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Crónicas de Hispaniola

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Ferrand en Santo Domingo

Posted on junio 17, 2026junio 17, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en Ferrand en Santo Domingo

Crónicas de Hispaniola

Cuando el ejército francés comenzó a deshacerse en la parte occidental de la isla, la guerra ya no parecía una campaña imperial, sino una retirada entre ruinas. La expedición enviada por Francia había llegado con barcos, generales, soldados, marinos, funcionarios y colonos; pero la fiebre amarilla, la guerra con los antiguos esclavos sublevados, la resistencia de los jefes negros y la presión inglesa fueron consumiendo aquella fuerza hasta dejarla reducida a restos dispersos. Delafosse, oficial francés y testigo de muchos de aquellos hechos, cuenta que la empresa había comenzado con grandes esperanzas y terminó en capitulaciones, hospitales llenos, hambre, degüellos, bloqueos y pontones ingleses.

En medio de ese derrumbe quedó Juan Luis Ferrand, general francés destacado en la parte norte de la antigua colonia española. Su escenario inicial fue Monte Cristi, punto estratégico en la frontera entre la antigua parte francesa y la parte española de Santo Domingo. Allí recibió noticias del desastre general. Muchos jefes franceses ya pensaban en capitular, embarcarse o entregarse a los ingleses. Ferrand decidió lo contrario. No iba a rendir su fuerza mientras quedara una posibilidad de conservar para Francia un punto de apoyo en la isla.

Su primera hazaña no fue una batalla, sino una decisión de campaña: abandonar Monte Cristi sin entregarse, reunir sus hombres y marchar hacia el interior de la parte española. No era una retirada desordenada; era una maniobra de supervivencia. Desde Monte Cristi se movió hacia Santiago de los Caballeros, donde estableció su cuartel general. En abril de 1803 ya aparece trasladando allí su centro de mando, aunque conservaba la ocupación de Monte Cristi. El territorio estaba lleno de amenazas: Dajabón, Ouanaminthe, Fort Dauphin y las líneas próximas eran atacadas o inquietadas por fuerzas enemigas; las comunicaciones eran peligrosas, y los movimientos entre plazas exigían escoltas, valor y conocimiento del terreno.

Desde Santiago, Ferrand comprendió que no podía limitarse a resistir en el norte. Si quería sostener una presencia francesa en la isla, debía dominar Santo Domingo, la capital de la parte española. La ciudad tenía valor militar, político y simbólico. Allí estaban las murallas, el puerto, la administración, los almacenes, la población principal y la posibilidad de recibir auxilios por mar. Sin Santo Domingo, Ferrand sería apenas un jefe aislado en el interior. Con Santo Domingo, podía presentarse como gobernador de una colonia todavía viva.

La marcha desde Santiago hacia la capital fue una operación larga y difícil. La columna avanzó por caminos interiores, atravesando pueblos y parajes de la antigua parte española. El itinerario mencionado por Delafosse incluye La Vega, Cotuí, Cevicos, San Juan, Los Ovillos, San José, San Felipe y San Lorenzo. No era solo un desplazamiento militar: era una demostración de autoridad. Ferrand pasaba por territorio español cedido a Francia por el Tratado de Basilea, pero cuya población conservaba lengua, religión, costumbres y memoria española.

La columna llegó finalmente a Santo Domingo. Allí el problema no era solamente el enemigo exterior. Dentro de la ciudad mandaba otro general francés, Kerverseau. Ferrand sabía que, si entraba débil o vacilante, podía quedar subordinado o incluso arrestado. Por eso convirtió la llegada en un golpe de mando. Ganó primero la voluntad de la guarnición. Luego, acompañado de granaderos, se presentó ante Kerverseau y le comunicó que asumía el mando. Kerverseau protestó, invocó su autoridad anterior, pero Ferrand no retrocedió. Le dijo que él tomaba el gobierno para conservar a Francia “un pie” en Santo Domingo y guardar la parte española de la isla. Kerverseau fue embarcado rumbo a Europa. Desde ese momento, Ferrand quedó dueño de la plaza.

La ciudad no era inexpugnable. Delafosse señala que Santo Domingo no estaba muy fortificada por tierra, aunque por mar presentaba mejores defensas. Ferrand, sin embargo, contaba con una fuerza suficiente para organizar resistencia: unos 400 hombres de la guarnición local, 600 llevados por él, alrededor de 300 franceses que acudieron a su llamado y unos 500 hombres de la guardia cívica española. En total, podía disponer de cerca de 1,800 combatientes.

La tarea inmediata fue ordenar la plaza. Ferrand fusionó las tropas, llamó a franceses dispersos por las islas vecinas, acogió colonos, comerciantes, empleados y militares que todavía no habían caído prisioneros de los ingleses. La ciudad se convirtió en refugio de los restos franceses de la Hispaniola. La administración tuvo que alimentar soldados, vestirlos, sostener hospitales, mantener artillería y buscar dinero donde apenas lo había. Se recurrió al comercio, al crédito, a los cortes de madera, a la caoba, al guayacán, al campeche y a cuantos recursos pudieran sostener la defensa.

Pero el verdadero peligro llegó en 1805. Jean-Jacques Dessalines, ya jefe del nuevo poder haitiano, marchó hacia la parte oriental. No iba con una pequeña partida, sino con un ejército. Delafosse presenta aquella fuerza como numerosa, móvil, endurecida por años de guerra y acostumbrada a marchas largas. En la visión francesa, Dessalines venía a tomar Santo Domingo y borrar el último punto francés de la isla. La campaña se convirtió entonces en una prueba decisiva para Ferrand.

Ferrand preparó la ciudad como una plaza de guerra. Se limpiaron los alrededores para impedir que el enemigo se aproximara cubierto por malezas, bohíos o accidentes del terreno. Las murallas fueron reforzadas donde era posible. Se emplearon troncos, tierra, barricas y obstáculos naturales. Al pie de algunos puntos defensivos se colocaron plantas espinosas para dificultar cualquier asalto nocturno o escalada. La defensa no dependía solo de los cañones: dependía de negar abrigo al enemigo, controlar los accesos y conservar los víveres.

El bloqueo comenzó el 8 de marzo de 1805. Ferrand tomó una decisión dura, propia de una ciudad sitiada: evacuó a mujeres, niños, ancianos y personas que no podían combatir. Eran “bocas inútiles” en el lenguaje militar de la época. Cada persona que permaneciera dentro consumía harina, carne, agua y sal. En un sitio, la comida era tan importante como la pólvora. Ferrand envió también una goleta en busca de harina. La plaza quedaba cerrada, pero no resignada.

Dessalines colocó sus fuerzas alrededor de Santo Domingo. Según Delafosse, el cuartel general de Petión, que mandaba el ala derecha haitiana, estaba cerca del fuerte de San Jerónimo, en la zona del polvorín. El de Dessalines se hallaba detrás del pueblo de San Carlos, sobre el camino de Santiago, a unas cuatro mil toesas de la ciudad. La cifra que da el autor es enorme: unos 21,000 negros o mulatos, bajo Dessalines y Petión, sitiaban a unos 2,000 defensores, contando franceses y españoles refugiados en la plaza.

El cañón enemigo inquietaba menos que el hambre. Las murallas podían resistir algunas balas. Lo terrible era ver pasar los días sin que apareciera un barco en el horizonte. Los sitiadores entendieron la situación y no se precipitaron. Según Delafosse, evitaron ataques frontales y se limitaron a bloquear regularmente la plaza, esperando que el hambre hiciera lo que la artillería no podía hacer.

Ferrand no podía permitir que sus soldados se consumieran detrás de los muros. En una plaza sitiada, la inactividad desmoraliza. Por eso ordenó salidas. Una de las más importantes fue dirigida por el coronel Vassimont contra San Carlos, donde el enemigo estaba bien atrincherado. San Carlos era uno de los puntos más fuertes de la línea haitiana: allí había trincheras, defensas y una iglesia de piedra que había sido acondicionada para resistir, incluso con almenas. Atacar San Carlos era golpear una posición dura, no una avanzada débil.

El combate fue sangriento. La salida francesa buscaba romper, inquietar, causar bajas y levantar el ánimo de la guarnición. Dessalines, según Delafosse, cometió el error de presentar masas de hombres fuera de las trincheras, exponiéndolos al fuego francés. Esa decisión le costó pérdidas. Pero la salida tampoco podía levantar por sí sola el sitio. Era una acción de desgaste, útil para demostrar que Santo Domingo no estaba vencido, pero insuficiente para abrir definitivamente el cerco.

La situación cambió cuando apareció en el mar la escuadra francesa del almirante Missiessy. Para los sitiados, la visión de las velas fue casi una resurrección. Ferrand explicó al almirante la situación de la plaza: el bloqueo, la escasez, la amenaza haitiana y la necesidad de sostener el último bastión francés. Missiessy desembarcó víveres, municiones, medicamentos, dinero y refuerzos. Con la ciudad abastecida, el plan haitiano de rendirla por hambre se vino abajo.

Dessalines levantó el sitio. La plaza resistió. Ferrand salvó Santo Domingo. Esa victoria defensiva fue su mayor momento militar: no ganó una batalla campal, pero mantuvo una ciudad sitiada contra fuerzas muy superiores, administró el hambre, conservó la disciplina, ordenó salidas y resistió hasta la llegada del socorro naval. Napoleón aprobó su conducta y le envió la Legión de Honor, señal de que en Francia se valoró aquella defensa como un servicio importante.

Durante los años siguientes, Ferrand intentó consolidar el establecimiento francés. La ciudad volvió a moverse. Regresaron propietarios, se organizaron cultivos, se cortaron maderas, se recibieron náufragos franceses tras combates navales, se sostuvo una pequeña vida social con bailes, funciones, ceremonias religiosas y hasta teatro. Ferrand no quería administrar una simple fortaleza. Quería reconstruir una colonia.

También miró hacia Samaná. La bahía tenía valor inmenso: puerto profundo, defensas naturales, madera, ríos, posibilidad de comunicación con el interior y posición estratégica sobre el Atlántico. En la mente francesa, Samaná podía ser base naval, puerto comercial y núcleo de una nueva ciudad. No era un detalle menor: mostraba que Ferrand pensaba la parte oriental como territorio de permanencia, no solo como refugio provisional.

Pero su fuerza tenía una grieta: la legitimidad. Los habitantes de la parte oriental podían convivir con la administración francesa, comerciar, servir en guardias cívicas o aceptar la autoridad de Ferrand mientras España pareciera ausente. Pero en 1808, España se levantó contra Napoleón. Lo que en Europa fue guerra peninsular, en Santo Domingo fue ruptura política. La antigua fidelidad española volvió a encenderse. Ferrand, que había resistido a Dessalines desde las murallas, tendría ahora que enfrentar una insurrección nacida dentro del territorio que creía pacificado.

El levantamiento tomó fuerza en el este, especialmente en la zona del Seibo. Allí surgió la figura de Juan Sánchez Ramírez, propietario y jefe local que terminó encabezando la Reconquista. Ferrand recibió noticias de la sublevación. Podía esperar tras las murallas de Santo Domingo, obligando a los insurgentes a marchar contra la plaza. Pero decidió salir personalmente a buscarlos.

Fue su gran error. La ciudad era su fuerza. El campo abierto sería su tumba.

El 1 de noviembre de 1808, Ferrand cruzó el Ozama con su columna. Salió hacia el Seibo con tropas francesas, oficiales, auxiliares y guías. La marcha tenía propósito de castigo: llegar al foco rebelde, dispersarlo y restaurar la obediencia antes de que el incendio se extendiera. Pero la expedición avanzaba por territorio donde el enemigo conocía los caminos, los montes, las distancias, los rumores y los hombres.

Durante la campaña aparecieron señales de peligro. Un seminarista llamado Franco advirtió que en Palo Hincado no había una simple concentración de campesinos, sino una fuerza seria, preparada para combatir. Ferrand no quiso creerlo. Lo tomó por sospechoso. Después el capitán Bocquet, veterano francés conocido como “el tuerto”, confirmó que el enemigo estaba formado y en posición ventajosa. Ferrand tampoco rectificó. En vez de retroceder o reconocer mejor el terreno, siguió adelante.

Al décimo día de marcha, la columna francesa salió del bosque y encontró al enemigo desplegado en la sabana de Palo Hincado. Según Delafosse, Ferrand tenía alrededor de 620 hombres. Frente a él se reunían fuerzas mucho mayores, que el autor calcula en unos 3,300 combatientes. La diferencia era enorme. Pero más grave todavía era la disposición: los franceses llegaban cansados, lejos de su base, en terreno escogido por el enemigo y rodeados de fuerzas locales cuya lealtad era dudosa.

Ferrand formó sus tropas. La infantería francesa abrió fuego con disciplina. Durante los primeros momentos, el choque pareció sostenerse. Los franceses todavía conservaban oficio militar, fuego ordenado y experiencia. Pero entonces se produjo el momento decisivo: la caballería española que acompañaba a Ferrand, identificada con ramas verdes en el sombrero, se volvió contra él. Sánchez Ramírez se separó y pasó a los suyos. El combate dejó de ser una batalla frontal y se convirtió en envolvimiento.

La columna francesa fue atacada por delante, por los flancos y por la retaguardia. La formación se rompió. El fuego ya no bastaba. La caballería enemiga cerraba espacios. Los hombres de Ferrand, aislados, empezaron a caer o dispersarse. Palo Hincado se convirtió en desastre.

Ferrand logró abrirse paso con un pequeño grupo. No huyó como un fugitivo común; cargó, rompió por un punto y se internó en los montes. Pero ya sabía que todo estaba perdido. Su ejército había sido destruido. La colonia que había sostenido durante cinco años quedaba herida de muerte. El jefe que había salvado Santo Domingo de Dessalines había sido derrotado por una insurrección local que no supo medir.

En el bosque, silencioso, pidió cartuchos para sus pistolas. Poco después sonó un disparo. Sus acompañantes lo encontraron muerto. Ferrand se había suicidado.

Así terminó la campaña del hombre que había conservado para Francia la parte española de Santo Domingo después del derrumbe general. Su vida en la isla fue una sucesión de decisiones audaces: no capitular en Monte Cristi, marchar a Santiago, tomar Santo Domingo, organizar la defensa, resistir a Dessalines, sostener la administración y proyectar incluso una colonia nueva alrededor de Samaná. Pero su final nació de un error de lectura: creyó que podía dominar con una columna militar lo que ya se había convertido en una guerra de fidelidad política, religión, territorio y memoria española.

Ferrand resistió a los haitianos porque los esperó detrás de murallas. Cayó ante los reconquistadores porque salió a buscarlos en su propio terreno. Esa es la clave narrativa de la crónica: el general que supo defender una ciudad, pero no supo entender el país que gobernaba.

Bibliografía

Lemonnier Delafosse, J. B. Segunda Campaña de Santo Domingo. Guerra dominico-francesa de 1808. Traducción del Lic. C. Armando Rodríguez. Santiago, República Dominicana: Editorial El Diario, 1946. Obra publicada con motivo de la apoteosis de Juan Sánchez Ramírez, héroe de la Reconquista.

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