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Fagalde y la guerra de represalia

Posted on junio 15, 2026junio 15, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en Fagalde y la guerra de represalia

Sócrates Nolasco

I

Juan Carlos Fagalde, el capitán francés alistado en la marina de la República Dominicana con grado de coronel, andaba a picos pardos el 10 de febrero de 1850. Hasta las tres de la mañana del lunes estuvo bailando en el barrio de Santa Bárbara con gente de distinción. El licor, los perfumes y el contacto con hembras de clase fina le calentaron la sangre y le excitaron los apetitos. Era casado; pero la esposa quedó en Bayona y, con 37 años de edad y a una distancia tan grande, la fidelidad conyugal de un coronel puede ponerse en circunstancial receso. A las tres de la madrugada, en lugar de irse a su cama Fagalde torció rumbo y se dirigió a la ajena.

Iba subiendo por la Calle Nueva. La Calle Nueva tenía por nombre el tramo corto que parte de la actual iglesia de la Altagracia y termina en las ruinas del Convento de San Francisco. Ascendió por la empinada cuesta y, con la contera de su caña de pasear, comenzó a dar toques de consigna en la puerta de la casa de Juana María Sánchez, la sorda… Aquí el enredo, el nudo de confusión.

La Sánchez no era carne de pecado; pero tenía una sobrina de 21 años, incitante y loca del cuerpo, que se entregaba al hombre que le pagara diez pesos fuertes; se llamaba Margarita Antonia Elías. Margarita habitaba aparte, en casa del vecindario. ¿Quién extravió a Juan Carlos Fagalde? ¿Quién urdió el lance y le dio al coronel dirección falsa? Él no iba armado de puñal, espada, ni pistola, como era de estilo, andaba solo, y nada más llevaba bastón de lujo.

Ante la puerta de Juana María se detuvo y llamó con toques suaves. La puerta se fue entreabriendo, empujada con cautela, y en lugar de Margarita, o de Juana María, apareció y salió un hombre enfurecido asestándole sablazos a Fagalde, quien, sorprendido, retrocedió dando quites con la caña que pronto saltó en pedazos. Con el brazo derecho trató de impedir lo que no pudo con el bastón: siete heridas se lo inutilizaron. Opuso entonces el brazo izquierdo parando golpes, y siete heridas más se lo destrozaron. Creció la ferocidad del atacante cuando vio a su presa desvalida. Pegaba y seguía pegando. Al recibir el quinto y el sexto sablazos en la cabeza, ya incapacitado de manos, el herido se tambaleaba y dijo dos o tres veces: basta, paisano. Se desplomó y en el suelo recibió el sablazo vigésimo tercero, que le abrió el cráneo.

El famoso Dr. Luis Rotellini (italiano), Juan Bernal, “Médico en Jefe”, Tomás Aquino Rosó Canó, “Médico de 1ra. Clase” y Pedro Antonio Delgado, “Médico de 2da. Clase”, examinaron y certificaron las heridas.

II

Para el dominicano de hoy carece de significación, o dice poco, uno de tantos lances antiguos, de crónica escandalosa; pero no parece desprovisto de interés hablar del Coronel Juan Carlos Fagalde.

Fagalde era y es todavía, en los anales de la independencia de la República Dominicana, la mejor síntesis de un momento, la única hazaña naval en la corta guerra de represalias con Haití. Y cuando afirmación tan radical le parezca a alguno caprichosa o temeraria, los que investiguen y ante el hecho real especulen con mente libre, llegarán a conclusión idéntica. Porque, en resumen, ¿qué fue la guerra ofensiva por mar? Una proclama de Buenaventura Báez, dos aventuras y una hazaña de Fagalde.

Anclaron en el Ozama fragatas, goletas y bergantines de guerra desde aquellos días y la guerra por mar pasó a infolios del Archivo General de la Nación y quedó a merced de traza y polilla. Basta recordar un capítulo de la obra de Don José Gabriel García, actor en parte de aquellos acontecimientos y su historiador imprescindible.

Buenaventura Báez ascendió a la dignidad de Presidente de la República por primera vez el 24 de septiembre de 1849, y Fagalde se lanzó al mar a principios de noviembre o al finalizar octubre. Iba en el bergantín de guerra 27 de Febrero y lo secundaba Juan Luis Duquela, capitán de la goleta Constitución. Salían decididos a hacerles sentir la guerra a los haitianos en sus vidas e intereses.

Los expedicionarios le habían ya hundido al enemigo nueve balandras y barquichuelos, cuando columbraron tierra de Haití. Desembarcaron en la desembocadura del Pedernales, cruzaron el río limítrofe, asaltaron a Anse a Pitre y lo incendiaron. Reembarcaron, siguieron su derrotero y asaltaron a Saltrou: lo tomaron, le dieron fuego y se retiraron dejando 25 enemigos muertos y llevándose un grupo de prisioneros. Pasaron de Jacmel y en frente de la ciudad de Los Cayos capturaron una goleta cargada de provisiones. Quiso el Coronel Fagalde que fuera mayor el éxito; pero al doblar el Cabo Tiburón, persiguiendo un navío cargado de café, los tripulantes dominicanos midieron las propias fuerzas, reflexionaron y… sintieron que se les apretaba el pecho, el corazón les daba brincos y se les aflojaron las coyunturas. Nuestros marinos se insubordinaron e impusieron el retorno. El jefe expedicionario, disconforme, rezongó en francés, se mordió el labio inferior y viró en redondo. De regreso ancló en la gran Bahía de Neiba, y ya en el puerto de Barahona amarró a Alejandro Calisá y lo fusiló en el castillo de proa del bergantín 27 de Febrero. Después de violar el quinto mandamiento y beber agua del Birán, el baño interno, la acción diabólica y la portentosa belleza del escenario, que es milagro de Dios, le aliviaron el alma de rencores. El 15 de noviembre entró triunfante en la ancha ría del Ozama. En la puerta de San Diego, de orden superior y para lección objetiva, fusilaron a un compañero de Calisá. Fue entonces, cuatro días después de regocijarse de la aventura triunfal y lisonjeado por grandes esperanzas, el 19 de noviembre de 1849, cuando el Presidente Buenaventura Báez proclamó la “Guerra ofensiva, haciendo a los haitianos responsables de los males que sobrevinieran”.

Juan Carlos Fagalde causó admiración de pronto, despertó entusiasmo, y luego suscitó murmuraciones y críticas. Dijeron de él que era un aventurero, impulsivo pero cobarde, malo de trato, díscolo, y que azotaba a los tripulantes que incurrían en falta. Dijeron, además, que era un borracho, inadecuado para mandar a hombres libres.

Por causa de reacción y censuras tan desfavorables, capitaneó la segunda expedición el General Juan Alejandro Acosta, varón probado, de experiencia, valor y reputación indiscutidos. Pero él levó anclas y salió llevando a Fagalde como segundo en el mando de una flotilla. Los navíos, en esa expedición menos feliz, fueron sorprendidos, azotados y dispersados por un huracán. El barco de Fagalde recaló en Paraguaná. El coronel desembarcó, se emborrachó de aguardiente y tuvo con las mujeres del pueblo amigo atrevimientos de pirata. Cuando regresó a la vieja Santo Domingo le contaron a Báez lo sucedido y, desde entonces, el coronel fue “hombre de tierra”. Dejó el mar y quedó a las órdenes inmediatas del Presidente de la República. Ahí, en la guardia personal del jefe del Estado, se mantuvo hasta la noche del suceso de San Francisco.

III

La señora Feliciana de Sosa despertó y oyó: basta, paisano, y sintió cuando un cuerpo se desplomaba frente a su casa. Se levantó y salió a la calle: vio y llamó a voces. Despertaron, acudieron y vieron igualmente: el marino Juan Espinosa, (alias Coca), Margarita Antonia Elías, y otra señora. Se acercaron, alarmados, a la casa del Comandante Joaquín Orta, situada en la esquina de San Francisco, y despertaron a doña María Luisa Ramírez, la esposa del comandante, quien a su vez hizo despertar a su primo y huésped, el Teniente Coronel Pedro Segundo García, del 2º regimiento seibano. Buscaron médicos y autoridades. Los doctores Luis Rotellini y Pedro Antonio Delgado ordenaron el traslado del herido al hospital San Nicolás, y el Juez Alcalde José María Reinoso, actuando de Juez de Instrucción, comenzó a investigar a vecinos. Amaneció. Charcos de sangre. Entre bruscas, brujas y escobitas, apareció la caña de Fagalde partida en trozos y “más allá”, la punta de un sable con salpiques de sangre fresca. El Teniente Coronel García, inteligente y ducho en asuntos de peleas y machetazos, tomó y abandonó pistas hasta que se detuvo ante una puerta y, “viendo y verificando que las hojas de la puerta y el quicio o línea de asiento tenían manchas de sangre, se detuvo en reflexiones”. Entonces se abrió “la puerta que tenía manchas de sangre y por ella salió ese hombre de color obscuro expresando admiración de no haber sentido ni oído nada… pero yo advertí sangre también de la parte adentro”.

Juan de Mata —ese hombre de color obscuro— fue detenido e interrogado. Él era sargento 2º y tenía la edad de 25 años. Juró con la mano abierta y el brazo extendido ante la imagen de Jesucristo decir “la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad”. Durante la noche del domingo él no había salido de su casa. Hasta las nueve se entretuvo “tocando el cuatro”, luego se acostó con Juana María y… durmió profundamente. No se dio cuenta de lo ocurrido en la calle. No oyó ruido, golpes de sable, ni bastas de herido.

El cabo de la policía, Valentín Núñez, fue mandado a registrar la casa de Mata y regresó trayendo un sable despuntado que encontró “en un matojo, cerca de la mata de coco”, en el patio de la vivienda. Confrontaron las partes y la hoja se adaptaba a la punta perfectamente. Era de “cabo de chifle y guarnición de hierro, de los no me saques sin razón ni me guardes sin honor”. “Desde dos dedos de la guarnición hasta donde se rompió, la hoja estaba toda manchada de sangre”.

Juan de Mata no conocía ese machete: dijo que no era suyo. Quizás si alguien pasó y lo tiró por ahí para no comprometerse. El patio no tenía cerca que le impidiera el paso a cualquiera.

Entonces le presentaron la vaina, que le venía tan bien al sable como la punta a la hoja. La habían encontrado en un rincón de su casa. Pero él se obstinó en negativa redonda: acaso la tiraron allí después de él estar detenido por la justicia. Ni siquiera conocía él al Coronel Fagalde, aunque oyó decir que recientemente había azotado al marino Santillán…

Lo condujeron a la presencia de Juan Carlos Fagalde y éste, desfigurado y maltrecho por las heridas, con un pómulo tajado y un ojo menos, y la boca rota, vivía aún (¡qué hombre tan duro!). Veía “de un ojo” y articuló palabras acusadoras que tradujo el Dr. José María Caminero: ese hombre es, afirmó. Dijo hasta del modo que Mata vestía cuando le asestaba los sablazos: pantalón de listas, camisa blanca y chaqueta de militar.

Juan de Mata siguió negando. A las tres de la madrugada no podía estar vestido de esa manera. Hasta las nueve de la noche estuvo tocando el cuatro; luego de aflojar las clavijas del instrumento se acostó y no salió hasta que amanecía.

Hicieron comparecer a Juana María Sánchez, la mujer de Mata. Ella, como era sorda, no oyó ni supo lo que pasó en la noche… Cerró su puerta desde que Juan salió a las siete… hasta que regresó, como a las tres de la madrugada… y como “él acostumbra salir sin que me comunique a donde va ni de dónde viene”….

—¿Cómo vestía él? —preguntó Reinoso.

—Calzones de listas, camisa blanca, y su casaca de militar… (¡como lo vio y describió Fagalde!). Si desde el principio ella no habló claro… fue porque su hombre le pidió que le guardara el secreto.

En careo y nuevo interrogatorio Juan de Mata dejó de decir “la verdad” que sostenía bajo juramento y se confesó autor del hecho tremendo. Pero todavía así no parecía un culpable. Tuvo argucias, circunloquios y aplomo tales que le ganaron la admiración de los curiosos. Más que un criminal parecía un criminalista, digno de pago en vez de castigo. ¡Y ese hombre ni siquiera sabía leer!

Lo llevaron de Herodes a Pilatos. De la jurisdicción civil lo pasaron a la militar. Reinoso se lo entregó al Comandante de Armas Bernabé Polanco (aquel a quien Santana quiso después fusilar, en los días de Santomé, porque abandonó el puesto de Barahona, huyéndole a los haitianos). Bernabé Polanco se lo pasó a Domingo de la Rocha, gobernador interino, y De la Rocha lo sometió a la comisión militar que presidía el Coronel Manuel Machado.

El Coronel Fagalde acababa de morir. Recordaron, refirieron y comentaron sus gloriosos servicios a la patria, y Juan Francisco Acevedo, Fiscal del Consejo de Guerra, con ese muerto caliente todavía habló con elocuencia siniestra. Patético y sin piedad convenció a cuantos le oyeron de que Juan de Mata, Sargento 2º de Marina, era “culpable de tentativa de homicidio y de haberle pegado a su superior el Coronel Juan Carlos Fagalde”. Aglomeró cargos y exigió para el reo la pena de muerte.

El 16 de febrero de 1850, 6º de la Patria, en virtud de un artículo del Código Penal, Juan de Mata fue ejecutado.

Así terminó Juan Carlos Fagalde, coronel de la Independencia de la República.

Revista Militar, febrero de 1944.

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