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Relación histórica: De Capotillo a Santiago. Gral. Benito Monción

Posted on junio 1, 2026junio 1, 2026 By Crónicas de Hispaniola No hay comentarios en Relación histórica: De Capotillo a Santiago. Gral. Benito Monción

Gral. Benito Monción

“Cuando llegaron los españoles al país, en el año de 1861, era yo Teniente Coronel de ejército, por servicios prestados durante la lucha de Independencia; mal avenido con su dominación, me preparé a hacerles la guerra, tan pronto como se me presentara la oportunidad; fue ésta la del movimiento revolucionario de enero2 de 1863, dirigido por el general Lucas de Peña y en el que participaron también: Juan Antonio Polanco, Norberto Torres, Santiago Rodríguez (a) Chago, José Ramón Luciano, Juan de la Cruz Alvarez (a) Cacú, José Cabrera, Pedro Antonio Pimentel, Jove Barriento y algunos más que ahora no recuerdo.

Verificado el pronunciamiento de Guayubín el 24 de enero  apoderándonos de armas, pólvora, y municiones confeccionadas, existentes en el Arsenal de la época de la República ─la pequeña guarnición española se retiró para Monte Cristi─ fui encargado, ocho o diez días después, de marchar contra las fuerzas españolas que, habiendo salido de Santiago a causa del dicho movimiento, se hallaban acampadas en Villalobos, al mando de los generales dominicanos José Hungría y Gaspar Polanco; llevaba conmigo ochocientos hombres y una pieza de artillería de a 8.

En el sitio nombrado Hato del Medio Abajo topé con una Comisión, que el general Hungría enviaba a Guayubín, compuesta de los dominicanos: Furcy Fondeur, Carlos y Tito Fermín; y muy poco después fui alcanzado por Pedro A. No es enero, sino febrero. Pimentel, con dos o tres de a caballo, enviado con orden del general Lucas de Peña, mandándome retroceder para Guayubín; lo cual ejecuté con toda mi gente. Al llegar me dijo el general Lucas: “que se había decidido a no hacer la operación y sí entrar en arreglo con los españoles, los que estaban dispuestos a dar garantías a todos y a hacernos concesiones más tarde”, según testificaba la Comisión allí presente. La misma de que he hablado.

Yo declaré: que no me conformaba con lo resuelto e iba a efectuar siempre el ataque con los que quisieran seguirme; entre tanto, se había desorganizado la tropa, irritada al saber lo que estaba pasando; de tal modo, que algunos intentaron hacerle fuego a los partidarios del arreglo. Con los que me acompañaron me dirigí al paso de Mangá, transporté dos piezas de a 4, que entonces llevaba, al otro lado del río, colocando una en el mismo paso y la otra en el fuerte de Mangá; ambas mandadas por el coronel dominicano San Mézquita.

Llegó la columna española que ya había estado en Guayubín sin encontrar quien le disparara un tiro, pues tan pronto como yo me puse en marcha se desparpajaron los que allí estaban, yéndose los generales Lucas de Peña y Norberto Torres para Dajabón y se puso a atravesar el río, que estaba muy bajo; mandé disparar con la pieza del paso, causándole daño a su caballería pero siempre continuaron vadeando, tomándonos, al mismo tiempo, la dicha pieza; entonces, se hicieron dos o tres tiros con la del Fuerte, matándoles seis u ocho hombres. Sin embargo del cañón y de la fusilería, como quiera que mis fuerzas eran, apenas de cincuenta hombres, fui derrotado.

En el mismo día me reuní a Pimentel y al general Juan A. Polanco en la boca de Aminilla y, al instante, organizamos una columna de noventa y seis hombres, con los que fuimos a 13 De Capotillo a Santiago. Relación histórica situarnos en el paso de San José ─camino de Sabaneta─ para esperar allí a los españoles; mas habiendo sido advertidos de nuestro plan por lo prácticos dominicanos Andrés Fermín y Miguel Mejía, cambiaron de camino tomando el del Cantón del Medio para dirigirse a Sabanera al ataque de nuestra gente, que allí mandaba el coronel José Mártir desde que pronunció la Plaza el veinticuatro, dispersando la guarnición española, que fue a parar, una parte a Santiago, la otra parte a Guayubín; donde hicimos prisionero al médico militar. Efectivamente, fue atacada y derrotada quedando muerto el dicho coronel Mártir.

Experimentados estos descalabros, se dispersaron los principales revolucionarios en distintas direcciones: Pimentel y JuanA. Polanco se fueron a Lozano ─en la sección de Monte Cristi─ y Cabrera, el coronel Juan de la Cruz Alvarez (Cacú) y yo, para Capotillo Dominicano.

Los habitantes de Guayubín, Sabaneta, y demás puntos fronterizos, abandonaron sus casas huyendo, en su mayor parte, para el territorio haitiano; del mismo modo muchos que de Santiago habían ido a guarecerse a la Línea, a causa de lo acontecido allí en la noche del 24 de enero4 de 1863.

El coronel Cabrera, Cacú y yo, reunimos inmediatamente en Capotillo quinientos hombres, que se hallaban en Dajabón; pero en esto llegó al campamento una Comisión de tres dominicanos, de los cuales sólo retengo el nombre de Carlitos Rodríguez (a) el Chino, con el encargo de decirnos, de parte del general Hungría: “que todos se podían retirar a sus casas, sin ningún temor de ser perseguidos, y, en cuanto a los jefes, que permanecieran ocultos hasta que, en término de tres meses, les llegara el perdón de la Reina”

Dispuse enviar, cerca de Hungría, a Don Diego Crespo, venezolano naturalizado dominicano.Asu regreso confirmó lo ya dicho por la Comisión; pero tuvo la imprudencia de hacerlo en público, ocasionando con esto la deserción de la gente de armas que teníamos organizada, a la vez que la vuelta a sus casas, o la entrada en Haití, de las familias allí refugiadas. Ya casi solos dispuso Cabrera, seguido de unos pocos, irse para David ─lugar situado en la misma loma de Capotillo Dominicano; aunque algo más adentro─ y Cacú y yo nos pasamos a Capotillo Haitiano, a las ocho de la noche de aquel día. Al siguiente, a él se lo llevaron para el Cabo Haitiano, unos vividores dominicanos de por allí, y a mí me ocultaron en Tousanante.

Ocho días después monté a caballo, reuní un buen número de dominicanos, de los regados en aquellos sitios, y me reuní con Cabrera en David, En los primeros días de nuestra reunión, se internó el coronel español Campillo, más allá de David, derrotando a Cabrera; yo acudí y, reuniendo las fuerzas, los atacamos, y derrotamos, de medianoche al día, entre David y la Ermita Vieja de Capotillo, haciéndole un prisionero. Y, durante cinco meses, no cesamos de atacar a las guarniciones españolas de Dajabón, y aun de Guayubín, sin que dispusiéramos de más tropa que cuarenta o cincuenta hombres a lo sumo.

Habiéndose agotado las municiones, me puse en camino para Haití con el empeño de conseguirlas: en el Trou me vio el general Silvain Salnave, a quien no conocía; él me ofreció armas y pertrechos que reunía por suscripción entre sus amigos del Cabo Haitiano. Cuando me dirigía para allí, hallé en Paraíso al general Santiago Rodríguez (a) Chago, que llevé conmigo, y en la ciudad al señor Huberto Marsán, quien me regaló, hecha por él, la primera bandera dominicana que flotó en las filas de la Revolución.

Mi viaje duró, por lo menos, un mes, empleado en confeccionar y preparar las municiones. A la vuelta me acompañaba el general Santiago Rodríguez, capitán Eugenio Belliard, Segundo Rivas, Alejandro Bueno, Pablo Reyes ─hoy general─ mi hermano Juan de Mata Monción, nombrado más tarde abanderado; y otros dominicanos, cuyos nombres no recuerdo; los que yo iba incorporando en el tránsito. En La Visite hallé a Pimentel y Luis Llellé; entregué al primero una carga de municiones, con la que se fue a reunir la gente de Macabón y Martín García, acantonandose después en el paso de Macabón Arriba, situado entre Dajabón y Guayubín.

El quince de agosto, a medianoche, dejamos a David; Cabrera y Santiago Rodríguez, a la cabeza de ochenta hombres, con destino a Sabaneta, y yo con treinta y seis y una bandera ─la de Marsán─ para ir sobre Guayubín. Íbamos a recomenzar, con más vigor ahora y, al fin, con más feliz resultado, para la patria, la lucha que no habíamos abandonado desde el 24 de enero.

Me amaneció en los Cerros de las Patillas, a vista de Dajabón y muy próximo al campamento español de Belair, Fuerte de Belair. Levanté en una altura la bandera dominicana, de manera que la viesen los españoles; seguramente la vieron, puesto que nos hallábamos muy cercanos. Pero no ejecutaron ningún acto hostil contra nosotros, sino que emprendieron marcha, tomando, al parecer, la dirección de Guayubín; yo me puse en su seguimiento. Serían las seis de la mañana.

Advertido Pimentel, por sus espías, del camino que llevaban, se preparó a aguardarlos en el paso del arroyo Macabón, donde, como a las nueve o diez de la misma mañana, les rompió fuego de frente, mientras yo los atacaba por retaguardia; aunque con algunas pérdidas siempre forzaron el paso, y, así que adelantaron terreno, cambiaron el camino de Guayubín por el de Castañuela, dirección esta para ir a Monte Cristi. La columna constaría, por lo menos, de cien hombres, y llevaba de jefe al brigadier Buceta. En Belair habían quedado ciento cincuenta al mando de un jefe español.

Aún no he dicho que, del 13 al 14 de agosto, Juan A. Polanco y el coronel Francisco Antonio Gómez (a) Toñico, intentaron apoderarse de Guayubín, siendo rechazados; pero más felices el día 16 lo tomaron a mediodía, acompañados por el coronel Félix Gómez. La acción fue muy sangrienta para los españoles, por sus muchas pérdidas, entre éstas la del jefe de la Plaza, el coronel dominicano Sebastián Reyes; para nosotros no lo fue tanto, pues sólo tuvimos tres o cuatro muertos y pocos heridos.

Pasado el encuentro de Macabón, reunimos las fuerzas, que montaban a unos doscientos hombres. Seguimos persiguiendo a los españoles hasta Castañuelas; allí me detuve con los de infantería ─ya serían las 6 de la tarde─ y Pimentel, con los de a caballo, alumbrándose con velas de cera, se puso a seguir las huellas que dejaba el enemigo, a fin de cerciorarse de la exacta dirección que seguía; al llegar a Corral Viejo adquirió la certeza de que iba para Guayubín; entonces me mandó a buscar con toda la gente. A medianoche estábamos reunidos.

Aguardamos el día. Era el 17. Alcanzamos a los españoles en Doña Antonia, los cuales habían ya desechado el camino de Guayubín, tomando otro que pasa a mucha distancia esa población; les rompimos fuego y derrotamos en el acto y seguimos persiguiéndolos por todo el camino, que iban sembrando de heridos y muertos; y de prisioneros, armas, municiones, etc.; de tal modo que, ya al llegar a Guayacanes, sólo acompañaban a Buceta ocho o diez de a caballo; pero nosotros también nos habíamos reducido a los de la misma clase, y entre éstos Pimentel y yo corríamos muy avanzados sobre los demás. La tropa nuestra se había retardado, en la ocupación de hacer prisioneros y de recoger los despojos del enemigo, y por la extrema celeridad y fatiga de la marcha. La infantería española no existía ya: muertos o heridos unos, prisioneros o perdidos en el monte los demás.

En Guayacanes, se desmontó Buceta en la casa del señor Juan Chavez, ─más tarde he oído decir que cambió de caballo,─ precisamente cuando, viendo Pimentel que nos hallábamos solos, se volvía atrás para hacer avanzar a la gente de a caballo; al reunirse conmigo, emprendía de nuevo Buceta la huida y nosotros ─Pimentel y yo aún solos─ seguíamos su perseguimiento tan de cerca, que éste echó a tierra, de un machetazo, a un oficial que creyó ser el Brigadier, y yo de un tiro de revólver al peón de la carga; pero resultó que en la parte arriba del cementerio de Guayacanes se le aballó el caballo a Pimentel, mientras yo seguía hasta El Cayucal, en donde al ir a herir a Buceta, que montaba un caballo pardo, se cayó el mío; cuando me incorporaba fui herido de sable en la cabeza ─de cuyo golpe quedé aturdido─ por un dragón español y, seguidamente, en la muñeca del brazo izquierdo.

Viéndose Pimentel con la montura inútil, continuó corriendo a pie, y por fortuna mía llegó a tiempo para liberarme de mi contrario, derribándolo de un machetazo. En esto llegaron Gabino Crespo, Alejandro Campos y otros; me condujeron a la casa de Francisco de la Cruz, en el mismo Guayacanes y continuó luego la persecución; pero Buceta había ganado mucho terreno, en lo que se ocuparon de mi herida y de buscarle caballo fresco a Pimentel. Cesó en Pontón. De allí se volvieron a la Peñuela en donde se incorporó, por la primera vez a la Revolución, el general Gaspar Polanco.

Todos se dirigieron a Guayacanes, en cuyo lugar había hecho alto nuestra infantería.

El 19, en la noche, fue atacado ese cantón por fuerzas salidas de Santiago en auxilio de Buceta; tuvimos ocho muertos y algunos heridos. Retiróse la columna española en la madrugada del 20, y nuestras fuerzas avanzaron detrás el mismo día; no hubo encuentro de formalidad, sino tiros de distancia en distancia, hasta llegar a la Peñuela, donde hicieron alto; la columna española continuó, entrando a Santiago en la tarde. Ya organizadas las fuerzas, salieron de la Peñuela y llegaron a Quinigua del 21 al 22 de agosto.

El día 18, en que fui trasladado herido de Guayacanes a Guayubín, salieron de éste Juan A. Polanco y el coronel José Antonio Salcedo (a) Pepillo, para atacar los ciento cincuenta españoles de Belair. Tan luego como percibieron las tropas dominicanas abandonaron, sin un tiro el Fuerte y, pasando el río Masacre entraron en Haití.

Dije, que el 16 marcharon los generales Cabrera y Santiago Rodríguez sobre Sabaneta, donde estaba el general José Hungría con una fuerza de cien o más españoles; éste abandonó la Plaza situándose en El Pino; de poca importancia fue el encuentro, derrotándose sin embargo a Hungría sobre Sabaneta; los nuestros le fueron detrás hasta la Subida del Tabaco, camino de San José de las Matas.

Al cabo de tantos años, y siendo tanta la cantidad de hechos que debo recordar mi memoria no me permite fijar, con toda exactitud, las fechas en que esos acontecimientos sucedieron, a no ser que se trate de los verificados en las más notables, cuales son: el 24 de enero, 6 el 16, 17 y 18 de agosto; pero sí puedo decir, con bastante fijeza si un hecho se realizó al principio, al mediar, o a fines de tal o cual mes. Así pues, no aseguro el día ─quizás fue 18 ó 19─ en que, el entonces capitán de Sección Federico de J. García, y el coronel Aniceto Quintana, marcharon contra Monte Cristi, lo tomaron e hicieron prisionera a su pequeña guarnición española y al jefe de la Plaza, el coronel dominicano Ezequiel Guerrero.

Permanecí como ocho días curándome en Guayubín; no estando aún bueno a su término me puse en camino para el campamento Quinigua, habiendo antes ordenado a Cabrera que fuese a acantonarse en San José de las Matas, dejando a Santiago Rodríguez encargado de Sabaneta. Más tarde, cuando estuvieron las fuerzas revolucionarias sobre Santiago, le ordenó el general Gaspar Polanco que ocupase la Otra Banda.

Llegaba yo a Quinigua y ya nuestras tropas habían salido para Santiago; puse un correo, con el objeto de que me aguardaran; pero no pude alcanzarlas sino en La Sabana. En esta se desplegaron nuestros mil y más hombres ─no todos armados─ y las fuerzas españolas al frente ocupando el recinto de la población. Tuvo lugar el choque ─debió de ser del 28 al 29─ y fueron derrotadas dejando en poder nuestro una pieza de artillería. Las pérdidas de su lado se redujeron a un artillero muerto; del nuestro a nada absolutamente. Ellos ocuparon la Fortaleza de San Luis y el Castillo-Santiago y nosotros la población de Santiago.

Yo me acantoné en la Cárcel Vieja, Gaspar, el general Pimentel, y demás jefes, se acantonaron por el lado de Los Chachases. Todos los días teníamos encuentros con las guerrillas o columnas salidas de la Fortaleza o del Castillo Santiago. Intimamos a éste la rendición ─no recuerdo el nombre del parlamentario─ sí que lo retuvieron sin darnos contestación; entonces lo atacó y tomó el general Pepillo Salcedo.

Tuvimos cuatro muertos y un herido, y el enemigo dos muertos y un prisionero. Se halló el parlamentario amarrado en el suelo. Quedóse Salcedo en el Castillo y para artillarlo se mandó a buscar a Moca un cañón el cual fue colocado allí, y después en un cerro, más bajo, desde el cual sus disparos hacían más daño a la Fortaleza. Contribuyeron en el trabajo de montarlo: el coronel Eloy Aybar, el teniente coronel de artillería José Pier y Papá Pacheco. El primero sirvió mucho, cuando se estableció el Cantón general en La Ceibita, pegado a su casa de Los Chachases.

Después del ataque del Castillo-Santiago se me presentó Luperón, que venía de La Yagua, Jurisdicción de La Vega, acompañado de un tal Domingo ─he olvidado su apellido─ de Moca, recuerdo que era indio, buen mozo y de genio muy vivo; y, respecto de Luperón, que llevaba un saco muzgo, sombrero Panamá de alas anchas y una espada de cruz. Yo lo conocía, por haberlo visto en Mangá, antes de mi encuentro con los españoles, cuando la revolución del 24 de enero.7 Al mismo tiempo de la llegada de Luperón, se mandaba a buscar a Moca al general Gregario de Lora, cuya venida de Puerto Plata, en auxilio de Santiago, se sabía en nuestro campamento.

Llegó Lora, se le sacó y alistó la gente con que debía ir a ocupar Los Pasos de las Lavas, a fin de impedir o dificultar la operación de Suero; pero Gaspar, cambiando bruscamente de opinión, se empeñó, contra la de la mayoría, en que antes se debía atacar la Fortaleza; efectúose esto ocasionándonos muchas y sensibles pérdidas y, la mayor, la de Lora que herido en una pierna murió poco después en Moca.

Ya pasado el ataque, presentóse en el campamento el general Juan Nuezí (a) Lafí, quien había estado aguardando a Suero, con bastante gente, aunque mal armada, y creyendo conveniente hacerse de algunas armas venía con ese fin, habiendo dejado encargado del puesto a un tal Latour de Monte Cristi. En eso verificaba Suero su marcha, no sin que le hiciera una buena resistencia Latour, causándole de 16 a 20 bajas del Paso de Bajabonico a la subida de La Cuesta del Balazo. Cuyos cadáveres vi yo más tarde.

Debo hacer presente que, verificado el ataque de la Fortaleza, dejamos la población ocupando sus orillas y siempre la Otra Banda. El general Silverio Delmonte fue agregado al general Cabrera en ese puesto, del que se hizo cargo más tarde mientras este se retiraba con licencia.

Al saberse que Suero se hallaba en Gurabito movimos el Cantón General, ocupamos el  Fuerte Dios, y plazamos fuerzas en la Sabana con una pieza de artillería mandada por Papá Pacheco. Trabóse la pelea, cayéndose a poco el cañón, aunque ya le había causado bastante daño al enemigo. No obstante nuestra fuerte resistencia y las pérdidas sufridas ─quedaron más de sesenta cadáveres españoles sobre el campo de batalla─ siempre consiguió Suero penetrar en la Fortaleza de San Luis.

La confusión era grande aquel día; en tanto que nos batíamos desesperadamente en La Sabana, ardía Santiago a causa de haber mandado el general Gaspar Polanco dar fuego a una casa situada en la parte arriba del Fuerte San Luis, para que las llamas y el humo perjudicaran a los españoles allí atrincherados. El incendio se propagó en toda la población, debido al mucho viento que estaba soplando; pero también pegaron fuego del lado de Los Chachases. Ignoro quién fuese, sí sé que el encargado de darlo, según la orden de Gaspar, fue un borrachín de Licey llamado Juan Burgos.

A causa de la pelea con Suero ─que comenzó a mediodía y duraría una hora─ se agotaron casi nuestras municiones y se desorganizaron los cantones, yéndose unos a Licey y Jacagua, otros a Gurabo; yo permanecí en el Castillo-Santiago, hasta el toque de oraciones, y de allí me pasé para Licey. Al siguiente día se organizaron de nuevo con las municiones llegadas de Moca en esa madrugada.

Me había olvidado decir que, realizado el ataque a la Fortaleza, llegó al cantón de La Ceibita el coronel León Merejo, con una pequeña fuerza de Moca, cuyo mando se dio al general Luperón para que fuera al encuentro de una columna enemiga que, provista con una pieza de artillería, salía en el acto de la Fortaleza; el encuentro tuvo lugar en Los Chachases, quedando muerto Merejo y otros; del lado contrario hubo igualmente bajas. Después de esto fue encargado Luperón del puesto de Arenoso, más arriba de Mari López. Estando en él se le presentaron: Casiano Martínez, dominicano, y dieciocho españoles salidos de la Fortaleza; el primero nos había engañado en una comisión de que lo encargamos en Guayubín. A todos los fusiló Luperón.

Como para mediado del mes de septiembre se presentó al Cantón General de La Ceibita parte arriba de Los Chachases una Comisión enviada por Buceta, la que componían: el Padre Charbonneau, el coronel español Velasco, y el teniente Muza, y su encargo aparente era decirnos de parte del brigadier: “que los jefes de la Revolución, sin estar acompañados de tropa, podían pasar a la Fortaleza, para recibirla y convenir, además, la manera de garantizar los heridos que tenían los españoles en la Iglesia Vieja”.

Varios se prestaban a lo propuesto, entre ellos el general Polanco y Pepillo Salcedo, pero yo me opuse redondamente; en lo que discutíamos, realizaban los españoles lo que quizás se propusieron, al entretenernos con la Comisión, y era: salirse de la Fortaleza, como lo hacían, tomando enseguida el camino de Puerto Plata; protegida la retaguardia por su artillería de montaña. Era pasado el mediodía. Emprendimos la persecución rompiéndoles fuego desde Gurabito. Entre Banegas y Quinigua hicieron alto conteniendo nuestros movimientos de avance con sus cañones. Serían las cuatro o cinco de la tarde.

Dispuso el general Gaspar Polanco organizar una columna, como de trescientos hombres, que por camino de travesía pasara delante de la española y se situase en el ventajoso punto de El Carril. El mismo Gaspar se puso a la cabeza. La columna enemiga levantó la marcha de madrugada y a poco andar llegó donde estaba apostada la nuestra; el encuentro le fue costoso; para nosotros no, por la ventaja de la posición.

Allí se cogieron a Alejandro Angulo Guridi (dominicano) y su familia, y a varios dominicanos más; también algunos heridos españoles. Continuamos siempre persiguiéndolos a retaguardia, y en la subida de El Limón les quitamos a Miguel Santelices y familia y a otros dominicanos. Al llegar a Altamira hicieron alto y poco después se pusieron en marcha. En el lugar nombrado Arroyo Negro estaban los rancheros8 con Latour de jefe; el mismo del lance de Suero. Habían tapado el camino con árboles derribados al efecto; el ataque fue sangriento para los españoles, obligados, a la vez que se batían de frente y por retaguardia, en malísimo terreno, a limpiar el camino para continuar su retirada. Quedaron muertos: el coronel dominicano Antonio Ceara y otros dominicanos, y dos españoles.

En los Llanos de Pérez pararon. Era mediodía. Viendo que pasaba el tiempo y no levantaban la marcha, notamos que a su derecha quedaba un gran cañaveral y se dispuso darle fuego, mandando al efecto una guerrilla por dentro del monte; el viento favorecía la operación, arrojándoles las llamas y el humo; inmediatamente tomaron el camino. Llegando al otro lado de Bajabonico, cesó la persecución. Hicimos alto, cansados, molidos por la fatiga, y muertos de hambre, y quedó establecido allí el Cantón General.

Al día siguiente me fui para Santiago para hacer llevar al dicho Cantón, una pieza de artillería, con la cual estuve de regreso seis u ocho días después. Hallé la noticia, transmitida por un amigo desde Puerto Plata, de que los españoles preparaban una expedición contra Monte Cristi. Habiendo sido nombrado jefe de operaciones de ese lugar, inmediatamente me puse en camino, acompañado de ocho o diez dragones, entre ellos el hoy general Timoteo Cordero; al llegar al Alto de la Baitoa oímos fuego de fusilería; era que Federico García y Aniceto Quintana rechazaban e impedían el desembarco de la expedición española. Llegué a Monte Cristi, donde permanecí con la calidad militar que ya he dicho, hasta que tuvo lugar la grande expedición del general Gándara.

Respecto a ésta, puedo referir lo siguiente: llegaron los españoles y echaron fuerzas por la bahía de Manzanillo ─punta del Presidente─ y por el puerto de Monte Cristi. En él estaban: los generales Pimentel, Juan A. Gómez, José Ramón Luciano, Aniceto Quintana y yo y el coronel Barriento; teníamos 500 hombres no bien armados. El general Federico de J. García había sido enviado con alguna fuerza contra los que efectuaban el desembarco por Manzanillo.

No pudimos resistir al enemigo, porque eran grandes fuerzas y además, auxiliados por los cañones de los buques de guerra, y salimos derrotados; no sin haberles hecho importantes bajas. Un disparo de cañón dirigido por el coronel San Mézquita, echó a pique una lancha matando algunos de los que estaban en ella. Sólo perdimos a Eugenio Cadete, muerto, y heridos que pudimos llevarnos: José Ramón Torres y Francisco Morel. En la noche de aquel día, ya reunidos todos en Guayubín, se nos agregaron doscientos hombres enviados de Santiago para reforzar a Monte Cristi. Al siguiente quedó establecido el Cantón de Laguna Verde y al otro nos atacaron y derrotaron.

En este lance perdí el sombrero. Pero después se organizaron los cantones de El Duro y de La Magdalena, posiciones en las que nunca fuimos hostilizados; reduciéndose la guerra a encuentros que solían tener lugar, entre las guerrillas españolas y las nuestras, en el tránsito de Monte Cristi a los dichos cantones. Y así se estuvo, hasta el día, de cuya fecha no puedo hacer memoria, pero sí de que hacía largo tiempo que estaban allí los españoles, en que se presentó el general Gaspar Polanco, Presidente en aquella actualidad del Gobierno Provisorio de la República, y, reuniendo los cantones al fuerte cuerpo de caballería que levaba consigo, fue a atacar a Monte Cristi. Yo estaba seriamente enfermo. La operación nos salió muy cara, teniendo algunos muertos y heridos. De ahí en lo adelante no volvió a realizarse ningún hecho importante hasta finalizar la guerra.

Voy a concluir, pero antes deseo hacer unas declaraciones:

Primera, que, durante mi permanencia en Capotillo Dominicano, ningún jefe principal, a excepción del general Cabrera, estuvo conmigo hostilizando a los españoles desde tal posición; porque el general Santiago Rodríguez solamente estuvo en ella cuando lo llevé a mi regreso del Cabo Haitiano: ya en las vísperas del dieciséis de agosto.

Segunda, que el mando de la Revolución, dividido al principio entre los jefes principales, se unificó en el general Gaspar Polanco, quien lo ejerció hasta formación del Gobierno Provisorio, del que fue el primer Presidente el general José Antonio Salcedo (a) Pepillo;

Tercera, que muchos individuos participantes en el movimiento del 24 de enero no lo fueron en el de agosto, tales como: los generales Lucas de Peña y Norberto Torres y el coronel Juan de la Cruz Alvarez (a) Cacú;

Cuarta, que, según mis noticias y conocimiento de las cosas de la Revolución, con especialidad en el Cibao, no creo que el desgraciado general Pepillo Salcedo (Q. E. G. S.) fuese culpable, como se le acusó sin probárselo, de manejos indignos en favor de los españoles; ese cargo a tan valiente jefe y buen servidor de la Patria, puede atribuirse: a algún mal entendido o quizás a intrigas políticas.

He concluido. Declaro que todo lo que antecede ha sido relatado con verdad, sin pasión ni interés, y sólo para satisfacer los deseos de un amigo y compatriota. Mi escasa memoria puede haberme hecho olvidar el nombre de algún restaurador cuyos servicios me constasen; y, por la misma causa, y del mismo modo, el de muchos valientes muertos en el ataque de la Fortaleza y en otros donde me hallara. Puede suceder, también, que, al referir haya trastornado el orden en que los acontecimientos se realizaron, o errándome en la fecha, y hora; pero lo repito: he dicho la verdad sin estar movido por pasión o interés de mala ley.

Turks Islands, 12 de marzo de 1887.

CERTIFICACIÓN: DECLARO: que la precedente “Relación” ha sido hecha por el general Benito Monción, a solicitud mía.

M. A. Cestero Turks Islands, 12 de marzo de 1887”.

Épocas Históricas, Independencia y Restauración Tags:Anexión a España, Benito Monción, Guerra de la Restauración, Historia Dominicana, Santo Domingo

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