Jean-Louis Pierrot tomaban la capital del Cibao, podrían recuperar Puerto Plata, restablecer la autoridad haitiana en el Norte y avanzar hacia Santo Domingo.
Durante cinco horas, soldados de la Guardia Nacional, campesinos, tabaqueros, artesanos y milicianos procedentes de diferentes pueblos resistieron los ataques. La artillería dominicana, dirigida contra columnas compactas, produjo el efecto decisivo. El combate cercano con fusiles, lanzas y machetes también ocurrió, pero no tuvo la importancia exclusiva que posteriormente le atribuyó la tradición patriótica.
La victoria del 30 de marzo no fue el resultado de una carga improvisada ni de una superioridad numérica dominicana. Fue producto de la movilización regional, la preparación de posiciones defensivas, el aprovechamiento del terreno y la concentración del fuego sobre un enemigo obligado a avanzar a campo abierto.
La República amenazada desde el Norte
El gobierno haitiano respondió a la proclamación dominicana mediante una campaña dirigida contra el nuevo Estado. Mientras el presidente Charles Rivière Hérard avanzaba por el Sur, el general Jean-Louis Pierrot debía penetrar por la frontera Norte, ocupar Santiago y restablecer la comunicación política y militar con Puerto Plata.
La operación perseguía algo más que una recuperación territorial. La caída de Santiago habría destruido la principal concentración dominicana del Cibao, aislado a los pueblos que se habían pronunciado y demostrado que el gobierno instalado en Santo Domingo carecía de capacidad para ejercer soberanía fuera de la capital.
Las cifras atribuidas al ejército de Pierrot varían considerablemente. La tradición dominicana llegó a hablar de diez mil hombres, mientras que el parte de José María Imbert describe dos columnas de aproximadamente dos mil soldados cada una durante el ataque. Es posible que el contingente total movilizado desde el Norte de Haití fuera mayor que el empleado directamente en la batalla, pero las fuentes disponibles no permiten establecer con seguridad la cifra tradicional.
Lo comprobable es que las fuerzas haitianas eran superiores a las que inicialmente podían reunir los dominicanos. Disponían de oficiales experimentados, unidades organizadas y hombres acostumbrados al servicio militar. Frente a ellas se levantaba un ejército formado apresuradamente con compañías de la Guardia Nacional y contingentes rurales de procedencias diversas.
Santiago comienza a prepararse
Los preparativos defensivos comenzaron al día siguiente del pronunciamiento. El 7 de marzo, Francisco Antonio Salcedo ordenó ocupar con artillería tres posiciones que serían conocidas como los fuertes Dios, Patria y Libertad. No eran grandes fortalezas de mampostería, sino baterías y atrincheramientos levantados sobre los bordes elevados de la ciudad.
Santiago estaba asentada sobre un terraplén que descendía hacia el río Yaque. Esa disposición permitía dominar visualmente la sabana por la cual debía acercarse un ejército procedente del Noroeste. Los defensores ocuparon los puntos donde comenzaba el declive del terreno, obligando al enemigo a avanzar desde una posición inferior y expuesta.
La preparación material reveló las limitaciones de la nueva República. El coronel Román Franco Bidó quedó encargado de una fábrica de cartuchos y lanzas. José Desiderio Valverde reparó piezas de artillería y preparó pertrechos. Se requisaron caballos, mulos, reses, alimentos y recipientes para transportar pólvora y municiones.
Desde Santiago se enviaron recursos a San José de las Matas, considerada esencial para la defensa de la Sierra y de los caminos que comunicaban con Sabaneta y la Línea Noroeste. Los documentos conservados muestran solicitudes urgentes de fusiles, cartuchos, piedras de chispa, víveres y animales.
El 21 de marzo, Ramón Matías Mella y Pedro Ramón de Mena informaron que habían reunido 1,900 pesos mediante un empréstito aportado por comerciantes y munícipes de Santiago. La guerra dependía de esos recursos locales: el gobierno dominicano todavía no poseía una administración fiscal capaz de financiar regularmente a sus tropas.
La defensa del Cibao fue, por tanto, una empresa regional. Los hombres combatían, pero detrás de ellos existía una red de familias, comerciantes, artesanos, sacerdotes, agricultores y autoridades municipales encargada de producir cartuchos, reparar armas, reunir dinero, transportar alimentos y mantener abiertas las comunicaciones.
Talanquera y Escalante
Antes de llegar a Santiago, las fuerzas de Pierrot encontraron resistencia en la Línea Noroeste. Francisco Antonio Salcedo —conocido como Tito— había salido de la ciudad con unidades procedentes de La Vega, Moca, San Francisco de Macorís y otras poblaciones.
El 21 de marzo se produjo el combate de Talanquera. Tres días después, el 24, ocurrió una nueva acción en Escalante. Los dominicanos no pudieron detener definitivamente el avance haitiano y tuvieron que replegarse, pero aquellos encuentros sirvieron para observar la fuerza enemiga, causarle algunas pérdidas y ganar tiempo.
El retroceso tuvo consecuencias psicológicas en Santiago. Los batallones que regresaron habían comprobado la superioridad del ejército que se acercaba. Los testimonios posteriores describen desorden, temor y desmoralización. Una parte de la población abandonó la ciudad y llevó hacia las montañas los objetos de valor que podía transportar.
La situación no debe confundirse con cobardía colectiva. Las familias comprendían lo que podía significar una batalla dentro de la ciudad: incendios, saqueos, destrucción de viviendas y represalias contra quienes hubieran colaborado con la Separación. La evacuación también reducía el número de civiles expuestos y permitía que los defensores operaran con mayor libertad.
Las noticias procedentes de la frontera eran incompletas. Las comunicaciones viajaban a caballo y por caminos difíciles. Los mandos dominicanos no siempre conocían la ubicación exacta de Pierrot ni la velocidad de su avance. Esa incertidumbre explica algunas decisiones que más tarde parecieron contradictorias.
La misión de Mella en la Sierra
Ramón Matías Mella había llegado al Cibao como delegado de la Junta Central Gubernativa y desempeñó un papel importante en la organización inicial de la defensa. Participó en la movilización de recursos y sostuvo comunicaciones con San José de las Matas y otras poblaciones.
Cuando el ejército haitiano se aproximaba, Mella marchó junto con Pedro Ramón de Mena y José Desiderio Valverde hacia la Sierra para reunir hombres. Esta ausencia en el momento de la batalla ha generado interpretaciones contradictorias.
Algunos autores la han considerado un error de cálculo. Otros señalan que San José de las Matas podía funcionar como reserva militar, refugio de las armas dominicanas y base para organizar guerrillas si Santiago era ocupada. Los documentos muestran que en las comunidades serranas se movilizaban hombres, se reunían caballos y se preparaban fuerzas para hostigar la retaguardia haitiana.
Mella incluso habría ordenado preparar clavos de acero para inutilizar los cañones en caso de que la resistencia resultara imposible. Esta medida no demuestra necesariamente una decisión anticipada de entregar Santiago. Inutilizar la artillería antes de una retirada era una precaución militar destinada a impedir que las piezas fueran utilizadas por el enemigo.
La victoria impidió que ese último recurso fuera necesario. Las tropas serranas intervinieron posteriormente atacando a los haitianos durante su retirada. La ausencia de Mella en el campo de batalla no elimina su participación en la organización general de la defensa, pero el mando directo de la jornada correspondió a José María Imbert.
José María Imbert asume el mando
El 27 de marzo, apenas tres días antes del combate, José María Imbert recibió el mando provisional del Distrito y de las operaciones de Santiago. Era un militar nacido en Francia, residente en Moca y con experiencia que resultaba excepcional dentro de una fuerza organizada apresuradamente.
La situación que encontró era crítica. Los trabajos de las baterías habían avanzado con lentitud, las tropas carecían de una estructura coherente y el enemigo se aproximaba. Imbert concentró sus esfuerzos en completar las posiciones, montar los cañones y distribuir los mandos.
En su relación oficial, fechada el 5 de abril, explicó:
“Desde este día tomé todas las medidas necesarias para activar los trabajos de tres baterías, a las cuales se trabajaba desde algunos días antes con mucha lentitud”.
Ordenó instalar una pieza de a ocho en la batería derecha, una de a cuatro en la central y una de a dos en la izquierda, próxima al lado del río Yaque. El número designaba aproximadamente el peso de la bala que podía disparar cada cañón; la pieza de a ocho poseía, por tanto, mayor potencia.
Los cañones eran pocos y desiguales. Su eficacia dependería de la colocación, la munición disponible y la distancia a la cual se abriera fuego. Imbert decidió emplearlos desde las elevaciones y permitir que las columnas enemigas se aproximaran antes de disparar metralla.
El mando de las fuerzas desplegadas en la sabana fue confiado al coronel Pedro Eugenio Pelletier, también de origen francés y veterano de las guerras europeas. Pelletier escogió como ayudante al comandante de ingenieros Achille Michel, responsable de reforzar el flanco izquierdo cuando comenzara el ataque.
Aquella presencia extranjera no disminuye el carácter dominicano de la defensa. Imbert, Pelletier y Michel actuaban al servicio de la República proclamada y dirigían tropas formadas en su inmensa mayoría por habitantes del Cibao. Su experiencia fue utilizada por una movilización política y militar esencialmente local.
Los defensores de Santiago
El ejército concentrado alrededor de Santiago reunía unidades de diferentes procedencias. Las fuentes mencionan a la Guardia Nacional de La Vega, San Francisco de Macorís y Moca; al batallón La Flor, compuesto por jóvenes santiagueros y dirigido por Ángel Reyes; una compañía de Sabana Iglesia bajo el mando de Fernando Valerio; tropas vinculadas al antiguo Regimiento 33 y una media brigada de artillería.
También participaron fuerzas procedentes de Macorís, unidades de caballería y contingentes rurales reunidos en los campos próximos. No todos poseían fusiles. Algunos llevaban lanzas, machetes, trabucos o las armas que habían podido conseguir.
El 29 de marzo, Imbert ordenó a Pelletier salir con cuatrocientos hombres de infantería, que debían ser reforzados por cien jinetes de San Francisco de Macorís. El propósito inicial pudo ser establecer contacto con el enemigo o reconocer su marcha, pero el avance haitiano obligó a mantener esas fuerzas en las posiciones inmediatas de Santiago.
Fernando Valerio y los hombres de Sabana Iglesia quedaron en la avanzada del flanco izquierdo. Su papel sería importante durante el primer choque. La tradición los recuerda como los andulleros, denominación relacionada con los productores y trabajadores del tabaco elaborado en forma de andullo.
El término no debe llevar a imaginarlos como una unidad regular uniformada. Eran hombres procedentes de comunidades rurales, familiarizados con el terreno y movilizados bajo sus jefes locales. Algunos poseían fusiles; otros dependían de lanzas y machetes para el combate cercano.
Pierrot aparece frente a la ciudad
El 30 de marzo, cuando Pelletier se disponía a marchar con sus tropas, llegaron noticias de que el enemigo avanzaba sobre Santiago. Pierrot había ocultado parte de sus movimientos y dejado visibles grupos de merodeadores encargados de obtener víveres, intimidar a las poblaciones y confundir a los observadores dominicanos.
Imbert mantuvo el mando general desde las baterías y dejó a Pelletier la dirección inmediata de las tropas desplegadas en la sabana. El ejército haitiano apareció dividido en dos columnas de cerca de dos mil hombres cada una, según el parte dominicano.
La primera avanzó ordenadamente hacia la izquierda, precedida por caballería. Este era el punto más débil de la línea defensiva. Achille Michel solicitó refuerzos y Pelletier trasladó hacia allí parte de los hombres situados en el centro.
El movimiento produjo un momento de peligro. Otros soldados abandonaron espontáneamente la batería central para seguir a sus compañeros. Imbert tuvo que ordenar que fueran sustituidos de inmediato. Si Pierrot hubiera advertido el debilitamiento y atacado el centro en ese instante, la defensa habría quedado comprometida.
Este episodio demuestra que las fuerzas dominicanas no actuaron con la disciplina de un ejército veterano. Existían entusiasmo y voluntad de combatir, pero también movimientos impulsivos que podían desorganizar el dispositivo. La función de los mandos consistió precisamente en contener esos impulsos y mantener ocupadas las posiciones esenciales.
La carga de Fernando Valerio y los andulleros
El primer choque ocurrió en el flanco izquierdo. Los dominicanos abrieron fuego de fusilería y luego se enfrentaron a corta distancia con los hombres de la columna haitiana.
Imbert escribió:
“Seguidamente los nuestros se vinieron a las manos con el enemigo: principió una fusilería bastante viva, y el enemigo se atemorizó y retrocedió, quedando algunos de ellos muertos por nuestras lanzas y machetes”.
Esta fase se relaciona con la carga encabezada por Fernando Valerio. El combate con armas blancas está confirmado por el parte, pero debe colocarse en su proporción real. No fue una masa de hombres armados únicamente con machetes la que derrotó por sí sola al ejército de Pierrot.
La fusilería comenzó antes o simultáneamente con el choque, y la retirada inicial fue seguida por nuevos ataques haitianos. La denominada carga de los andulleros constituyó una acción importante en el flanco izquierdo, sostuvo el punto más amenazado y contribuyó a quebrar el impulso inicial del enemigo, pero la batalla todavía estaba lejos de terminar.
La historiografía conmemorativa convirtió posteriormente el machete en símbolo principal de la victoria. Era una imagen poderosa: agricultores y tabaqueros venciendo con sus instrumentos de trabajo a un ejército superior. Sin embargo, el propio documento de Imbert indica que la artillería y los fusiles causaron la mayor destrucción.
Reconocerlo no disminuye el valor de Valerio ni de sus hombres. Al contrario, permite apreciar mejor lo que hicieron: resistieron una columna organizada, sostuvieron el flanco débil y combatieron a corta distancia mientras los mandos reorganizaban la línea.
La artillería detiene las columnas
Después del primer retroceso, las fuerzas haitianas volvieron al ataque. La artillería dominicana comenzó entonces a actuar contra las formaciones cerradas. La caballería que precedía a la columna abandonó el campo y no volvió a intervenir durante la jornada.
Los atacantes se reorganizaron y avanzaron nuevamente a paso de carga. Las piezas dominicanas dispararon contra ellos desde posiciones superiores. La metralla convertía el cañón en una enorme escopeta: en lugar de lanzar un solo proyectil, despedía numerosas bolas o fragmentos capaces de abrir claros en una formación compacta.
Al no conseguir romper la izquierda, Pierrot concentró sus fuerzas y atacó la derecha. Allí se encontraba la pieza de mayor calibre. Algunos soldados haitianos alcanzaron las inmediaciones de la batería, donde fueron abatidos por los fusileros.
Los ataques se repitieron. Imbert señaló que el enemigo regresó varias veces “en buen orden”, una expresión significativa porque reconoce la capacidad de reorganización de las tropas de Pierrot. La victoria dominicana no se produjo frente a una fuerza que huyó después de la primera descarga.
En el último esfuerzo, los haitianos avanzaron en columna cerrada. Los artilleros permitieron que se aproximaran. Entonces la pieza de la derecha disparó metralla contra el centro de la formación; la batería izquierda hizo lo mismo.
Según el parte de Imbert, el efecto abrió “un claro espantoso” y destruyó la cabeza de la columna. Los sobrevivientes que continuaron avanzando fueron alcanzados por el fuego de fusilería. Después de ese golpe, Pierrot suspendió las tentativas de asalto.
La batalla había sido decidida por la combinación de tres elementos: el terreno elevado, el fuego de artillería contra formaciones compactas y la infantería colocada en los atrincheramientos. Edwin Espinal Hernández observa que los cañones cargados con metralla y la fusilería “a tiro de fusil” fueron las armas determinantes.
Juana Saltitopa y el agua de los cañones
La memoria de la batalla conserva la figura de Juana de la Merced Trinidad, conocida como Juana Saltitopa. La tradición la presenta llevando agua desde el río Yaque para refrescar los cañones durante el combate y atender a los soldados.
El agua era indispensable. Después de cada descarga era necesario limpiar el interior de las piezas y reducir su temperatura antes de introducir una nueva carga de pólvora. Sin esas operaciones, los residuos encendidos podían provocar una explosión prematura.
La participación de Saltitopa y otras mujeres en las tareas de abastecimiento resulta verosímil y forma parte de una tradición histórica persistente. Lo que debe revisarse es la imagen de viajes continuos hasta el río bajo el fuego enemigo.
Las baterías estaban situadas a una distancia considerable de los puntos donde normalmente se recogía agua. El descenso y ascenso por las cuestas próximas al Yaque habría requerido demasiado tiempo. Una interpretación más razonable es que Imbert ordenara almacenar el líquido antes de comenzar el combate y que Saltitopa y sus compañeras se ocuparan de distribuirlo entre las piezas y los soldados.
De esta manera, su contribución no desaparece; se integra en la preparación logística de la batalla. La defensa no dependía solamente de quienes disparaban. También requería personas que transportaran agua, municiones, alimentos y mensajes entre las posiciones.
Cinco horas de combate
Imbert afirmó que el enfrentamiento comenzó a las doce y se prolongó hasta las cinco de la tarde. Durante esas horas, Pierrot probó diferentes puntos de la línea sin conseguir quebrarla.
La duración contradice la representación de la batalla como una sola carga espectacular. Hubo avances, retrocesos, reorganización de columnas, traslado de refuerzos, descargas de artillería y periodos de fusilería intensa.
Al final de la tarde, el comandante haitiano envió un parlamentario. Pelletier salió a encontrarse con él en medio de la sabana. Las conversaciones revelaron que Pierrot poseía informaciones confusas sobre lo ocurrido el 19 de marzo en Azua.
La tradición posterior sostiene que los dominicanos le hicieron creer que Charles Hérard había muerto y que se abría una lucha por el poder en Haití. El parte de Imbert no presenta el episodio exactamente de esa manera. Señala que el parlamentario proporcionó noticias sobre Azua y que los haitianos dejaron entender la posibilidad de que el Norte de Haití se apartara del Sur y tratara con la República Dominicana.
Como se aproximaba la noche, ambas partes acordaron suspender las hostilidades y continuar las conversaciones al amanecer. La tregua permitió a Pierrot evaluar su situación: no había conseguido tomar las posiciones, sus tropas habían sufrido pérdidas y circulaban rumores sobre fuerzas dominicanas que amenazaban su retaguardia.
La retirada de Pierrot
En la mañana del 31 de marzo, Pierrot comunicó que se retiraría y solicitó garantías de que no sería perseguido directamente por las fuerzas de Santiago. Sin embargo, antes de recibir la respuesta completa ya había iniciado la marcha.
Los haitianos abandonaron calderos, tambores, víveres y otros objetos. La rapidez de la retirada muestra que Pierrot temía quedar atrapado entre las fuerzas de Santiago y los contingentes que se movilizaban desde Puerto Plata y la Sierra.
Imbert no persiguió inmediatamente con el grueso de las tropas de la ciudad. Esta decisión podía responder a la necesidad de mantener las posiciones y evitar una emboscada. La victoria todavía era reciente y los dominicanos desconocían si el repliegue encubría una nueva maniobra.
Las fuerzas serranas sí hostigaron a los haitianos en diferentes puntos del camino. Imbert informó que la columna fue atacada durante su retirada. Una comunicación posterior del corregidor de San Francisco de Macorís atribuyó a los comandantes Francisco Caba y Bartolo Mejía una acción contra los restos del ejército entre Guayubín y Talanquera.
La batalla, por consiguiente, no terminó completamente en la sabana de Santiago. La derrota se convirtió en una retirada castigada a través de un territorio hostil, donde grupos locales conocían los caminos y podían atacar columnas cansadas y dispersas.
Las cifras de muertos y heridos
El parte dominicano atribuyó al ejército haitiano no menos de seiscientos muertos y afirmó que la cantidad de heridos debía ser todavía mayor. También aseguró que los dominicanos no tuvieron un solo muerto ni herido.
Ambas afirmaciones deben tratarse con cautela. Imbert escribía un informe de victoria dirigido al gobierno de una República recién formada. Los partes militares suelen exagerar las pérdidas enemigas, minimizar las propias y fortalecer la moral pública.
La concentración de metralla sobre columnas cerradas hace creíble que las fuerzas haitianas sufrieran bajas considerables. Sin embargo, no existen registros independientes suficientemente completos para confirmar la cifra exacta de seiscientos muertos.
La ausencia total de bajas dominicanas resulta aún más difícil de aceptar en un combate de cinco horas que incluyó fusilería y lucha cercana. Edwin Espinal Hernández señala que negar las bajas propias también podía formar parte de la comunicación militar.
La conclusión segura no depende de aceptar literalmente los números: Pierrot sufrió pérdidas suficientes para renunciar al asalto y retirarse, mientras los dominicanos conservaron sus posiciones y la ciudad.
Una victoria de Santiago y del Cibao
José María Imbert ejerció el mando principal y su planificación fue decisiva. Pelletier dirigió las tropas de la sabana; Achille Michel reforzó el flanco izquierdo; Fernando Valerio y los hombres de Sabana Iglesia enfrentaron el primer ataque; José María López estuvo relacionado con el servicio de la artillería; Ángel Reyes, Toribio Ramírez, Román Franco Bidó, José Desiderio Valverde y otros oficiales participaron en la organización de unidades, pertrechos y posiciones.
Pero la victoria no pertenece únicamente a una lista de jefes. Santiago pudo resistir porque La Vega, Moca, San Francisco de Macorís, San José de las Matas, Sabana Iglesia y otras comunidades habían enviado hombres y recursos.
Los comerciantes financiaron compras; los artesanos repararon armas; las familias prepararon alimentos; las mujeres transportaron agua y municiones; los campesinos entregaron animales y abandonaron temporalmente sus labores; los mensajeros mantuvieron comunicación entre pueblos separados por caminos difíciles.
La batalla transformó esa movilización en una defensa común. Los contingentes conservaban sus identidades locales, pero combatieron bajo la bandera de un Estado que apenas comenzaba a organizarse.
Lo que decidió el 30 de marzo
La derrota de Pierrot impidió que Haití recuperara el control del Cibao durante la primera campaña de 1844. Santiago permaneció en manos dominicanas, Puerto Plata no quedó aislada y la frontera Norte pudo ser reorganizada después de la retirada.
La victoria también tuvo un efecto político. Hasta ese momento, la República era una proclamación cuya supervivencia permanecía incierta. Las batallas de Azua y Santiago demostraron que las poblaciones dominicanas podían sostener militarmente la Separación.
Esto no significó el final de la guerra. Haití emprendería nuevas campañas y la República tendría que mantener durante años una proporción extraordinaria de sus recursos dedicada a la defensa. Tampoco eliminó las divisiones internas. Una vez reducido el peligro inmediato, reaparecieron disputas entre trinitarios, conservadores, partidarios del protectorado francés, autoridades locales y jefes militares.
Sin embargo, el 30 de marzo estableció una realidad difícil de revertir. Santiago no solo había proclamado su adhesión a la República: había rechazado al ejército enviado para destruirla.
La memoria popular conservó machetes, cargas heroicas y escenas milagrosas. La documentación revela una historia más compleja y no menos admirable: una ciudad temerosa, recursos escasos, armas defectuosas, mandos discutidos y tropas improvisadas que supieron utilizar tres cañones, posiciones elevadas y una red regional de apoyo para detener a una fuerza superior.
La República sobrevivió en Santiago porque la voluntad política expresada el 6 de marzo fue convertida, durante las semanas siguientes, en organización militar. El 30 de marzo, aquella preparación encontró su prueba definitiva.
Referencias y bibliografía
- García, José Gabriel. Compendio de la historia de Santo Domingo.
- García, José Gabriel. Guerra de la separación dominicana: documentos para su historia.
- Imbert, José María. “Relación de la Batalla del 30 de marzo”, Santiago, 5 de abril de 1844.
- Llenas, Alejandro. “El movimiento de independencia en Santiago”, en Apuntes históricos sobre Santo Domingo. Archivo General de la Nación, 2007.
- Rodríguez Demorizi, Emilio. Guerra dominico-haitiana: documentos para su estudio. Academia Militar Batalla de Las Carreras, 1957.
- Rodríguez Demorizi, Emilio. Hojas de servicio del Ejército dominicano, 1844-1865.
- Sociedad Amantes de la Luz. Certamen de La Trinitaria: Contribución de Santiago a la obra de la Independencia. Santiago, 1938.
- Tejada, Adriano Miguel. Diario de la Independencia. Colección del Sesquicentenario de la Independencia Nacional, Santo Domingo, 1994.
