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Las mujeres intelectuales dominicanas vistas por Kassim Elhimani 1933–1934

Posted on junio 8, 2026junio 8, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en Las mujeres intelectuales dominicanas vistas por Kassim Elhimani 1933–1934

Crónicas de Hispaniola

En 1933, el periodista árabe Kassim Elhimani visitó el local de la Acción Feminista Dominicana con un propósito claro: conocer quiénes eran las mujeres dominicanas que habían dejado huella en la vida intelectual del país. El encuentro fue organizado por Abigail Mejía, escritora, educadora, directora del Museo Nacional y presidenta de aquella entidad femenina que reunía a maestras, artistas, profesionales, periodistas y promotoras culturales.

El capítulo que Elhimani dedicó a “La Mujer Intelectual Dominicana” en Santo Domingo de Ayer y Hoy es valioso porque conserva un amplio inventario de nombres femeninos. No se limita a elogiar virtudes generales; permite ver oficios, trayectorias y áreas de trabajo. Allí aparecen mujeres dedicadas a la educación, la poesía, la novela, el periodismo, la medicina, el derecho, la farmacia, la odontología, la pintura, la música, la dirección escolar, la conferencia pública y la organización feminista.

Una de las figuras centrales es Salomé Ureña, poeta y educadora. Su aporte no se reduce a la literatura. Desde su obra poética y su labor docente ayudó a formar una sensibilidad patriótica y cultural en la República Dominicana. Elhimani la destaca por composiciones como “Mi Ofrenda a la Patria”, “Ruinas” y “La Llegada del Invierno”, pero su importancia va más allá del verso: Salomé representa la unión entre poesía, educación y conciencia nacional.

Junto a ella aparece Mercedes Mota, vinculada al pensamiento educativo de Eugenio María de Hostos. Su aporte estuvo en la enseñanza y en la defensa de una educación moderna, racional y formadora. En una época en que el magisterio era uno de los espacios más firmes de participación femenina, Mercedes Mota encarna a la mujer que educaba no solo para transmitir conocimientos, sino para elevar el nivel moral e intelectual de la sociedad.

Ercilia Pepín, nacida en Santiago, ocupa otro lugar importante. Fue una de las grandes educadoras dominicanas del Cibao. Su aporte estuvo en la formación de generaciones de estudiantes y maestros, en la defensa de la escuela como institución de progreso y en su presencia como oradora y escritora escolar. En ella se ve a la maestra convertida en figura pública, con autoridad cultural y sentido patriótico.

Luisa Ozema Pellerano de Henríquez también pertenece a esa línea educativa. Discípula de Salomé Ureña y de Hostos, aparece vinculada al Instituto Salomé Ureña y a la formación de jóvenes dominicanas. Su labor confirma que la educación femenina no fue una obra accidental, sino una tradición sostenida por mujeres que asumieron la escuela como misión social.

Dentro del mundo literario, Elhimani menciona a Encarnación Echavarría Vilaseca del Monte, poetisa banileja, autora de versos dedicados a la patria, al hogar y al sentimiento religioso. También aparece Virginia Elena Ortea, escritora puertoplateña, autora de “En tu Glorieta”, recordada por su prosa sensible y su atención a la naturaleza, la amistad y la vida interior.

A ellas se suman Josefa Antonia Perdomo, poetisa de Santo Domingo; Altagracia Saviñón, también cultivadora de la poesía; Livia Veloz, autora de “Preludios Sentimentales”; Amada Nivar de Pittaluga, poetisa; y Marta Lamarche, escritora de inclinación religiosa. Este conjunto muestra que la poesía fue uno de los primeros territorios de expresión intelectual femenina en el país. Desde allí, muchas mujeres afirmaron sensibilidad, patriotismo, fe, intimidad y presencia cultural.

La novela y la prosa también aparecen representadas. Amelia Francasci es mencionada como novelista y autora de varios volúmenes. Su aporte está en haber ocupado un espacio narrativo en una época en que la escritura literaria femenina todavía debía abrirse paso entre prejuicios sociales. Enriqueta Terradas de Lamarche, escritora española nacionalizada dominicana por matrimonio, también forma parte de ese ambiente de letras y sociabilidad cultural.

En el periodismo sobresale Petronila Angélica Gómez, escritora, maestra y fundadora de la revista Femenina. Su papel es especialmente importante porque une tres campos: educación, prensa y causa femenina. Fundar una revista dedicada a temas de mujeres significaba crear un espacio de expresión, discusión y visibilidad. En una sociedad donde la opinión pública estaba mayormente ocupada por hombres, Petronila Angélica Gómez abrió una tribuna para la voz femenina.

También aparece Consuelo M. de Frías, colaboradora de la revista Fémina de San Pedro de Macorís, y Genarita Cavallo, periodista y líder feminista en Barahona. Con ellas se observa que el periodismo femenino no estaba reducido a la capital. Había mujeres escribiendo, opinando y organizando desde distintas regiones del país.

En el campo profesional, una figura imprescindible es Evangelina Rodríguez, médica, cirujana y partera en San Pedro de Macorís. Su presencia en el capítulo es fundamental porque representa a la mujer dominicana que entra en una profesión científica y sanitaria. Su aporte no fue solamente individual: abrió camino en un área donde la presencia femenina era excepcional. Como médica, atendía cuerpos; como figura pública, ensanchaba el horizonte posible de las mujeres dominicanas.

Otra profesional destacada es Ana Teresa Paradas, señalada como la primera mujer graduada en Derecho en la Universidad de Santo Domingo. Su importancia está en haber ingresado al mundo jurídico, uno de los espacios más cerrados para la mujer en aquella época. Su carrera simboliza el paso de la mujer desde el aula y la literatura hacia las profesiones liberales.

En esa misma línea aparece Margarita Peynado, abogada, y Milady Félix Miranda, licenciada en Derecho, oradora y subdirectora de la Acción Feminista Dominicana. Estas mujeres muestran que el derecho comenzó a convertirse también en terreno femenino. No solo estudiaban leyes: podían hablar en público, dirigir asociaciones y participar en debates sobre derechos civiles y políticos.

La farmacia y las ciencias de la salud también están presentes. Josefa Delia Amiama fue maestra normal, licenciada en Farmacia, profesora de la Escuela Normal Superior y dirigente del Club Nosotras. Su trayectoria combina educación, ciencia y organización social. Consuelo González Suero, licenciada en Farmacia, presidenta del Club Nosotras y directiva de la Acción Feminista Dominicana, representa esa misma unión entre profesión universitaria y liderazgo femenino.

En la odontología aparece Gladys de los Santos, doctora en cirugía dental, fundadora de la Acción Feminista Dominicana y del Club Nosotras. Su aporte tiene doble dimensión: como profesional de la salud y como organizadora de espacios femeninos. El hecho de que una odontóloga participara en la fundación de asociaciones feministas muestra que el movimiento no estaba formado solo por escritoras o maestras, sino también por mujeres con formación científica y ejercicio profesional.

En medicina también se menciona a Armida García de Contreras, médica graduada en Bruselas, y a Delta Gutiérrez Pereyra, doctora en Medicina y Cirugía. Ambas amplían el mapa de mujeres dominicanas o vinculadas al país que entraron en campos académicos exigentes y de fuerte prestigio social.

Las artes visuales ocupan otro lugar relevante. Celeste Woss y Ricart aparece como pintora y directora de una academia de pintura y dibujo. Su aporte fue doble: creó obra artística y formó a otras personas en las artes plásticas. Aída Ibarra, pintora impresionista formada en París, representa una conexión entre la cultura dominicana y los centros artísticos europeos. Delia Weber, además de escritora y maestra, fue pintora y dibujante. En ella se cruzan literatura, docencia y artes visuales.

La música también tiene nombre propio: Floripez Mieses Vda. Carbonell, soprano, compositora y maestra de canto. Elhimani recuerda su escuela de música “El Orfeón”. Su trayectoria permite ver a la mujer dominicana como intérprete, creadora y formadora musical. No era solo presencia decorativa en actos sociales; era una profesional del arte, capaz de enseñar, componer y organizar.

En la dirección escolar y el magisterio aparecen muchas otras figuras. Socorro Sánchez fue educadora y directora de un colegio de señoritas. Nicolasa Billini también estuvo dedicada a la enseñanza. Anacaona Moscoso es presentada como una mujer ilustrada en el ámbito del magisterio. Leonor M. Feltz fue educadora y escritora. Mercedes Amiama dirigió el Liceo Leonor de Ovando. Pilar C. de Mañón fue maestra normal y directora de la Escuela Hostos. Josefa Sánchez de González fue maestra normal y directora de la Escuela México en Santiago. Patria Mella fue maestra normal y directora de la Escuela María Nicolasa Billini. Clementina Smester y Delfina F. de Saillant también aparecen vinculadas a la educación en Santiago.

Este conjunto confirma que el magisterio fue una de las grandes columnas de la intelectualidad femenina dominicana. Muchas mujeres no entraron primero a la vida pública por la política, sino por la escuela. Desde allí dirigieron planteles, formaron niñas y jóvenes, escribieron discursos, organizaron actos, promovieron valores cívicos y crearon una influencia cotidiana sobre la sociedad.

En la organización feminista y cívica sobresalen Abigail Mejía, Minerva Bernardino, Celes Woss y Gil, Altagracia D. de Gautreau, Carmen Rodríguez, Andrea M. de Egea, Livia Veloz, Delia Weber, Patria Mella, Josefa Hernández Llórente, Consuelo González Suero, Milady Félix Miranda, Gladys de los Santos y otras integrantes de la Acción Feminista Dominicana. La fotografía de la Junta Superior de la Directiva de esa entidad, incluida en el libro, fija visualmente la existencia de una dirigencia femenina organizada. No se trataba de una reunión informal, sino de una asociación con estructura, directiva y presencia pública.

Minerva Bernardino merece mención especial por su participación en ese ambiente de organización femenina. En el capítulo aparece vinculada a la directiva de la Acción Feminista Dominicana y al círculo de mujeres que recibieron a Elhimani. Su presencia dentro de esa red anticipa una trayectoria pública que luego tendría gran relevancia en la vida diplomática y en la defensa internacional de los derechos de la mujer.

También debe resaltarse a Abigail Mejía como figura articuladora. Fue escritora, historiadora de la literatura, maestra, directora del Museo Nacional y presidenta de la Acción Feminista Dominicana. Su aporte consistió en reunir memoria, educación, cultura e institucionalidad. En el episodio narrado por Elhimani, ella no solo habla: organiza, convoca, estructura la información y representa a un movimiento femenino consciente de su propio valor.

Vistas en conjunto, estas mujeres muestran una realidad clara: para 1933 ya existía en la República Dominicana una intelectualidad femenina diversa. No era un grupo limitado a poetisas de salón ni a maestras anónimas. Había mujeres con libros publicados, mujeres al frente de escuelas, mujeres con títulos universitarios, mujeres en consultorios médicos, mujeres en tribunales, mujeres en revistas, mujeres en academias de arte, mujeres en asociaciones y mujeres en la dirección de instituciones culturales.

El aporte de todas ellas fue construir presencia. Presencia en la palabra escrita, en la formación escolar, en la salud pública, en la sensibilidad artística, en la organización social y en la defensa de los derechos femeninos. Algunas abrieron caminos desde la poesía patriótica; otras desde el aula; otras desde la medicina, el derecho, la farmacia, la odontología, la pintura, la música o el periodismo. Cada una, desde su oficio, ensanchó el espacio disponible para la mujer dominicana.

Por eso, el capítulo de Kassim Elhimani no debe leerse únicamente como una curiosidad de viaje. Es una fuente útil para reconstruir una genealogía femenina de la cultura dominicana. En sus páginas aparecen mujeres que enseñaron, escribieron, curaron, defendieron, pintaron, cantaron, dirigieron, organizaron y pensaron el país. Muchas de ellas no ocuparon el centro de los relatos políticos tradicionales, pero ayudaron a formar la base cultural y educativa sobre la cual se sostuvo buena parte de la sociedad dominicana moderna.

La historia nacional también se hizo en esas aulas, revistas, academias, consultorios, asociaciones, conferencias y obras discretas. Al reunir tantos nombres en un mismo capítulo, Elhimani dejó una constancia importante: la mujer intelectual dominicana de comienzos del siglo XX ya tenía voz, profesión, obra y presencia pública.

Bibliografía:
Elhimani, Kassim. Santo Domingo de Ayer y Hoy. Tomo I. Santo Domingo, República Dominicana, 1934. Capítulo “La Mujer Intelectual Dominicana”, pp. 307–325.

Épocas Históricas, Era de Trujillo, Historia Moderna Tags:Abigail Mejía, Acción Feminista Dominicana, Club Nosotras, Crónicas De Hispaniola, Cultura Dominicana, Delia Weber, Educación Dominicana, Ercilia Pepín, Evangelina Rodríguez, Feminismo Dominicano, Historia Dominicana, Kassim Elhimani, Minerva Bernardino, Mujeres Dominicanas, Mujeres Intelectuales Dominicanas, Salomé Ureña

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