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Crónicas de Hispaniola

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La Batalla de Santomé. Relato de Marcos A. Cabral. 22 diciembre 1855

Posted on junio 13, 2026junio 13, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en La Batalla de Santomé. Relato de Marcos A. Cabral. 22 diciembre 1855

Marcos A. Cabral

En los últimos días del último mes del año 1855, el General José María Cabral se encontraba desempeñando el importantísimo cargo de Jefe Superior de la línea fronteriza, siendo su segundo el Coronel Eusebio Puello y teniendo bajo sus órdenes al Coronel Aniceto Martínez, que mandaba seiscientos hombres repartidos en los puntos avanzados de Bánica y El Cachimán.

Los exeas o espías habían denunciado la aglomeración de tropas haitianas en las comunes de Hincha y Las Caobas; y comprendiendo el General Cabral que aquello era una invasión, y una invasión poderosa, se apresuró a tomar las medidas que requerían las circunstancias, reconcentrando las pocas fuerzas de que podía disponer en los puntos más defendibles, dando cuenta al Gobierno de lo que pasaba en aquellas fronteras.

El Gobierno no perdió tiempo alguno, embarcando inmediatamente para Azua los regimientos de infantería al mando de los Coroneles José María Pérez Contreras y Juan Ciriaco Fafá y la media brigada de artillería a las órdenes del Coronel José Leger, poniendo además sobre las armas a todo el país. Las tropas de la provincia del Este y los batallones de San Cristóbal y Baní desfilaban también en aquellos momentos hacia las fronteras, siendo nombrado Jefe superior de operaciones el General Juan Contreras.

El Ejército dominicano, hostigado por el número de los enemigos, venía retrocediendo.

Después del combate de Las Matas de Farfán, sostenido por decoro nacional, bien fuere porque el General Contreras sufría ataques epilépticos, o por disposición del Gobierno, ello es que el General José María Cabral asumió el mando en Jefe del ejército y escogió por campo de batalla el terreno que le pareció más a propósito para la defensa en aquellas llanuras: su ala derecha se cubría con el fundo de Pepe Herrera, colocado en una pequeña eminencia; su ala izquierda campeaba en el camino que conduce a Chalona, y su centro se extendía del lado acá del arroyo del Lora. Tres mil hombres debían resistir en ese campo el empuje de doce mil quinientos que componían las fuerzas enemigas.

A las ocho de la mañana las avanzadas empezaron a tirotear, mas a poco se generalizó el combate. El cañón haitiano tronaba sin interrupción y doce mil quinientas bocas de fuego vomitaban la muerte y el exterminio de los defensores de la patria; empero resistían heroicamente, como que comprendían la funesta trascendencia de una derrota.

El General José María Cabral, atento a las emergencias de aquel combate que debía ser decisivo, corre en auxilio de su ala derecha, que flaqueaba ante las continuas embestidas de los enemigos, llevando como refuerzo al batallón de San Cristóbal; Cabral llega y tres veces desaloja a los haitianos de ese fundo y tres veces volvieron a ocuparla, y fue en aquella ocasión solemne cuando uno de sus ayudantes le dijo: General, ese no es su puesto, pues ahí puede usted peligrar de un momento a otro. —Yo no estoy aquí, le respondió Cabral, para cuidar mi vida, sino para salvar la independencia nacional, y siguió combatiendo; pero abrumado por el número tuvo que retroceder, dejando a los haitianos en posesión del fundo.

Como a eso de las 11 a. m. empezaron a ciar nuestras tropas, pero en buen orden, haciendo acto en dondequiera que una oscilación del terreno les permitía una débil defensa; y a pesar del heroísmo de los jefes Juan Contreras, José María Pérez, Blas Maldonado, José Leger, Sandoval, Eusebio Puello, Santiago Suero, Aniceto Martínez y otros muchos que disputaban palmo a palmo el terreno, era imposible resistir aquella avalancha de fuego que los diezmaba sin esperanza alguna de triunfo. Cabral se acerca a su amigo el Coronel

Puello y le dice: Se aproxima la hora de morir; si tú sobrevives, cumple lo que voy a encargarte… y siguió hablando con él.

Era la 1 p. m. cuando el ejército dominicano se replegaba en buen orden, guareciéndose de la ceja de monte que separa la sabana de Santomé del río de San Juan, teniendo ahí un corto respiro.

Ya de antemano el General Cabral había enviado un ayudante suyo en busca del batallón de Baní, que ese mismo día había sido despachado para Neiba, como refuerzo al General Sosa que operaba en aquella frontera. El ayudante encontró el batallón en el lugar llamado “La Culata” y al devolverlo lo puso a marcha violenta, llegando ese batallón a las dos y media de la tarde, hora en que desembocaban por los diferentes caminos las tropas haitianas en la sabana de Santomé. El General Cabral se encontraba preparado para ese momento. El ejército dominicano, rodilla en tierra, saluda al ejército haitiano con una lluvia de fuego; el pajón de la sabana se enciende de casualidad o de propósito y el viento arrojaba el humo y la candela sobre el ejército haitiano; y Cabral, que había jurado triunfar o morir en aquella jornada, pues “que no estaba allí para cuidar su vida, sino para salvar la independencia nacional”, empuña una bandera y le grita a sus soldados: ¡Adelante, amigos míos, la Virgen de las Mercedes está con nosotros, el triunfo es nuestro!, y encamina su caballo hacia el enemigo. El abanderado del batallón de Baní, Hipólito Caro, corre, se precipita delante de Cabral y clava su bandera casi entre los mismos enemigos; el batallón se lanza en pos de su bandera, y el ejército entero, como movido por un resorte, sale del bosque, entra en la ceniza candente de la paja quemada y se arroja sobre los haitianos como una legión de demonios. Las tropas haitianas retroceden al primer empuje, pero vuelven a rehacerse y a combatir; mas los dominicanos, que tienen más confianza en el filo de sus machetes que en las balas de sus fusiles, avanzan siempre, con el propósito de entrar al arma blanca y sembrar el terror en las filas enemigas, lo que logran a poco, segando vidas haitianas al terrible golpe de sus aceros. Los haitianos intentaron resistir el ímpetu furioso con que se les atacaba, pero imposible, porque todo era allí confusión, estrago, sangre y muerte, hasta que por fin el ejército haitiano, completamente mutilado, se desbanda en todas direcciones, siguiéndole el ejército dominicano a muy corta distancia, porque el cansancio le impidió ir más lejos en la persecución.

Mientras tanto, el General José María Cabral, viendo que la noche se le venía encima, persigue a los derrotados con algunos oficiales de su Estado Mayor, pues la caballería se había extraviado, haciendo notable falta en esos momentos decisivos; pero como en su tránsito el General hacía prisioneros, los iba enviando al campamento dominicano con oficiales de su Estado Mayor, llegando él, casi solo, al arroyo del Lora, en donde se encontró con el General Conde Tiburón, que lo era en jefe del ejército haitiano, empeñado, aunque en vano, en contener el derrote de los suyos. El Conde descarga su carabina sobre Cabral; Cabral, a su vez, descarga la suya sobre el Conde, quien cae bañado en sangre, desmontándose aquél seguidamente del caballo para hacerle prisionero; pero el Conde, valiente y astuto soldado, se hace el muerto y le echa manos a la espada de Cabral por un descuido de éste, mas el General dominicano, con la prontitud del caso, aplasta la cabeza del Conde con la culata de su carabina, y gracias al estupor de los soldados haitianos aglomerados delante del cadáver de su General —estupor que les impidió desde un principio socorrerle y defenderle—, pudo Cabral montar a caballo y arrastrarle consigo hacia el ejército dominicano que había de dormir sobre el mismo campo de batalla después de un día tan fatigoso.

El Emperador Soulouque pasó la noche en el cercano cerro de Punta Caña, en donde se fortificó con una gran trinchera que subsiste todavía para eterno glorioso testimonio de aquella triunfal jornada.

La batalla de Santomé hubiera tenido resultados bien trascendentales si el General Santana, Presidente entonces de la República, no se hubiera detenido en Azua con el resto del ejército; debió habérselo enviado a Cabral o concurrir con él, haciendo aquel triunfo más espléndido y provechoso, pues de ese modo el Emperador Soulouque no habría podido escaparse y casi la totalidad del ejército haitiano habría quedado prisionero en poder de nuestras tropas, y el ejército dominicano, caminando de triunfo en triunfo, hubiera penetrado en el territorio enemigo haciéndole sentir que no impunemente se profana el suelo sagrado de la República; pero mezquinas rivalidades y odios mezquinos predominaron sobre los intereses generales de la nación. Cabral no era amigo de Santana, pero era soldado obediente y servidor leal de la patria, y dejarlo sólo con tres mil hombres, para resistir y rechazar aquella invasión fortísima, fue una falta de patriotismo y de generosidad, que habría costado caro a la patria si el heroísmo de aquellos jefes y de aquel ejército no hubiera superado al número, encadenando la victoria al carro de la República; pero si desgraciadamente la batalla de Santomé se hubiera perdido, como lo estuvo hasta las dos de la tarde, Cabral debía perderse juntamente con ella, haciéndose matar en el momento supremo de la derrota definitiva antes que morir fusilado por Santana.

De ahí que su valor siempre impasible y sereno tuviera, por las incidencias del combate, mucho de la desesperación o de la locura, como muy bien se deja comprender por la confidencia de Cabral a su amigo y compañero el Coronel Eusebio Puello, en el ardor mismo de la pelea.

Veamos, pues, lo que dice a ese respecto el historiador José Gabriel García en el tercer tomo de la historia patria: “Resuelto el General Cabral a no sobrevivir a una derrota, de cuya responsabilidad creía que no podían ponerlo a cubierto sus buenos antecedentes como militar dada la situación peligrosa en que se encontraba como político, al ver casi perdida la batalla manifestó al Coronel Eusebio Puello, en medio del fuego, las disposiciones testamentarias que deseaba se cumplieran después de su muerte, pero éste, comprendiendo que su intención era hacerse matar, le comunicó, con palabras de aliento, una esperanza de triunfo que acaso no abrigaba en tan supremos momentos, y esas palabras le hicieron recuperar al instante su serenidad habitual en la pelea, a punto de que, sometiendo a pruebas rigurosas su valor, llegó hasta a comprometerse en un combate singular con el General Antoine Pierre, a quien logró vencer quitándole la vida, con lo cual vino a ser el héroe principal de la jornada”.

El Coronel Eusebio Puello, aunque sabía que el General Cabral era enemigo político del Presidente Santana, no podía creer, ni mucho menos esperar que éste se ensañara con el valiente soldado, si el triunfo no coronaba los esfuerzos de su heroísmo; de ahí el vivo interés que se tomaba en disuadirle del desesperado intento de hacerse matar; ni tampoco se daba cuenta por qué su amigo y compañero se había aferrado a la idea de que no podía ni debía sobrevivir a la derrota, cuando si la batalla a esa hora —12 m.— estaba casi perdida, no era por falta de prodigios, ni de milagros del valor en el ejército dominicano, sino porque lo mucho abrumaba a lo poco, porque la fuerza batía a la debilidad; pero Puello acaso ignoraba que Cabral llevaba dentro de su cartera su sentencia de muerte consignada en la carta que había recibido de Santana fechada en el Cuartel General de Azua el 20 de Diciembre, dos días antes de la batalla, y en cuyo último párrafo, resumen de todo su contenido, se leía: Desgraciado de usted, General, si los haitianos beben el agua del río San Juan.

Marcos A. Cabral.

(De Entrega de Salnave, Santo Domingo, Imp. La Cuna de América, 1903).

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