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Crónicas de Hispaniola

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De política

Posted on junio 13, 2026junio 13, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en De política

DE POLÍTICA

1900

Por Francisco Henríquez y Carvajal

En puridad de verdad, los que mayor servicio han prestado a este país son aquellos que no han hecho ni han querido nunca hacer política. Repugnándoles la intriga o los medios a cuyo obligado uso acostumbran las exigencias del momento al que corre en pos de una futura posición en el campo de la política, han creído mejor, más decoroso para sí propios y más ventajoso para el país cuyo bien ansían recluirse a una vida sobre la que no soplan los vientos tormentosos de las ambiciones contrariadas, ni el simún de la calumnia, enfermedad habitual de los ambiciosos impotentes. En su aparente inercia han hecho y hacen, sin embargo, muchos hombres, mayor bien que otros que gastan su actividad y su celo en obras ilusorias, pueriles o inicuas.

Cuál es mejor política que la que consiste en defender los derechos del pueblo, en estudiar, discutir y propagar todas las ideas que, llevadas al terreno de la práctica, puedan rendir cuantioso beneficio a ese mismo pueblo? Sus cuestiones económicas y sociales, el modo de introducir nuevas industrias, de mejorar las que existen, de propender en fin, por todas las vías al aumento de la riqueza pública y del bienestar del pueblo: he aquí materia de ejercicio mental propio a ocupar vastos entendimientos y saciar nobles anhelos.

Ocuparse en ello es obra patriótica. Realizar tal obra es hacer, sin disputa, la mejor política. Es verdad que detrás de esos esfuerzos no está la posición eminente por la cual se suspira: no hay el gaje personal. Pero hay, en cambio, la satisfacción purísima del bien, realizado solo por hacer el bien en favor de un pueblo. Esa satisfacción basta a los grandes espíritus como legítima recompensa a sus generosos esfuerzos.

Empero surge de cuando en cuando la necesidad de poner la mano sobre nuestra parte sensible, sobre la herida por donde tanta sangre ha manado ese pobre cuerpo de la Patria: mano piadosa que aporta el bálsamo consolador, no la mano de apasionado empírico que pretendiendo curar, lo que logra es rasgar de nuevo la herida, ahondarla, exasperar el dolor y arrancar gritos de inconformidad o de resignado sufrimiento al paciente. Sí, duélenos ver y oír cosas que nunca esperamos: que en medio de la libertad más efectiva que jamás haya habido en nuestra tierra, se retiren del campo de la prensa los que significan el espíritu de la juventud y las ideas que habrán de tomar mañana forma corporal en la dirección de esa misma sociedad. La juventud nunca naufraga. Su ideal es perpetuo, se renueva sin cesar: en ellas no se concibe el desmayo. Ningún obstáculo, por insuperable que parezca, es bastante a detener su impulso: es la “eterna soñadora de triunfos y grandezas inmortales” que cantó Salomé y que vive y perdura en cada capullo que brota en cada flor que se abre.

La época de hoy es la más propicia para que la juventud concurra en todo su caudal de instrucción, de razón, de buenos sentimientos, de ideas renovadoras, al triunfo de las instituciones liberales y a la fundación del Gobierno civil. Esa es una tarea noble que puede ilustrar muchos nombres. Estamos cansados de rendir homenaje al empirismo brutal que tantas veces ha escalado en nuestra tierra las gradas del Poder. Ahora es la época de mostrar incansablemente, con obstinación y sin desmayos, el verdadero camino por donde se debe andar en materia de administración pública y de organización política. Es ocasión de trabajar tenazmente por ir sustituyendo una por una las prácticas que nuestros mayores instintivamente emplearon, por las que reflexivamente se deben hoy emplear. Exigís demasiado, quizá; se os concede poco tal vez: eso es lo natural. No haya desmayo. Dirija vuestro espíritu la prudencia, eliminad las intemperancias propias de la edad y del medio social, no ofendáis con las armas del pequeño, ni hagáis caso a las ofensas: levantaos siempre cada vez más alto, pero sin presunciones pueriles: que llevando siempre levantada, siempre adelante, la bandera de vuestros ideales, seréis grandes.

No desmayéis, porque os desamparáis vosotros mismos. Tales eran las magnas voces que antaño le hablaban a la juventud dominicana, que hoy recobran su vigencia, su flagrante actualidad, para que nuestra angustiosa historia no siga repitiéndose y repitiéndose, como los monótonos dobles que anuncian un sepelio.

El flagelo de las armas

Una revolución tan justa y bella como la de Capotillo, nos dejó, sin embargo, junto con la epidemia de las revoluciones —las siete plagas de la República— el permanente flagelo de las armas, del alevoso puñal, del revólver, —el legítimo y el falsificado, como se le clasificaba desde antaño.

Aquí, desde 1844, todas las cosas se han resuelto por medio de un trabuco. Y nadie puede negar la oportunidad y eficacia del trabucazo.

En la prensa dominicana del pasado abundan los anatemas contra el revólver: en los escritos de Espaillat y de 1874 y 1875; en El Porvenir, de Puerto Plata, en 1874; en El Teléfono, de Santo Domingo, en 1891, ya abogando por un impuesto sobre la venta del revólver o ya por la prohibición de esa venta. Contra la importación del revólver se alzó en las Cámaras el Diputado R. García Martínez, en los tiempos de Lilís, como lo decía el Listín Diario en su edición del 5 de abril de 1897. Y no escaseaban los artículos de costumbres como el publicado en la segunda edición, de La República, de Santiago, en 1883.

¡Qué costumbres!

Costumbres hay en los pueblos que no tienen justificación desde ningún punto de vista, y cuya existencia por ningún concepto se concibe. Se miran, se palpan, pregúntase uno por qué existen, y no se sabe responder. Se interroga al amigo, al que con nosotros está, y el amigo, el que con nosotros está, se ríe o se asombra según que sea el asunto en cuestión risible o asombroso. Se escribe un artículo tronando contra las chocantes costumbres, y nadie alza la voz para extirparlas, callando el Gobierno, si al Gobierno le atañe esto, y silenciando el Ayuntamiento si, por el contrario, es este Cuerpo el encargado de tal extirpación. Las costumbres, en tanto, siguen impertérritas su marcha, desmintiendo por lo general a los embusteros que proclaman a todos los vientos, nuestro progreso y nuestra civilización, y proclamando muy alto que vamos a la cola de los países más atrasados, que no nos esforzamos por adelantar en ningún terreno, que casi, casi nos hallamos en el mismo estado en que se hallaban los habitantes de esta isla, allá en los tiempos de don Juan Sánchez Ramírez.

Acaso nos contesten los lectores que somos exagerados y embusteros; acaso heridos en su orgullo, se indignen contra el hablador articulista y nos condenen a no ser leídos, lo que, por otra parte, no nos extrañaría ni sería una pena cruel. Pero si tienen un poco de paciencia y sobre todo un poco de valor para seguir, tendrán que convenir con nosotros, en que hay en la República Dominicana costumbres que desmienten por completo las aserciones de unos cuantos locos— quizás nosotros hemos incurrido alguna vez en el mismo error— que afirman en tono doctoral, que se progresa en la República Dominicana.

Sin ir más lejos, va el lector a acompañarnos por un solo momento a la plaza del mercado de esta ciudad. Es sábado. —¿Cuántas personas se encontrarán por aquí?— Omitiendo a las mujeres encuéntranse mil quinientos o dos mil hombres por lo menos. Bien: ¿cuántos revólveres, sin contar con los que en las tiendas se encuentran?— No hay duda, mil quinientos o dos mil revólveres. Bien: ¿y machetes? Mil quinientos o dos mil machetes. —Muy bien: y cuchillos y puñales?— Es verdad… Mil quinientos o dos mil entre puñales y cuchillos.

¿Estás, querido lector? ¿Ya ves que las cosas que más naturales te parecen son las que más títulos nos dan al salvajismo? ¿Qué hace toda esa gente con adornos tan siniestros? ¿No te gustará más algunas veces ser indio, tributario de Caonabo, y ver desnudos a tus semejantes, llevando por adornos, gentil penacho de plumas y mil figuras en el rostro y en la desnuda piel de todo el cuerpo? —Seguramente que sí. Aquellas cosas son más bellas y simpáticas que estas, que si por desgracia se desprenden del pintado cinto, pueden producir la muerte.

¡Ah! después de esto, cuándo acabaremos? se pregunta el corazón entristecido. ¿Cuándo se nos librará de presenciar espectáculos tan repugnantes y ridículos? ¿Por qué los gobernadores, por qué los municipios no dan sus disposiciones para proscribir aquellas cosas que está en sus atribuciones proscribir y las cuales afectan grandemente la cultura de la sociedad? ¿Qué viene a ser un campesino que para venir a la ciudad, se arma hasta los dientes, como si se le llamara para ir a adquirir de nuevo el terreno que nos pertenece hacia Occidente?…

Nosotros decimos que eso es impropio de una sociedad que aspire a llamarse culta: que la tolerancia de tal cosa es peligrosísima, inmoral; que permitiendo las Corporaciones o autoridades respectivas, la introducción a la ciudad de diez mil armas diariamente, se prueba que no hay empeño por conservar la vida de nuestras familias, y el decoro de la sociedad.

La epidemia del revólver duró por mucho tiempo, agravándose cada vez más, por obra de los haitianos, con el doble objeto del criminal negocio y de la política de perturbación de la vida dominicana, a fin de avanzar cada vez más en sus depredaciones. El periódico La Voz de Santiago, del 3 de julio de 1881, señalaba al revólver entre las principales calamidades de aquellos días:

“Los revólveres, la peor de todas las calamidades, se venden en esta ciudad al precio ínfimo de cinco pesos, y se dan de ñapa cien cápsulas al que los compra.

Como los revólveres no sirven sino para matar gente, parece que los haitianos, han declarado libre de derecho esa mercancía, siempre que su introducción sea con ánimo de exportarla para la Partie de l’Est…”

La venta de revólveres se anunciaba mezclándolos, como cosa corriente, entre objetos de fantasía o de uso diario. En el anuncio de la Casa de José A. López Villanueva, de Puerto Plata, publicado en El Porvenir, del 1 de febrero de 1874, dice, sin alterar el orden de los efectos: “… Esencias, Pomadas, Jabón y Aceites de la acreditada fábrica Lubin, Revólveres de 12, 9, 7 y 5 milímetros, moderno sistema, Carabinas de caza Mariette cuatro sistemas diferentes, Cajas de cubiertos Christofle, Cápsulas, Cuerdas de guitarra…”

El afrentoso uso, casi generalizado, del revólver, existió en el país hasta los comienzos de la Ocupación Militar Norteamericana, en 1916. Refería el altruista santiagués Vicente Tolentino Rojas que un dominicano, en Alemania, llegó a una tienda de armas en busca de un rifle: éste, dijo, señalando uno, de los que se usan en las cacerías del África. El sorprendido vendedor, que ya sabía la procedencia del comprador, inquirió: “¿Y en su país hay fieras?”

“Sí, le respondió el dominicano: Allá hay unas fieras llamadas bolos y otras llamadas colúos”. Algún día habrá de escribirse la divertida y a la vez trágica historia del revólver en Santo Domingo.

Por entonces abundaban los bárbaros que mataban por una onza, o por un buen revólver o por ver saltar a su víctima, como se decía. Era el matón, excrecencia de las revoluciones.

A ese grave mal, pero aún mayor, estamos abocados si al concluirse la integración del Ejército, al reagruparse sus elementos disidentes, todavía siguen en manos de civiles las armas que ya nadie debe portar sino de acuerdo con la ley.

Porque la verdad es que el uso de las armas de fuego, como se ha propuesto en la República desde tantos años atrás, sólo debería ser privilegio de militares.

Comencemos, pues, por mostrarles a todos nuestros conciudadanos, por ignaros que sean, que la más poderosa de las armas es el derecho. Que esa es la única arma que debe llevar el hombre, en la mano, en el cinto, entre los dientes: el derecho.

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