La precaria red asistencial organizada por España en el territorio dominicano entre 1863 y 1865
Crónicas de Hispaniola
La Guerra de la Restauración no se libró únicamente en campos de batalla, fortalezas, caminos y poblaciones disputadas. También se desarrolló dentro de antiguos conventos, iglesias inconclusas, sacristías, casas particulares y bohíos convertidos apresuradamente en hospitales.
A medida que la insurrección dominicana se extendía y las tropas españolas sufrían bajas por combate, fiebre amarilla, disentería, fiebres intermitentes y otras enfermedades, la administración militar intentó organizar una red sanitaria capaz de atender a miles de hombres distribuidos por un territorio difícil de comunicar.
Sobre el papel, aquella red incluía hospitales, enfermerías, médicos, farmacéuticos, practicantes y almacenes de medicamentos. En la práctica, funcionó con escasez de personal, instalaciones improvisadas, falta de camas, transporte deficiente y una creciente concentración de enfermos en la ciudad de Santo Domingo.
La documentación examinada por la historiadora María Magdalena Guerrero Cano permite reconstruir esa infraestructura sanitaria y observar hasta qué punto sus limitaciones formaron parte del fracaso de la ocupación española.
Una red sanitaria concebida para una guerra que se extendía
Cuando España reincorporó Santo Domingo a su soberanía en 1861, las autoridades militares debieron organizar servicios médicos para las guarniciones distribuidas por el país. La situación cambió radicalmente después del levantamiento restaurador de 1863.
La guerra amplió las necesidades sanitarias. Ya no bastaba con atender enfermedades ordinarias de guarnición. Los hospitales debían recibir:
- Soldados heridos en combate.
- Enfermos afectados por fiebres y trastornos gastrointestinales.
- Tropas debilitadas por marchas y guardias prolongadas.
- Convalecientes enviados desde posiciones aisladas.
- Pacientes en espera de evacuación hacia Cuba, Puerto Rico o España.
El proyecto inicial contemplaba trece establecimientos hospitalarios. Dos estarían situados en Santo Domingo —el Hospital Central y el Provincial— y los demás se distribuirían por San Carlos, Baní, Samaná, Santiago, Puerto Plata, Concepción de La Vega, Moca, Guayubín, Azua, San Juan de la Maguana y Las Matas de Farfán.
Aquella planificación respondía a la necesidad de cubrir las principales zonas ocupadas por el ejército español. Sin embargo, la evolución de la guerra modificó continuamente el sistema. Algunas ciudades fueron abandonadas, incendiadas, recuperadas o convertidas en puntos militares temporales. Los hospitales desaparecían, se trasladaban o volvían a abrir según las operaciones.
La red sanitaria nunca funcionó como una estructura fija. Fue una organización móvil, vulnerable y subordinada a los cambios del frente.
La insuficiente dotación médica
El Cuerpo de Sanidad Militar contaba teóricamente con una compañía dividida en varias secciones, con un total de 130 sanitarios. Sin embargo, la distribución real de médicos y farmacéuticos muestra una cobertura mucho más limitada.
Según el informe reproducido por Guerrero Cano, el Hospital de Santo Domingo disponía de:
- Dos médicos mayores.
- Dos primeros ayudantes.
- Un farmacéutico.
El Hospital de Santiago contaba con:
- Un médico mayor.
- Un farmacéutico provisional.
Puerto Plata tenía un primer ayudante médico; Samaná, un médico provisional; Azua, un primer ayudante; y Baní dependía del oficial médico del batallón allí destinado.
Las enfermerías de La Vega y Moca disponían de un ayudante médico o un facultativo provisional. En Guayubín, Sabaneta, Las Matas y Neyba la atención podía quedar en manos de un practicante aparatista.
Este reparto revela que numerosas posiciones carecían de médicos titulados permanentes. Un solo facultativo podía tener que atender a centenares de hombres, trasladarse entre poblaciones o acompañar enfermos evacuados por mar.
La guerra agravaba continuamente esa insuficiencia. Cuando un médico era destinado a otra localidad, la plaza que dejaba podía quedar vacante. Cuando acompañaba un transporte de enfermos hacia Cuba o Puerto Rico, disminuía la capacidad del hospital de origen. Cuando una población era ocupada por los restauradores, el personal sanitario podía quedar aislado o prisionero.
Los informes de 1864 contienen solicitudes continuas de nuevos oficiales, suboficiales, practicantes y empleados de sanidad. Las Reales Órdenes intentaban cubrir plazas vacantes, pero la llegada de personal no siempre compensaba el crecimiento del número de enfermos.
La diferencia entre el hospital proyectado y el hospital real
El término “hospital” puede inducir a imaginar edificios especializados, con salas separadas, ventilación, botica, cocina, almacenes y camas suficientes. Esa imagen no corresponde a muchos de los establecimientos que funcionaron durante la guerra.
En numerosas localidades, las enfermerías fueron instaladas en bohíos deteriorados y construcciones sin condiciones higiénicas. La botica ocupaba cualquier espacio que no estuviera utilizado por un paciente. Los enfermos podían compartir camas o permanecer directamente sobre el suelo.
La precariedad no se limitaba a los puntos rurales. Incluso el Hospital Militar de Santo Domingo ocupaba un antiguo convento y disponía de pocas habitaciones para la farmacia y otras dependencias.
Las instalaciones sanitarias debían adaptarse rápidamente a edificios concebidos para otros fines. Iglesias, sacristías, viviendas y almacenes se transformaban en salas de hospitalización. La ventilación, la limpieza, el abastecimiento de agua y la eliminación de residuos quedaban condicionados por la arquitectura existente.
En algunos lugares, las enfermerías eran simples extensiones de los campamentos. No existía una separación efectiva entre soldados sanos, enfermos y convalecientes.
“En muchos casos en las enfermerías había dos enfermos en cada catre y algunos en el suelo” (p. 321).
La frase resume una crisis que no dependía únicamente de la falta de edificios. También faltaban colchones, mantas, catres, utensilios, medicamentos, alimentos apropiados y personal para cuidar a los pacientes.
Santo Domingo: el gran hospital de la ocupación
La ciudad de Santo Domingo se convirtió en el principal centro sanitario del ejército español.
El Hospital Militar, instalado en un antiguo convento, tenía capacidad aproximada para doscientos enfermos. Esa cifra resultó insuficiente cuando la capital comenzó a recibir pacientes procedentes de otras poblaciones, campamentos y hospitales.
La ciudad funcionaba como punto de concentración por varias razones:
- Era el principal centro administrativo español.
- Disponía de puerto.
- Permitía organizar embarques hacia Cuba y Puerto Rico.
- Contaba con mayor presencia de médicos y farmacéuticos.
- Recibía enfermos graves o convalecientes enviados desde el interior.
Ante la saturación del hospital principal, se habilitaron cinco iglesias y entre diez y doce casas. La autora señala que estos inmuebles carecían de condiciones adecuadas para alojar enfermos.
La expansión improvisada del sistema sanitario dentro de la ciudad alteró el uso de los edificios y aumentó la presión sobre los servicios urbanos. Cada nuevo local requería camas, agua, alimentos, vigilancia, limpieza y personal.
Las enfermedades más frecuentes en la capital eran las fiebres intermitentes y las afecciones gastrointestinales, algunas de las cuales evolucionaban hacia cuadros descritos como fiebres gástricas.
La mortalidad directa de ciertas enfermedades podía parecer moderada, pero las estadísticas de Santo Domingo estaban condicionadas por la recepción de pacientes graves procedentes de otras localidades. El hospital central no representaba únicamente la situación sanitaria de la ciudad: concentraba la crisis de buena parte del territorio ocupado.
Santiago de los Caballeros: un hospital dentro de una ciudad destruida
Santiago fue uno de los principales escenarios de la guerra durante 1863. La ciudad carecía de cuarteles y hospitales adecuados, por lo que se construyó un gran bohío destinado a la atención de enfermos.
La instalación podía albergar aproximadamente sesenta pacientes, aunque no disponía de todas las dependencias necesarias.
El abastecimiento de agua representaba una ventaja relativa. La documentación consideraba buenas y puras las aguas tomadas del río Yaque. Las enfermedades predominantes eran las fiebres intermitentes y algunos casos de disentería.
El estudio atribuye al hospital una mortalidad aproximada del 0.5 %, notablemente inferior a la registrada en otros puntos. Sin embargo, esa cifra debe interpretarse con prudencia. La capacidad reducida del establecimiento, los traslados y la evolución de la ocupación de la ciudad pudieron influir sobre el registro.
Cuando las fuerzas restauradoras ocuparon Santiago, el hospital fue desalojado. Algunos enfermos no podían ser trasladados por la gravedad de su estado. Quedaron bajo el cuidado de un pequeño grupo sanitario compuesto por:
- El médico mayor Eusebio Gascón, director del hospital.
- El primer ayudante Francisco Ferrari.
- El farmacéutico Pedro Maceo.
- Los practicantes José Mora y José Trujillo.
Estos hombres quedaron prisioneros mientras atendían a los pacientes abandonados por el repliegue.
El episodio muestra uno de los dilemas de la sanidad militar: evacuar a los enfermos podía causarles la muerte durante el traslado, pero dejarlos atrás suponía entregar personal, medicamentos y pacientes al enemigo.
Puerto Plata: hospitales tras la destrucción de la ciudad
Puerto Plata también fue destruida durante las operaciones de 1863. Las tropas españolas se replegaron al fuerte de San Felipe, donde levantaron barracones para instalar el campamento y el hospital.
El principal problema sanitario era el agua. Fue necesario abrir pozos, pero su calidad era deficiente. En consecuencia, se registraron:
- Disenterías.
- Diarreas.
- Cólicos.
- Fiebres intermitentes.
La mortalidad descrita por la fuente era relativamente baja, aunque las condiciones seguían siendo precarias.
Después de que las fuerzas españolas recuperaran la población, el hospital volvió a recibir numerosos enfermos y heridos. La concentración de tropas obligó a establecer otro hospital en Guanuma o Guanuna, atendido por un ayudante farmacéutico, mientras en Puerto Plata permanecía un médico mayor.
Los hospitales dependían de almacenes situados en Santa Cruz y Yabacao, donde también se organizaron enfermerías. Estos cuatro puntos recibieron atención preferente debido a su importancia estratégica y a las dificultades del transporte.
La sanidad se encontraba así integrada en una cadena logística:
- Los almacenes recibían o conservaban suministros.
- Las enfermerías atendían casos iniciales.
- Los hospitales concentraban a los pacientes de mayor gravedad.
- Los enfermos podían ser enviados a Santo Domingo.
- Desde la capital se organizaba su evacuación marítima.
Cada ruptura de esa cadena —una ruta cortada, un convoy atacado o un almacén perdido— afectaba directamente la capacidad médica.
Samaná: humedad, bosques y enfermedades
Samaná era considerada uno de los puntos más insalubres para las tropas españolas.
La elevada temperatura, la humedad constante, las lluvias frecuentes, la protección contra los vientos y la cercanía de bosques densos fueron señaladas como factores que favorecían las enfermedades.
Después de la Anexión, la guarnición fue trasladada al lugar llamado Flechas de Colón, considerado menos perjudicial. Sin embargo, continuaron presentándose fiebres intermitentes, disenterías y afecciones gastro-biliosas.
La mortalidad hospitalaria era estimada entre 3 % y 4 %.
La descripción de Samaná refleja la concepción médica de la época. Los informes atribuían las enfermedades a la humedad, la vegetación y los “miasmas”. Desde una perspectiva actual, habría que considerar también la proliferación de mosquitos, la calidad del agua, el saneamiento y el hacinamiento.
La documentación no permite convertir cada diagnóstico histórico en una enfermedad moderna específica, pero sí evidencia que Samaná representaba un ambiente difícil para unidades recién llegadas y mal aclimatadas.
Azua: el principal foco de disentería
Compostela de Azua carecía de un hospital bien acondicionado. Las autoridades tuvieron que utilizar edificios particulares.
Las condiciones ambientales y sanitarias eran descritas como desfavorables:
- Temperaturas elevadas.
- Agua cargada de sales.
- Materias vegetales y animales en las fuentes.
- Abastecimiento procedente de un río contaminado.
- Edificios inadecuados para hospitalización.
Las enfermedades más frecuentes eran las disenterías graves, las fiebres intermitentes y las afecciones gástricas.
La mortalidad se calculaba entre 4.5 % y 5 %, una de las más elevadas entre los hospitales permanentes examinados.
Las estadísticas de 1864 registran en Azua 837 entradas por disentería y 122 muertes. La cifra no refleja necesariamente toda la mortalidad local, porque muchos enfermos eran enviados a Santo Domingo.
El 4 de diciembre de 1863, la cantidad de enfermos y fallecidos por disentería crónica era considerada alarmante. Esto confirma que la crisis sanitaria estaba presente desde los primeros meses de la guerra.
Azua demuestra cómo la calidad del agua podía determinar la capacidad de una guarnición. Un ejército podía ocupar una población y controlar sus accesos, pero si no podía proporcionar agua segura, su posición continuaba siendo vulnerable.
Baní: un espacio para la recuperación
Baní fue considerada una localidad de buen clima. Allí se estableció una enfermería de recuperación que, según la documentación, produjo resultados favorables.
La mortalidad se situaba entre 2 % y 2.5 %. Se registraban fiebres intermitentes, algunas de ellas graves, pero las condiciones generales eran mejores que en Azua, Samaná, El Seibo o Hato Mayor.
La función de Baní dentro del sistema sanitario es importante. No todos los establecimientos tenían la misma misión. Algunos actuaban como hospitales de primera atención; otros concentraban enfermos graves; y ciertos puntos servían para la convalecencia.
Una enfermería de recuperación permitía retirar pacientes de establecimientos saturados y ofrecerles un ambiente considerado más favorable antes de regresar al servicio o ser evacuados.
Sin embargo, la presión militar reducía a menudo el tiempo de recuperación. Los soldados que mejoraban eran enviados nuevamente a sus unidades y podían recaer al volver a las mismas condiciones que habían causado la enfermedad.
Montecristi: aguas salobres y hospital tardío
Montecristi no disponía inicialmente de hospital. El establecimiento fue organizado después de la ocupación española de la población.
El clima era considerado malsano y el agua procedía de pozos salobres. Las enfermedades predominantes eran las fiebres intermitentes y las disenterías.
La mortalidad registrada alcanzaba aproximadamente el 3.77 %.
La importancia estratégica de Montecristi contrastaba con la debilidad de su infraestructura sanitaria. Su localización en el noroeste la convertía en un punto relevante para las comunicaciones marítimas y las operaciones militares, pero las condiciones de agua y clima aumentaban el desgaste de la guarnición.
Las estadísticas de disentería de 1864 registran allí 1,930 ingresos y catorce muertes. La baja mortalidad aparente frente al elevado número de entradas exige cautela: podían existir diferencias diagnósticas, traslados de pacientes o irregularidades en los registros.
El Seibo: una enfermería desbordada
Santa Cruz del Seibo presentó una de las situaciones más graves de toda la red sanitaria.
Los informes describían:
- Suelo arcilloso.
- Atmósfera húmeda.
- Vegetación abundante.
- Lagunas, cañadas y ríos.
- Fiebres intermitentes.
- Fiebres biliosas y tifoideas.
- Disenterías.
- Úlceras gangrenosas denominadas “rampanos”.
La situación se agravaba por el abastecimiento. El depósito de víveres se encontraba en Guaza, a ocho leguas de distancia. Era necesario organizar convoyes diarios, lo que obligaba a emplear soldados en marchas y servicios adicionales.
La enfermería tenía capacidad para 180 pacientes, pero llegó a resultar insuficiente. Los enfermos permanecían dentro de sus propias compañías cuando no encontraban espacio.
En determinado momento se reunieron 480 enfermos pertenecientes a tres batallones para pasar reconocimiento médico.
La mortalidad se estimaba en al menos 14 %. La autora advierte que el cálculo oficial de 272 fallecidos no reflejaba la realidad, porque muchos enfermos enviados a otros lugares murieron después del traslado.
El Seibo muestra cómo una posición militar podía quedar debilitada sin sufrir una gran derrota campal. Una guarnición con centenares de enfermos perdía capacidad para patrullar, escoltar convoyes, mantener puestos y responder a ataques.
Hato Mayor: enfermos sobre pieles y hierbas
La enfermería de Hato Mayor estaba distribuida entre la sacristía y otros dos o tres edificios, según las necesidades.
Muchos enfermos permanecían directamente sobre el suelo. Algunos disponían de camastros formados con pieles y hierbas secas.
Las enfermedades más frecuentes eran:
- Afecciones gástricas.
- Disenterías.
- Fiebres intermitentes.
- Fiebres tifoideas.
- Diarreas.
- Rampanos.
Las causas señaladas por los médicos incluían los malos alojamientos, las aguas contaminadas con materias vegetales y animales, la escasez de alimentos, la baja calidad de las raciones y el exceso de servicios.
El número registrado de fallecidos era de 253, equivalente aproximadamente al 14 % de los atendidos. La mortalidad real pudo ser mayor, pues muchos pacientes morían después de ser trasladados.
La situación de Hato Mayor confirma que el hospital no podía compensar las condiciones que enfermaban a la tropa. Curar a un soldado y devolverlo al mismo alojamiento, la misma agua y el mismo régimen de trabajo favorecía la recaída.
San Antonio de Guerra: una iglesia como enfermería
San Antonio de Guerra tenía una importancia estratégica particular. Era considerado una de las llaves del acceso hacia El Seibo y, por ello, recibió un número elevado de tropas.
La enfermería se instaló inicialmente en una iglesia inconclusa construida con ladrillo y barro. La población estaba rodeada por cuatro lagunas y carecía de agua pura, salvo cuando era filtrada.
El movimiento constante de las tropas, el alojamiento deficiente y las condiciones sanitarias provocaban numerosas bajas. Cada quince días se enviaban enfermos hacia Santo Domingo.
La iglesia resultó insuficiente y fue necesario habilitar bohíos viejos. Los pacientes dormían sobre yaguas; únicamente los más graves recibían un camastro.
Predominaban las afecciones gastrointestinales y las fiebres intermitentes.
El número de fallecidos registrado en el lugar parecía reducido, pero esto se debía a que numerosos enfermos eran evacuados hacia la capital antes de morir. La estadística local ocultaba parte del costo humano de la posición.
Enfermerías de campaña y puntos transitorios
Además de los hospitales relativamente permanentes, existieron numerosas enfermerías temporales en lugares donde se concentraban tropas.
La documentación menciona centros o puestos de atención en:
- Guaza.
- Macorís.
- Juan Dolio.
- Guanuna.
- Santa Cruz.
- Yabacao.
- Dajabón.
- La frontera haitiana.
- Otros campamentos y posiciones transitorias.
Después de los acontecimientos de febrero de 1863 se establecieron puntos de observación en la frontera con Haití. Los enfermos eran trasladados a la enfermería de Dajabón, instalada al llegar el verano.
Estos establecimientos podían desaparecer cuando la unidad se retiraba, cambiar de edificio o recibir un médico solamente durante una emergencia.
La red sanitaria seguía a las tropas, pero no siempre podía hacerlo con suficiente rapidez. El traslado de una guarnición podía ocurrir antes de que llegaran camas, medicamentos o personal.
Las enfermerías de campaña constituían la primera línea de atención. Allí se decidía si el enfermo podía regresar al servicio, debía permanecer en observación o necesitaba ser enviado a un hospital mayor.
Medicamentos sin transporte
La escasez de material no se debía únicamente a la falta de compras.
A principios de 1864, Andrés Alegret anunció una subasta pública para contratar durante un año el suministro de medicamentos destinados a hospitales, enfermerías y otras necesidades del ejército.
Esto demuestra que existían intentos administrativos de organizar el abastecimiento. El problema era trasladar los medicamentos desde los almacenes hasta los lugares donde se necesitaban.
Los caminos eran deficientes, la vegetación podía cubrirlos y las operaciones militares interrumpían las comunicaciones. En determinado momento, el cuerpo de sanidad solicitó al capitán general un par de acémilas para transportar personalmente los medicamentos.
La petición resulta reveladora. Una organización responsable de atender a miles de soldados dependía de conseguir dos animales de carga para mover sus suministros.
El medicamento almacenado en Santo Domingo o Puerto Plata tenía escaso valor para un enfermo situado en una posición del interior si no existían mulas, carretas, escoltas y caminos transitables.
La logística sanitaria era inseparable de la logística militar.
La botica de campaña
Las boticas militares debían suministrar quina, purgantes, preparados férricos, eméticos, cataplasmas y otros productos utilizados por la medicina del siglo XIX.
En los hospitales improvisados, la farmacia podía quedar instalada en cualquier rincón disponible. No siempre existían espacios adecuados para conservar sustancias sensibles a la humedad y el calor.
Los farmacéuticos y ayudantes tenían que preparar remedios, controlar inventarios y atender solicitudes procedentes de diferentes unidades. Cuando faltaba un farmacéutico, la botica podía quedar bajo responsabilidad provisional o depender de personal con menor formación.
Las necesidades crecieron cuando comenzaron las evacuaciones marítimas. Los barcos que transportaban enfermos también requerían botiquines. Esto obligaba a dividir materiales ya escasos entre hospitales terrestres y embarcaciones.
El traslado de medicamentos era tan importante como el de alimentos y municiones, pero las prioridades de una guerra activa podían dejar la sanidad en segundo plano.
El problema de las camas
La falta de catres aparece repetidamente en la documentación.
Dormir en el suelo no era solamente una incomodidad. Exponía al soldado a:
- Humedad.
- Barro.
- Insectos.
- Suciedad.
- Contaminación.
- Dificultad para descansar.
- Contacto estrecho con otros enfermos.
En los hospitales saturados, los hombres podían permanecer debajo de otros catres. En las enfermerías improvisadas se utilizaban yaguas, pieles, hierbas o tablas.
La carencia de camas también dificultaba la limpieza. Un catre podía retirarse, lavarse o cambiarse de posición; un enfermo tendido directamente sobre el suelo permanecía en contacto con el espacio donde se acumulaban barro, fluidos y residuos.
La sanidad militar española no colapsó solamente por falta de médicos. Faltaban los elementos básicos que permitían que el trabajo médico produjera resultados.
El testimonio de Santiago
Adriano López Morillo, oficial español herido durante la defensa de Santiago, dejó una descripción particularmente dura del hospital improvisado en el fuerte de San Luis.
“Todo faltaba; se carecía de víveres, de medicinas y de camas y, como dije ya, de agua” (p. 335).
El oficial describió un local con olor penetrante, numerosos hombres en el suelo, enfermos debajo de los catres, agonizantes y heridos que pedían agua.
El testimonio permite observar la diferencia entre la organización sanitaria descrita en los documentos administrativos y la experiencia concreta del paciente.
Un listado podía indicar que Santiago disponía de hospital, médico y farmacéutico. Pero esa información no explicaba:
- Cuántas camas estaban disponibles.
- Cuánta agua recibía cada paciente.
- Si existían vendajes suficientes.
- Cuántos hombres podían ser atendidos simultáneamente.
- Cuánto tiempo tardaban en llegar los medicamentos.
- Qué ocurría durante un sitio o un repliegue.
La historia institucional debe complementarse con testimonios que permitan conocer el funcionamiento real de los establecimientos.
Una red que multiplicaba los traslados
La estructura sanitaria dependía de una constante circulación de enfermos.
Un soldado podía seguir una ruta como esta:
- Enfermar en un campamento.
- Ser atendido en una enfermería provisional.
- Ser trasladado a un hospital regional.
- Ser enviado al Hospital de Santo Domingo.
- Permanecer en espera de embarque.
- Viajar hacia Cuba o Puerto Rico.
- Recuperarse y volver al servicio.
- Recaer después de regresar a Santo Domingo.
Cada etapa implicaba riesgos.
Los caminos podían agravar el estado del paciente. Las camillas eran escasas. El transporte en mulas o carretas era incómodo. Los barcos podían tardar días y carecer de espacio o ventilación adecuados.
Inicialmente se trasladaban enfermos de distinta gravedad. Después se decidió enviar solamente convalecientes, pues los pacientes graves corrían peligro de morir durante la travesía.
La evacuación tampoco significaba una baja definitiva. Muchos soldados debían recuperarse y volver a incorporarse al ejército en Santo Domingo. El sistema intentaba devolverlos al servicio, incluso cuando las condiciones que los habían enfermado seguían presentes.
La sanidad durante la retirada
A medida que el abandono español se hizo inminente, la administración comenzó a desmantelar la red sanitaria.
Las últimas disposiciones mencionadas en el estudio muestran la secuencia de la retirada:
- El 23 de marzo de 1865 se comunicó el destino del personal facultativo.
- El 1 de abril se dispuso trasladar personal sanitario a Santiago de Cuba en el vapor Europa.
- El 4 de junio se autorizó el transporte hacia La Habana de efectos pertenecientes al hospital.
- El 8 de julio se ordenó que los enfermos incapaces de embarcar quedaran bajo responsabilidad del Ayuntamiento dominicano.
La última medida es especialmente significativa. Al concluir la evacuación, algunos pacientes permanecían demasiado graves para ser trasladados. España retiró personal y materiales, mientras los enfermos restantes eran entregados a las autoridades locales.
La red sanitaria que había acompañado la ocupación desaparecía junto con ella.
Una infraestructura de ocupación
Los hospitales y enfermerías no fueron instituciones neutrales separadas de la guerra. Formaban parte de la infraestructura necesaria para sostener la presencia española.
Cada hospital permitía mantener guarniciones, recuperar soldados y prolongar operaciones. Cada enfermería situada en un punto estratégico facilitaba la ocupación de una ruta o población.
Cuando la red sanitaria fallaba, disminuía la capacidad militar. Una guarnición con decenas o centenares de enfermos necesitaba más alimentos, transporte, vigilancia y personal. Al mismo tiempo, disponía de menos hombres capaces de combatir.
El sistema asistencial consumía recursos que debían llegar por mar y distribuirse por caminos inseguros. El ejército necesitaba proteger no solo municiones y víveres, sino también medicamentos, camillas, médicos y convoyes de enfermos.
La Guerra de la Restauración convirtió la sanidad en un frente logístico permanente.
Más enfermos que heridos
A finales de 1864, los hospitales españoles registraban:
| Clasificación | Internados |
|---|---|
| Fiebre amarilla | 31 |
| Medicina general | 1,716 |
| Heridos | 44 |
| Cirugía general | 383 |
| Total | 2,174 |
Las cifras muestran que la mayoría de los pacientes no estaba hospitalizada por heridas directas de combate.
A principios de 1865 se contabilizaban 2,145 enfermos frente a solo 32 heridos. Aunque estas estadísticas representan momentos concretos y deben interpretarse con cuidado, revelan el peso de la enfermedad sobre la estructura militar.
Los hospitales no eran principalmente centros de cirugía de guerra. Eran espacios destinados a tratar fiebres, disenterías, afecciones gastrointestinales, úlceras, debilidad crónica y recaídas.
Esto explica por qué el sistema terminó saturado incluso en periodos sin grandes batallas.
Los límites de las estadísticas hospitalarias
Las cifras disponibles no deben leerse como registros completos.
La autora advierte varios problemas:
- Los enfermos eran trasladados entre hospitales.
- Algunos fallecían lejos del lugar donde habían enfermado.
- Las poblaciones sin hospital no producían estadísticas regulares.
- Los establecimientos transitorios podían no conservar registros.
- Los enfermos dominicanos no siempre ingresaban en hospitales militares.
- Algunos pacientes morían durante las travesías.
- Las cifras podían reflejar el hospital de destino, no el origen de la enfermedad.
Por ejemplo, la mortalidad registrada en Santo Domingo podía aumentar porque recibía enfermos graves procedentes de Azua, El Seibo o Hato Mayor. Al mismo tiempo, esas localidades podían mostrar una mortalidad artificialmente menor.
La ausencia de datos no significa ausencia de enfermedad. En la provincia de El Seibo no existía una estadística completa de los rampanos porque no había un hospital capaz de producir registros sistemáticos.
Las tablas son valiosas, pero deben analizarse junto con informes, cartas y testimonios.
El personal sanitario entre el deber y la escasez
Médicos, farmacéuticos y practicantes trabajaron en condiciones difíciles. La precariedad del sistema no debe atribuirse automáticamente a negligencia individual.
Los informes muestran intentos de:
- Contratar medicamentos.
- Cubrir plazas vacantes.
- Redistribuir médicos.
- Abrir nuevos hospitales.
- Habilitar edificios.
- Trasladar enfermos.
- Equipar embarcaciones.
- Solicitar animales de carga.
- Establecer puntos de recuperación.
Sin embargo, estos esfuerzos se enfrentaban a una guerra que aumentaba continuamente el número de pacientes y alteraba las comunicaciones.
El médico podía diagnosticar y prescribir, pero no podía garantizar agua limpia, descanso, alimentos o camas. El farmacéutico podía preparar remedios, pero no asegurar que llegaran al campamento. El practicante podía atender heridas, pero no evitar que el paciente regresara prematuramente al servicio.
La crisis sanitaria fue institucional y logística, no simplemente médica.
La red de hospitales y enfermerías establecida por España durante la Guerra de la Restauración fue extensa, pero insuficiente.
Se extendía desde Santo Domingo hasta Santiago, Puerto Plata, Samaná, Azua, Baní, Montecristi, El Seibo, Hato Mayor y numerosos campamentos. Sin embargo, muchos de sus establecimientos eran improvisados, carecían de personal permanente y dependían de comunicaciones inseguras.
La falta de camas, agua potable, alimentos adecuados, medicamentos y transporte convirtió enfermedades tratables en dolencias prolongadas o mortales. Los traslados hacia la capital y posteriormente hacia Cuba y Puerto Rico aliviaban temporalmente algunos hospitales, pero debilitaban otros al consumir barcos, médicos y botiquines.
La sanidad militar no fue un aspecto secundario de la guerra. Constituyó una de las bases materiales de la ocupación y, al mismo tiempo, una de sus principales debilidades.
España podía enviar nuevos batallones, pero debía alimentarlos, alojarlos, curarlos y reemplazar a quienes enfermaban. La resistencia restauradora, el territorio y las fallas logísticas impidieron que esa estructura funcionara de manera estable.
Los hospitales improvisados de la Restauración muestran una verdad fundamental: un ejército no conserva el territorio solamente con armas. También necesita caminos, agua, alimentos, descanso, medicinas y una red sanitaria capaz de mantener vivos y operativos a sus hombres.
Cuando esa red comenzó a colapsar, la ocupación española perdió una parte esencial de su capacidad para continuar la guerra.
Referencias y bibliografía
Fuente principal
Guerrero Cano, María Magdalena. Aspectos Sanitarios Durante La Segunda Independencia De Santo Domingo. Su Repercusión En Andalucía. En Actas de las V Jornadas de Andalucía y América, pp. 315-341.
Fuentes y obras citadas por la autora
López Morillo, Adriano. Memorias sobre la segunda reincorporación de Santo Domingo a España. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1983.
Rodríguez Demorizi, Emilio. Diario de la guerra dominico-española de 1863-1865. Santo Domingo: Editora del Caribe, 1963.
García Lluberes, Alcides. “Archivo de la Restauración. Un copiador de oficios del Ministerio de la Guerra”. Clío, núm. 133, 1958.
Archivo General de Indias. Sección Cuba, legajos 957, 964 B, 965 A, 969, 981, 1010 A y 1014 A, según las referencias utilizadas en el estudio.
Ferrer, Diego. “La medicina preventiva en los ejércitos expedicionarios a Indias”. En Actas del IV Congreso Español de Historia de la Medicina. Granada, 1975.
