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De La Reforma a la Separación: Santiago Antes de Febrero de 1844

Posted on julio 24, 2026julio 24, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en De La Reforma a la Separación: Santiago Antes de Febrero de 1844

Crónicas de Hispaniola

En marzo de 1843, las calles de Santiago fueron escenario de una movilización contra el gobierno de Jean-Pierre Boyer. Los participantes salieron con banderas, música y vivas a la libertad, mientras las autoridades militares intentaban conservar el control de la ciudad. Aquel movimiento todavía no proclamaba la creación de una República Dominicana, pero abrió un espacio político que los partidarios de la separación supieron aprovechar.

La Independencia no llegó al Cibao como una noticia repentina transmitida después del 27 de febrero de 1844. Durante los meses anteriores, Santiago, La Vega, Moca, Puerto Plata, San Francisco de Macorís y otras poblaciones habían sido recorridas por emisarios, manifiestos y rumores. En viviendas particulares, comercios, parroquias, ayuntamientos y cuerpos de la Guardia Nacional se formaron relaciones que permitirían transformar el descontento contra Boyer en un movimiento dirigido a separar la antigua parte española del Estado haitiano.

La caída de Boyer y la oportunidad reformista

Jean-Pierre Boyer gobernaba toda la isla desde 1822. Su prolongado régimen había acumulado opositores tanto en el Oeste como en el Este: liberales haitianos contrarios al autoritarismo presidencial, propietarios y comerciantes afectados por las políticas económicas, militares desplazados y grupos dominicanos que aspiraban a recuperar su autonomía política.

La oposición organizada tomó forma alrededor del movimiento conocido como La Reforma, iniciado en el Sur de Haití y encabezado por Charles Rivière Hérard. Su propósito inmediato era derribar a Boyer y establecer un gobierno constitucional. Los trinitarios comprendieron que la crisis ofrecía una oportunidad: podían colaborar temporalmente con los reformistas para debilitar al régimen, ampliar sus contactos y colocar a sus partidarios en los nuevos organismos políticos.

Ramón Matías Mella desempeñó una función importante en esa alianza. Enviado a establecer contacto con dirigentes reformistas haitianos, logró contribuir a la coordinación de los grupos que se oponían a Boyer. Después de la renuncia de este, en marzo de 1843, los seguidores de Duarte participaron en la formación de juntas populares y adquirieron una presencia política que hasta entonces habían ejercido principalmente desde la clandestinidad. Los acuerdos concretos entre trinitarios y reformistas no se conocen en todos sus detalles, por lo que debe distinguirse la cooperación comprobada de las reconstrucciones posteriores. Welnel Darío Féliz, “Vicisitudes de la Independencia dominicana”.

La Reforma no significaba todavía la Separación. Para los liberales haitianos era una revolución contra Boyer dentro del Estado haitiano; para los trinitarios era una etapa que podía facilitar la creación de un Estado independiente. La alianza comenzó a debilitarse tan pronto como aquella diferencia de propósitos se hizo evidente.

La Reforma llega a Santiago

En Santiago, el movimiento contra las autoridades boyeristas fue impulsado por hombres que más tarde aparecerían vinculados a la causa dominicana. Emilio Rodríguez Demorizi menciona, entre otros, a Ezequiel Guerrero, Narciso Román, Sebastián Valverde, José Desiderio Valverde, Román Franco Bidó y Juan Luis Franco Bidó.

La presencia de estos nombres demuestra que la participación santiaguera de 1844 no surgió de una improvisación militar. Algunos de quienes organizarían hombres, armas, caballos y recursos durante la Independencia habían adquirido experiencia política en las jornadas reformistas del año anterior.

El coronel Juan Núñez Blanco, comandante de armas y antiguo partidario de la integración política con Haití, intentó mantener el control de la plaza. También intervino el general haitiano Carrié, quien acudió a la fortaleza San Luis y procuró dispersar a los manifestantes. Sin embargo, el derrumbe del gobierno de Boyer hizo imposible restablecer indefinidamente el antiguo orden.

El triunfo reformista produjo la instalación de nuevas juntas y abrió la vida pública a grupos que habían permanecido excluidos o vigilados. Las calles, las corporaciones municipales y la Guardia Nacional se convirtieron en espacios de disputa. El lenguaje empleado era todavía el de la Reforma —libertad, oposición al despotismo y regeneración política—, pero dentro de ese movimiento comenzaba a desarrollarse una causa distinta.

De aliados a adversarios

Los partidarios de Duarte aprovecharon la reorganización política para ampliar su propaganda. Las elecciones celebradas durante 1843 mostraron que los independentistas habían adquirido una influencia que inquietaba a las autoridades haitianas. En Santo Domingo, sus seguidores reclamaron que los documentos públicos fueran redactados en español y que se respetaran la religión, las costumbres y la igualdad de los habitantes sin distinción de origen o color.

Aquellas demandas no constituían por sí solas una declaración de independencia, pero revelaban la existencia de una comunidad que reclamaba personalidad política propia. La cuestión ya no era únicamente quién debía gobernar Haití, sino si las poblaciones del Este debían continuar formando parte de aquel Estado.

Cuando Charles Hérard comprendió que la cooperación dominicana con la Reforma ocultaba un proyecto separatista, la alianza quedó rota. El nuevo gobernante emprendió en el verano de 1843 una visita militar e intimidatoria por la parte oriental de la isla. Su recorrido comenzó por la región fronteriza y avanzó por las poblaciones del Cibao, ordenando detenciones e interrogatorios contra quienes eran señalados como partidarios de la separación.

La expedición de Hérard al Cibao

La visita presidencial tuvo dos propósitos relacionados: afirmar la autoridad del nuevo gobierno y desarticular las redes separatistas. Hérard no se enfrentaba solamente a una organización secreta localizada en Santo Domingo. Los contactos trinitarios habían alcanzado poblaciones, familias, sacerdotes, funcionarios municipales y oficiales de la Guardia Nacional.

Entre los perseguidos figuró Rafael Servando Rodríguez, cuya actuación política despertó la vigilancia de las autoridades. Los testimonios conservados alrededor de su caso muestran el empleo de amenazas y presiones para obtener declaraciones contra los sospechosos. La intervención de Ignacio Contreras y la declaración de Ruvecindo Betances permiten observar el funcionamiento concreto de aquella represión: interrogatorios, acusaciones, retractaciones y gestiones dirigidas a impedir que un testimonio obtenido bajo coacción sirviera para condenar a un acusado.

Este expediente resulta importante porque devuelve el proceso separatista a su dimensión humana. La conspiración no estuvo compuesta únicamente por reuniones heroicas y discursos patrióticos. Sus participantes afrontaron vigilancia, prisión, pérdida de empleos, amenazas contra sus familias y el peligro de ser trasladados lejos de sus comunidades.

La persecución alcanzó también a Ramón Matías Mella. Fue apresado en Cotuí el 12 de julio de 1843, trasladado sucesivamente a San Francisco de Macorís y Puerto Plata y finalmente conducido a Puerto Príncipe. En San Francisco de Macorís, las autoridades descubrieron en casa del presbítero Salvador de Peña una bandera haitiana con una inscripción contra el gobierno y un manifiesto que llamaba a la sublevación. En Cotuí fueron destruidas actas municipales relacionadas con la conspiración. Edwin Espinal Hernández, “El proceso independentista en el Cibao”.

La expedición de Hérard desorganizó temporalmente el movimiento. Duarte, Juan Isidro Pérez y Pedro Alejandrino Pina tuvieron que abandonar el país el 2 de agosto de 1843. Francisco del Rosario Sánchez permaneció oculto y asumió buena parte de la dirección conspirativa en Santo Domingo. En el Cibao, otros emisarios continuaron el trabajo iniciado por Mella.

Mella y la formación de la red cibaeña

Antes de ser apresado, Mella había recibido de Duarte la misión de atraer partidarios en el Cibao. Su trabajo no consistía simplemente en pronunciar discursos. Debía identificar personas confiables, establecer contactos entre poblaciones y conquistar el apoyo de individuos capaces de influir sobre autoridades, comerciantes, sacerdotes y miembros de la Guardia Nacional.

En Puerto Plata se relacionó con el presbítero Manuel González Regalado, el general Antonio López Villanueva y Pedro Dubocq. En San Francisco de Macorís encontró apoyo en Manuel María Castillo Álvarez, ligado familiarmente a Mella. Esas relaciones ayudaron a conectar Puerto Plata y el Nordeste con La Vega y Santiago.

La estructura del movimiento se apoyó en vínculos familiares, comerciales y religiosos. Las comunicaciones podían circular entre parientes con mayor seguridad que mediante una organización pública. Los sacerdotes disponían de relaciones que alcanzaban varias comunidades; los comerciantes mantenían contacto con los puertos y los pueblos interiores; los oficiales conocían la disposición de la Guardia Nacional; las familias ofrecían alojamiento y protección a los perseguidos.

Esto explica por qué, aunque las autoridades encarcelaron a Mella y obligaron a Duarte a exiliarse, la conspiración no desapareció. No dependía exclusivamente de la presencia de sus dirigentes principales. Se había convertido en una red distribuida entre varias poblaciones.

Juan Evangelista Jiménez continúa la misión

Después del apresamiento de Mella, Juan Evangelista Jiménez asumió la tarea de mantener los contactos separatistas en el Cibao. Las fuentes lo presentan recorriendo distintos pueblos mientras llevaba un manifiesto de agravios atribuido a Francisco del Rosario Sánchez.

Jiménez actuaba en condiciones peligrosas. Era perseguido por el general haitiano Alexandre Morriset, autoridad militar del Departamento de Santiago, y tuvo que ocultarse en La Vega. Las hermanas Villa del Orbe y su entorno familiar aparecen vinculados a su protección. Estas redes domésticas fueron parte de la infraestructura clandestina de la Separación: proporcionaban refugio, información y canales de comunicación que difícilmente podían ser controlados por completo.

Durante las festividades de Nuestra Señora de las Mercedes en el Santo Cerro, en septiembre de 1843, la propaganda separatista produjo una manifestación pública particularmente exaltada. La tradición atribuye a Manuel María Frómeta la declaración de que, si faltaban municiones, sus hijos servirían de cartuchos para la causa. La expresión pertenece al lenguaje patriótico de la época y debe entenderse como una fórmula de compromiso extremo, no como una descripción literal de los recursos disponibles.

La circulación de aquel primer manifiesto no debe confundirse automáticamente con el Manifiesto del 16 de enero de 1844. La historiografía conserva referencias a diferentes escritos separatistas difundidos durante 1843, pero no todos han llegado hasta nosotros y su identificación presenta dificultades. Lo comprobable es que Jiménez mantuvo la propaganda en el Cibao y ayudó a preservar los contactos establecidos antes de la represión.

Santiago dentro de una red regional

La preparación de la Separación no estuvo concentrada exclusivamente en Santiago. La ciudad funcionaba dentro de una red que comprendía La Vega, Moca, Puerto Plata, San Francisco de Macorís, Cotuí y las comunidades vinculadas con la frontera Norte.

Santiago aportaba su posición como principal centro urbano del Cibao, su actividad comercial y la presencia de autoridades departamentales. Puerto Plata proporcionaba conexión marítima y relaciones comerciales con otros puertos. La Vega y Moca servían de enlace entre las poblaciones centrales y orientales del Cibao. San Francisco de Macorís y Cotuí ampliaban el movimiento hacia el Nordeste.

Las relaciones familiares fortalecieron esa circulación. En Santiago eran conocidos como adeptos de la separación Juan Luis y Román Franco Bidó; Sebastián y José Desiderio Valverde; Manuel y Narciso Román; y Domingo Daniel Pichardo. Apolinaria Pérez, esposa de Román Franco Bidó, sería posteriormente relacionada con la confección de la bandera izada en Santiago. En La Vega, las hermanas Villa del Orbe participaron en la elaboración de la bandera utilizada durante el pronunciamiento de marzo.

Estos vínculos no demuestran que todos los habitantes compartieran un mismo proyecto político. Existían partidarios del mantenimiento de la unión con Haití, defensores de una separación bajo protección extranjera, funcionarios temerosos de perder sus posiciones y comerciantes preocupados por la seguridad de sus propiedades. La causa nacional avanzó mediante acuerdos, persuasión y compromisos entre grupos cuyos objetivos no siempre eran idénticos.

El Manifiesto del 16 de enero llega al Cibao

A finales de 1843, la conspiración separatista había logrado reunir a trinitarios y conservadores alrededor del propósito inmediato de romper con el gobierno haitiano. De esa convergencia surgió la Manifestación de los pueblos de la Parte Este de la isla antes Española o de Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República Haitiana, fechada el 16 de enero de 1844.

El documento enumeraba agravios políticos, económicos, administrativos y culturales, y anunciaba la creación de un Estado soberano. También establecía una estructura provisional para dirigir el movimiento. Su importancia consistía en presentar la Separación como una causa pública y colectiva, no únicamente como el proyecto secreto de La Trinitaria.

Se prepararon copias para llevarlas a distintas regiones. Juan Evangelista Jiménez recibió la misión de conducir una al Cibao, mientras Juan Contreras y Gabino Puello fueron enviados hacia otras zonas. La distribución pretendía obtener adhesiones, reducir incertidumbres y demostrar que el levantamiento no sería una acción aislada de Santo Domingo. La investigación moderna confirma que el manifiesto fue empleado para comprometer a militares, comerciantes, jefes locales y personas influyentes antes de la proclamación. Welnel Darío Féliz.

En Santiago, la recepción del documento encontró una base construida durante los meses anteriores. Sus destinatarios no escuchaban por primera vez la idea de la Separación. Conocían las persecuciones de Hérard, las gestiones de Mella, los recorridos de Jiménez y la existencia de partidarios en las poblaciones vecinas.

Santiago ante la hora decisiva

Al comenzar febrero de 1844, Santiago todavía permanecía bajo autoridades haitianas. La fortaleza San Luis, la comandancia departamental y los cuerpos de la Guardia Nacional constituían obstáculos que no podían ignorarse. Tampoco existía certeza sobre la reacción de Cabo Haitiano ni sobre la capacidad militar de los separatistas para defender el Cibao.

Sin embargo, el movimiento había conseguido algo fundamental: formar un grupo de personas capaces de recibir la noticia del levantamiento, transmitirla a otras comunidades y convertir una proclamación política en una movilización regional.

La rapidez con que La Vega, Moca, Santiago, San Francisco de Macorís y San José de las Matas se pronunciaron durante los primeros días de marzo de 1844 solo puede explicarse por esta preparación previa. La adhesión del Cibao no comenzó después del trabucazo de la Puerta de la Misericordia. Había sido preparada durante meses mediante propaganda, parentescos, viajes clandestinos, documentos, refugios y acuerdos.

La Reforma derribó el gobierno de Boyer, pero también permitió que los partidarios de Duarte salieran temporalmente de la clandestinidad y extendieran su organización. La persecución de Hérard intentó destruir aquella red; en cambio, confirmó ante muchos de sus integrantes que la autonomía política no podía alcanzarse mediante una simple reforma del Estado haitiano.

Antes de febrero de 1844, Santiago todavía no había proclamado la República. Pero ya existían en la ciudad los hombres, las relaciones y la experiencia política que harían posible su adhesión. La Separación no fue un impulso repentino: fue el resultado de una preparación que había convertido el descontento reformista en voluntad nacional.


Referencias y bibliografía

  • Alfau Durán, Vetilio. “Antecedentes del 27 de febrero de 1844” y “Planes que precedieron al 27 de febrero de 1844”, en Vetilio Alfau Durán en Clío. Escritos II. Santo Domingo, 1994.
  • Cassá, Roberto. Antes y después del 27 de febrero. Archivo General de la Nación, Santo Domingo, 2016.
  • Cassá, Roberto. Padres de la Patria. Archivo General de la Nación, Santo Domingo.
  • Espinal Hernández, Edwin. “El proceso independentista en el Cibao: la génesis de 1844”, Clío, núm. 201, 2021.
  • Féliz, Welnel Darío. “Vicisitudes de la Independencia dominicana”, Clío, núm. 200, 2020.
  • García, José Gabriel. Compendio de la historia de Santo Domingo.
  • Rodríguez Demorizi, Emilio. “Contribución de Santiago a la obra de la Independencia”, en Certamen de La Trinitaria: Contribución de Santiago a la obra de la Independencia. Sociedad Amantes de la Luz, Editorial El Diario, Santiago, 1938, pp. 13-20.
  • Serra, José María. “Apuntes para la historia de los trinitarios, fundadores de la República Dominicana”.
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