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Crónicas de Hispaniola

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La Enfermedad, el Clima y el Desgaste del Ejército Español Durante la Restauración

Posted on julio 15, 2026julio 15, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en La Enfermedad, el Clima y el Desgaste del Ejército Español Durante la Restauración

Cómo la geografía, la logística y las epidemias debilitaron al ejército expedicionario entre 1863 y 1865

Crónicas de Hispaniola

Cuando España decidió sostener por las armas la Anexión de Santo Domingo, no tuvo que enfrentarse únicamente a los combatientes restauradores. El ejército expedicionario quedó atrapado en una guerra cuyo escenario multiplicaba cada deficiencia de la ocupación: caminos difíciles, lluvias intensas, zonas pantanosas, escasez de agua potable, alimentación insuficiente, hospitales saturados y unidades obligadas a permanecer en movimiento constante.

Las armas dominicanas causaron pérdidas y obligaron a España a concentrar tropas, abandonar posiciones y disputar numerosos puntos del territorio. Sin embargo, dentro de los campamentos, hospitales y enfermerías se desarrollaba otra batalla. Las enfermedades retiraban del servicio a miles de soldados, consumían los recursos sanitarios y reducían la capacidad operativa de un ejército que, a pesar de su superioridad material, nunca consiguió controlar de manera estable el territorio dominicano.

Las estadísticas estudiadas por María Magdalena Guerrero Cano muestran una diferencia contundente: las muertes por enfermedad superaron ampliamente a las provocadas directamente por el fuego o las armas del enemigo. La enfermedad no explica por sí sola el triunfo restaurador, pero fue uno de los principales instrumentos de desgaste de la ocupación española.

Una Guerra Marcada por el Territorio

La Guerra de la Restauración comenzó en 1863 como una insurrección contra la reincorporación de la República Dominicana a España, proclamada dos años antes. El levantamiento se extendió con rapidez y obligó a las autoridades españolas a enviar tropas desde la península, Cuba y Puerto Rico.

Sobre el papel, España poseía claras ventajas. Disponía de un ejército regular, oficiales profesionales, artillería, barcos de guerra y recursos administrativos superiores a los de los restauradores. Pero esas ventajas resultaban menos decisivas en un territorio donde las comunicaciones eran lentas, los caminos podían desaparecer bajo la vegetación y las fuerzas dominicanas evitaban, siempre que podían, los enfrentamientos convencionales.

Los soldados llegados desde Europa debían adaptarse a temperaturas elevadas, humedad constante, lluvias frecuentes y bruscos cambios atmosféricos. Muchos fueron desplegados en terrenos bajos, próximos a bosques, lagunas, cañadas, ríos o zonas pantanosas. Estas condiciones favorecían la propagación de enfermedades y dificultaban la recuperación de quienes ya habían enfermado.

La documentación sanitaria española interpretaba aquellas condiciones mediante las teorías médicas de su tiempo. Se hablaba de “miasmas”, emanaciones vegetales y ambientes insalubres. Aunque esa explicación médica ha sido superada, las observaciones sobre aguas contaminadas, humedad, mosquitos, hacinamiento y falta de higiene permiten reconocer condiciones objetivamente peligrosas para la salud.

El problema no era, por tanto, una supuesta hostilidad natural e inevitable de la isla hacia el europeo. Era la combinación del ambiente tropical con una organización militar incapaz de proporcionar alojamiento, descanso, alimentación, agua segura y asistencia médica suficientes.

Soldados sin Tiempo para Aclimatarse

Una parte considerable de las tropas españolas procedía directamente de la península. Los recién llegados eran especialmente vulnerables porque eran enviados al servicio activo antes de completar un periodo razonable de aclimatación.

La concentración de hombres recién desembarcados contribuía además a la aparición de brotes epidémicos. La autora señala que en 1862 la fiebre amarilla se desarrolló con especial intensidad por la afluencia de tropas peninsulares. Los soldados llegaban a los puertos, eran alojados en instalaciones insuficientes y pronto quedaban expuestos a condiciones sanitarias deficientes.

En muchos casos, el soldado enfermo ingresaba en una enfermería, recibía tratamiento y regresaba al servicio apenas mostraba alguna mejoría. Al reincorporarse a las mismas condiciones que habían provocado su enfermedad —agua de mala calidad, falta de descanso, humedad y alimentación deficiente— sufría nuevas recaídas.

Las fiebres intermitentes resultaban particularmente persistentes. Los informes describen soldados que enfermaban, se recuperaban temporalmente y volvían a caer con mayor gravedad. Las recaídas repetidas producían anemia, debilidad extrema, acumulación de líquidos y alteraciones viscerales. Cuando el cuadro se volvía crónico, la única alternativa era enviarlos a Cuba, Puerto Rico o la península.

El ejército no perdía solamente a los hombres que morían. También quedaban fuera de servicio los hospitalizados, los convalecientes, los trasladados y los que no podían marchar, montar guardia o participar en operaciones.

Alimentación Insuficiente y Agotamiento Físico

La enfermedad se agravaba por el deterioro físico de las tropas. La ración reglamentaria incluía arroz, tocino y galleta, pero el propio estudio advierte que el soldado recibía excepcionalmente la asignación completa.

Un informe del jefe de sanidad Andrés Alegret examinó las condiciones de un batallón provisional que registraba un elevado número de enfermos. Aunque el rancho era descrito como abundante y bien preparado, estaba compuesto principalmente por sustancias vegetales. El tocino constituía prácticamente el único alimento de origen animal y sustituía a la manteca o al aceite.

Alegret consideraba que esa alimentación no reparaba adecuadamente las fuerzas consumidas por el clima, las marchas y los servicios militares. No se trataba solamente de la cantidad de alimentos, sino de su capacidad para sostener a hombres sometidos a un trabajo físico intenso.

Los soldados debían cumplir guardias frecuentes, vigilar playas, transportar materiales, acarrear leña desde las afueras de las poblaciones y permanecer durante días en puntos avanzados. Algunos hacían guardia un día sí y otro no. Otros pasaban tres días consecutivos en puestos de vigilancia sin descanso suficiente.

A ello se sumaba la falta de ropa seca. Los hombres dormían con uniformes y calzado impregnados de sudor o lluvia. Para lavar sus prendas tenían que introducirse en los ríos y permanecer expuestos al sol. En los campamentos no siempre existían condiciones para secarlas antes de volver a utilizarlas.

La consecuencia era un círculo difícil de romper: alimentación pobre, trabajo excesivo, ropa húmeda, descanso insuficiente, enfermedad, recuperación incompleta y nueva recaída.

Dormir en el Suelo

La precariedad del alojamiento era una constante. Muchos soldados carecían de catres y dormían directamente sobre pisos de madera, tierra, yaguas, pieles o hierbas secas.

En las enfermerías, la situación podía ser aún peor. Cuando el número de pacientes superaba la capacidad disponible, se colocaban dos hombres en una misma cama. Otros quedaban tendidos en el suelo, incluso debajo de los catres ocupados por enfermos más afortunados.

Las iglesias, conventos, sacristías, casas particulares y bohíos fueron convertidos en hospitales improvisados. En Santo Domingo, el hospital militar principal ocupaba un antiguo convento y tenía capacidad aproximada para doscientos enfermos. Al aumentar la guarnición y concentrarse allí pacientes enviados desde otros puntos, fue necesario habilitar cinco iglesias y entre diez y doce casas que carecían de condiciones adecuadas.

En otras localidades, la palabra “hospital” designaba en realidad una construcción provisional. En Santiago se levantó un gran bohío con capacidad para unos sesenta enfermos. En Hato Mayor, la enfermería quedó distribuida entre una sacristía y varios edificios. En San Antonio de Guerra se utilizó una iglesia inconclusa y posteriormente se añadieron bohíos viejos.

Las instalaciones sanitarias no eran espacios separados del resto de la crisis militar. Sufrían la misma falta de transporte, alimentos, agua, personal y materiales que afectaba a las unidades combatientes.

La Fiebre Amarilla

La fiebre amarilla era una de las enfermedades más temidas. En el siglo XIX se conocía también como “vómito negro”, “vómito prieto” o “peste americana”. Solía manifestarse con mayor frecuencia en los puertos, donde desembarcaban tropas y se concentraba el tráfico marítimo.

Los médicos de la época no conocían todavía su mecanismo de transmisión. Por ello, los tratamientos variaban y podían incluir quina, purgantes, sangrías o preparados con percloruro férrico. Andrés Alegret rechazaba la aplicación indiscriminada de un único remedio y recomendaba atender a la forma en que se presentaba la enfermedad.

En Santo Domingo, algunos cuadros evolucionaban con rapidez. Un soldado inicialmente diagnosticado con una fiebre intermitente aparentemente benigna podía presentar después ansiedad abdominal, hemorragias y vómitos oscuros descritos como “borra de café”.

Durante 1864, el cuadro reproducido por Guerrero Cano registra 931 enfermos de fiebre amarilla y 363 fallecidos en los hospitales considerados. El hospital de Santo Domingo concentró 753 enfermos y 295 muertes. Esta elevada proporción se explica en parte porque el establecimiento de la capital recibía pacientes graves procedentes de campamentos y hospitales del interior.

Las cifras deben leerse con cautela. No todos los enfermos eran registrados en el lugar donde habían contraído la dolencia, y algunos fallecían durante el traslado o después de llegar a otro establecimiento.

Las Fiebres Intermitentes

Las llamadas fiebres intermitentes fueron la causa de un volumen extraordinario de hospitalizaciones. El término agrupaba distintos cuadros caracterizados por accesos periódicos de fiebre y recaídas. No debe equipararse automáticamente con un único diagnóstico moderno, aunque muchos casos probablemente estuvieron relacionados con enfermedades transmitidas por mosquitos.

Los brotes se agravaban durante la temporada de lluvias, aproximadamente entre mayo y octubre. Las tropas acampadas cerca de bosques, ríos y pantanos presentaban una exposición constante.

Durante 1864, los hospitales de Santo Domingo, Puerto Plata, Samaná, Azua, Baní y Montecristi registraron 26,584 entradas por fiebres intermitentes. El cuadro contabiliza 25,597 salidas, 437 fallecidos y 916 enfermos que permanecían ingresados al finalizar diciembre.

La magnitud de estas cifras permite comprender que la capacidad militar no puede medirse únicamente por el número de muertos. Decenas de miles de entradas hospitalarias implicaban interrupciones del servicio, traslados, recaídas, consumo de medicinas y necesidad permanente de sustituir soldados enfermos.

El tratamiento más frecuente era la quinina, administrada de distintas maneras. Algunos médicos y soldados desconfiaban de ella y la llamaban “medicamento incendiario”, pues se creía que podía provocar alteraciones internas. Los informes sanitarios defendían, sin embargo, su utilidad y atribuían muchas complicaciones a la enfermedad prolongada, no al medicamento.

La Disentería

La disentería fue otra de las enfermedades más destructivas. Se asociaba con aguas contaminadas, alimentos deficientes y malas condiciones higiénicas. Podía pasar rápidamente de un estado agudo a uno crónico y producir lesiones intestinales graves.

Azua aparece en el estudio como uno de los principales focos. Sus aguas eran descritas como cargadas de sales y materias vegetales y animales. La localidad carecía de un hospital bien acondicionado, por lo que se utilizaron edificios particulares.

En los seis hospitales incluidos en la estadística de 1864 se registraron 8,698 entradas por disentería y 556 fallecimientos. Santo Domingo contabilizó 4,743 ingresos y 348 muertes; Azua, 837 ingresos y 122 fallecidos.

Estas cifras tampoco reflejan necesariamente el origen real de todos los casos. Muchos enfermos de Azua y otras posiciones eran enviados a la capital, donde aparecían registrados al fallecer. De esta manera, la mortalidad de algunos puntos podía quedar subestimada y la del hospital central sobrerrepresentada.

El Seibo y Hato Mayor

Las situaciones más graves descritas en el estudio se localizaron en Santa Cruz del Seibo y Hato Mayor.

En El Seibo, la combinación de suelo arcilloso, humedad, lagunas, cañadas, ríos y vegetación se unía a los problemas del abastecimiento. El depósito de víveres se encontraba en Guaza, a ocho leguas de distancia, lo que obligaba a organizar convoyes diarios y aumentaba la carga de trabajo de la guarnición.

La enfermería tenía capacidad para unos 180 pacientes, pero llegó a ser insuficiente. En una ocasión se reunieron 480 enfermos de tres batallones para ser examinados. Durante los meses de verano aumentaban las fiebres tifoideas y las úlceras gangrenosas.

La autora calcula una mortalidad de al menos 14 % y advierte que la cifra real pudo ser superior, debido a los enfermos trasladados que fallecieron en otros lugares.

En Hato Mayor, algunos pacientes dormían en el suelo y otros sobre camastros improvisados. Las aguas contenían materias vegetales y animales en descomposición. Los alimentos eran escasos o de mala calidad, y los servicios de la guarnición resultaban excesivos.

También allí se estimó una mortalidad cercana al 14 %, sin contar plenamente a quienes morían después de ser evacuados.

Estas localidades revelan que la incidencia de las enfermedades no dependía únicamente del clima regional. Las condiciones concretas del campamento, el abastecimiento, la calidad del agua, el alojamiento y la presión militar podían convertir un punto estratégico en un foco de mortalidad.

El Hostigamiento Restaurador

Los restauradores comprendieron las vulnerabilidades del ejército español. La superioridad en tropas regulares y recursos impedía que la República en armas buscara sistemáticamente grandes batallas campales. La alternativa fue mantener fuerzas dispersas, aprovechar el territorio y hostilizar continuamente al enemigo.

Una circular enviada el 23 de octubre de 1864 a jefes de provincias, comunas y campamentos reconocía que las fuerzas dominicanas no podían oponer grandes masas al enemigo y debían permanecer distribuidas en un territorio extenso.

Las instrucciones recomendaban actuar con precaución, sorprender a las tropas españolas, aprovechar los accidentes del terreno, evitar ser sorprendidos y no permitir que el enemigo descansara. El objetivo era obligarlo a permanecer en constante actividad y favorecer que las enfermedades hicieran mayores estragos.

La estrategia no consistía en esperar pasivamente que el clima derrotara a España. El hostigamiento aumentaba las marchas, guardias, convoyes, desplazamientos y vigilancias. Cada operación obligaba a los soldados españoles a abandonar sus alojamientos, cruzar terrenos difíciles, consumir provisiones y exponerse durante más tiempo a condiciones insalubres.

La enfermedad se convertía así en parte de una relación estratégica: el territorio debilitaba, pero la acción restauradora impedía que el ejército ocupante descansara, se concentrara con seguridad o estableciera una red logística estable.

“Todo Faltaba”

Uno de los testimonios más dramáticos fue escrito por Adriano López Morillo, oficial español herido durante la defensa de Santiago. Tras replegarse con otros soldados al fuerte de San Luis, encontró un cuadro de hacinamiento extremo.

Según su relato, faltaban víveres, medicinas, camas y agua. Muchos heridos estaban en el suelo; otros permanecían debajo de los catres ocupados. El ambiente estaba cargado de malos olores, lamentos y gritos de hombres que pedían agua.

“Todo faltaba; se carecía de víveres, de medicinas y de camas y, como dije ya, de agua” (p. 335).

El testimonio tiene el valor de proceder de un participante español. No es una denuncia restauradora ni una reconstrucción posterior, sino la descripción de un oficial que presenció directamente la crisis.

También permite entender que la enfermedad no puede separarse de las heridas de combate. Los heridos necesitaban agua, alimentación, limpieza, cirugía y reposo. Cuando esos recursos faltaban, lesiones inicialmente tratables podían infectarse o volverse mortales.

Más Enfermos que Heridos

A finales de 1864, los hospitales de la isla registraban 2,174 internados:

  • 31 por fiebre amarilla.
  • 1,716 por enfermedades de medicina general.
  • 44 heridos.
  • 383 pacientes de cirugía general.

La comparación es reveladora. Los enfermos superaban ampliamente a los heridos directamente relacionados con la acción militar.

A principios de 1865, cuando el abandono español parecía inminente, se contabilizaban 2,145 enfermos y apenas 32 heridos. Estas cifras representaban solamente una fotografía momentánea de la situación, pero muestran hasta qué punto la carga sanitaria dominaba la administración militar.

El hospital de Santo Domingo se convirtió en el principal centro receptor. Desde allí se organizaban evacuaciones hacia Cuba y Puerto Rico. Inicialmente se enviaban enfermos de distinta gravedad, pero las muertes durante las travesías obligaron a limitar los embarques a quienes estuvieran en condiciones de soportar el viaje.

Cada traslado requería barcos, médicos, practicantes, medicamentos y documentación. El personal sanitario que acompañaba a los enfermos dejaba temporalmente desatendidos otros establecimientos. Los botiquines destinados a hospitales debían repartirse también entre los buques.

La evacuación de enfermos pasó de ser una medida provisional a convertirse en una operación permanente, estrechamente relacionada con la retirada final.

Las Cifras del Desgaste

El balance presentado por Guerrero Cano atribuye al ejército español las siguientes bajas definitivas:

CausaJefesOficialesTropaTotal
Muertos por fuego o armas enemigas533448486
Muertos por enfermedad6636,7856,854
Regresados a la península por enfermedad1211,5031,525

La diferencia es extraordinaria. Por cada soldado muerto directamente por las armas enemigas, murieron aproximadamente catorce por enfermedad, según las cifras utilizadas en el estudio.

Esta proporción no disminuye el valor militar de la resistencia dominicana. Las pérdidas sanitarias no ocurrieron al margen de la guerra. Fueron agravadas por el hostigamiento, la dispersión de las guarniciones, la necesidad de proteger convoyes, la pérdida de ciudades y la imposibilidad de garantizar comunicaciones seguras.

Tampoco debe suponerse que toda muerte clasificada como enfermedad fue causada exclusivamente por el ambiente. El agotamiento, la malnutrición, las heridas, el hacinamiento y la atención médica insuficiente podían combinarse en un mismo caso.

Las estadísticas militares ordenaban las bajas por categorías administrativas; la experiencia real de los soldados era mucho más compleja.

La Enfermedad y el Fracaso de la Anexión

El colapso de la ocupación española no tuvo una sola causa. La resistencia dominicana impidió la consolidación política de la Anexión; la guerra irregular dispersó al ejército; el territorio dificultó las comunicaciones; la sanidad militar no pudo atender el volumen de enfermos; y el costo humano y económico redujo la disposición de España a continuar la campaña.

El 14 de septiembre de 1863 se había constituido en Santiago el Gobierno Provisional restaurador. El 1 de mayo de 1865 se publicó en Madrid el decreto que derogaba la Anexión. La evacuación española confirmó la recuperación de la soberanía dominicana.

Las enfermedades fueron uno de los factores decisivos de ese desenlace, pero actuaron dentro de una guerra conducida por hombres que conocían el territorio y comprendían las limitaciones del enemigo.

Los restauradores no derrotaron a España únicamente en los campos de combate. La obligaron a sostener una ocupación extensa, costosa y vulnerable. Cada guarnición aislada, cada convoy protegido, cada noche sin descanso y cada marcha por terrenos difíciles aumentaban el desgaste.

La victoria dominicana fue política y militar, pero también territorial y logística. La República restaurada sobrevivió porque sus combatientes lograron transformar las características del país y las limitaciones propias de una fuerza irregular en ventajas frente a un ejército materialmente superior.

La historia sanitaria de la Guerra de la Restauración revela una dimensión esencial del conflicto. En los hospitales improvisados, los campamentos anegados y las rutas de evacuación se manifestaron las dificultades de España para sostener su dominio sobre Santo Domingo.

La enfermedad fue el gran azote del ejército expedicionario porque encontró tropas poco aclimatadas, mal alimentadas, agotadas por el servicio y atendidas por una red sanitaria insuficiente. Pero su efecto se hizo más profundo porque la estrategia restauradora mantuvo al ocupante en constante movimiento y le impidió establecer un control territorial seguro.

Comprender esta realidad permite superar dos explicaciones incompletas. La primera atribuye la victoria exclusivamente al valor en combate; la segunda la reduce a la acción automática del clima tropical. La Restauración fue el resultado de la combinación entre resistencia nacional, conocimiento del territorio, guerra irregular, fracaso logístico y crisis sanitaria.

La enfermedad no sustituyó al combatiente restaurador. Fue una de las fuerzas que su estrategia consiguió volver contra el ejército ocupante.


Referencias Y Bibliografía

Fuente principal

Guerrero Cano, María Magdalena. Aspectos Sanitarios Durante La Segunda Independencia De Santo Domingo. Su Repercusión En Andalucía. En Actas de las V Jornadas de Andalucía y América, pp. 315-341.

Fuentes y obras citadas en el estudio

Archambault, Pedro María. Historia de la Restauración. Santo Domingo: Editora Taller, 1973.

García Lluberes, Alcides. “Archivo de la Restauración. Un copiador de oficios del Ministerio de la Guerra”. Clío, núm. 133, 1958.

López Morillo, Adriano. Memorias sobre la segunda reincorporación de Santo Domingo a España. Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1983.

Rodríguez Demorizi, Emilio. Diario de la guerra dominico-española de 1863-1865. Santo Domingo: Editora del Caribe, 1963.

Rodríguez Objío, Manuel. Gregorio Luperón e historia de la Restauración. Santo Domingo: El Diario, 1936.

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