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Crónicas de Hispaniola

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Armas, Uniformes y Artilleros en Santo Domingo en 1790

Posted on julio 12, 2026julio 12, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en Armas, Uniformes y Artilleros en Santo Domingo en 1790

Una revista militar permite reconstruir el equipamiento, la disciplina y la vida material de la guarnición colonial

Crónicas de Hispaniola

En julio de 1790, el gobernador y capitán general Joaquín García inspeccionó la Compañía del Real Cuerpo de Artillería de Santo Domingo. El documento resultante ofrece una de las descripciones más concretas sobre el estado material de una unidad militar en la parte española de la isla a finales del siglo XVIII.

La revista no se limita a enumerar soldados. Registra el número de plazas, el estado del vestuario, la cantidad y procedencia de las armas, la conservación de sables y pertrechos, las pagas, las gratificaciones y la preparación de los oficiales. También conserva filiaciones individuales con edad, estatura, oficio, alfabetización, rasgos físicos, fecha de alistamiento y ascensos.

Leída en conjunto, esta documentación permite ir más allá de la historia de campañas y gobernadores. Muestra cómo vestían los artilleros, qué fusiles utilizaban, qué piezas del equipo faltaban, cuánto dinero manejaba la compañía y qué tipo de hombres integraban la guarnición.

El Real Cuerpo de Artillería en Santo Domingo

La artillería era una rama especializada del aparato militar de la monarquía española. Su función no se limitaba al manejo de cañones. Los artilleros debían conocer:

  • Servicio de las piezas.
  • Municiones y pólvoras.
  • Conservación de fusiles y bayonetas.
  • Organización de baterías.
  • Disciplina técnica.
  • Almacenamiento de pertrechos.
  • Reparación y control del material.
  • Procedimientos de fortificación y defensa.

En una plaza como Santo Domingo, el cuerpo de artillería tenía especial importancia. La ciudad estaba protegida por murallas, baluartes, baterías y fuertes costeros. Además, la colonia debía atender puertos, pasos marítimos y puestos fronterizos.

La compañía inspeccionada por Joaquín García formaba parte de ese sistema. El documento la identifica como Compañía del Real Cuerpo de Artillería de Santo Domingo y la sitúa dentro de la dotación militar de la isla.

Una compañía de sesenta y una plazas

La revista declara que la compañía contaba con el completo de sesenta y una plazas reglamentarias, además de dos supernumerarias autorizadas por Real Orden.

La expresión “plazas” no debe entenderse únicamente como soldados presentes físicamente ese día. En la administración militar, una plaza representaba un puesto presupuestado y reconocido dentro de la unidad. La revista distingue, además, la situación de los inválidos y señala que una reducción propuesta no debía afectar el número reglamentario.

Este dato permite apreciar la escala de la unidad. No era una gran formación de campaña, sino una compañía especializada, concebida para atender piezas, arsenales y posiciones defensivas.

En una guarnición colonial, una fuerza de ese tamaño podía distribuirse entre:

  • Fortificaciones urbanas.
  • Baterías costeras.
  • Almacenes.
  • Puestos de guardia.
  • Servicios de instrucción.
  • Reparación y mantenimiento.
  • Destacamentos temporales.

La revista no ofrece una distribución completa por puesto, pero el número de plazas permite dimensionar la capacidad técnica disponible.

Disciplina e instrucción

Joaquín García afirma que los integrantes de la compañía eran de “buena calidad” y estaban disciplinados en los ejercicios propios de su instituto.

La fórmula pertenece al lenguaje administrativo de la época. “Buena calidad” no era necesariamente un juicio moral moderno; podía aludir a la condición, comportamiento o aptitud considerados adecuados por la autoridad militar.

La expresión “ejercicios de su instituto” se refiere al entrenamiento propio del cuerpo. En artillería, esto implicaba más que marchas y manejo del fusil. Los soldados debían aprender:

  • Movimiento de piezas.
  • Carga y disparo.
  • Limpieza del ánima.
  • Cálculo y distribución de municiones.
  • Manipulación de pólvora.
  • Servicio de batería.
  • Maniobras de seguridad.
  • Uso de herramientas específicas.

El documento atribuye al capitán Peregrino Gazet celo y puntualidad en la instrucción de la compañía. Los demás oficiales aparecen descritos como instruidos y satisfechos con sus pagas.

El uniforme: caserillo blanco y divisa encarnada

Uno de los detalles más valiosos de la revista es la descripción del vestuario.

El documento señala que la compañía utilizaba un uniforme de caserillo blanco con divisa encarnada, recibido y usado desde el 20 de noviembre de 1788.

El término “caserillo” designaba un tejido basto o resistente, apropiado para prendas militares de uso ordinario. El blanco era común en numerosos uniformes de la monarquía española durante el siglo XVIII. La “divisa encarnada” se refiere a distintivos rojos utilizados para diferenciar cuerpos, unidades o funciones.

La revista no describe todas las piezas del uniforme, pero razonablemente el vestuario de un artillero podía incluir:

  • Casaca o chaqueta blanca.
  • Vueltas, cuello o solapas encarnadas.
  • Chaleco.
  • Calzón.
  • Medias o polainas.
  • Zapatos.
  • Sombrero reglamentario.
  • Correajes para cartuchera y cinturón.

No debe reconstruirse visualmente cada detalle sin consultar reglamentos específicos del Real Cuerpo de Artillería. Lo que sí puede afirmarse con seguridad es la combinación principal de blanco y rojo.

El informe considera que el vestuario se encontraba en buen estado. Esto resulta significativo porque la humedad, el clima tropical y el uso continuo deterioraban rápidamente las telas, el cuero y los metales.

Fusiles y bayonetas

La compañía poseía sesenta y un fusiles y el mismo número de bayonetas. El total coincidía con las plazas reglamentarias.

El documento afirma que los fusiles eran iguales a los utilizados por el ejército y que procedían de la fábrica de Plasencia, con guarniciones de latón. Habían sido recibidos en diciembre de 1773.

Para 1790, por tanto, las armas llevaban aproximadamente diecisiete años de servicio. La revista reconoce su antigüedad, pero sostiene que todavía podían utilizarse gracias a las reparaciones realizadas oportunamente.

Este pasaje muestra varios aspectos de la administración militar:

  1. El armamento se conservaba durante largos periodos.
  2. La reparación era una práctica normal.
  3. No se reemplazaban automáticamente las armas antiguas.
  4. La compañía dependía de mantenimiento local.
  5. El inventario buscaba mantener correspondencia entre hombres y fusiles.

Los fusiles de chispa eran armas de avancarga. Requerían pólvora, bala, papel de cartucho, piedra de sílex, baqueta y cuidado constante. La humedad podía inutilizar la pólvora o afectar el mecanismo.

La bayoneta convertía el fusil en un arma para combate cercano. En una plaza fortificada, permitía a los artilleros defender las baterías si el enemigo alcanzaba las posiciones.

La fábrica de Plasencia y el origen del armamento

La mención de Plasencia vincula la guarnición de Santo Domingo con las redes productivas y logísticas de la monarquía.

Las armas no eran fabricadas necesariamente en la isla. Llegaban mediante circuitos transatlánticos y debían conservarse durante años. Esto generaba dependencia de:

  • Repuestos.
  • Herreros.
  • Armeros.
  • Carpinteros.
  • Latoneros.
  • Suministro de piedras de chispa.
  • Pólvora y municiones.

La presencia de guarniciones de latón podía referirse a partes metálicas del fusil. El latón resistía relativamente bien la corrosión y era frecuente en determinados componentes militares.

El informe no ofrece el modelo exacto de los fusiles. Por ello, una reconstrucción gráfica debe utilizar un fusil español de chispa de finales del siglo XVIII sin atribuirle un modelo concreto no documentado.

Los sables

Los sables habían sido recibidos en 1774 y se encontraban en estado de servicio mediano.

La calificación “mediano servicio” indica que eran utilizables, pero mostraban desgaste. Podían presentar:

  • Hojas melladas.
  • Empuñaduras deterioradas.
  • Vainas dañadas.
  • Corrosión.
  • Ajustes flojos.
  • Pérdida de piezas menores.

El sable era un arma secundaria para los artilleros. Su utilidad aumentaba cuando la batería era atacada directamente o cuando el soldado debía actuar fuera de la pieza.

El hecho de que los sables fueran posteriores a los fusiles, pero estuvieran peor evaluados, demuestra que la antigüedad no era el único factor. El uso, la conservación y la calidad inicial influían decisivamente.

La caja de guerra

La revista menciona una caja de guerra recibida aproximadamente al mismo tiempo que los sables y calificada también como de servicio mediano.

La “caja de guerra” podía referirse a un tambor militar. En la documentación castrense, la caja servía para:

  • Transmitir órdenes.
  • Marcar marchas.
  • Convocar formaciones.
  • Regular ejercicios.
  • Señalar alarmas.
  • Acompañar ceremonias.

No debe confundirse con una caja para guardar fondos o municiones, aunque el contexto debe revisarse en cada documento. Aquí, por su inclusión junto al vestuario y armamento de la compañía, la interpretación más probable es la del instrumento militar.

Cartucheras, frascos y cinturones

La revista describe la fornitura de la compañía como compuesta por:

  • Cartucheras.
  • Frascos.
  • Cinturones.
  • Juegos de agujas de cañón.

El conjunto se encontraba también en estado mediano y faltaban algunas piezas para completar todas las plazas.

La cartuchera contenía los cartuchos de papel con pólvora y bala. El cinturón permitía transportar armas y accesorios. Los frascos podían emplearse para pólvora fina u otros componentes del servicio.

Las agujas de cañón eran herramientas necesarias para perforar el cartucho de pólvora colocado dentro de la pieza y permitir el cebado por el oído. Su inclusión revela el carácter técnico del equipo de artillería.

La falta de algunas piezas no parece haber incapacitado por completo a la compañía, pero sí demuestra que la dotación no era perfecta.

El material en “mediano servicio”

La repetición de la expresión “mediano servicio” es reveladora. La compañía no estaba desarmada ni abandonada, pero tampoco contaba con equipo nuevo en todos sus componentes.

El estado general puede resumirse así:

  • Vestuario: bueno.
  • Fusiles: antiguos, pero reparables y útiles.
  • Bayonetas: completas.
  • Sables: medianos.
  • Caja de guerra: mediana.
  • Fornituras: medianas e incompletas en algunos casos.
  • Disciplina: satisfactoria.
  • Pagas: al corriente.

Este equilibrio entre suficiencia y desgaste era probablemente habitual en una guarnición colonial distante de los principales centros de suministro.

Pagas y satisfacción de la tropa

El informe señala que los oficiales estaban satisfechos con sus pagas. Los soldados también habían recibido su prest y masita sin deuda pendiente.

El prest era una parte del sueldo entregada al soldado para sus gastos inmediatos. La masita se relacionaba con fondos o descuentos destinados a vestuario y otras necesidades de la tropa.

Que no existieran atrasos era un dato favorable. En muchos ejércitos del Antiguo Régimen, la falta de pagos provocaba:

  • Deserción.
  • Endeudamiento.
  • Indisciplina.
  • Venta clandestina de equipo.
  • Conflictos con la población.
  • Dificultad para mantener el uniforme.

La revista buscaba demostrar que la compañía se encontraba administrativamente ordenada.

Gratificaciones y fondos

La gratificación correspondiente a hombres y armas ascendía a 770 pesos, 7 reales y 1 maravedí.

La precisión contable muestra el nivel de detalle de la administración militar. La revista añade que existían fondos en caja después de deducir:

  • Reparación de armas.
  • Gastos de papel.
  • Otros anexos establecidos por ordenanza.

Este pasaje permite observar que la compañía administraba recursos propios destinados al mantenimiento.

El documento no ofrece una contabilidad completa ni permite comparar esa suma con el presupuesto general de la colonia. Sin embargo, demuestra que el sostenimiento de la unidad incluía una estructura financiera específica.

Peregrino Gazet

El capitán de la compañía era el teniente coronel Peregrino Gazet. La revista afirma que cumplía bien con sus obligaciones e instruía a la tropa con celo y puntualidad.

Su hoja de servicio aparece más adelante en el volumen. Tenía cuarenta y nueve años en 1789 y era natural de Barcelona. Había servido en Cataluña, Galicia, África y América. También había participado en la defensa de Melilla en 1775.

Gazet acumulaba treinta y cinco años de servicio al finalizar 1789. Su trayectoria muestra que el mando técnico de la compañía recaía en un oficial con experiencia en diversos escenarios.

La presencia de un teniente coronel al frente de una compañía podía responder a su especialización, antigüedad o situación dentro del cuerpo.

Juan José Arizábalo

La revista menciona al capitán Juan de Arizábalo, quien desempeñaba funciones de subalterno con sueldo de capitán efectivo. Por esa razón, la compañía no tenía teniente.

Su hoja de servicio lo identifica como natural de Vizcaya. Había servido en Castilla, Galicia y América dentro del Real Cuerpo de Artillería.

Arizábalo aparece además como responsable de certificar varias filiaciones de soldados. Su firma garantiza que las copias procedían de los libros originales de la compañía.

Su función combinaba:

  • Mando subalterno.
  • Administración.
  • Certificación documental.
  • Control de filiaciones.
  • Registro de ascensos.
  • Supervisión del detalle de la compañía.

Pedro Claver

Pedro Claver era subteniente de artillería y natural de Santo Domingo. Su hoja lo identifica como plebeyo y registra más de veintiún años de servicio al finalizar 1789.

Había comenzado como soldado en 1768, pasó a cabo en 1773, a sargento en 1784 y alcanzó el grado de subteniente en agosto de 1789.

Su trayectoria es importante porque demuestra una vía de ascenso desde la tropa hasta la oficialidad inferior. No todos los oficiales procedían de familias nobles o ingresaban como cadetes.

Pedro Claver representa un modelo de promoción basado en:

  • Antigüedad.
  • Experiencia.
  • Buen cumplimiento.
  • Conocimiento técnico.
  • Permanencia dentro del mismo cuerpo.

La hoja lo evalúa favorablemente en valor, aplicación, capacidad y conducta.

Francisco Abreu

Francisco Abreu era sargento primero, natural de Santo Domingo y también identificado como plebeyo.

Había comenzado como soldado en 1770, ascendió a cabo en 1781 y a sargento en 1786. Para 1789 sumaba casi veinte años de servicio.

Una filiación más detallada lo presenta como hijo de Juan y Juana Rodríguez, natural de la villa de San Carlos. Medía cinco pies y cuatro pulgadas y una línea, tenía veinticinco años al momento de la filiación, era trigueño, de pelo y ojos negros, con poca barba.

El documento señala que se alistó voluntariamente por seis años en 1770. Después renovó su compromiso y ascendió sucesivamente a minador, cabo, sargento segundo y sargento primero.

La carrera de Abreu muestra la importancia de la experiencia técnica y la permanencia en el servicio.

Domingo Enrique

Domingo Enrique aparece registrado como bombardero.

La filiación lo identifica como hijo de Pedro y Francisca Faxardo, natural de la villa de San Carlos, de oficio labrador. Sabía leer y escribir. Tenía veintidós años al sentar plaza y medía cinco pies y cinco pulgadas.

Sus rasgos físicos fueron descritos con el detalle característico de las filiaciones militares:

  • Pelo castaño oscuro.
  • Ojos pardos.
  • Color trigueño.
  • Cejas negras.
  • Frente espaciosa.
  • Nariz aguileña.
  • Barbilampiño.
  • Cicatriz bajo la mandíbula izquierda.

Se alistó voluntariamente por ocho años en octubre de 1773. Posteriormente pasó a bombardero en 1785.

La hoja añade que había capturado a un artillero desertor. Este servicio pudo contribuir a su ascenso o reconocimiento.

Joaquín Abendaño

Joaquín Abendaño era natural de la ciudad de Santo Domingo y ejercía el oficio de platero.

Su filiación ofrece un retrato excepcionalmente concreto. Tenía veintisiete años, medía cinco pies, tres pulgadas y siete líneas. Era trigueño, de pelo y cejas negras, frente ancha, nariz regular y rostro marcado por viruelas. También tenía una cicatriz bajo la mandíbula izquierda.

No sabía firmar y realizó una señal de cruz al incorporarse.

Había servido previamente en el Batallón Fijo de Santo Domingo y después pasó a la Compañía de Artilleros. El documento aclara que se le abonó el tiempo anterior de servicio para conservar su antigüedad.

Fue promovido a cabo de artilleros en 1784.

Su caso demuestra la movilidad entre unidades y la presencia de artesanos urbanos dentro del cuerpo.

Juan de Plata

Juan de Plata era natural de la ciudad de Santo Domingo y de oficio sastre.

La filiación lo describe como:

  • Veinticuatro años.
  • Cinco pies y cuatro pulgadas.
  • Pelo y cejas castaño claro.
  • Ojos pardos.
  • Nariz aguileña.
  • Color trigueño.
  • Marcas de viruela.
  • Barbilampiño.

Sabía leer y escribir. Se alistó voluntariamente por ocho años en enero de 1775 y pasó a minador en diciembre de 1788.

Su oficio de sastre resulta especialmente interesante. Los artilleros no eran exclusivamente militares profesionales desde la adolescencia; muchos procedían de ocupaciones civiles.

Un sastre podía aportar destrezas manuales, precisión y experiencia en trabajo organizado. La artillería, como cuerpo técnico, se beneficiaba de hombres habituados a oficios especializados.

Plateros, sastres y labradores

Las filiaciones permiten identificar oficios civiles entre los soldados:

  • Platero.
  • Sastre.
  • Labrador.

Estos registros revelan la conexión entre la economía urbana y la guarnición.

La artillería requería personal capaz de:

  • Trabajar metales.
  • Reparar piezas.
  • Manipular herramientas.
  • Medir.
  • Seguir procedimientos.
  • Mantener disciplina técnica.

Aunque no todos los oficios se trasladaban directamente al servicio militar, la experiencia artesanal podía ser útil.

El cuerpo funcionaba así como espacio de incorporación social y técnica.

Alfabetización

Las hojas registran si los soldados sabían leer y escribir.

Domingo Enrique y Juan de Plata aparecen como alfabetizados. Joaquín Abendaño no sabía firmar y realizó una cruz.

Esta información permite aproximarse a los niveles de alfabetización entre artesanos y soldados de Santo Domingo. No puede generalizarse a toda la población, pero sí demuestra diversidad dentro de la compañía.

Saber leer y escribir podía facilitar:

  • Ascensos.
  • Funciones administrativas.
  • Manejo de inventarios.
  • Lectura de órdenes.
  • Control de municiones.
  • Servicio como escribiente.

La alfabetización no era un requisito absoluto para servir o ascender a ciertos grados, como muestra el caso de Abendaño.

Rasgos físicos y control administrativo

Las filiaciones militares registraban con detalle los rasgos físicos para identificar a cada hombre.

Incluían:

  • Estatura.
  • Color de piel.
  • Pelo.
  • Ojos.
  • Cejas.
  • Frente.
  • Nariz.
  • Barba.
  • Cicatrices.
  • Marcas de viruela.

Estas descripciones cumplían una función administrativa. Permitían reconocer al soldado, controlar desertores y evitar sustituciones fraudulentas.

No eran retratos neutrales. Utilizaban categorías físicas y raciales propias del siglo XVIII, como “trigueño”, dentro de una sociedad jerarquizada.

El valor histórico de estas filiaciones es enorme porque conservan información sobre personas que rara vez aparecen en relatos políticos.

Minadores y bombarderos

Las hojas mencionan grados o especialidades como minador y bombardero.

El bombardero era un artillero especializado en el servicio de determinadas piezas o proyectiles.

El minador podía participar en trabajos de minas, excavaciones, fortificaciones y obras asociadas a la artillería. En una plaza fortificada, los minadores podían ser empleados en:

  • Zanjas.
  • Galerías.
  • Reparaciones.
  • Obras defensivas.
  • Preparación de posiciones.
  • Demolición o contramina.

No debe suponerse que todos realizaban constantemente operaciones subterráneas. El título formaba parte de la jerarquía técnica del cuerpo.

Premios por años de servicio

La documentación incluye relaciones de hombres considerados acreedores a premios por quince o veinte años de servicio.

Entre ellos aparecen:

  • Joaquín Abendaño, cercano a veinte años.
  • Francisco Abreu, también próximo a veinte.
  • Juan de Plata, propuesto para premio de quince años.

Estos premios formaban parte del sistema de incentivos de la monarquía. Recompensaban continuidad, conducta y ausencia de faltas graves.

La relación especifica que los propuestos no debían haber:

  • Interrumpido el servicio.
  • Usado licencia absoluta.
  • Desertado.
  • Incurrido en fealdad o falta grave.

La antigüedad se convertía así en un derecho administrativo, siempre condicionado a la conducta.

Inválidos y retiro

La compañía también registraba soldados imposibilitados para continuar.

Domingo Enrique aparece en una relación de hombres que solicitaban destino en los inválidos de Santo Domingo. La causa consignada era su estado de salud.

El sistema de inválidos permitía atender, de manera limitada, a militares que ya no podían prestar servicio activo por:

  • Edad.
  • Enfermedad.
  • Heridas.
  • Desgaste físico.

La revista distingue cuidadosamente entre plazas activas e inválidos. Esto muestra que la administración militar trataba de conservar el número efectivo de combatientes.

La artillería como institución social

Los documentos permiten ver la compañía no solo como unidad técnica, sino como institución social.

En ella convivían:

  • Oficiales peninsulares.
  • Suboficiales nacidos en Santo Domingo.
  • Artesanos urbanos.
  • Labradores.
  • Hombres alfabetizados.
  • Soldados incapaces de firmar.
  • Veteranos.
  • Jóvenes reclutas.
  • Individuos en ascenso.
  • Militares próximos al retiro.

La compañía ofrecía:

  • Sueldo.
  • Vestuario.
  • Alimentación o fondos asociados.
  • Formación.
  • Posibilidad de ascenso.
  • Premios por antigüedad.
  • Identidad corporativa.
  • Protección limitada en la invalidez.

A cambio exigía disciplina, permanencia y sometimiento a la ordenanza.

Una guarnición suficientemente equipada

La revista de 1790 no describe una unidad en ruina. La compañía tenía:

  • Plantilla completa.
  • Fusiles y bayonetas suficientes.
  • Vestuario en buen estado.
  • Oficiales instruidos.
  • Pagas al día.
  • Fondos para reparaciones.
  • Mando experimentado.

Pero también presentaba señales de desgaste:

  • Fusiles antiguos.
  • Sables medianos.
  • Fornituras incompletas.
  • Equipo que requería reparación.
  • Soldados inválidos.

La imagen resultante es la de una guarnición funcional, aunque dependiente del mantenimiento constante.

Santo Domingo dentro de la defensa imperial

El equipamiento de la compañía muestra que Santo Domingo formaba parte de una red militar más amplia.

Los oficiales habían servido en:

  • Cataluña.
  • Galicia.
  • África.
  • Melilla.
  • Castilla.
  • Otras plazas americanas.

Las armas procedían de fábricas peninsulares. Los reglamentos, uniformes y escalafones respondían a modelos generales de la monarquía.

Al mismo tiempo, buena parte de la tropa había nacido en Santo Domingo o San Carlos. La defensa imperial descansaba en una combinación de mando transatlántico y personal local.

Antes de la gran crisis fronteriza

La revista fue realizada en julio de 1790, poco antes de que la Revolución de Saint-Domingue alterara completamente la situación de la isla.

Esto aumenta su valor. El documento retrata a la compañía en vísperas de una crisis que exigiría:

  • Reforzar baterías.
  • Defender puertos.
  • Enviar destacamentos.
  • Reparar armas con mayor frecuencia.
  • Aumentar vigilancia.
  • Coordinarse con milicias y tropas de frontera.

La revista constituye, por tanto, una fotografía institucional anterior a la guerra abierta de 1793.

Lo que el documento no permite saber

La fuente no informa con precisión:

  • Cuántos cañones tenía la compañía.
  • Qué calibres utilizaba.
  • En qué baterías estaban distribuidos.
  • Cuánta pólvora almacenaba.
  • Cuántas balas o proyectiles existían.
  • Qué modelo exacto tenían los fusiles.
  • Cuál era el diseño completo del uniforme.
  • Cuánto cobraba cada grado.
  • Qué porcentaje de soldados era natural de la isla.

Estos temas requieren reglamentos, inventarios de fortificaciones y estados de fuerza complementarios.

Valor documental

El mayor aporte de la revista es su capacidad para unir lo material con lo humano.

No solo sabemos que la compañía tenía sesenta y un fusiles. También conocemos a hombres que los portaban:

  • Un platero que no sabía firmar.
  • Un sastre alfabetizado.
  • Un labrador convertido en bombardero.
  • Un soldado plebeyo ascendido a subteniente.
  • Un sargento natural de San Carlos con casi veinte años de servicio.

Esta combinación convierte el documento en una fuente para:

  • Historia militar.
  • Historia social.
  • Historia del trabajo.
  • Historia material.
  • Estudios de alfabetización.
  • Genealogía.
  • Historia institucional.

Conclusión

La revista de inspección de 1790 presenta a la Compañía del Real Cuerpo de Artillería de Santo Domingo como una unidad reglamentada, disciplinada y razonablemente equipada.

Contaba con sesenta y una plazas, igual número de fusiles y bayonetas, uniformes blancos con distintivos encarnados, sables, cartucheras, cinturones y herramientas propias del servicio de cañón. Sus oficiales estaban instruidos, las pagas se encontraban al día y existían fondos para reparaciones.

El material, sin embargo, no era nuevo. Los fusiles habían sido recibidos en 1773, los sables en 1774 y varias piezas del equipo se encontraban en estado mediano. La operatividad dependía de reparaciones constantes y de la experiencia de los hombres.

Las filiaciones individuales completan el cuadro. La compañía estaba integrada por militares de carrera, artesanos y trabajadores locales. Algunos sabían leer y escribir; otros no podían firmar. Varios ascendieron desde soldado hasta sargento, bombardero, minador o subteniente.

La artillería de Santo Domingo no era únicamente un conjunto de cañones. Era una comunidad técnica y militar sostenida por hombres concretos, oficios urbanos, recursos administrativos y una disciplina que sería puesta a prueba poco después por la revolución y la guerra en Saint-Domingue.

Bibliografía

Rodríguez Demorizi, Emilio. Milicias de Santo Domingo, 1786-1821. Santo Domingo: Academia Dominicana de la Historia, Editora del Caribe, 1978.

Bibliografía complementaria sugerida

Las siguientes obras y documentos se proponen para consulta adicional:

  • Ordenanzas de Carlos III para el régimen, disciplina y servicio de los ejércitos.
  • Reglamentos del Real Cuerpo de Artillería del siglo XVIII.
  • Inventarios de armas y fortificaciones de Santo Domingo.
  • Archivo General de Simancas, Guerra Moderna, legajo 7290.
  • Archivo General Militar de Segovia, hojas de servicio de los oficiales mencionados.
  • Utrera, Cipriano de. Historia militar de Santo Domingo.
  • Moreau de Saint-Méry, M. L. E. Descripción de la parte española de Santo Domingo.
  • Estudios sobre uniformología militar española del reinado de Carlos III y Carlos IV.
  • Estudios sobre la Real Fábrica de Armas de Plasencia.
  • Inventarios de los baluartes, fuertes y almacenes de Santo Domingo.
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