Crónicas de Hispaniola
El viernes 23 de abril de 1655, la ciudad de Santo Domingo amaneció ante una amenaza que no podía confundirse con una visita común de navíos ni con una escaramuza de corsarios. Frente al puerto apareció una armada inglesa. Venía dividida, numerosa, con embarcaciones de guerra, soldados, oficiales y un propósito que pronto quedaría claro: ocupar la isla Española en nombre del poder que entonces gobernaba Inglaterra bajo Oliver Cromwell.
La relación levantada por Francisco Facundo de Carvajal, escribano público y de provincia de Santo Domingo, presenta los hechos desde la mirada de la ciudad cercada. No es un relato distante. Es la memoria de una plaza que debió reaccionar con rapidez, entre avisos, órdenes, temores, movimientos de tropas, desembarcos enemigos y combates en los caminos que conducían hacia la ciudad.
La armada inglesa venía comandada por dos figuras principales: Guillermo Penn, responsable de la fuerza naval, y Roberto Venables, encargado de las tropas de tierra. Según los testimonios recogidos, la expedición no se limitaba a castigar o saquear Santo Domingo. El plan era más amplio: tomar la isla, poblarla bajo dominio inglés y convertirla en punto de apoyo para nuevas operaciones en el Caribe, especialmente hacia Jamaica, Cuba, Cartagena y otras posesiones españolas.
La ciudad que encontraron no era ya la gran capital antillana de los primeros tiempos de la colonización. Santo Domingo conservaba el peso simbólico de ser la ciudad primada de América, pero su situación material era limitada. Sus recursos eran escasos, la población no era abundante y la defensa dependía tanto de las fortificaciones como de la disposición de sus vecinos y de la gente llegada desde otros puntos de la isla.
Al divisarse la armada, el presidente de la Real Audiencia y gobernador, Bernardino de Meneses Bracamonte y Zapata, Conde de Peñalba, tomó las primeras medidas. Se tocaron cajas, se reunió la infantería, se repartieron armas y se mandó guarnecer la muralla. Las piezas de artillería fueron preparadas en los puntos más sensibles, y se enviaron partidas hacia las zonas por donde el enemigo podía intentar desembarcar.
La preocupación principal era impedir que los ingleses llegaran con facilidad hasta la ciudad.
Los puntos vigilados eran conocidos: Güibia, el fuerte de San Jerónimo, la boca de Haina, Nizao, los caminos de la Esperilla, los pasos de monte y las entradas que comunicaban la costa con la plaza. La defensa no podía depender únicamente de esperar al enemigo detrás de los muros. Había que salir a la campaña, observar sus movimientos, cortarles el avance y negarles alimentos, agua y seguridad.
Desde el primer momento, Peñalba ordenó también medidas internas. La ciudad debía mantenerse en orden. Los extranjeros fueron recogidos por precaución. Se dispuso que los esclavos fueran llevados a trabajar en las fortificaciones. Se organizaron compañías, se asignaron oficiales, se distribuyeron municiones y se dieron órdenes para proteger los conventos, las casas y las principales entradas urbanas.
Santo Domingo empezó a vivir bajo disciplina de plaza sitiada.
La armada inglesa tanteó la costa. Una parte quedó a barlovento del puerto y otra pasó hacia sotavento. Sus jefes parecían entender que entrar directamente por el puerto podía ser costoso, pues la ciudad contaba con artillería y puntos defensivos capaces de responder. Por eso buscaron desembarcar en un lugar más favorable y marchar luego por tierra.
El desembarco se produjo por Nizao.
La noticia llegó a la ciudad el domingo 25 de abril: el enemigo había puesto gente en tierra a unas diez leguas de Santo Domingo. La relación habla de unos seis mil hombres, cifra que corresponde al lenguaje del documento y al cálculo de quienes recibían noticias en medio de la confusión de la guerra. Peñalba respondió enviando fuerzas hacia los caminos. El capitán Damián del Castillo Vaca recibió orden de resistir el avance mediante emboscadas y cortaduras. También fue enviado el maestre de campo Juan Morfa Geraldino con otra tropa.
La estrategia era práctica. Santo Domingo no podía exponerse a una batalla abierta contra un ejército superior en número y mejor equipado. La ventaja de los defensores estaba en otro lugar: conocían el terreno, los caminos, los montes, las salidas hacia Haina, los pasos de agua y las rutas por donde una tropa extranjera, cansada y cargada, tendría que avanzar.
Así empezó una guerra de movimiento corto, de emboscadas y golpes rápidos.
En los primeros encuentros fueron capturados algunos hombres del enemigo. Uno de ellos declaró que la armada había salido de Inglaterra por orden de Cromwell, que había pasado por Barbados para recoger soldados, caballos, bastimentos y municiones, y que venía con intención de ocupar la isla. La información confirmó lo que ya se sospechaba: no era una incursión improvisada, sino una expedición de conquista.
El lunes y el martes siguientes se intensificaron los preparativos. Se reforzó el fuerte de San Jerónimo, se enviaron municiones al Matadero, se dispusieron guardias en la muralla y se protegieron las bocas de las calles. Peñalba recorrió personalmente algunos puntos de defensa, mientras los capitanes de campaña se movían entre Haina, la Esperilla y los caminos por donde se esperaba al enemigo.
El martes 27 de abril, los ingleses comenzaron a sentir la resistencia en tierra. Las partidas enviadas desde Santo Domingo se emboscaron en los montes y atacaron cuando el avance enemigo se hizo vulnerable. El objetivo no era destruir de una vez al ejército invasor, sino impedirle caminar con seguridad. Cada tramo debía costarle esfuerzo.
Ese mismo día, la presión obligó a los ingleses a retirarse hacia la boca de Haina. Desde el fuerte de San Jerónimo y otros puntos de artillería se les hizo fuego cuando quedaron al alcance. Los defensores capturaron prisioneros y recogieron armas, municiones y bastimentos abandonados por el enemigo.
Al día siguiente, 28 de abril, la armada inglesa se acercó al puerto. Varias naves, entre ellas la capitana y la almiranta, dieron fondo frente a la ciudad y comenzaron a disparar. La artillería de Santo Domingo respondió desde la fuerza, el Estudio, el Matadero y otros puntos. El intercambio no decidió la suerte del sitio, pero mostró que la ciudad no estaba desguarnecida.
Peñalba actuó con cautela. Ordenó responder cuando era necesario, pero también evitar el gasto inútil de municiones. En una plaza con recursos limitados, cada tiro tenía valor.
La verdadera disputa seguía estando en la campaña.
El jueves 29 de abril, Damián del Castillo, Álvaro Garavito y Pedro Vélez Mantilla salieron con tropas para colocarse en emboscada cerca de los caminos de Haina. Durante la noche aguardaron en silencio. Al amanecer, cuando parecía que el enemigo no saldría, algunos se movieron hacia el ingenio de Juan de Mieses, por donde los ingleses habían pasado. Entonces llegó aviso de que una fuerza enemiga se acercaba.
El choque fue duro. Los defensores atacaron y empujaron a los ingleses hacia la boca de Haina. La relación afirma que les causaron muchas bajas. También murieron hombres de la ciudad y de la tierra. Entre ellos cayó el capitán Pedro Vélez Mantilla, una de las pérdidas señaladas del lado español.
Aquel combate confirmó el carácter que tendría la defensa: los ingleses podían desembarcar, pero no podían moverse sin ser seguidos, observados y golpeados. La isla no les ofrecía el camino despejado que esperaban.
En los días siguientes continuaron las escaramuzas. Las partidas de Santo Domingo se apostaban en los montes, vigilaban los pasos y atacaban a los grupos ingleses que salían en busca de comida. Era una manera de pelear ajustada a las condiciones de la plaza. El hambre, el cansancio, el calor y la falta de agua podían debilitar tanto como las armas.
Mientras tanto, comenzaron a llegar socorros desde otros puntos de la isla. El 4 de mayo entró en Santo Domingo el capitán Luis López Tirado, procedente de Santiago, con cien hombres, la mayoría lanceros. También llegaron o fueron movilizadas fuerzas de otras comarcas. La defensa de la ciudad no fue solo asunto de los vecinos intramuros, sino de una red más amplia de poblaciones de la isla que respondieron al peligro.
Entre quienes pidieron salir a campaña estuvo Gutierre de Meneses y Bracamonte, hijo del Conde de Peñalba. Mandaba una compañía de mosqueteros y arcabuceros y, según la relación, insistió en no permanecer inactivo mientras se decidía la suerte de la plaza.
El momento principal llegó el miércoles 5 de mayo.
Los defensores se hallaban reunidos en el puesto del Pozo cuando llegó aviso de que el ejército inglés avanzaba por el camino de la Esperilla. Damián del Castillo organizó las emboscadas. Cuando los ingleses entraron en el punto previsto, los lanceros cargaron. La relación describe una acción intensa, con numerosas bajas inglesas y abandono de armas, bagajes, instrumentos de guerra, caballos, escalas, bombas, banderas e insignias.
La cifra de muertos enemigos que ofrece el documento es elevada, como suele ocurrir en relaciones de victoria del siglo XVII. Conviene leerla con prudencia. Lo esencial, sin embargo, no está en el número exacto, sino en el resultado: el avance inglés fue rechazado y la expedición perdió capacidad de maniobra.
La artillería de San Jerónimo también tuvo papel en esa jornada. Peñalba había ordenado talar parte del monte situado entre el castillo y los caminos de avance, para que los cañones pudieran hacer fuego con mayor efecto. Así, la defensa combinó trabajos de ingeniería, conocimiento del terreno y acción de caballería ligera.
Después de esa derrota, los ingleses comenzaron a discutir la retirada. Algunos prisioneros declararon que durante la noche se habló de atrincherarse y volver a intentar el ataque, pero las pérdidas sufridas, la muerte de oficiales importantes y la falta de condiciones para sostenerse en tierra inclinaron la decisión hacia el embarque.
La retirada no fue inmediata ni descuidada. Los defensores seguían atentos. Peñalba mantuvo tropas emboscadas y ordenó vigilar los movimientos hacia Haina. La noche del 6 de mayo se recurrió incluso a un ardid sencillo: colocar cuerdas encendidas en distintos árboles para confundir al enemigo. Los ingleses disparaban hacia aquellas luces creyendo que allí había tropas, mientras los hombres de Santo Domingo permanecían en otros puntos.
El episodio muestra una defensa hecha con recursos limitados, pero con capacidad de adaptación. No era una guerra de grandes maniobras europeas, sino de caminos, sombras, ríos, ingenios, montes y avisos llevados por espías.
El 8 de mayo, fuerzas de Azua al mando de Gonzalo Fragoso recibieron orden de hostigar al enemigo al otro lado del río Haina. También se informó que Antonio Hernández de Cuéllar había desbaratado una partida inglesa en las cercanías del ingenio de Juan de Mieses. Las acciones tenían un mismo propósito: impedir que los invasores consiguieran bastimentos y obligarlos a permanecer encerrados cerca de su punto de embarque.
El 9 de mayo, Peñalba mandó sacar dos piezas de artillería a la campaña y colocarlas en trincheras, pensando en un posible nuevo avance enemigo. Ese mismo día nombró formalmente a Damián del Castillo gobernador del tercio de campaña. La organización defensiva se iba consolidando mientras el enemigo, por el contrario, se encerraba cada vez más en la necesidad de salir de la isla.
Llegaron más hombres desde Santiago, esta vez bajo el mando de Fernando Núñez Caravallo. Peñalba dispuso que se movieran hacia la campaña junto con otros arcabuceros y mosqueteros para picar la retaguardia inglesa si intentaba embarcarse. Otras compañías debían cerrar pasos y evitar que el enemigo saliera por comida.
Pero cuando las tropas llegaron a la playa, los ingleses ya estaban embarcándose o habían embarcado.
En tierra quedó un irlandés impedido, abandonado por los suyos. Su testimonio sirvió para completar la imagen de la retirada. Dijo que la expedición había sufrido muchas bajas, que había numerosos heridos y enfermos, y que entre los muertos se contaban oficiales de importancia. También confirmó que los ingleses se dirigían hacia otra isla. Esa isla sería Jamaica.
La consecuencia histórica fue clara: Santo Domingo no cayó, pero la expedición inglesa no desapareció. Fracasado el intento sobre la Española, el golpe terminó desviándose hacia Jamaica, que sería ocupada por los ingleses ese mismo año.
El viernes 14 de mayo, al amanecer, la armada inglesa levantó definitivamente el sitio y navegó hacia sotavento. Para Santo Domingo terminaban semanas de tensión, vigilancia, disparos, marchas, combates y espera.
La ciudad organizó entonces una entrada formal de sus tropas y una ceremonia de acción de gracias en la Catedral. El presidente, el arzobispo, el deán, el cabildo y los vecinos participaron en el acto religioso. En la mentalidad de la época, la victoria no se entendía solo como resultado militar, sino también como señal de protección divina y defensa del orden católico hispánico.
La relación afirma que las pérdidas propias fueron reducidas en comparación con las del enemigo: unos veinticinco muertos y otros tantos heridos. De nuevo, las cifras deben leerse dentro del género documental al que pertenece el texto. Las relaciones oficiales buscaban informar, justificar y también exaltar el servicio prestado al rey. Pero el hecho principal permanece: la expedición inglesa no logró tomar Santo Domingo.
Después del levantamiento del sitio, Peñalba no desmovilizó de inmediato. Dejó compañías en la muralla, mantuvo guardias en San Jerónimo, ordenó vigilancia en Haina y dispuso que algunas fuerzas permanecieran alojadas en la ciudad. También se mandó seguir observando la costa para asegurarse de que la armada no intentara un nuevo desembarco o una acción sobre otros puntos de la isla.
El 21 de mayo, se recuperaron piezas de artillería que los ingleses habían dejado en la playa de Haina. Ese mismo día aparecieron varios bajeles frente a la costa, entre ellos uno español que terminó varado en Sainagua. Peñalba envió hombres para impedir que los ingleses se apoderaran de él y para salvar la carga. Aun después de la retirada principal, la costa seguía siendo espacio de peligro.
La relación fue fechada el 24 de mayo de 1655 y firmada por Francisco Facundo de Carvajal. Su valor no está únicamente en narrar una victoria. También permite ver cómo funcionaba Santo Domingo como plaza de frontera imperial en el Caribe: una ciudad antigua, con recursos limitados, obligada a defenderse mediante fortificaciones, milicias, vecinos armados, socorros del interior y un conocimiento práctico del terreno.
La defensa de 1655 fue una acción de la Santo Domingo española. Sus protagonistas se entendían como vasallos del rey de España, vecinos de una ciudad del Reino de España y defensores de una isla estratégica en el Caribe. Sin embargo, para la historia posterior de la isla, el episodio conserva importancia porque muestra una temprana capacidad de organización local frente a una amenaza externa.
Santo Domingo resistió no por abundancia de recursos, sino por coordinación, rapidez y uso eficaz del terreno. La armada inglesa llegó con un proyecto de conquista; la ciudad respondió con los medios que tenía. El resultado fue que la Española permaneció bajo dominio español, mientras la expedición de Cromwell buscó en Jamaica la victoria que no consiguió frente a las murallas y caminos de Santo Domingo.
Bibliografía
Rodríguez Demorizi, Emilio. Invasión Inglesa de 1655. Notas adicionales de Fray Cipriano de Utrera. Editora Montalvo, Ciudad Trujillo, 1957.
Carvajal, Francisco Facundo de. “Relación del sitio que las armas inglesas mandadas por los generales Penn y Venables pusieron a la ciudad y puerto de Santo Domingo el año 1655, y de la heroica defensa de los españoles”. Madrid: Julián de Paredes, 1655. Reproducida en Emilio Rodríguez Demorizi, Invasión Inglesa de 1655, pp. 29–56.
Archivo General de Indias. Fondos documentales citados por Fray Cipriano de Utrera en las notas incluidas por Emilio Rodríguez Demorizi, relativos a Santo Domingo, Contaduría, Escribanía de Cámara, Indiferente General y correspondencia sobre la invasión inglesa de 1655.
